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¿Qué piensa un peón sacrificado?

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Aquellos de Vds. que sepan jugar al ajedrez estarán familiarizados con los sacrificios. Aunque cada pieza es vital, en ocasiones resulta útil sacrificar una de ellas con el fin de conseguir una ventaja que permita, a corto o largo plazo, recuperar lo perdido o incluso ganar la partida. Algunas de las partidas más bonitas de la historia del ajedrez utilizan de forma espectacular esta técnica, como por ejemplo el famoso encuentro que Capablanca disputó en 1901, con solo 13 años, y que le valió el campeonato de Cuba. En aquella partida, Capablanca sacrificó nada menos que la dama, la segunda pieza más importante del juego, dando a la partida un final espectacular.

Desde el punto de vista del jugador, el sacrificio de una pieza tiene sentido si le permite ganar el encuentro. Pero permítanme hacerles una pregunta: si pudiera pensar, ¿qué pensaría la pieza sacrificada del hecho de que se la envíe al matadero?

Para aceptar su fatal destino, la pieza tendría que estar muy convencida de dos cosas diferentes. Primero, de que merece la pena sacrificarse en nombre de algún objetivo o ente superior. En el caso del ajedrez, esto quiere decir que la pieza tendría que estar convencida de que su propio bando merece o necesita ganar. Pero no basta con eso: en segundo lugar, además de saber que su sacrificio merece la pena de forma abstracta, la pieza debería poder confiar en que ese sacrificio va a ser útil, es decir, debería poder estar razonablemente segura de que el jugador sabe lo que está haciendo al sacrificarla. Porque, si es un mal jugador y no ha pensado bien la jugada, el sacrificio de la pieza no solo no sirve para nada, sino que deja a su propio bando en peor situación que antes del sacrificio.

Me pregunto qué es lo que pasa por la mente de un Xavier García Albiol estos días, cuando encaramos la campaña electoral del malhadado e innecesario 21-D, con el que Rajoy ha querido justificar el no hacer nada de nada para resolver los problemas de fondo de Cataluña y España.

Resulta difícil confiar en las predicciones demoscópicas de cara a estas elecciones, porque medir la opinión pública cuando la gente se encuentra en un estado de efervescencia es casi imposible. Pero todos los sondeos coinciden en un ascenso de Ciudadanos y del PSC y en una bajada del Partido Popular. Y la intuición parece corroborar lo que las encuestas apuntan: Rajoy no ha querido aprovechar la situación para acabar de una vez por todas con el cáncer nacionalista. No ha querido aplicar de verdad el 155. Lo cual bien podría traducirse en que el PP no va a ganar ningún voto de aquellos que se oponen a la intervención de la autonomía, y a cambio va a perder muchos apoyos de aquellos que esperaban que, por una vez, se hubiera actuado con contundencia contra el nacionalismo.

De modo que García Albiol encara la campaña en el peor de los escenarios posibles: sabiendo que su electorado reclamaba contundencia y que Rajoy no se la va a dar. El resultado solo puede ser decepcionante en el mejor de los casos, o catastrófico en el peor, si se confirman los sondeos que apuntan a que en Lérida y Gerona ni siquiera se obtendría escaño.

Y yo me pregunto: ¿qué piensa García Albiol de que Rajoy le envíe al matadero? Para aceptar con alegría su sacrificio, Albiol tendría que estar seguro de dos cosas: de que el sacrificio merece la pena y de que va a resultar útil.

Empecemos por el primer aspecto. Si Rajoy estuviera jugando para que ganara España a largo plazo, o al menos para que ganara a largo plazo el PP, Albiol podría confiar en que su sacrificio merece la pena. ¿Qué más da cosechar una sonora derrota parcial, si más adelante se consigue con eso que el nacionalismo sea definitivamente derrotado? Cualquiera que de verdad ame a su país, y estoy convencido de que Albiol lo ama, estaría dispuesto a sacrificarse. Si el sacrificio no buscara el bien del país, sino el del partido, la cosa se vuelve menos poética, pero puede entenderse que alguien se sacrifique por la organización a la que ha decidido dedicar sus esfuerzos.

Ahora bien, la pregunta que aquí cabe hacerse es la siguiente: ¿está el jugador buscando el bien de España, o al menos el del partido? ¿O, por el contrario, el único bien que busca Rajoy es el de Rajoy? Porque esa es la duda que muchos electores y militantes del PP albergan: ¿cuál es el objetivo final de Rajoy? Si quieren, les planteo la pregunta de otra manera: si Rajoy tuviera que sacrificarse a sí mismo por el bien de España, ¿lo haría?

No conozco a Albiol tanto como para saber lo que piensa, pero me pongo en el lugar de un peón de ajedrez al que enviaran al sacrificio y a mi, como peón, me gustaría poder estar seguro de que el jugador intenta de verdad que gane su propio bando. Y en el caso de Rajoy, no estaría cien por cien seguro.

Pero vamos a suponer que el sacrificio merece la pena en abstracto. Vamos a suponer que Rajoy mueve sus peones por el bien de España. La segunda pregunta que cabe hacerse entonces es: ¿en este caso concreto, el sacrificio resulta de verdad útil? En otras palabras: ¿sabe de verdad el jugador lo que está haciendo? ¿Está jugando Rajoy de manera inteligente? ¿O por el contrario, se trata de una jugada estúpida, y ese sacrificio no solo no va a servir para nada, sino que encima va a empeorar las cosas?

Y, sintiéndolo en el alma, no consigo entender en qué sentido sacrificar al PP catalán puede beneficiar ni a España, ni al propio PP. Ya hemos visto antes esa jugada: Aznar sacrificó a Vidal Cuadras de la misma manera que Rajoy envía hoy al sacrificio a Albiol. En aquel caso, el sacrificio del PP catalán sirvió a corto plazo para afianzar a Aznar en el gobierno y para que el PP ganara con mayoría absoluta cuatro años después, pero a medio plazo a quien afianzó fue...al pujolismo. Pero en este caso del 21-D, ¿va siquiera el sacrificio a servir para afianzar al PP fuera de Cataluña? No lo parece, según las encuestas, que reflejan una sangría de votos populares hacia Ciudadanos y hacia Vox, por el desencanto de tanta gente que confiaba en que Rajoy aplastaría al golpismo separatista.

Así que no me gustaría estar en la piel de Albiol estos días. Sacrificarse por España es siempre digno de admiración. Pero sacrificarse para nada es una tontería. E imagino que Albiol podría estar planteándose las mismas reflexiones.

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