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Queridos políticos, la fiesta se acabó

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Esta semana se ha producido un hecho por el que muy pocos hubieran apostado hace tan solo tres meses: la retirada de sus últimos rivales ha dejado a Donald Trump como candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos. Tendrá que verse las caras en noviembre con Hillary Clinton.

La nominación de Trump ha provocado un auténtico terremoto en el panorama político americano: "¿Cómo es posible", se preguntan todos los analistas, “que un candidato populista, poco versado en cuestiones políticas, políticamente incorrecto, demagogo y muchas veces ofensivo, haya podido alzarse con la nominación republicana?”. Para colmo, Donald Trump ha conseguido esa nominación con un presupuesto de campaña muy limitado: frente a los 151 M$ que lleva gastados Hillary Clinton, Donald Trump ha gastado hasta ahora 46 M$, menos de la tercera parte.

¿Cómo es posible eso? Pues muy sencillo: porque han sido sus rivales y detractores los que le han hecho la campaña gratis a Trump. Aireando sus declaraciones más polémicas, con el fin de ridiculizarlo o de despertar el miedo hacia él, han conseguido justo el efecto contrario: convertir a Trump en un fenómeno de masas.

Resultan curiosos los paralelismos con el caso de Pablo Iglesias en España: Donald Trump se ha convertido, desde hace unos meses, en el fenómeno televisivo de moda. Cada noticia sobre él dispara la audiencia, cada discurso suyo atrae millones de espectadores, cada programa en el que interviene ve crecer el 'share' de manera espectacular. Y, en consecuencia, las televisiones le han regalado horas y horas de cobertura informativa y los americanos han tenido Donald Trump hasta en la sopa. Aunque fuera para criticarlo, aunque fuera para ridiculizarlo, aunque fuera para denostarlo… pero ahí estaba Donald Trump al otro lado de la pantalla y ocupando titulares de todos los medios. Como sucedió en España hace un par de años con Pablo Iglesias, la aparición de Donald Trump en pantalla arrastra audiencia y el número de sus seguidores crece a medida que aparece en pantalla.

De modo que Estados Unidos ya se ha sumado, independientemente de lo que pase en noviembre, a la lista de países en los que el populismo está en ascenso. En Austria, en Holanda y en Francia, los populistas de derecha lideran los sondeos. En Grecia, los populistas de izquierda ocupan el gobierno. En Suecia y Alemania, el populismo de derecha sube como la espuma y amenaza la hegemonía de los partidos tradicionales. En España, el populismo de izquierda puede asestar un golpe definitivo al PSOE el próximo mes de junio. En Polonia y Hungría, el gobierno lo ocupa ya el populismo de derecha… En toda Europa parece haber entrado en crisis la política tradicional. Y Estados Unidos se suma ahora a la lista con todo el entusiasmo. ¿A qué se debe este fenómeno?

Evidentemente, si el fenómeno está teniendo lugar en tantos países a la vez, tienen que existir causas comunes. No se trata de un mero efecto 'imitación', porque en cada país el populismo adquiere tintes distintos. ¿Pero cuáles son esas causas?

Obviamente, lo que está pasando es que los partidos tradicionales han fracasado. Han fracasado a la hora de dar respuesta a los nuevos problemas. Los avances tecnológicos en todos los campos, y en especial en el de las comunicaciones, han convertido el mundo en una aldea global: han cambiado las formas de producción, han cambiado las formas de distribución, han cambiado los modelos de negocio, han surgido nuevos sectores económicos al tiempo que otros se hundían…y han cambiado las formas de relación de los políticos con sus votantes y de sus votantes entre sí. Y también han cambiado la velocidad y el alcance de las noticias.

Y eso se traduce en la conjunción de dos factores:

1) De un lado, los reajustes económicos traerán una mayor riqueza a largo plazo para todos, pero en la fase de transición se producen desajustes en los países desarrollados, que hacen que grandes segmentos de población vean disminuir temporalmente su nivel de vida. En Estados Unidos como en España, en Grecia como en el Reino Unido, una parte de la clase media ha recibido un duro golpe económico durante la pasada crisis. Y eso provoca un poso de resentimiento.

2) Y, por otro lado, los intermediarios han sido barridos en las relaciones entre gobernantes y gobernados, y entre unos gobernados y otros. Todo político está ahora a la distancia de un clic de cualquiera de sus electores gracias a las redes sociales, así que los medios de comunicación tradicionales han dejado de ser instrumentos de creación de opinión pública y pasan, cada vez más, a reflejar simplemente unas corrientes de opinión pública que ahora se crean de forma independiente, por otros medios distintos. De ahí, por ejemplo, que los medios de comunicación tradicionales no tengan más remedio que hacerse eco de fenómenos mediáticos como Trump o Pablo Iglesias, les guste o no les guste. Porque si no se hacen eco, la audiencia busca en otros medios la cobertura de esos fenómenos que, de todos modos, tienen garantizada la publicidad a través de las redes.

Ha habido ocasiones anteriores en que las crisis económicas han generado malestar en amplias capas de la población, pero es la primera vez que a eso se añade la posibilidad real de que los votantes critiquen, juzguen, aplaudan o condenen en tiempo real cada acción de cada político. Es decir, es la primera vez que existe un cauce inmediato y directo para que los votantes vuelquen su resentimiento sobre quienes les gobiernan y se muestran incapaces de resolver sus problemas. Y la clase política ya no puede utilizar a los medios de comunicación tradicionales como intermediarios, para tratar de aplacar el resentimiento de la gente o de redirigirlo hacia otros objetivos.

La clase política y los medios de comunicación tradicionales han perdido el control sobre los sentimientos de la población. Y eso es bueno. Porque va a obligar a nuestros políticos a reconvertirse, en todo Occidente.

El populismo no es sino el síntoma de que la clase política no ha efectuado aún su reconversión. Necesitan entender que los buenos viejos tiempos se acabaron, que el político ya no es quien manda, sino solo quien lidera. Y que el liderazgo y la legitimidad solo se consiguen poniéndose al servicio de la gente, hablándola con sinceridad y aprendiendo a escucharla.

La ingeniería social, las élites convencidas de poder dirigir a la sociedad sin tener en cuenta sus deseos, los falsos líderes que se creen con carta blanca por haber ganado una elección… todo eso son cosas del pasado. Los líderes sociales del futuro van a tener que ganarse el título. Y van a tener que sudar la camiseta para conservarlo. Porque si no, la gente votará al primer populista que se les cruce en el camino, aunque solo sea para darle una patada en el culo a quien se cree por encima de sus conciudadanos.

Vamos hacia un ágora virtual y hacia una verdadera democracia, en la que el poder residirá por fin en la gente y no en los grupos de presión. Es la hora de que nuestras democracias alcancen, de una vez, la edad adulta.

Los populismos son tan solo una simple crisis de crecimiento.

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