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En Pie

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Ayer, Libertad Digital informaba del giro ideológico que se ha producido en la izquierda alemana, donde Sahra Wagenknecht, una de las más destacadas figuras de Die Linke, el equivalente alemán a Podemos, ha puesto en marcha un nuevo partido denominado En Pie. La nueva formación aglutina a sectores de Die Linke, de Los Verdes y del Partido Socialdemócrata Alemán, incluyendo al que que fuera su secretario general, Oskar Lafontaine.

Hasta aquí, todo normal: es el pan nuestro de cada día que se creen nuevos partidos a partir de los ya existentes. La novedad es que la nueva formación nace con el objetivo de frenar el ascenso de la ultraderecha del AfD, para lo cual ha decidido adoptar un discurso anti-inmigración.

Aunque pueda parecer oportunismo, no se trata de algo improvisado. Sahra Wagenknecht lleva mucho tiempo intentando, sin éxito, que Die Linke adoptara posturas contrarias a la política de puertas abiertas de Merkel. El argumento es simple: nuestros votantes potenciales son los de la clase trabajadora, y es esa clase trabajadora la que más sufre las consecuencias del descontrol migratorio y la que más se opone, por tanto, a la inmigración masiva. Si queremos su voto, tendremos que hacer caso de sus demandas, que pasan por el control migratorio y la lucha contra la globalización, que está destruyendo el poder adquisitivo de los trabajadores en Alemania.

El discurso de Sahra Wagenknecht podría ser perfectamente el de Donald Trump, salvo porque la líder del nuevo partido alemán es ferviente admiradora del comunismo y de los regímenes bolivarianos. Es una especie de Bernie Sanders, pero pasado por el barniz de la Alemania del Este.

La lección que cabe extraer de este giro de una parte de la izquierda alemana hacia las posturas anti-inmigración es que, al final, Merkel y la Unión Europea han conseguido, con su irresponsabilidad migratoria, el triunfo de la ultraderecha en Europa. No solo es que la ultraderecha gobierne ya en diversos países, sino que en aquellos que no gobierna ha logrado que los partidos tradicionales endurezcan su discurso. Con lo cual, la ultraderecha consigue que gobiernen sus políticas, aunque no gobierne ella misma.

Y no resulta tan raro que eso suceda así. Porque el análisis que hace Sahra Wagenknecht es correcto, como es correcto el que hacen Donald Trump o Bernie Sanders: quienes sufren las consecuencias de la globalización y de la inmigración masiva son los trabajadores de los países occidentales, porque la globalización y la inmigración tienen el efecto de tirar de los salarios a la baja. Y a quien pierde su trabajo o ve disminuir su nivel de vida no se le puede pedir que se contente pensando en lo mucho que se ha elevado el nivel de vida en el tercer mundo, cuánto se han incrementado los beneficios de las grandes corporaciones, cuántos refugiados se han acogido o cómo sube la bolsa.

El ascenso de la ultraderecha (la de verdad, la que se nutre del voto obrero) es consecuencia directa del mal reparto de los beneficios de la globalización. La única manera de frenar ese golpe de péndulo es introducir un poco de racionalidad en la distribución de esos beneficios. O, para ser más precisos, introducir un poco más de equidad en la distribución de los costes asociados.

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