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La Unión Europea tiene un problema con la democracia

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Parafraseando a Vargas Llosa: ¿cuándo se fastidió la Unión Europea?

Probablemente fue hace diez años, por la concurrencia simultánea de dos factores: el estallido de una profunda crisis económica y el intento de crear una unión política artificial que sustituyera a la unión económica que hasta entonces había funcionado tan bien.

Es, efectivamente, hace diez años cuando se produce un episodio que comenzó a erosionar la legitimidad democrática de la que gozaban las instituciones europeas. El 2 de octubre de 2008 se sometió a referéndum en Irlanda la ratificación del Tratado de Lisboa, y el No al tratado ganó por un 53% a 46%. En vez de modificar el Tratado, se optó por convencer al gobierno irlandés de realizar un segundo referéndum, que tuvo lugar un año después, el 2 de octubre de 2009, y en el que el Si al tratado obtuvo una cómoda victoria: 67% frente a 33%.

A partir de ese momento quedó claro que el proceso de unión política iba a ser un proceso no democrático: un proceso dirigido por unas élites político-empresariales, que solo iban a recurrir a la ratificación popular de las decisiones como mero formalismo. Y que no dudarían en saltarse lo votado por el pueblo, cuando lo votado contraviniera las decisiones de esa élite. Ese fue el momento en que la Unión Europea comenzó a morir.

Desde entonces, esa pulsión antidemocrática, esa desconfianza en lo que la gente decide, esa determinación de imponer lo dispuesto por la élite al margen de lo que la gente piense, no ha hecho sino acrecentarse.

En junio de 2010, el presidente de la Comisión Europea, se reunía con los sindicatos para pedirles apoyo a los recortes que había que hacer para afrontar la crisis económica. Y era muy explícito en sus advertencias: si no se aceptan las medidas de ajuste, "los países afectados por la crisis en el sur de Europa podrían ser víctimas de golpes militares o levantamientos populares".

Un año más tarde, en noviembre de 2011, el primer ministro griego, Yorgos Papandreu, renunciaba a su intento de someter a referéndum los planes de recorte, tras las presiones de la Unión Europea y en medio de rumores de golpe de estado militar, y presentaba su dimisión como primer ministro. A Papandreu le sustituiría un gobierno tecnocrático auspiciado por Bruselas y dirigido por Lucas Papademos, ex-vicepresidente del Banco Central Europeo. Primer golpe de estado palaciego.

Ese mismo mes, las presiones de Bruselas hacían que el parlamento italiano aprobara los recortes exigidos por la Unión Europea y forzaban la dimisión de Berlusconi, al que sustituiría un gobierno tecnocrático presidido por Mario Monti. Segundo golpe de estado palaciego.

Con posterioridad, la Unión Europea se embarcó en un proceso de deslegitimación de aquellos países europeos que no comulgaban con las directrices ideológicas emanadas de Bruselas. Los enfrentamientos con los gobiernos de Polonia primero, y de Hungría después, son conocidos: amenazas de castigo a Polonia en 2017 y a Hungría a partir de 2018. En vez de respetar lo que los ciudadanos deciden en las urnas en cada país, la Unión Europea dictaminó que determinadas directrices ideológicas son de obligado cumplimiento. Y que ningún país europeo puede salirse del carril.

El último episodio en esa lucha contra la democracia son los nada disimulados intentos por dejar en agua de borrajas el referéndum del Brexit. La Unión Europea, con la ayuda de una parte de la clase política británica, ha hecho todos los esfuerzos para que el resultado de ese referéndum se desoiga o para que se celebre un segundo referéndum, tal como ya se hizo en Irlanda con el Tratado de Lisboa.

El resumen de estos diez años es bien sencillo: lo que la gente vota solo es aceptable y vinculante si coincide con lo que la élite tecnocrática ha decidido previamente. Si no coincide, el mandato popular debe ser anulado.

Y lo preocupante es que hay gente que encuentra justificaciones a ese modo de proceder: "es que los recortes son imprescindibles", "es que sería malo que el Reino Unido se fuera", "es que determinadas políticas ideológicas son positivas y progresistas"... Lo que esas personas están diciendo, sin darse cuenta, es que piensan que la gente no tiene derecho a tomar decisiones equivocadas. Pero eso es la negación de la democracia: si la gente no tiene derecho a decidir según qué cosas, ¿quién decide por ellos? ¿Una élite autonombrada, que ha decidido que sus miembros son más listos que los demás mortales?

Es más, en democracia no existen decisiones equivocadas, por definición. Es el pueblo, con su voto, el que decide qué es correcto o qué no. A cualquier persona individual le podrá parecer que una cierta decisión democrática es mala, pero eso es su opinión, nada más. Y los países deben regirse por lo que la gente mayoritariamente apruebe. Lo correcto es...obedecer lo que la gente mayoritariamente decide.

Pero la Unión Europea dejó de entender eso hace diez años. Y se transformó en un juguete de determinadas élites, que desde entonces llevan imponiendo sus decisiones con un descaro cada vez mayor. Lo que estamos viviendo, como consecuencia, es un descrédito creciente de unas instituciones europeas en las que los ciudadanos de Europa no se ven reflejados.

Si la Unión Europea no rectifica, si la Unión Europea no empieza a respetar la voluntad popular de las naciones que la componen, si la Unión Europea no acaba con esa antidemocrática actitud de su élite dirigente...entonces los ciudadanos de Europa acabarán con la Unión Europea.

Ya lo están empezando a hacer.

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