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La cola empieza aquí

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Muchas veces hemos comentado en este programa el papel que las encuestas electorales juegan en España. Lejos de medir el estado de la opinión pública, en numerosas ocasiones parece que lo que las encuestas pretendieran es moldear ese estado, moldear las preferencias de los electores de acuerdo con el resultado que se quiere que las elecciones arrojen.

¿Pero hasta qué punto es eso posible? ¿En qué medida dejamos los seres humanos que las opiniones de los demás dicten las nuestras?

Pues en mayor medida de lo que creemos. Seguro que todos ustedes han pasado por la experiencia de llegar por primera vez a una calle repleta de bares y tener que tomar la decisión de en cuál sentarse. Y seguro que más de una vez han elegido Vds. el bar más lleno, evitando entrar en aquellos que estaban vacíos. Ante la falta de información, tendemos a suponer que los demás tienen esos datos que a nosotros nos faltan, y minimizamos los riesgos haciendo lo que los demás hacen.

Y ese comportamiento a la hora de elegir dónde tomar una cerveza o dónde comer, lejos de ser una simple anécdota, refleja una característica común a muchísimas especies animales que tienen que vivir enfrentándose a sus depredadores, una característica que la Evolución ha grabado en nuestros genes a sangre y fuego: para maximizar tus posibilidades de supervivencia, haz lo que veas hacer a los demás. Si eres una cebra, irás allí donde veas que hay otras cebras y evitarás los lugares donde otras cebras no vayan. Por dos motivos: primero, porque si en un lugar hay cebras, quiere decir que allí hay comida y que no hay en ese momento ningún león en las inmediaciones. Y en segundo lugar, porque en caso de que apareciera un león más adelante, el estar dentro del grupo minimiza tus posibilidades de convertirte en víctima, ya que el león tiene muchas cebras entre las que elegir.

Si entramos en los bares llenos es porque el mono que hay dentro de nosotros busca tanto la protección del grupo como aprovechar la experiencia que sus miembros hayan podido acumular. Y esa tendencia a hacer lo que hacen los demás es fortísima.

Hace algunos años, unos sociólogos americanos hicieron un curioso experimento en Las Vegas, para tratar de medir qué atracción sentimos por las colas. En las inmediaciones de un local, pusieron un cartel en la calle que decía simplemente “La cola empieza aquí”. El cartel estaba flanqueado por dos cuerdas, que marcaban en qué sentido debía formarse la cola sobre la acera.

Cuando se dejaba simplemente el cartel y las cuerdas, no pasaba nada. Los viandantes miraban con curiosidad el cartel, pero ninguno se detenía. Por el contrario, si se colocaba un grupo numeroso de voluntarios en la cola, enseguida los viandantes se paraban a preguntar que para qué era esa cola de personas. Y aunque los voluntarios tenían la orden de responder “No tengo ni idea de para qué es”, los viandantes comenzaban a añadirse a la fila.

Los responsables del experimento se hicieron la pregunta de cual sería el número mínimo de voluntarios que induciría a los viandantes a sumarse a la cola. ¿Cuál dirían ustedes que es? ¡Pues resulta que uno! Bastaba una sola persona que actuara de gancho para que, a no mucho tardar, algún viandante más desocupado que los demás se añadiera a la fila. Después, el ritmo de crecimiento de la cola iba siendo cada vez más rápido, a medida que el tamaño de la fila crecía .

Somos tan influenciables, que basta con ver una sola persona detrás de un cartel que diga “Aquí empieza la cola”, para que nos entren tentaciones de ponernos en fila también.

Obviamente, esa tendencia nuestra al gregarismo ofrece grandes posibilidades a aquellos que quieran manipularnos. Por ejemplo, con la publicación de encuestas. Siempre sentiremos, como animales sometidos a depredación que somos, la tentación de hacer lo que nuestros congéneres hacen.

¿Y qué se puede hacer para evitar eso? Pues realmente nada. De hecho, es absurdo tratar de ir contra nuestra propia naturaleza. Si tendemos al gregarismo es porque en muchas ocasiones resulta realmente beneficioso aprovechar la experiencia de los demás y la protección del grupo.

Simplemente, lo que hay que hacer es ser conscientes de que nuestra naturaleza es así, y evitar que alguien la aproveche para hacernos trampas. Porque una cosa es lo que los demás hacen y otra cosa bien distinta es lo que alguien nos dice que los demás hacen. Por seguir con el ejemplo de los bares, en el que hay que entrar es en el que nosotros veamos que está lleno, no en el que alguien nos diga que está muy de moda.

Aplicado al caso electoral, el votar lo que otros votan no es necesariamente malo. Pero averigua por ti mismo qué es lo que la gente de tu entorno vota, y no te fíes necesariamente de aquellos – los encuestadores – que te vienen a decir lo que vota la gente.

Cuando te entren tentaciones de creerte las encuestas a pies juntillas, recuerda a esos sociólogos americanos poniendo en una calle de Las Vegas un cartel que dice: “La cola empieza aquí”.

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