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La mujer de Margallo

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Ayer, en un desayuno coloquio, el ministro de Asuntos Exteriores, García-Margallo, volvió a hablar del proceso separatista en Cataluña. Sí, el ministro de Asuntos Exteriores. Y se despachó con una de sus salidas de tono habituales, pretendidamente irónicas: "Si me dice que le invite a comer le invito. Si se quiere llevar a mi mujer, como mínimo habrá que hablarlo".

Me parece muy poco respetuoso para con su propia mujer que Margallo ironice a costa de ella, pero eso es casi lo de menos. Será problema de su mujer y suyo. Lo preocupante son todas las connotaciones de esa frase pretendidamente graciosa.

Si tomamos la frase literalmente, lo primero que se deduce de ella es que García Margallo es un señor que, si alguien se presentara para arrebatarle a su mujer, lo que haría sería decirle: "Vamos a hablarlo". Todo es negociable en esta vida, supongo, pero no entiendo muy bien qué tendría que hablar con alguien que quisiera llevarse a su mujer. Cualquiera de las opciones que me vienen a la mente no dejan a Margallo en muy buena posición.

En segundo lugar, la imagen que traslada esa gracieta (la de una mujer cuya propiedad se disputan Margallo y el hipotético pretendiente) rezuma un cierto machismo rancio. En caso de disputa por el corazón de una mujer, creo yo que será ella la que tenga el poder único de decisión. Suponer que su destino vaya a ser decidido en negociación entre los dos caballeros en liza, implica reducir a la mujer al estado de "cosa": algo que carece de voluntad propia y con lo que se comercia a voluntad del propietario.

En tercer lugar, la metáfora es mala a rabiar, quizá a propósito: Cataluña sería, según eso, una mujer que España y los separatistas se disputan, y sobre la que negocian. Esa metáfora implica dos cosas: que Cataluña es algo distinto de España (porque un matrimonio está formado por dos personas diferentes) y que Cataluña es negociable entre el gobierno y los separatistas.

Si quiere Margallo una mejor metáfora, Cataluña sería el precioso ático en dos alturas de la casa familiar, y los separatistas serían un hijo que, de repente, dice que se queda con el ático, porque la convivencia con el resto de la familia se le ha hecho imposible. Ante ese desafío, el cabeza de familia (el pueblo español, que es el propietario de la totalidad de la vivienda) solo tiene una contestación para darle al hijo separatista: "Eres mayor de edad y, por tanto, estás en tu derecho de irte de casa cuando quieras. Hay otros muchos lugares en el mundo donde vivir. Ahí está la puerta. Pero el ático es mío, y por tanto no te lo vas a apropiar". En otras palabras: si alguien no se siente a gusto dentro de España, está en su derecho de irse del país o de renunciar a la ciudadanía. Pero lo que no puede es arrebatar al resto de españoles (incluyendo a los catalanes no separatistas) una parte de su patrimonio común. El que no quiera ser español, ahí tiene la puerta, pero Cataluña es tan mía como del señor Artur Mas (mientras el señor Mas no renuncie a la ciudadanía española).

Y eso nos lleva al último punto que quería comentar sobre la frase de Margallo. A mí personalmente no me importa cuál sea la relación de Margallo con su mujer, lo que Margallo hable sobre su mujer con terceras personas o lo que Margallo negocie acerca de su propio patrimonio. El problema es que Margallo pretende negociar con los separatistas acerca de un patrimonio que es mío (en condominio con el resto de españoles).

Y yo no le he dado permiso al señor Margallo para negociar sobre eso en mi nombre.

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