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El escándalo Google o cómo pegarse un tiro en el pie

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La polémica de la semana la ha protagonizado, sin duda, Google, la empresa creadora del buscador más utilizado en Internet, al despedir a un ingeniero que había escrito un informe sobre la diversidad de género.

Google abrió un debate interno sobre las políticas de género empleadas dentro de la empresa, en el que se buscaba, por ejemplo, explicación al hecho de que el 81% de los puestos técnicos en Google están ocupados por hombres, a pesar de todos los intentos por fomentar la contratación de mujeres.

El ingeniero despedido, James Damore, respondió al llamamiento de la empresa con un memorando interno en el que señalaba:

1) Que, efectivamente, existen barreras machistas que dificultan a las mujeres la incorporación al mercado laboral y el ascenso dentro de las empresas.

2) Que esas discriminaciones no bastan, por sí solas, para explicar las abultadas diferencias en cuanto a porcentaje de hombres y mujeres que optan a puestos técnicos o a puestos gerenciales.

3) Que existen diferencias biológicas demostradas entre hombres y mujeres.

4) Que esas diferencias biológicas hacen que hombres y mujeres tengan preferencias e intereses diferentes.

5) Que esa diferencia de preferencias e intereses influye en que las mujeres opten en menor medida por los puestos técnicos o gerenciales.

Pero lo más importante que decía ese ingeniero es lo siguiente: que a las personas hay que tratarlas como seres humanos individuales, no como miembros de un colectivo. Es decir, la igualdad no consiste en que haya tantas mujeres programadoras o directivas como hombres, sino en que TODA mujer que QUIERA ser programadora o directiva, pueda serlo en igualdad de condiciones con los demás empleados.

El programador adjuntaba en su informe referencias a las múltiples investigaciones científicas que demuestran esas diferencias biológicas entre hombres y mujeres a las que hacía referencia.

Pues bien, alguien filtró ese documento interno a la prensa. Y como resultado, ese ingeniero de Google, que había participado de buena fe en el debate interno abierto por la empresa y que había escrito un documento científicamente impecable y enormemente sensato, fue crucificado públicamente por toda una legión de progres que ni siquiera se habían molestado en leer el documento. Muchos medios de comunicación tildaron el documento de machista. Otros manipularon descaradamente su contenido, diciendo que el ingeniero afirmaba que las mujeres están menos capacitadas. Y pocos fueron los que acudieron al documento original para ver qué era exactamente lo que ese ingeniero estaba diciendo.

Y a causa de esa polémica, Google reaccionó vilipendiando a su propio ingeniero y poniéndolo en la calle. El ingeniero ya ha presentado una demanda contra la empresa, por un despido que considera injustificado.

Tras los primeros dos o tres días de histeria progre, el clima ha ido cambiando de forma lenta, pero inexorable. Aquellos que sí que nos habíamos molestado en leer el documento hemos defendido en las redes que el memorando del ingeniero no solo no era machista, sino bastante sensato. Científicos de distintas disciplinas han salido a la palestra a respaldar, con los estudios de investigación existentes, la afirmación de que existen diferencias biológicas demostradas entre hombres y mujeres, y que esas diferencias influyen en las preferencias de unos y otros. Y la opinión pública, como resultado, ha empezado a analizar el tema, sorteando la censura de los adalides de la corrección política.

La consecuencia de todo ello es que Google se enfrenta hoy a la que probablemente sea la peor crisis de imagen en que se ha visto envuelta la compañía en toda su historia. Ayer mismo, un columnista del New York Times, diario progre por excelencia, pedía la dimisión del consejero delegado de Google, por su nefasta gestión de la crisis.

Porque lo cierto es que Google ha despedido a un ingeniero que acudió de buena fe al llamamiento al debate realizado por la propia empresa; a un ingeniero que había escrito un documento irreprochable desde el punto de vista científico; a un ingeniero que no había realizado ni una sola afirmación que pudiera catalogarse de machista o despectiva. Y encima lo ha despedido sometiéndolo a escarnio público y contribuyendo a su linchamiento.

Una de las cosas que el ingeniero despedido había señalado en su memorando interno era que lo que sí existe en Google es una discriminación de carácter ideológico, que hace que a las personas con opiniones conservadoras se las censure, o peor aún, que hace que las personas con opinión conservadora se terminen autocensurando. Y el despido del ingeniero confirma que efectivamente es así: en lo sucesivo, cuando Google pida a sus empleados que participen en un debate interno, solo se animarán a hacerlo aquellos que estén en línea con la opinión políticamente correcta dominante, es decir, aquellos que no tienen nada nuevo que aportar, porque sus opiniones coinciden con las ya prevalentes. Nadie que tenga una visión crítica, innovadora o poco ortodoxa se atreverá a dar su opinión, por temor a ser linchado públicamente, para al final ser, encima, despedido.

Eso, para una empresa tecnológica y que requiere de una innovación constante, es demoledor. Google se ha garantizado el ingreso por la puerta grande en la tierra de la mediocridad.

Por no mencionar el daño de reputación referido a sus productos. Porque la duda que a todos nos queda ahora es: si Google es capaz de despedir a un ingeniero por hacer afirmaciones perfectamente respaldadas con datos científicos incontestables, ¿qué no hará con los resultados de las búsquedas?

Cuando buscamos algo en Google, ¿el buscador nos devuelve los resultados realmente más interesantes? ¿O nos devuelve, por el contrario, unos resultados censurados, a los que previamente se han aplicado los filtros ideológicos de la empresa, bastante anticientíficos?

Con este episodio lamentable, Google ha conseguido que, por primera vez desde hace muchos años, a mi se me haya planteado la necesidad de ir probando otros buscadores.

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