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Esa extraña amnesia colectiva de los españoles

En cierta ocasión, un amigo taiwanés me comentó una curiosa diferencia entre los chinos y los occidentales a la hora de concebir el tiempo.

"Para vosotros los occidentales", me dijo, "el futuro está delante y os imagináis a vosotros mismos caminando hacia ese futuro. Sin embargo, esa imagen es incorrecta: el futuro no está delante, no lo podemos ver. Nosotros los chinos pensamos en el futuro como algo situado detrás: los seres humanos estamos quietos, y es el futuro el que va adelantándonos. Solo cuando el futuro se convierte en pasado, pasa a estar delante de nuestros ojos. Por eso lo único que podemos ver es el pasado".

Ignoro si lo que me comentaba ese amigo taiwanés es una teoría de alguna escuela filosófica china concreta, o si efectivamente es una forma generalizada de concebir el tiempo entre las personas de cultura china, pero en cualquier caso resulta interesante esa forma de pensar acerca del futuro. Se trata de una actitud mucho menos activa, puesto que los seres humanos no avanzan voluntariamente hacia el porvenir, sino que están quietos mientras el tiempo se mueve a su alrededor. Pero al mismo tiempo es una actitud mucho más consciente de la historia de uno mismo y de aquello que le rodea, puesto que tiene ante sus ojos todo lo que ya ha ocurrido.

Quizá sea cierto que los occidentales tendemos a ignorar el pasado más que otras culturas y estamos más convencidos de poder modelar el futuro, lo cual tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. En el lado positivo, desprenderse del lastre del pasado, implica encarar el porvenir más ligero de equipaje y con menos prejuicios y miedos. En el lado negativo, olvidarse del pasado hace que tengamos que reinventar la rueda múltiples veces, en muchos órdenes de la vida.

Pero si los occidentales tienden a contemplar poco el pasado, en el caso de los españoles esa costumbre alcanza niveles espectaculares. Y no se trata de algo cultural, puesto que los países iberoamericanos no parecen compartir esa alergia al pasado que a los españoles nos aqueja. Lo nuestro es más amnesia que despreocupación. Una cosa es poner el acento en lo que hay que hacer, y no en lo que ya se ha hecho, y otra cosa distinta es olvidarse completamente de todo lo que se ha hecho anteriormente. Y mal podemos encarar el futuro cuando ni siquiera sabemos cómo hemos llegado hasta donde estamos.

En los seres humanos, muchos casos de amnesia se deben a traumas psicológicos o físicos. En nuestro caso, ¿cuál es el trauma que nos aqueja a los españoles y que provoca en nosotros esa amnesia colectiva? ¿Nuestra turbulenta historia desde principios del siglo XIX hasta ahora? Pues tampoco es para tanto. De hecho, la historia de España ha sido en este tiempo mucho menos turbulenta que en muchísimas naciones de nuestro entorno.

¿Se trata, entonces, de que la nuestra es una historia vergonzosa, que hubiera que ocultar? Tampoco lo parece. Pocas naciones tienen tantas cosas de las que enorgullecerse y tan pocas de las que avergonzarse.

¿Entonces qué es? Les confieso que no tengo ni la más remota idea. Quizá somos como esas personas que, sin ningún motivo concreto, sienten algún tipo de complejo de inferioridad con respecto a los demás. O a lo mejor solo estamos faltos de cariño, yo qué sé.

Lo que sí sé es que ese tipo de complejos acerca de nosotros mismos y ese tipo de amnesia acerca de nuestra historia a mí me aburren mucho. Ni me siento acomplejado como español, ni me gusta perder un solo minuto autoflagelándome, especialmente cuando no veo ningún motivo para ello.

Es más, ahora que no nos oye nadie, les confieso que, si tuviera que elegir, elegiría volver a nacer español, porque pocas historias conozco tan apasionantes y tan llenas de hombres y mujeres extraordinarios como la historia de España.

Y no puede ser mal pueblo aquel que da tan maravillosas gentes.

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