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Óperación Barbasánchez

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Derrotada Francia y con Inglaterra acorralada en las Islas Británicas, Hitler decidió que había llegado el momento de acabar con la Unión Soviética, haciéndose con sus recursos e impidiendo un futuro ataque por sorpresa de Stalin. Y ordenó que la invasión de Rusia, a la que se bautizó como Operación Barbarroja, tuviera lugar el 15 de mayo de 1941. Se trataba de derrotar al régimen comunista con una ofensiva relámpago: si el hundimiento de las defensas soviéticas no obligaba al gobierno ruso a pedir una paz rápida, se confiaba en lograr esa rendición tomando Moscú antes de la llegada del invierno.

Sin embargo, dos acontecimientos obligaron a posponer la fecha prevista. El primero de ellos, la fracasada invasión de Grecia por parte de la Italia de Mussolini: los italianos, que habían lanzado su ofensiva en octubre del año anterior, se habían mostrado incapaces, a lo largo de cinco meses, de derrotar al ejército griego, que incluso había pasado al contraataque. El segundo acontecimiento inesperado fue el golpe de estado en Yugoslavia contra el gobierno pro-nazi, golpe que tuvo lugar el 27 de marzo. Ambas cosas obligaron a Hitler a intervenir en los Balcanes.

Alemania lanzó su ofensiva balcánica el 6 de abril de 1941, conquistando Yugoslavia en 12 días y Grecia en 24. Pero aquella guerra en el sur implicó que se retrasara cuatro semanas la necesaria concentración de tropas en la frontera con la Unión Soviética.

Para colmo, aquel mes de mayo de 1941 fue inusualmente lluvioso, lo que hizo que los planes se retrasaran diez días más. Al final, la invasión tuvo lugar el 22 de junio: seis semanas de demora con respecto a los planes previstos. Semanas que luego se demostrarían vitales.

Las lluvias de mayo tuvieron otro efecto adicional: los caminos y carreteras soviéticos permanecieron embarrados más tiempo del habitual, dificultando el avance del ejercito nazi.

El resultado final de aquellos retrasos fue que los alemanes consiguieron plantarse a las puertas de Moscú, a solo 12 km. de la Plaza Roja, pero el 28 de noviembre, cuando ya era demasiado tarde. El invierno había llegado y los alemanes se vieron enfrentados a temperaturas de hasta 35 grados bajo cero sin contar con la vestimenta, el equipamiento, el armamento y los suministros adecuados. La ofensiva alemana se vio frenada en seco in extremis, cuando la Unión Soviética estaba a punto de capitular. Y el ejército de Stalin pasó al contraataque, obligando a los alemanes a replegarse.

La pretendida conquista relámpago de Rusia había fracasado. A partir de ahí, la lucha en el frente soviético se convirtió en una guerra de desgaste que Hitler no podía sino perder.

¿Qué habría pasado de no haberse retrasado seis semanas la Operación Barbarroja? Pues que Moscú y Leningrado habrían caído y Rusia se habría visto obligada a capitular. O al menos habría tenido muchísimo más difícil resistir la ofensiva alemana en la primavera siguiente: Alemania habría conquistado así sin problemas los campos petrolíferos del Cáucaso, asegurándose el suministro de combustible para toda la guerra, y habría invadido Oriente Medio por tierra desde el norte, acabando con la presencia británica en el Mediterráneo y haciéndose con el control del canal de Suez. Y una vez vencida Rusia y asegurado el Mediterráneo, Hitler habría podido concentrar todo su ejército en la conquista de Gran Bretaña. ¡Fíjense en todo lo que puede dar de sí un retraso de seis semanas!

El fracaso de la Operación Barbarroja ilustra dos cosas importantes:

- la primera es que los mejores planes del mundo dependen siempre de imponderables, como aquellas lluvias de mayo o como ese inoportuno golpe de estado imprevisto en Yugoslavia.

