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Las cosas que no han pasado

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¿Cuántas veces hemos tenido que aguantar tonterías del estilo "Es que no se quiere intervenir para no crear mártires" o "Es que no se quiere intervenir porque se incendiarían las calles"? Cada vez que algunos echábamos en cara a Rajoy su pasividad, siempre salía alguien con alguna de esas dos variantes de una misma estupidez, como si un estado democrático moderno no pudiera aplicar la ley.

Intervinimos parcialmente las cuentas. Y no pasó nada.

Se metió en prisión provisional a los Jordis. Y dejando aparte una miniprotesta con velitas y la distribución de unas cuantas pegatinas, no parece que a nadie le importen un pimiento los supuestos ‘mártires’.

Se aprobó el 155 en el Senado. Y lejos de arder las calles de Cataluña, buena parte de los catalanes acogieron con alivio que la situación, por fin se clarifique.

Se destituyó a Trapero y a su jefe. Ambos se limitaron a despedirse educadamente de los mozos a los que habían dirigido.

Se han eliminado esas embajadas catalanas que se debían haber eliminado hace años. Y el mundo sigue girando.

"¿Qué pasa si Puigdemont se atrinchera en el Palau?", preguntaban algunos. Pues nada, porque en vez de atrincherarse en el Palau, Puigdemont se ha ido a tomarse unos vinos por las calles de Gerona.

No ha habido plantes masivos de funcionarios, porque a nadie le gusta perder su puesto de trabajo.

No ha habido sentadas a lo Maidan, que solo existían en la imaginación calenturienta de algunos periodistas separatas.

No ha habido llamamientos a la violencia en las calles, porque ni siquiera los descerebrados de la CUP tienen la más mínima gana de pasarse unos largos años entre rejas.

El acto más ‘duro’ de protesta ha sido el vídeo distribuido ayer por Puigdemont llamando a resistir democráticamente. ¿Qué narices quiere eso decir? Nada de nada.

Ni siquiera en las redes sociales ha habido una revuelta. Lo que hay, dentro del campo separatista, es más bien un desconcierto resignado. Un darse cuenta de repente de que no había planes B, ni armas secretas, ni apoyos de ningún tipo. Los separatas han descubierto que sus líderes jugaban de farol y están todavía intentando asimilarlo.

Se ha intervenido la autonomía y no ha pasado nada. Ni pasará nada.

Lo he dicho muchas veces: los separatistas no son otra cosa que cuatro mataos no especialmente brillantes, que solo existen como problema porque los sucesivos gobiernos centrales han querido que existieran, y porque los sucesivos gobiernos centrales los han estado engordando con el dinero de todos los españoles, catalanes incluidos. Habiéndose visto el gobierno central obligado a actuar, el separatismo se disuelve como un azucarillo.

La pregunta a la que se enfrenta el separatismo no es ya cómo conseguir una independencia imposible, sino simplemente cómo salvar los muebles. Aunque en eso no tienen mucho de qué preocuparse. Los partidos nacionales saldrán al rescate de los separatistas. Ya lo están haciendo.

Por una vez, el estado español ha tomado (a medias, tarde y mal) las decisiones que tenía que tomar. Y no ha pasado nada. Como es lógico en un estado democrático moderno. Espero que todos los agoreros que trataban de justificar la inacción del gobierno central advirtiendo de supuestos apocalipsis se traguen sus palabras y pidan disculpas.

Si hubiéramos actuado cuando debíamos, España se habría ahorrado mucho tiempo, mucho dinero y muchos sinsabores. Y Cataluña no habría soportado unos perjuicios económicos y un descrédito internacional que los catalanes no se merecen.

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