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Inglaterra no se humilla

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La primera embajada británica a China, dirigida por el diplomático George Macartney, arribó a las costas de Macao en junio de 1793, llevando suntuosos regalos y una carta del rey Jorge III para el emperador Qianlong, y con el encargo de ahondar en las relaciones comerciales entre los dos países. El objetivo último era equilibrar la balanza comercial con el imperio chino, vendiendo mercancías inglesas para compensar las importaciones de te, porcelana y seda.

La burocracia y el protocolo chinos obligaron a Macartney a esperar tres meses antes de poder ver al emperador. Las últimas semanas de esa larga espera transcurrieron en medio de complicadas negociaciones diplomáticas por una cuestión meramente simbólica, que ilustra perfectamente tanto las sutilezas de la política internacional como la actitud de Inglaterra en lo que respecta a las relaciones con otros estados. Me refiero al kowtow, el saludo ceremonial a los emperadores chinos.

La costumbre era que todos aquellos que comparecieran ante el emperador se hincaran de rodillas tres veces, dando cada vez tres cabezazos en el suelo: nueve cabezazos en total. Otros enviados extranjeros no tuvieron problemas en aceptar ese ceremonial, pero el embajador inglés hizo saber a los funcionarios chinos que no pensaba prosternarse de tal forma, puesto que el rey inglés, al cual representaba, no era súbdito del emperador. Los chinos replicaron que era imprescindible ese gesto si quería una audiencia.

Macartney contestó a los chinos que solo accedería a postrarse de esa forma si un ministro chino de un nivel igual al del propio Macartney se postraba exactamente de la misma forma delante de un cuadro del rey Jorge III. Los chinos dijeron que eso era imposible, puesto que Hijo del Cielo solo había uno: el emperador chino. Esa visión implicaba que Macartney no venía a traer regalos en nombre de otro soberano, sino tributos de un vasallo. Macartney contestó que no aceptaba semejante planteamiento.

El emperador, cada vez más molesto, firmó un edicto de compromiso en el que autorizaba a Macartney a postrarse solo una vez, en vez de las tres reglamentarias, pero Macartney se mostró inflexible: no se postraría ante el emperador chino, salvo que hubiera reciprocidad por parte de un ministro chino con el rey inglés. El emperador estuvo a punto de cancelar la reunión, pero finalmente aceptó que Macartney actuara como lo haría delante de su propio monarca: hincando simplemente la rodilla. El embajador británico se había salido con la suya. A pesar del desencuentro, en el banquete de celebración el emperador chino sentó a Macartney a su izquierda, en el puesto de honor.

La embajada fracasó en su objetivo final, puesto que el emperador contestó a las demandas inglesas diciendo que China no tenía necesidad de ninguno de sus productos y negándose a relajar las restricciones comerciales. Pero el viaje sirvió para conseguir más información sobre China y para dejar claro que Inglaterra no se humillaba ante nadie.

Veintitrés años después, en 1816, Inglaterra envió una segunda embajada a China, dirigida por William Amherst. Volvió a plantearse el problema del kowtow, la postración ceremonial, y el embajador inglés volvió a negarse. En esa ocasión, ni siquiera le dejaron ver al emperador y Amherst tuvo que volver por donde había venido.

Otros veintitrés años después, en 1839, se declaraba la Primera Guerra del Opio entre Inglaterra y China y los ingleses terminarían imponiendo sus condiciones comerciales al Imperio Celestial por la fuerza de las armas.

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