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Hollywood cambia el envoltorio del chicle

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Esta semana hemos sabido que la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood ha decidido otorgar al año que viene otro premio Oscar más, el premio a la película más popular, con lo que en la ceremonia de 2019 se concederá un total de 25 estatuillas.

La decisión, que ha provocado una cierta polémica en el sector cinematográfico (ya que supone premiar a una película por su éxito comercial y no por su calidad), está motivada por los preocupantes índices de audiencia que la Ceremonia de los Oscar tuvo este año, cuando perdió 7 millones de espectadores (un 20% de la audiencia del año anterior). Introduciendo un nuevo galardón, y haciendo otras modificaciones en el formato de las galas, la organización que concede los premios espera poder recuperar espectadores.

Permítanme los organizadores de la ceremonia decirles que no se molesten en hacer esos cambios. Si una empresa vende un chicle que sabe mal, el ponerle un envoltorio más bonito no va a permitir aumentar las ventas significativamente, porque el problema está en el producto, no en la apariencia externa. Y el problema de la gala de los Oscar no es que el escenario sea más o menos vistoso, ni que se entreguen más o menos galardones, sino que Hollywood se ha convertido en una maquinaria de insultar masivamente a la mitad de los norteamericanos. Ningún cambio cosmético puede compensar eso.

Si la audiencia cayó un 20% el año pasado y si la ceremonia cosechó la menor cuota de pantalla de toda la historia de los Oscar, es porque la ceremonia se convirtió en un aquelarre político, en el que la élite millonaria del cine se dedicó a insultar a placer al presidente que había ganado las elecciones y a esa mitad de los americanos que le habían votado.

Los muy acomodados galardonados se permitieron pontificar en sus discursos sobre todo tipo de temas, desde la inmigración al control de armas, pasando por el machismo, sin desdeñar en ningún momento los chistes contra los hombres o contra Trump... Vamos, lo que aquí ya estamos acostumbrados a ver en nuestra Gala de los Goya. Con la diferencia, claro está, de que la Gala de los Goya, además de un aquelarre progre, es un auténtico bodrio, por ser una mala imitación de la ceremonia americana.

El progre americano o europeo que trabaja en el cine es ese señor tan peculiar que insulta a sus potenciales espectadores y luego se asombra de que esos espectadores tengan la desfachatez de no ver sus películas ni sus ceremonias de entrega de premios. "¿Pero cómo se atreven estos paletos de Oklahoma, que cobran una mierda por trabajar en un taller 10 horas al día, a despreciar mi arte, por el que cobro decenas de millones de dólares?", se pregunta extrañado el progre.

Porque lo cierto es que ni siquiera se percatan del rechazo que producen. Ni siquiera son conscientes de que a alguien le puede resultar vomitivo ver cómo llaman machista a Trump los mismos que sabían que Harvey Weinstein se tiraba a toda actriz que quisiera hacer carrera en Hollywood. O cómo posturean de solidarios desde sus millonarios contratos, permitiéndose afear el supuesto "racismo" de quienes compiten a diario con los inmigrantes ilegales por un puesto mal pagado en una hamburguesería. O cómo defienden el control de armas los mismos que contratan guardias privados con pistola para proteger sus lujosas residencias. O cómo llaman estúpidos a los votantes algunos que ni siquiera sabrían nombrar tres autores de la literatura universal. O cómo tildan de antidemócratas a los votantes de Trump los mismos que hacen llamamientos a recurrir a la fuerza para desconocer los resultados de unas elecciones.

¿Quiere saber la Academia de Hollywood por qué la gente pasa de la Ceremonia de los Oscar? Pues porque el mundo de la progresía cinematográfica da asco, oiga. Son Vds. hipócritas, arrogantes, sectarios y muy poco respetuosos con la democracia. Lo extraño no es que la ceremonia de los Oscar haya perdido un 20% de audiencia, sino que todavía le quede audiencia. La gala se ha convertido en un incestuoso ejercicio de onanismo colectivo, en el que lo único que queda claro es lo contentos que están Vds. de conocerse a si mismos y lo mucho que desprecian a aquellos de cuyo dinero comen.

Y el problema que tiene despreciar al que te da de comer es que, a veces , la gente se harta y deja de comprarte el producto. Que es precisamente lo que les está sucediendo a Vds.

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