- y la segunda es que los mejores planes pueden venirse abajo cuando se ejecutan a destiempo: pequeños retrasos pueden convertir en un terrible desastre lo que hubiera podido ser una completa victoria.

Todo esto viene a cuento del sorprendente giro que las encuestas de intención de voto han dado a la vuelta del verano.

En principio, la Operación Barbasánchez estaba bien pensada: "Utilizamos la Moncloa para dar a conocer a mi persona e ir incrementando la intención de voto al PSOE; exigimos a Podemos un apoyo incondicional imposible y le culpamos del fracaso de la formación de un gobierno de izquierda si no acepta el trágala; movilizamos a los poderes económicos para que convenzan a su chico, Albert Rivera, de que nos regale su abstención y reventamos su partido si se niega... Y si todo eso falla y no conseguimos la investidura gratis, disolvemos las Cortes, convocamos elecciones y nos plantamos en los 140 o 150 diputados, suficientes para gobernar en solitario".

Sobre el papel, el plan era perfecto. Pero entonces empiezan los imponderables: de repente, a Albert Rivera le da por demostrar que no es el chico de los recados del IBEX y que no está dispuesto a admitir órdenes de quienes en su día le auparon. Y lo que parecía más sencillo – culpar a Podemos de la no formación de gobierno – se viene abajo de la noche a la mañana con un solo gesto de Pablo Iglesias, cuando anuncia con resignada solemnidad que renuncia a sentarse personalmente en el Consejo de Ministros.

Ninguno de esos dos imponderables era catastrófico en sí mismo: al fin y al cabo, siempre estaba ahí la posibilidad de convocar elecciones si fracasaba la investidura. Pero entonces entra en acción el retraso de los planes.

Si la primera sesión de investidura se hubiera celebrado tan solo ocho semanas antes, entonces la disolución de las Cortes habría tenido lugar en julio, cuando aun Pedro Sánchez se encontraba en la fase ascendente en las encuestas de intención de voto. Y en estos momentos el PSOE afrontaría las elecciones con serias opciones de conseguir superar los 140 diputados, según el plan previsto.

Pero Pedro Sánchez pretendió exprimir al máximo la subida en las encuestas: "¿para qué convocar tan pronto, si seguimos creciendo en intención de voto?". Se olvidó el presidente de ese dicho tan popular entre los operadores bursátiles: "el último euro, que lo gane otro". Y a base de apurar, se le pasó el arroz: en junio, la intención directa de voto al PSOE, según el CIS, dejó de subir y cayó una décima. En julio, bajó tres décimas. Y en septiembre, la debacle: el PSOE perdió de golpe tres puntos y medio de intención directa de voto.

Con lo que en estos momentos nos encontramos con unas encuestas que le están diciendo al PSOE que, más o menos, va a quedarse como estaba, en lo que respecta al número de diputados. Si consigue subir hasta los 130 escaños, el actual presidente de gobierno puede darse con un canto en los dientes.

De modo que toda la Operación Barbasánchez está en serio riesgo de venirse abajo. Porque si se cumple el vaticinio de las encuestas, el PSOE pasaría a encontrarse en una situación peor de lo que estaba antes de la convocatoria electoral: seguiría ganando las elecciones, pero con una mayoría todavía insuficiente, demasiado alejada de la mayoría absoluta como para poder gobernar en solitario; podría seguir formando gobierno con Podemos, pero seguiría necesitando el concurso de todos los separatistas para hacerlo. Y, para colmo, el PSOE habría perdido la posibilidad de formar gobierno con Ciudadanos, por la caída del partido de Albert Rivera. Así que lo que iba a ser un paseo militar puede convertirse en un fracaso clamoroso para el Partido Socialista.

Porque todos los planes son muy bonitos sobre el papel. Pero la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida.

Sobre todo, cuando ejecutas tus bonitos planes a destiempo.

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