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La toma de Granada y los paraísos perdidos

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Que la colonización europea no fue un acto amistoso, es evidente. Que su historia está llena de episodios de violencia contra los colonizados, no hay quien lo discuta. Pero resulta infantil la tendencia a idealizar a las civilizaciones y grupos humanos que los colonizadores encontraron.

En el caso concreto de la colonización española de América, si los conquistadores fueron capaces de vencer con un puñado de hombres al imperio azteca, por ejemplo, fue porque pudieron fácilmente poner de su lado a los pueblos sometidos por ese imperio terriblemente cruel, en el que los sacrificios humanos masivos estaban a la orden del día. Los conquistadores no vinieron a alterar con su presencia ninguna paz idílica, sino a sustituir un estado de barbarie por otro con un grado de humanidad que distaba mucho de ser perfecto, pero que desde luego era bastante mayor.

Los ingleses, mucho más brutales como colonizadores que los españoles, aunque también mucho más pragmáticos, cometieron multitud de desafueros allá donde tomaron posesión, es cierto. Pero también lo es que, en lugares como la India, fue la colonización inglesa lo que permitió empezar a poner fin a costumbres como la de quemar a las viudas en las piras funerarias de sus maridos. Costumbre, por cierto, la de forzar a las viudas a acompañar al marido a la tumba, que también se practicaba entre los incas de alcurnia antes de la llegada de los españoles.

Así pues, a cada cual lo suyo. Seamos conscientes de lo que de malo pudieran haber hecho los europeos, pero sin cometer el error de pensar que lo que había en todos los lugares antes de su llegada era mejor. Porque en la mayoría de los casos era infinitamente peor.

Viene esto a cuento de que, ayer, algunos majaderos se manifestaron en las redes sociales contra el aniversario de la toma de Granada por parte de los Reyes Católicos, al grito de "¡No a la toma!". Dejando de lado que, más que una conquista, fue una reconquista de algo que los árabes habían tomado previamente, lo cierto es que la capitulación de Granada significó el fin de la España musulmana y el triunfo, por tanto, de la cristiandad.

Quizá alguien aborrezca la civilización cristiana o reniegue de ella. Quizá a alguien le de por idealizar la España musulmana. Quizá a alguien le guste fantasear con la idea de qué habría pasado si la Reconquista hubiera fracasado y toda España hubiera sido sometida por Al-Andalus. Pero España es hoy lo que es, porque su Historia ha sido la que ha sido. Igual que nosotros somos lo que somos, porque nuestros antepasados fueron los que fueron. Fantasear con lo que habría pasado si la Historia hubiera sido distinta, tiene tanto sentido como pensar qué habría ocurrido si tu tatarabuela se hubiera casado con el hombre al que verdaderamente amaba y no con el rico del pueblo: para empezar, de haber ocurrido eso, tú no existirías.

Pero en este caso no tenemos que recurrir a ninguna bola de cristal para tratar de ver cómo habrían evolucionado las cosas: basta con fijarse en lo que sucede al otro lado del Estrecho de Gibraltar.

Si España hubiera permanecido en la órbita de influencia del Islam, probablemente en el mejor de los casos estaríamos como Túnez, peleando por conservar una frágil democracia. En el peor, como Arabia Saudí, aplicando la sharía a una población sometida, en la que las mujeres gozarían de unos pocos derechos más que los animales de compañía. O como Libia, desangrándonos en medio de cruentas luchas tribales. O como Turquía, en plena involución hacia el fundamentalismo islamista. O como Egipto, sometidos a una feroz dictadura militar a la que Occidente contemplaría como un mal menor frente a la amenaza, real o supuesta, del fundamentalismo.

Como no soy precisamente sospechoso de islamofobia, me puedo permitir el lujo de decir, sin ningún rubor, que tendríamos que estar dando gracias todos los días a los Reyes Católicos por haber hecho que España quedara inserta para los restos en la cultura occidental. Entre otras cosas, porque gracias a eso algunas majaderas pueden salir hoy en público a decir "¡No a la toma!" sin necesidad de llevar burka.

La civilización cristiana tiene mucho de lo que arrepentirse. Es en nuestra gloriosa civilización occidental donde se inventaron, por ejemplo, las cámaras de gas. Así que no somos quiénes para mirar con complejo de superioridad a ninguna otra civilización existente. Pero lo cierto es que, puestos a elegir, resulta mucho más cómodo, si eres gay, que no te cuelguen de una grúa. Y resulta mucho más agradable, si eres mujer, que no te lapiden por adúltera. Y resulta mucho más reconfortante, si eres padre, que nadie pueda convencer a tu hijo de que se haga explotar para matar unos cuantos infieles.

A lo mejor mañana cambian las cosas. O al año que viene. O dentro de cien años. Pero hoy por hoy, nuestra civilización cristiana ha logrado fructificar, tras muchas vicisitudes, en unas sociedades occidentales relativamente tolerantes, mientras que el Islam lucha aún por recorrer el mismo camino.

Decir "¡No a la toma!" el mismo día que Arabia Saudí ejecuta a 47 personas, o al día siguiente de que el presidente turco ponga al régimen presidencialista de Hitler como modelo, indica que hay gente que se aburre mucho. O que necesita cariño. O que cobra por decir chorradas, que también pudiera ser.

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