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El silencio de los peperos

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‘El silencio de los corderos’ es una mítica película de 1991 que consiguió una proeza que pocas cintas han logrado, la de obtener los cinco grandes premios Oscar: mejor película, mejor director, mejor actor principal, mejor actriz principal y mejor guión (en este caso, adaptado de la novela homónima de Thomas Harris).

No les destripo el guión por si acaso no han visto la película. Quedémonos con que narra la búsqueda de un asesino en serie por parte de una agente del FBI, Jodie Foster, que recurre a la ayuda de otro asesino en serie ya encarcelado, interpretado por Anthony Hopkins. La confrontación de los dos actores es realmente espectacular.

El título de la película hace referencia a una experiencia infantil de la agente del FBI protagonista: una noche, estando viviendo en la granja de un primo suyo, a la que había ido a parar tras la muerte de su padre, la despertaron los gritos de los corderos que su primo estaba matando. Y esos gritos la persiguen desde entonces, convirtiéndose en una especie de objetivo vital para ella dejar de oírlos.

La carnicería que se está perpetrando en el Partido Popular no es menos cruenta que la que marcó a Jodie Foster. No hay agonía física, pero el partido se desangra a ojos vista y todo hace presagiar una rápida ucedización del partido: este, Manuel Fraga, puso el huevo del partido; este otro, José María Aznar, lo refundó; y este pícaro gordo, Mariano Rajoy, se lo merendó, se lo merendó…

Y lo llamativo es que la matanza se produce en medio de un clamoroso silencio de los corderos, tan desasosegante o más que los gritos de agonía que marcaron a Jodie Foster.

Rajoy comenzó liberando a Bolinaga, y todos los corderos callaron. Rajoy mantuvo todas y cada una de las leyes ideológicas de Zapatero, y todos los corderos callaron. Rajoy continuó entregando a los separatistas papeles del Archivo de Salamanca, y todos los corderos callaron. Rajoy consintió el referéndum del 9-N convocado por Artur Mas, y todos los corderos callaron. Rajoy siguió financiando con generosidad el golpe de estado separatista, y todos los corderos callaron. Rajoy volvió a consentir otro referéndum ilegal, y todos los corderos callaron.

No fueron los gritos de los miembros del partido, sino los del Rey y los de los españoles, los que obligaron por fin a Rajoy a mover ficha, haciendo como que aplicaba un 155, para al final no aplicarlo y convocar elecciones. Y todos los corderos del partido volvieron a callar.

Y la última estocada de Rajoy, intentando dinamitar la instrucción del juez Llarena contra el teórico líder del golpe, ha vuelto a ser saludada con un clamoroso silencio por los miembros del partido a los que conducen disciplinadamente al matadero electoral.

No hay nada que hacer. No porque el partido esté compuesto de corderos: si al menos balaran, aun tendría esperanza. El problema es su silencio. Rajoy les hará perder en 2019 las pocas plazas municipales de importancia que aun no han perdido. Y los sondeos sitúan ya al Partido Popular como tercera fuerza, muy por debajo de Ciudadanos y ligeramente detrás de un Partido Socialista también en declive, lo que augura unas elecciones europeas catastróficas, que podrían hacer saltar por los aires todo el actual panorama político. Y el batacazo en las europeas no será sino el anuncio del desastre final en las generales.

Pero el partido seguirá callando. Ninguno de los corderos se atreverá a emitir ningún quejido, por miedo unos a ser purgados de las listas antes incluso de que los electores pronuncien su sentencia; por miedo otros a que les saquen o les fabriquen un dossier.

Rajoy, con sus fieles escuderos, seguirá concentrado en su lenta, pero sistemática, carnicería. Y los corderos serán electoralmente degollados en medio de un silencio sepulcral.

Ese silencio sí que da escalofríos. Mucho más que los gritos que escuchaba Jodie Foster.

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