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El fuego de San Antonio

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En un lapso de 500 años, entre 837 y 1347, en Europa Central se produjeron unos cincuenta brotes epidémicos de una rara enfermedad a la que se dio en llamar "fuego de San Antonio". Algunos de esos brotes, como el del suroeste francés en 944, causaron la muerte de decenas de miles de personas.

Los síntomas de la enfermedad eran atroces: las personas afectadas sufrían convulsiones, alucinaciones y gangrena de las extremidades. La muerte era casi siempre el resultado final, después de una espantosa agonía.

En el año 1095, Gaston de Valloire, agradecido a unos monjes que habían curado a su hijo del fuego de San Antonio, funda una congregación religiosa dedicada a atender a los aquejados por esta enfermedad. Esa comunidad fue el germen de la denominada Orden Hospitalaria de San Antonio, que llegó a contar con 370 hospitales en toda Europa.

Y el caso es que los monjes de aquellos hospitales tenían éxito curando esa extraña enfermedad. Cuando los daños no eran ya irreversibles, los enfermos a los que aquellos monjes prodigaban sus cuidados llegaban a sanar en muchas ocasiones, si bien es verdad que algunos recaían al volver a sus lugares de origen.

Nadie sabía por qué enfermaba la gente, así que la explicación más común era que se trataba de algún castigo divino. Y el éxito de los monjes hospitalarios en el tratamiento de la enfermedad no hacía sino reforzar la idea de que algún componente religioso había, tanto en la epidemia, como en su proceso de cura. De modo que el consejo que los enfermos recibían era emprender una peregrinación para expiar sus pecados y buscar atención en alguno de los hospitales que los monjes habían erigido por los caminos. Y funcionaba.

Hoy en día conocemos qué fue lo que realmente sucedió, y los hechos adquieren un carácter completamente distinto a la luz de los hallazgos científicos. El fuego de San Antonio no era ninguna enfermedad infecciosa, sino una intoxicación por ingerir cornezuelo del centeno, un hongo que ataca las cosechas de ese cereal.

Por aquella época, el centeno era el cereal de los pobres, y no se había inventado ningún método simple para separar el cornezuelo de los granos. De modo que el cornezuelo, fuertemente tóxico, llegaba a la cadena alimentaria de la población de aquellas zonas donde el hongo había proliferado. Por eso los brotes epidémicos afectaban a zonas más o menos amplias, pero localizadas: no porque se produjera contagio de unas personas a otras, sino porque la población se veía afectada en toda el área donde el hongo del cornezuelo hubiera infectado la cosecha.

La explicación de los síntomas también está clara: hoy en día, sabemos el efecto que los distintos tóxicos del cornezuelo tienen sobre el cerebro, el sistema nervioso y el sistema circulatorio.

Y también podemos intuir por qué tantos enfermos curaban al emprender la peregrinación y al ser tratados en aquellos hospitales que los monjes de la Orden de San Antonio regentaban. Para empezar, la peregrinación llevaba al enfermo lejos del área contaminada por el cornezuelo. Y en aquellos hospitales, además, a los enfermos se los alimentaba con pan de trigo, no de centeno. De modo que los afectados por la enfermedad dejaban de ingerir el tóxico y podían llegar a recuperarse, en aquellos casos en los que la enfermedad no hubiera avanzado lo suficiente. En aquellos otros casos en los que la gangrena ya había hecho su aparición, los monjes hospitalarios se habían especializado en la amputación de los miembros afectados. El enfermo quedaba tullido, pero al menos salvaba la vida.

También entendemos hoy por qué había enfermos que recaían al volver a sus lugares de origen. Si la epidemia de cornezuelo no había remitido en la zona, volvían a ingerir los alcaloides que les intoxicaban.

Y está claro, asimismo, por qué el fuego de San Antonio atacaba las zonas del centro europeo: porque el hongo del cornezuelo solo prolifera en zonas húmedas.

Un misterio histórico resuelto por la Ciencia.

Déjenme que extraiga dos lecciones simples de estos episodios: la primera es que los hechos históricos adquieren significados nuevos a medida que nuestros conocimientos van progresando, a medida que sabemos más sobre por qué funciona como funciona el mundo que nos rodea.

La segunda lección también es importante: son muchas las cosas que desconocemos, y eso nos lleva a veces a esbozar, desde nuestra ignorancia, explicaciones incorrectas de la realidad. Pero el que nuestras explicaciones sean incorrectas no quiere decir que no funcionen, y la historia del fuego de San Antonio es un ejemplo perfecto: los enfermos curaban al peregrinar hasta los hospitales. La explicación de por qué curaban era incorrecta, porque para empezar no se sabía en qué consistía la enfermedad, pero el hecho es que la terapia funcionaba.

Los seres humanos luchamos desde siempre por vencer a la ignorancia, expandiendo nuestros conocimientos. Pero mientras que los adquirimos, nos dejamos guiar por el sentido común, que nos impulsa a utilizar aquello que funciona (aunque no sepamos por qué funciona) y a abandonar lo que no da resultado.

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