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¿Quo vadis, PSOE?

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En las elecciones generales de 1982, el PSOE obtuvo en Cataluña el 45,8% de los votos. CiU y ERC no sumaban, entre los dos, más que el 26%. Una década después, en las elecciones generales de 1993, el PSOE cosechó en Cataluña el 34,8% de los votos, mientras que la suma de CiU y ERC pasaba al 36,8%. Dos décadas más tarde, en las elecciones de 2011, el PSOE había bajado en Cataluña al 26%, mientras que la suma de CIU y ERC alcanzaba el 43%.

A lo largo de estas cuatro décadas de democracia, el PSOE (que contaba con una holgada mayoría social en toda España, Cataluña incluida) se ha esforzado en abandonar los conceptos socialistas originarios de igualdad y solidaridad, para alentar posicionamientos cada vez más ambiguos en lo que respecta a la estructura territorial de España.

Y ese ímprobo esfuerzo de renuncia al socialismo y de legitimación del nacionalismo insolidario ha tenido el efecto que cabía esperar: el PSOE se ha hundido, entregando sus votos y su mayoría social al nacionalismo. En las últimas elecciones de 2016, el PSOE solo logró en Cataluña el 16% de los votos.

Cabría esperar, en cualquier organismo inteligente, que la constatación del fracaso condujera a una rectificación. Lejos de ello, el congreso del Partido Socialista aprobó ayer, a instancias de Pedro Sánchez, "profundizar en la realidad plurinacional de España".

Es decir, en lugar de corregir la ambigüedad territorial que le ha llevado a perder dos de cada tres votantes en Cataluña desde 1982, y en lugar de intentar recuperar las esencias socialistas y los votos, el PSOE ha decidido dar aún más oxígeno a los nacionalistas y apretar el acelerador en su camino hacia la extraparlamentarización.

Con el agravante de que, esta vez, el PSOE tiene a su izquierda a otro partido, Podemos, que juega a ser aún más ambiguo que el PSOE y con el que tendrá que competir en su intento de ser nombrado tonto útil oficial del nacionalismo. Con lo cual el declive será aún más acelerado, porque el PSC, con su aire casposo y de otra época, no es rival para un Podemos que al menos viene revestido de un aire de juventud.

Resulta curioso, ¿verdad? ¿Qué puede impulsar a un partido a profundizar en una estrategia que demostradamente le destruye? ¿Es simple estupidez? ¿Es tan solo un efecto indirecto de las miopías personales de los dirigentes socialistas catalanes, dispuestos a dejar que el partido pierda escaños, siempre que ellos conserven al menos el suyo propio? ¿O hay alguien por encima del PSOE dispuesto a sacrificar al Partido Socialista, con tal de seguir impulsando el proceso de centrifugación de España?

Sea cual sea la respuesta, el resultado final lo conocemos: el PSOE está condenado a una lenta, o no tan lenta, agonía en Cataluña, como lo está en el País Vasco, en Navarra, en Galicia, en Baleares y en Valencia. Es lo que se llama llevar en el pecado la penitencia.

Con lo que el antaño partido hegemónico en España va quedando reducido, cada vez más, a un partido de ámbito fundamentalmente andaluz. Y visto lo visto, la reacción del PSOE ante esa debacle histórica será... abrazar el nacionalismo andaluz con la misma pasión con la que ha impulsado en otras regiones los nacionalismos que le han destruido.

Al que solo tiene un martillo, todo le parece un clavo. Y con su último clavo, los compañeros socialistas cerrarán la tapa del ataúd en el que descanse eternamente el cadáver del PSOE.

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