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Final de ciclo

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Como casi siempre en política, lo importante no es lo que se ve. De hecho, aquello que nos presentan suele tener como objetivo ocultar lo que realmente es importante.

Lo importante no es que el Parlamento catalán o un juez en Alemania hagan tal o cual cosa. Lo importante son las conversaciones discretas que mantienen desde hace mucho tiempo las supuestas fuerzas constitucionalistas con los partidos golpistas, para tratar de normalizar la situación.

Lo importante no es el máster de Cifuentes, ni siquiera su previsible dimisión, sino las conversaciones discretas para decidir quién debe suceder a Cifuentes y a Gabilondo al frente del PP y el PSOE madrileños.

PP y PSOE se enfrentan al final de un ciclo, final que amenaza con llevárselos por delante. A ambos. Alguien con dos dedos de frente se habría dado cuenta hace mucho de que la situación no da para más, pero nuestros dos grandes partidos no tienen ya entre sus filas a gente especialmente brillante y, además, la inercia es demasiada como para no caer en la tentación de intentar resistir.

Y buscan desesperadamente recomponer el statu quo, volviendo en Cataluña al estado de cosas anterior al 1 de octubre, y cerrando el paso a la emergencia de nuevos partidos. Y no me refiero solo a Ciudadanos.

No se dan cuenta (o aun se resisten a creerlo) que estamos como estamos porque todos los frankenstein que desencadenaron han cobrado vida propia. Y están fuera de control. Soltaron al monstruo separatista con el doble objetivo de distraer la atención de la crisis económica y pavimentar el camino hacia un régimen confederal. Necesitaban la tensión centrífuga para pastorear a los españoles. Pero el monstruo del separatismo se les fue de la manos y mutó en golpe de estado. Y sucedió lo que no habían previsto: el pueblo español reaccionó. Y de repente España se llenó, en sus balcones, de esas banderas que tantas décadas de ingeniería social había costado desterrar al baúl de los recuerdos.

De no ser por esa reacción de españolismo, volver a la situación de antes del 1 de octubre no sería tanto problema. La garantía de impunidad presente y futura bastaría para pactar un nuevo acuerdo con los golpistas. Pero quien no aceptaría eso es el pueblo español. Y no saben cómo hacer que arríe sus banderas.

También soltaron al monstruo del populismo podemita para canalizar la indignación social del 15-M hacia la nada. Y el monstruo les resultó útil para dirigir el voto del miedo hacia Rajoy, por dos veces sucesivas, manteniendo así el equilibrio básico de poderes. La jugada implicaba debilitar a un PSOE ya demasiado desgarrado por luchas intestinas, pero se consideró que en su momento podía desactivarse al monstruo y que los votos volverían a su refugio natural y controlado. Pero no ha sido así: el desinflarse del populismo podemita no ha reforzado a un PSOE que perdió los votos para no recuperarlos jamás.

Y no hay dos sin tres: el tercero de los monstruos, creado para recoger el voto del desencanto de forma que no supusiera un peligro para el sistema, también se ha ido de las manos. Ciudadanos ha crecido mas allá de lo previsto. Y el inicialmente concebido como partido escoba, como cómoda bisagra para el bipartidismo, encabeza de repente las encuestas, hundiendo al PP y al PSOE aún más en el fango. Y de repente se descubre con horror, que los dos otrora grandes partidos de España ni siquiera contarían ya con los escaños suficientes para formar un gobierno de concentración.

A perro flaco, todo son pulgas. Y mientras los tres monstruos deambulan fuera de control, otros nubarrones descargan ya o amenazan con hacerlo. Y algunos jueces se empeñan en hacer justicia. Y algunos monarcas se empecinan en cumplir con su deber constitucional. Y el calendario electoral (¡malditas elecciones europeas!) se confabula para meter a no menos de tres nuevos partidos en la escena política, lo que terminaría de reventar el reparto de papeles pactado en la Transición y, lo que es peor, podría dar cauce al españolismo electoral.

El olor a fin de ciclo es ya insoportable. Y ahora se preguntan, cuando todo se descompone a su alrededor, qué hacer. Y no encuentran la respuesta.

Aun no se han dado cuenta de que ya no pueden hacer nada.

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