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Lo que distingue a las democracias

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Leí Archipiélago Gulag nada más publicarse en España. Debía de tener yo unos catorce años. Y el libro de Solzhenitsyn sobre las atrocidades en los campos de concentración soviéticos me impresionó, por muchos motivos. Por supuesto, por la minuciosa descripción de las torturas a las que el régimen comunista sometía a los prisioneros. Tengo clavado en la mente, por ejemplo, el relato de los presos a los que encerraban durante horas en un armario lleno de chinches. Al principio, narraba aquel testimonio, matabas los insectos a manotazos. Y los seguías matando. Y matando. Hasta que dejabas de hacerlo por puro agotamiento y cientos de chiches podían alimentarse a placer con tu sangre, cuando ya no te quedaban fuerzas para seguir resistiendo. No era la más brutal de las torturas empleadas por aquel régimen maldito, pero se me quedó grabada por la crueldad extraña, casi exótica.

Recuerdo también esa sensación como maquinal que el libro transmite: el horror convertido en cotidiano termina siendo una burocracia más. Es tanto el dolor acumulado, y es tan rápidamente eclipsado por otros sufrimientos posteriores, que todo termina transformado en una gris y machacona cadena de producción, con una especie de inevitabilidad. Y con todas sus consecuencias: una vez puesta en marcha la maquinaria, hay que seguir alimentándola con seres humanos. No porque haya enemigos que abatir, sino simplemente porque no se puede tolerar que la maquinaria se detenga.

La sensación de aleatoriedad, también. Daba igual lo que fueras, daba igual lo que hicieras, daba igual lo que pensaras, daba igual lo que dijeras. Eso que tan bien retrata Orwell en 1984 con la detención de Parsons, Solzhenitsyn lo describía en su libro, pero desde la experiencia de la vida real en la Rusia soviética. Todo el mundo era candidato a visitar el Archipiélago. Porque solo la aleatoriedad garantiza la universalización del terror. Y solo la universalización del terror es la medida del verdadero poder absoluto.

Pero, junto con algunas escenas del libro, se me quedó grabada también otra que Solzhenitsyn describía en una de las entrevistas que le hicieron durante su gira española. Contaba Solzhenitsyn cómo, muerto ya Stalin, un día encontró en una librería de viejo de Moscú un ejemplar de la Constitución soviética vigente en la época de Stalin. Porque no es que los horrores en la Rusia de Stalin fueran debidos a la ausencia de protecciones legales –explicaba Solzhenitsyn al entrevistador-; esas protecciones legales, que impedían por ejemplo la tortura, estaban plasmadas en una Constitución. Pero aquella Constitución era solo un papel que no regía en la práctica. De hecho, nadie o casi nadie era consciente ni tan siquiera de su existencia.

Creo que pocas cosas ilustran como esa anécdota de Solzhenitsyn cuál es la diferencia real entre una dictadura y una democracia. Lo que distingue a las dictaduras no es la ausencia de urnas. Cualquier dictadura puede organizar periódicamente referendos y elecciones (controladas, por supuesto) y sacar urnas a la calle, para legitimar tal o cual aspecto de su tiranía o para aparentar apoyo popular. Tampoco es la ausencia de leyes o de cartas de derechos. Redactar cartas de derechos para luego incumplirlas es gratis.

No, lo que distingue a las democracias de las dictaduras es otra cosa: el respeto a las leyes y, en especial, a las que declaran los derechos que el individuo tiene frente al estado. Solo cuando rige el respeto a la ley sirven las urnas para algo y pueden las elecciones ser algo más que una mera pantomima.

A las 9:30 tendremos en el programa a D. Federico Jiménez Losantos, para hablar de su último libro: "Memoria del comunismo". ¡No se lo pierdan!

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