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26 de Agosto de 2007 - 12:53:54 - Luis del Pino
Ese crimen no resuelto, aunque nadie hable de él, o precisamente porque nadie habla de él, sigue más presente que nunca, como un ominoso secreto de familia. Como un cadáver enterrado en el sótano de la mansión, al que nadie menciona, pero cuya presencia se deja sentir en cada gesto y en cada palabra de cada uno de los habitantes del hogar.
No hay calle alguna en toda España que recuerde el genocidio del 11-M. No hay en Madrid un solo monumento donde esa fecha terrible, 11-M, recuerde aquella matanza. Hay, eso sí, silentes Bosques del Recuerdo que no se sabe bien qué hecho recuerdan e imponentes monumentos translúcidos que nadie es capaz de decir qué especie de imagen triste intentan difuminar.
Pero el honor de la familia exige olvidar que una vez existió marzo y que hubo alguna vez un día 11. Todo es, por tanto, silencio en torno a ese crimen innombrable. Y un olor dulzón a podredumbre que se filtra desde el sótano, impregnando cada mueble y cada alfombra en los largos salones hoy desiertos.
Lo de menos es que nadie previera la espantosa dimensión de la masacre. Nada importa que unos consintieran el crimen para preservar el statu quo, mientras que otros daban su aquiescencia con la única intención de destruirlo. Al final, lo único que cuenta es que son demasiadas las manos en las que, pasados los meses y los años, los perros entrenados siguen pudiendo oler, como en la habitación portuguesa de Madeleine, el persistente rastro de la sangre.
Antes o después, la masacre silenciada habrá de terminar provocando el estallido. Antes o después, cada uno de los actores del crimen, voluntarios o involuntarios, encontrará 192 razones de peso para hacer valer su interés. Antes o después, los partidarios de vaciar la caja fuerte del muerto antes de que alguien encuentre el cadáver entablarán la lucha a muerte con aquéllos que creen imprescindible tratar de guardar las formas para que nadie eche de menos al finado.
El horizonte nos trae vientos de guerra entre los partidarios de convocar un referéndum vasco de inmediato y los que intentan ganar tiempo para montar una ficción que aparente transitar de la ley a la ley. Entre los que quieren aprobar el estatuto catalán en su totalidad y los que prefieren asegurar la jugada aprobándolo a plazos. Entre los que apostarían por forzar a los populares a un pacto que impidiera cualquier tipo de vuelta atrás y aquéllos que prefieren impedir la vuelta atrás por la vía del hecho consumado. Entre los que creen que el tiempo se les acaba y los que están convencidos de poder todavía controlar los tiempos.
Cualquier avance ahora en la resolución del 11-M no hará sino acelerar el desencadenamiento de esa lucha, al acortar los días disponibles para la cosecha del crimen. Y hay mucha gente que se está poniendo nerviosa.
Porque mientras hablábamos de enigmáticas tramas etarras, o de servicios secretos marroquíes, todo iba bien. "¿Por qué no alentar con intoxicaciones", pensaban, "el juego de las investigaciones y utilizarlo para controlar la deriva de la situación, modulando la presión sobre unos actores u otros?".
Pero hemos comenzado a señalar a las cloacas y los timbres de alarma se han puesto a tocar a rebato. Porque hemos traspasado los límites. No es extraño que algunos dediquen ahora sus esfuerzos a tratar de destruir un movimiento en pro de la verdad del 11-M que han visto que no pueden controlar. Y que va a acabar con ellos.
La veda contra nosotros se abrió en el mismo momento en que osamos pronunciar la palabra "cloaca", en el mismo instante en que nos atrevimos a decir que el dueño de la casa no estaba de viaje ni en el norte ni en el sur, en el mismo segundo en que decidimos abrir esa puerta del sótano y empezamos a señalar esas losetas del suelo que parecen colocadas hace poco.
Pero somos un hueso más duro de roer de lo que vosotros pensasteis, sicarios. Y me temo, para vuestra desgracia, que el secreto familiar dejó ya de ser secreto. Y que ya sólo es cuestión de tiempo que las piquetas de los gallos terminen cavando en ese sótano, en busca de auroras de justicia.
Y ese amanecer, queridos sicarios, dará paso al día de vuestra destrucción. Y de nuestra libertad.