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El corazón partido de la izquierda

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¿Puede ganar Marine Le Pen el próximo domingo en Francia? No resulta imposible, pero sí que sería enormemente difícil, así que los mercados financieros pueden dormir tranquilos. Y las autoridades de la Unión Europea, también. Lo más probable, con mucha diferencia, es que gane Macron. Quizá no a una distancia abismal, como la que las encuestas le venían otorgando, pero sí con la claridad suficiente. El próximo domingo, se habrá salvado el segundo match-ball en este partido de tenis contra el populismo, tras lo sucedido en Holanda, y solo quedaría el escollo italiano para terminar de calmar las aguas.

De todos modos, piensen en lo que acabo de decir. El solo hecho de que nos estemos preguntando si podría ganar Le Pen ya indica que algo ha cambiado en la política europea. Hace solo cinco años, esa pregunta era impensable. El Frente Nacional francés era un partido que no llegaba al 20% de los votos y al que las peculiaridades del sistema electoral de nuestro país vecino condenaban a la marginalidad parlamentaria. El próximo domingo, el partido de Marine Le Pen sobrepasará el 40% de voto. Casi uno de cada dos franceses otorgarán su confianza a los antaño desterrados extramuros del sistema. Marine Le Pen será la más votada entre los asalariados franceses y entre el segmento de población con menos ingresos.

Eso quiere decir dos cosas importantes: la primera es que, en Francia, la lucha "de los de abajo contra los de arriba", por utilizar la terminología de Pablo Iglesias, no la encabeza ya la izquierda (que cosecha sus votos entre los segmentos con mayor formación, con mejores trabajos y con más altos salarios), sino el populismo de derecha.

La segunda consecuencia es que el Frente Nacional ha abandonado la marginalidad, y ya es un partido, si no homologable (porque eso va en gustos), sí homologado, por la fuerza de los hechos. Marine Le Pen no ganará este domingo, pero pone al Frente Nacional en disposición de asaltar el poder dentro de cinco años.

Cinco años es, por tanto (y siempre que se consiga superar también el escollo italiano), el tiempo que la Unión Europea tiene para repensarse. Y permítanme ser pesimista a este respecto: no he visto en los líderes de la Unión Europea el más mínimo propósito de enmienda, así que no creo que sean capaces de aprovechar ese tiempo que el destino pone en sus manos. Con lo que dentro de cinco años, estaremos otra vez preguntándonos qué consecuencias tendrá que Marine Le Pen se convierta en la primera mujer presidente de Francia.

He dicho al principio que es muy improbable que Marine Le Pen gane la segunda vuelta de las presidenciales. ¿Por qué no es directamente imposible? ¿En qué circunstancias podría ganar Le Pen? Todo va a depender de qué decidan al final los votantes de extrema izquierda que otorgaron la confianza en la primera vuelta a Melenchon. Y no se equivoquen: no se trata de una batalla argumental, sino fundamentalmente sentimental. Son las fobias y filias de los votantes las que inclinarán la balanza en un sentido u otro.

Por plantearlo en términos simples: ¿a quién odia más un votante de Melenchon? ¿A la derecha obrerista o a la casta político-financiera? ¿A la mujer que dice que hay que controlar la inmigración o al muchacho bien parecido que antes fue socio de un gran banco privado de inversión?

La respuesta, por supuesto, es que hay votantes para todos los gustos. Y habrá votantes de izquierda que se inclinen por taparse la nariz y apoyar a Macron; votantes de izquierda que prefieran taparse la nariz y votar a Le Pen y votantes de izquierda que decidirán no taparse la nariz y se quedarán en su casa.

No hay más que ver los titubeos, ambigüedades y reticencias de un Melenchon o de un Pablo Iglesias, para apreciar hasta qué punto tienen el corazón partido: ¿cerrar filas contra el supuesto fascismo o usar a Marine Le Pen para derribar el sistema?

Como les digo, no serán los argumentos racionales, sino los emotivos, los que terminen decidiendo si la pequeña posibilidad que Marine Le Pen tiene de ser presidenta se materializa ahora, o si la Unión Europea gozará de cinco años más de prórroga.

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