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Postureo kantiano

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Permítanme que les cite una famosa frase: "La gran mayoría de nuestras importaciones vienen de fuera del país".

Lo de las meteduras de pata de los políticos, como esta de George Bush hijo, ha dado siempre mucho juego. Cuantas más declaraciones públicas te veas obligado a hacer, más veces harás el ridículo, por simple cuestión de probabilidades. Si además no eres precisamente Demóstenes, las probabilidades suben de manera exponencial.

Es lo que le pasaba a George Bush hijo, una auténtica mina en lo que a frases estúpidas se refiere. Mi preferida es esta: "Nuestros enemigos son innovadores y cuentan con numerosos recursos. Nosotros también. Ellos no dejan nunca de pensar en nuevas formas de causar daño a nuestra nación y a nuestro pueblo. Nosotros tampoco."

En el caso de George Bush hijo, las meteduras de pata eran debidas, directamente, a la mera imposibilidad de articular un discurso coherente. Por mucho que llegara a presidente de Estados Unidos, no sabía expresarse.

En otros casos, es el deseo de deformar la realidad lo que termina delatando al orador, haciendo que un político mentiroso quede atrapado con frases sin sentido. Por ejemplo, Marion Barry, ese alcalde de Washington que tantos problemas tuvo con la Justicia, declaró solemnemente en una ocasión: "Dejando aparte los asesinatos, Washington tiene una de las tasas de criminalidad más bajas del país".

Algunos otros políticos se pierden por la manía de hacer chistes. Como por ejemplo Reagan, que siendo un orador excelente, solía hacer declaraciones jocosas fuera de micrófono que sus enemigos no dudaban en aprovechar.

Otros, en fin, son metepatas natos. Como el marido de la Reina de Inglaterra, cuyas salidas de pata de banco a cuenta de sus viajes oficiales al extranjero han estado más de una vez a punto de causar un incidente diplomático. Por ejemplo, cuando le dijo en una recepción al Presidente de Nigeria, que se había ataviado con el traje tradicional nigeriano: "¡Oiga! ¡Parece que se ha puesto usted el pijama!".

En España, además de los tipos habituales de metedura de pata, contamos con una muy española: la derivada del postureo. A los españoles nos gusta, por algún extraño motivo, aparentar. Aparentar lo que no somos, aparentar lo que no tenemos, aparentar que conocemos a alguien a quien no hemos visto en la vida. Aparentar que somos más listos o que somos menos tontos que el vecino. Aparentar que pensamos lo que se espera de nosotros que pensemos.

Ayer tuvo lugar un debate en la Universidad Carlos III entre Albert Rivera y Pablo Iglesias. PP y PSOE estaban invitados, pero declinaron ir. UPyD o Vox querían ir, pero no les dejaron hacerlo.

En el debate, que despertó una gran expectación y contó con numerosos espectadores, Rivera e Iglesias debatieron sobre distintas cuestiones de actualidad y de proyecto político. Pero el debate quedó al final eclipsado por una de esas meteduras de pata tan típicamente españolas a las que antes me refería. Uno de los estudiantes del público se interesó por la opinión de ambos candidatos acerca de la Filosofía y les pidió que recomendaran un libro.

Y ahí Albert Rivera hizo el ridículo al recomendar los libros de Kant para, acto seguido, reconocer que no había leído ninguno. Pero es que a Pablo Iglesias no le fue mejor, porque no se le ocurrió otra cosa que sacar pecho y recomendar, de Kant, la "Ética de la razón pura", libro inexistente.

Observen ustedes que estamos hablando de dos oradores consumados. No fue, por tanto, un problema de incapacidad de expresión. Tampoco son dos metepatas natos. El problema no fue otro que el postureo: querer aparentar lo que no sabes. Querer demostrar que sabes más que otros, o que no sabes menos. Querer evitar que te llamen inculto.

Permítanme don Albert y don Pablo que les llame la atención sobre lo infantil que resulta ese comportamiento. ¿Qué problema hay en reconocer que uno no sabe mucho de filosofía, o que le parece un rollo, o que no ha leído a Kant?

El postureo no incita a confiar en quienes posturean. Lo de ayer no tiene más importancia, desde luego, pero yo me permitiría recomendarles que trataran de ser ellos mismos. Sin tirarse el pinflis, oiga, que no hay necesidad.

Yo no he leído a Kant en mi vida. Tan solo he leído algo sobre Kant. Y no me considero por ello más inculto que otros. Por una razón muy simple: porque si me comparo con cualquier otra persona concreta, de algunas cosas sabré menos que ella, pero de otras sabré más. La cultura no consiste en saberlo todo, sino en saber lo suficiente sobre una cantidad suficientemente amplia de cosas.

Además, y con esto termino, aquí no estamos jugando a Saber y ganar, sino eligiendo gobernantes. Y lo que los gobernantes deben ser, ante todo, es honestos y eficaces. Si además han leído a Kant, estupendo, pero eso no es un requisito, así que ¿para qué posturear?

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