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Profético Quino

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Una de las tiras cómicas del genial humorista argentino Quino (el padre de Mafalda) que más me impactó en su día, es una en cuya primera viñeta aparece un ayudante de laboratorio gritando alborozado: "¡Profesor! ¡Doctora! ¡He logrado aislar el virus de la soledad!".

Sin embargo, nadie responde a sus exclamaciones de triunfo, así que ese ayudante de laboratorio se asoma al despacho contiguo llamando a sus colegas: "¿Profesor? ¿Doctora?". Pero tampoco están allí.

El pobre ayudante va por los pasillos y las salas del laboratorio buscándoles, sin éxito: "¿Profesor? ¿Doctora? ¿Doctora? ¿Profesor?". Pero en el laboratorio no hay ni un alma.

En la última viñeta, aquel ayudante de laboratorio que acaba de aislar el virus de la soledad se asoma a la puerta del edificio, tan solo para encontrarse con una ciudad absolutamente desierta. Su tarea de investigación había dado sus frutos y ahora estaba absolutamente solo.

No he podido evitar acordarme de esa viñeta al ver hoy las impactantes fotografías que trae el periódico ABC, en las que se muestran las desiertas calles de Pekin. La población se ha encerrado en sus casas tras la recomendación del gobierno chino de no reunirse en lugares públicos, por el riesgo de contagio del coronavirus.

Y la verdad es que estremece no ver ni un alma por la calle en una de las ciudades más populosas del mundo.

El virus de la soledad que Quino imaginó se ha enseñoreado del país más poblado de la Tierra.

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