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El becerro del CIS

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Permítanme que rescate un editorial que publiqué hace ahora ocho años.

La denominada peste negra fue una epidemia que asoló el mundo a mediados del siglo XIV, provocando la muerte de en torno a 100 millones de personas, es decir, una cuarta parte de la población de la época.

La enfermedad se propagaba con extraordinaria rapidez. Y, una vez producido el contagio, mataba al enfermo en cuestión de pocos días. Así, no eran infrecuentes los casos de barcos que arribaban a las costas sin ningún ser vivo a bordo, por haber muerto todos durante la travesía.

Ante semejante rapidez de propagación, y dado el estado de la medicina en aquella época, nadie pudo hacer nada para evitar que la peste negra se cebara particularmente con Europa, donde se calcula que perecieron entre 25 y 50 millones de personas, es decir: entre el 30% y el 60% de sus habitantes. En algunas áreas de Francia, de España y de Italia, cuatro de cada cinco personas fallecieron a causa de la peste, en el transcurso de sólo cuatro años.

En muchos lugares, ante la ignorancia de cuál era el origen de esa mortandad, y sucumbiendo a la perenne tentación que todos sentimos de echarle a alguien la culpa de todos nuestros males, se responsabilizó a los judíos de envenenar los pozos.

Centenares de juderías fueron arrasadas y decenas de miles de sus habitantes fueron quemados vivos o linchados por las turbas. Sólo en Estrasburgo, 2.000 judíos fueron asesinados por la población enloquecida en febrero de 1349.

Aquella espantosa epidemia provocó intensas convulsiones sociales y una profundísima crisis económica. Centenares de miles de peregrinos de la secta de los flagelantes recorrían los campos europeos, realizando ceremonias penitenciales de flagelación y contribuyendo más aún a difundir la epidemia. Miles de pueblos quedaron absolutamente desiertos en toda Europa, debido a la muerte o la huida en masa de toda su población. En numerosas regiones europeas, las cosechas se perdieron, por la sencilla razón de que no quedaba suficiente gente viva para cultivar los campos.

La crisis económica y el hambre se acentuaron aún más debido a las contraproducentes medidas de control de precios y de lucha contra la especulación que algunos monarcas trataron de poner en marcha. Europa tardaría decenas de años en recuperarse de aquella catástrofe demográfica, sanitaria y económica.

En Castilla, habían quedado desiertos o diezmados tantos pueblos, que los nobles carecían de recursos, porque no quedaban vasallos suficientes que siguieran pagando los impuestos que los nobles requerían para subsistir. Así que el rey Pedro I el Cruel ordenó realizar, a finales de 1351, y a petición de las Cortes reunidas en Valladolid, una investigación completa del estado en que habían quedado los pueblos de las quince merindades de Castilla, con el fin de repartir con la nobleza una parte de las rentas reales.

Y, como resultado de aquella investigación, se elaboró una obra que hoy en día conocemos con el nombre de Libro Becerro de las Behetrías, por el que sabemos, por ejemplo, que una quinta parte de los pueblos castellanos perdió a toda su población a causa de aquella peste negra. Y por el que también conocemos con bastante precisión cuál era la estructura de impuestos de cada pueblo en el siglo XIV y a quién iban a parar esos dineros.

Aunque habría mucho que hablar sobre las motivaciones, el carácter y el reinado de Pedro I el Cruel, aquel Libro Becerro de las Behetrías constituye un admirable ejemplo de práctica de buen gobierno. Ante la petición de los nobles de realizar un reparto equitativo de impuestos entre el Rey y la Nobleza, Pedro I, de común acuerdo con las Cortes, ordenó en primer lugar recabar todos los datos que permitieran valorar el alcance de la catástrofe demográfica, que permitieran conocer los impuestos y privilegios existentes en cada pueblo y que permitieran decidir qué parte de aquellos impuestos podía repartirse con los nobles.

La estadística ha sido siempre, en mayor o menor medida, una herramienta imprescindible de la labor de gobierno. ¿Cómo puede tomarse ninguna decisión, sin antes disponer de los datos que permitan valorar el estado de la cuestión y las consecuencias de cada alternativa?

Es por eso que los estados modernos utilizan ampliamente los servicios de institutos de estadística públicos y de centros privados de investigación sociológica, que permitan al gobernante o al funcionario conocer o estimar los censos de población, los datos de actividad económica, la incidencia de las enfermedades, el nivel cultural del país... Sin datos fiables, la labor de gobierno es imposible. Sin datos fiables, no hay manera, por ejemplo, de predecir qué servicios harán falta y cuánto van a costar. Sin datos fiables, incluso la actividad económica privada se resiente, al no poder las empresas valorar correctamente los riesgos y las oportunidades.

Y es precisamente esa la razón por la que resulta tan escandalosa la actitud del gobierno de Sánchez, que no ha dudado en echar por la borda el prestigio del CIS, bajo la dirección de Tezanos. A diferencia del rey Pedro I, Sánchez no considera la estadística como una herramienta de medición para el buen gobierno, sino como un mero instrumento de marketing electoral. Las cifras ya no sirven para orientar las decisiones del gobernante, sino para tratar de convencer al potencial votante de que estamos en el mejor de los mundos posibles.

Poner de esa manera organismos del estado al servicio del partido en el gobierno es escandaloso. Si el PSOE quiere propaganda, que se la pague con las cuotas de sus afiliados. Si el CIS debe servir para algo es para conocer lo que opinan los españoles, no para decirles qué deben opinar.

Pero parece que, con tal de aguantar un día más en la Moncloa, Sánchez está dispuesto a llevarse por delante cualquier institución y organismo público.

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