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Las cartas cerradas

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Acabada la Segunda Guerra Mundial, el Partido de los Pequeños Propietarios obtuvo el 57% de los votos en las elecciones celebradas en Hungría en noviembre de 1945. El Partido Comunista solo obtuvo el 17%. Por supuesto, el mariscal Voroshilov, comandante en jefe de las fuerzas de ocupación soviéticas, nombró un gobierno sin el partido ganador de las elecciones y en el que el Partido Comunista ocupaba las carteras fundamentales.

La toma del poder se completó en las elecciones de agosto de 1949, elecciones que se celebraron con una lista única y tras las que se proclamó la República Popular de Hungría. La presencia permanente de tropas soviéticas, para apuntalar al recién nacido régimen comunista, se formalizó mediante un tratado de asistencia mutua firmado ese mismo año 1949.

Uno de los lugares elegidos para el acantonamiento de las tropas rusas destinadas en Hungría fue el antiguo palacio imperial en Godollo, uno de los palacios preferidos de la emperatriz Sissi, a pocos kilómetros de Budapest. Su contenido fue saqueado. El parqué del piso, utilizado como combustible de calefacción. El palacio fue poco a poco decayendo, mientras su fachada se convertía en testigo y símbolo de la ruina en que el edificio se iba convirtiendo.

Cuarenta años duró la presencia del ejército soviético en aquel lugar histórico. Finalmente, en 1990, tras la caída del Muro de Berlín, los soldados rusos abandonaron el palacio. Las obras de reconstrucción y restauración permitieron devolver al edificio el esplendor y el lujo originales, que hoy se pueden admirar en las 23 habitaciones abiertas al público.

Durante aquellas obras de reconstrucción, los obreros encontraron en el interior de una de las monumentales estufas ornamentadas una ingente cantidad de cartas. La inmensa mayoría de ellas eran cartas dirigidas a los soldados estacionados en Godollo por sus familias en Rusia. Algunas de ellas forman parte, hoy en día, de la exhibición permanente del palacio.

Nadie sabe cómo acabaron las cartas en aquella estufa ciclópea; probablemente algún soldado encargado del correo decidió ahorrarse el trabajo de repartirlas a sus destinatarios. O quizá pensó en quemarlas para calentarse y luego las olvidó. O tal vez buscaba algo de valor que las cartas pudieran contener, porque la mayoría estaban abiertas: en algunas se incluían fotos familiares o dibujos infantiles que nunca llegaron a su destino.

Pero muchas otras cartas aparecieron cerradas. Nadie se había molestado siquiera en ver qué contenían. Tal vez palabras de una esposa, tal vez noticias de un padre o una madre enfermos. tal vez recuerdos de un hijo o anécdotas de su infancia… Nunca lo sabremos, porque el gobierno húngaro decidió respetar la intimidad de aquellas misivas y dejar sin abrir aquellas que estaban cerradas.

Y allí languidecen, envueltas en el misterio.

En el palacio por el que vaga el espectro de la desdichada emperatriz Sissi, duermen para siempre unas cartas cerradas que contienen palabras de amor que nunca nadie leerá.

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