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La disolución del PP y del PSOE

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Anteayer, la Cadena Ser publicaba las notas internas de las reuniones celebradas entre el PSOE y el PP para hacer el seguimiento del proceso de negociación con ETA. Mientras simulaba ante sus electores oponerse a la negociación con la banda asesina, Rajoy era puntualmente informado por Zapatero de cada paso que iba dando en la negociación. Si Rajoy, tras su llegada al poder, no hizo nada para desvelar las actas de negociación con ETA ni para poner fin a la hoja de ruta, es por la pura y simple razón de que siempre estuvo al tanto de cada movimiento y de cada acuerdo al que se llegaba con la banda.

La hoja de ruta de negociación con ETA no ha servido para que la banda desaparezca: ahí están en las instituciones, cobrando del dinero de todos los españoles, riéndose de sus víctimas, apalizando guardias civiles y haciendo homenajes a cada asesino que sale de la cárcel. Pero a quien sí se ha llevado por delante la hoja de ruta ha sido a los dos interlocutores que se sentaban al otro lado de la mesa: el Partido Popular y el Partido Socialista.

En 2004, PP y PSOE recibieron, entre los dos, el 80% de los votos. Catorce años después, apenas suman un 40% en los últimos sondeos. Y siguen bajando. Unos diez millones de sus electores, que se dice pronto, han decidido desde 2004 votar a otros partidos o dejar de votar.

No pretendo decir que la negociación con ETA (y, en general, la actitud hacia el nacionalismo) sea el único factor en el derrumbe del bipartidismo. De hecho, hay otros dos factores fundamentales: la corrupción y el estallido de la crisis económica. Pero tanto uno como otro son factores temporales: la pérdida del gobierno en medio de graves escándalos de corrupción en 1996 no impidió al Partido Socialista recuperar la Moncloa ocho años después. Y el efecto de la crisis económica sobre PP y PSOE hubiera debido permitir que ambos partidos recuperaran su nivel de voto una vez acabada la crisis. Y no ha sido así.

Y si no ha sido así es porque, entre medias, se había producido una quiebra de confianza entre el electorado de esos dos partidos. De hecho, si analizamos las gráficas de intención de voto del PP, está claro que es el factor ideológico (y no la corrupción o la crisis económica) el principal responsable del derrumbe. El PP no solo consiguió mantener incólume su apoyo electoral entre 2004 y 2011, sino que en 2011 consiguió la mayoría absoluta. Y ello a pesar de que el caso Gürtel había estallado en 2009, lo que quiere decir que la corrupción juega un papel relativamente menor en el terreno electoral. Y en cuanto a la crisis, está claro que si los electores se la achacaban a alguien era al PSOE, no al PP.

No, la caída del PP no ha tenido casi nada que ver ni con la corrupción, ni con la crisis económica. De hecho, la caída del PP se ha producido a pesar de que Rajoy podía tratar (y lo hizo) de ponerse la medalla de habernos sacado de la crisis. El derrumbe del PP empieza cuando, tras su llegada al poder, los electores constatan que les han tomado el pelo desde el punto de vista ideológico, especialmente en lo tocante a la negociación con ETA.

Bolinaga, la excarcelación masiva de etarras, la no ilegalización de los brazos políticos de ETA… todo ese largo proceso fue pasando al partido una lenta pero inexorable factura. Combinada con el golpe en Cataluña, esa pérdida de crédito entre sus electores ha llevado al Partido Popular a estar luchando, en estos momentos, por conservar la cota del 20% del voto en los sondeos.

En cuanto al PSOE, tampoco sus electores (o al menos una buena parte de ellos) han entendido nunca ese empeño suicida en abrazarse con los asesinos etarras o con los golpistas nacionalistas. Y buena prueba de ello es la manera en que el Partido Socialista se ha hundido en la irrelevancia en Cataluña o el País Vasco. De gobernar ambas comunidades, el PSOE ha pasado a correr el riesgo de la extraparlamentarización a medio plazo.

Decía Nietzsche: "te perdono que me hayas mentido, pero lo que no puedo perdonarte es que hayas hecho que ya no pueda volver a confiar en ti". La crisis de confianza del PP y el PSOE entre sus electores no es reversible. O dejémoslo en que es muy difícilmente reversible. Ambos partidos han traicionado a sus electores pactando con quienes siempre han demostrado, con sus hechos y sus palabras, odio hacia España y hacia los españoles. Y ahora están pagando la factura de esa incomprensible traición.

A ambos se los va a llevar por delante la negociación con ETA. Y lo peor, para ellos, es que casi ningún español llorará su desaparición. Se la han ganado a pulso.

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