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Las gotas que colman los vasos

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En 1757, la batalla de Plassey marcó el inicio de la dominación británica en el subcontinente indio. A partir de aquel momento, y durante 200 años, todo lo que hoy es India y Pakistán pasó a ser gobernado por los ingleses, directamente en algunas zonas e indirectamente (mediante reyezuelos títeres) en otras.

Lo que no todo el mundo sabe es que no fue la corona inglesa la que tomó posesión de aquellas tierras, sino una empresa privada, una sociedad anónima denominada Compañía Británica de las Indias Orientales, que contaba entre sus accionistas con banqueros, grandes comerciantes, aristócratas y políticos, y a la que la corona concedió el monopolio del comercio y la explotación de aquellas tierras.

Para que se hagan ustedes una idea de la potencia de aquella "multinacional", la Compañía Británica de las Indias Orientales llegó a controlar la mitad del comercio mundial de la época y contaba con un ejército privado de más de 200.000 hombres, el doble de grande que el propio ejército británico. De aquel ejército formaban parte esencial los cipayos, mercenarios indios al servicio de sus amos ingleses.

Por supuesto, el objetivo de aquella empresa no era otro que el dinero, y su conquista y gobierno de la India se tradujo en una explotación de los recursos totalmente ajena a las necesidades de la población local. Las guerras de conquista, los impuestos sobre la tierra, la transformación de zonas de cultivo de cereales en campos de producción de opio y la mala administración hicieron, por ejemplo, que mientras que la Compañía duplicaba sus beneficios, en la región de Bengala murieran de hambre más de 10 millones de personas (uno de cada tres habitantes) entre 1769 y 1773, en la conocida como Gran Hambruna de Bengala. Aquel horror y el consiguiente escándalo de la opinión pública inglesa motivaron la intervención del parlamento británico. Pero lejos de cerrar aquella empresa comercial dedicada a la rapiña, el parlamento británico se limitó a imponer una serie de organismos de vigilancia y a conceder a cambio a la Compañía el monopolio del té en América, lo que terminaría conduciendo a la guerra de independencia de los Estados Unidos.

Durante un siglo, la Compañía Británica de las Indias Orientales gobernó India, por tanto, con mano de hierro, apoyándose en reyezuelos títeres y en sus innumerables cipayos. Y durante ese mismo tiempo se fue acumulando en la población local el resentimiento hacia sus amos británicos. Sin embargo, la gota que colmó el vaso fue algo de lo más inesperado.

En 1857 llegaron a las tropas británicas en India los nuevos rifles Enfield P-53. Debido al diseño del rifle, los cartuchos que se introducían en él venían forrados de papel y engrasados, para que entraran fácilmente. Para que la pólvora pudiera salir, el soldado tenía que morder el cartucho antes de introducirlo en el rifle.

Y aquí vino el problema: corrió el rumor entre los cipayos de que la grasa utilizada para fabricar los cartuchos era de vaca y de cerdo. La posibilidad de que fuera de vaca impedía a los soldados de religión hindú morder el cartucho; la posibilidad de que fuera de cerdo se lo impedía a los de religión musulmana. De nada sirvió que los británicos ofrecieran traer cartuchos sin engrasar para que cada soldado se los engrasara como quisiera: una vez corrido el rumor, era fácil atribuir a los británicos el ladino propósito de que los cipayos infringieran sus preceptos religiosos.

El primer motín de cipayos se produjo el 10 de mayo de 1857 en Meerut y a partir de ahí la rebelión se extendió como la pólvora por otras guarniciones, desatando una guerra que duró un año y medio y que dejó centenares de miles de muertos. Aquel motín dejó escenas de terrible crueldad tanto por parte de los rebeldes (por ejemplo, la matanza de Kaunpur), como por parte de los británicos, que no dudaron en tomar represalias masivas contra la población civil.

El resultado inmediato de aquella rebelión fueron matanzas generalizadas y ciudades enteras arrasadas. Pero el motín de 1857 tuvo otro efecto de mayor alcance y es que provocó la intervención de la corona inglesa, que asumió a partir de 1858 el gobierno de la India, quitándoselo a la Compañía Británica de las Indias Orientales.

Resulta curioso que un pueblo pueda aguantar un siglo de opresión, de hambre y de expolio y que de repente se rebele por algo como la grasa de vaca con la que está hecho un cartucho, ¿verdad? Aunque, en realidad, lo que sucede es que la presión se acumula en el cuerpo social como en una especie de olla a presión y lo que suele hacer estallar la situación son cosas con una fuerte carga simbólica. Porque cada persona tiene sus propios motivos de resentimiento, diferentes de los de los demás, y los símbolos permiten unificar la ira de todas esas personas, poniendo sobre la mesa un resentimiento compartido.

He estado dándole vueltas al asunto estas últimas semanas: ¿cuál fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de los españoles con el tema de Cataluña? ¿Cuál fue ese episodio puntual que de repente hizo estallar la indignación y llenó los balcones de España de banderas?

Yo diría que la gota que colmó el vaso fue la manifestación de Barcelona, aquella humillación al Rey orquestada desde las filas de un separatismo al que se le ha dado todo durante años y que ha demostrado que nunca tiene bastante. Ese ver cómo se transformaba una manifestación de solidaridad en un aquelarre de odio, esas escenas de humillación a Felipe VI y a España, fueron probablemente el "cartucho engrasado" que condujo al motín.

Y una vez que la chispa del motín se produce, ya nadie sabe cómo termina el incendio. Porque la Historia no está escrita. La escribimos con nuestra suma de gestos y esfuerzos individuales.

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