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Profesionalización

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Los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992 marcaron un antes y después en el deporte olímpico español. Hasta entonces, España había tenido unos resultados ridículos en cada cita olímpica, nada acordes con la población y la riqueza del país. Sin embargo, en 1992 conseguimos 22 medallas, tantas como en los 60 años anteriores juntos.

Nunca hemos vuelto a igualar los resultados de Barcelona 92, pero desde entonces el deporte español ocupa una posición bastante más lógica en el medallero. Este año, en Río, llevamos ya un total de 14 medallas, 7 de ellas de oro, lo que nos sitúa en el puesto número 13 de la clasificación. Un puesto razonable, habida cuenta del tamaño de nuestro país y de nuestra economía.

¿Qué fue lo que hizo que, en Barcelona 92, España pasara a desempeñarse correctamente en el campo del deporte olímpico? Muy sencillo: la profesionalización, la instauración de programas de patrocinio que permitieran a los deportistas vivir de su trabajo. En el deporte, como en cualquier otro campo, la gente tiene que comer, y es el dinero el que permite a los buenos deportistas dedicarse en exclusividad a dar lo mejor de sí. Las medallas se ganan por amor a la victoria, claro que sí. Y por vocación deportiva, por supuesto. Pero quien puede ganarse la vida con el deporte, podrá prepararse mucho mejor, y durante mucho más tiempo al día, que quien tiene que simultanear la práctica del deporte con un trabajo de ingeniero o de repartidor de pizzas.

Decía Napoléon que para hacer la guerra hacen falta tres cosas: dinero, dinero y dinero. Y esa frase es aplicable al deporte, olímpico o no olímpico.

Como también es aplicable a otros campos en los que parece que es el idealismo el que debería actuar como motor, cuando en realidad solo actúa de motor de un porcentaje muy reducido de personas. Si nos fijamos, por ejemplo, en lo que viene sucediendo en Cataluña desde hace tantos años, podemos comprobar cómo somos los españoles los que hemos estado promoviendo el separatismo, por el simple procedimiento de convertirlo en una profesión: se puede vivir de ser separatista. Cuando no encuentras acomodo en algún sillón municipal, lo encuentras en alguna empresa pública, o en un centro de normalización lingüística subvencionado, o en una asociación financiada con fondos públicos, o en un medio de comunicación al que la Generalidad inyecta millones periódicamente. Hemos creado un ejército de separatistas a sueldo de todos los españoles, que pueden dedicar todo su horario laboral a promover la destrucción del país que les paga su salario.

El separatismo existe porque financiamos a decenas de miles de personas para que vivan de ser separatista. Y si dejáramos de financiar el separatismo, el problema se acababa con la misma velocidad con la que se esfumarían nuestras medallas olímpicas si de repente se cancelaran todos los programas de patrocinio.

Porque ser separatista a tiempo completo, con sueldo pagado por todos los españoles, es una cosa. Y otra cosa muy distinta es luchar por la supuesta independencia de Cataluña a tiempo parcial, simultaneando el activismo con un trabajo de repartidor de pizzas o de ingeniero. Los verdaderos idealistas – los que están dispuestos a perder dinero por una causa, en vez de a ganarlo - se cuentan con los dedos de una mano en todos los bandos ideológicos.

Con lo cual, la pregunta a la que habría que responder es: ¿por qué los gobiernos centrales fomentan y consienten que se fomente el separatismo profesional, en vez de acabar de una vez con sus fuentes de financiación?

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