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Cuando nadie piensa en España

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Comentábamos ayer la tormenta perfecta en que acabó sumido el último gobierno de la denominada Década Moderada. El 28 de junio de 1854, la facción derecha de la conspiración (los moderados "puritanos", y generales como O’Donnell) se decide a dar el paso adelante y se pronuncia contra el gobierno del Conde de San Luis, exigiendo a la Reina que le destituya y respete la Constitución. El primer choque armado entre O’Donnell y las tropas gubernamentales tuvo lugar dos días más tarde en Vicálvaro.

La batalla quedó en tablas, así que las tropas rebeldes se dedicaron a vagar unos días por el territorio mientras esperaban a que otros sectores se unieran al golpe. Pero a las dos facciones de la izquierda (progresistas y demócratas) las demandas de O’Donnell les sabían a poco y no querían un gobierno encabezado por él. Y en cuanto al pueblo llano, no estaba dispuesto a apoyar lo que percibían como un simple "quítate tú para ponerme yo".

Con el paso de los días, y mientras el gobierno aplastaba otros focos de rebelión en Valencia y Cuenca, O’Donnell y los moderados se vieron obligados a claudicar y a elaborar un manifiesto más ambicioso, con el que granjearse el apoyo del resto de los conjurados. El 7 de julio se elabora el Manifiesto de Manzanares, en el que se exige, además de la caída del gobierno y la liquidación de las camarillas palaciegas, elaborar una nueva Constitución más al gusto de los progresistas y restaurar la Milicia Nacional, como contrapeso al Ejército (una medida destinada a contentar a los demócratas y al pueblo llano).

En paralelo, progresistas y demócratas habían comenzado a mover los hilos para que fuera el general Espartero el que asumiera el gobierno en caso de triunfo del golpe. Espartero, que era quien había asegurado en el trono a Isabel II, vivía retirado de la política, tras su defenestración al principio de la Década Moderada. Y era la única figura del momento que gozaba del respeto de todas las facciones políticas y de las capas populares. También contaba con el apoyo de nuestros vecinos franceses e ingleses.

Tras la circulación del Manifiesto de Manzanares, la sublevación se precipitó: se produjeron alzamientos en Barcelona, Zaragoza, Logroño, Valencia, Valladolid, Madrid… y al final la reina Isabel II se vio obligada a llamar a Espartero para formar gobierno y a conceder todas las demandas, incluida la de que su madre respondiera por los casos de corrupción a ella ligados.

Y comenzó así el Bienio Progresista. Isabel II nombró a un gobierno de concentración encabezado por Espartero y en el que O’Donnell ocupaba el ministerio de Defensa.

Aquel hubiera sido el momento perfecto para encauzar la tormentosa historia del siglo XIX español: había un gobierno presidido por un hombre honesto y patriota; se había producido un punto y aparte en la catarata de corrupción; se ponía en marcha la redacción de una nueva Constitución; se constituían las Milicias Nacionales que hubieran podido contrapresar la tendencia del Ejército a los cuartelazos...

Y en lugar de ello, el Bienio Progresista, cargado de tantas ilusiones, se convirtió en un auténtico caos. Porque de todos los actores de aquel drama, el único que pensaba en España era Espartero. Los demás políticos y generales, de todas las facciones, tan solo buscaban aprovecharse del poder como antes se aprovechaban otros; las capas populares, carentes de dirección y estructura, fueron incapaces de jugar un papel positivo, a pesar incluso de su apoyo sin fisuras a Espartero. La crisis económica se complicó por la mala situación europea y la epidemia de cólera…

El gobierno terminó utilizando la propia Milicia Nacional para reprimir los motines causados por la falta de subsistencias. En Barcelona se vivió una de las primeras revueltas luditas en España, con los obreros exigiendo que los empresarios textiles desmantelaran las máquinas, porque les dejaban sin trabajo.

Se intentaron profundas reformas económicas, pero algunas (como la desamortización de Madoz) fueron contraproducentes y solo sirvieron para que algunos se enriquecieran todavía más, y otras (como la liberalización de sociedades anónimas) no dio tiempo a que dejaran sentir plenamente sus efectos.

Porque mientras tanto, las conspiraciones entre facciones continuaban, incluso dentro del propio gobierno. El general O´Donnell, desde su puesto de ministro de Defensa, se dedicó a minar la posición de Espartero, sirviendo de vehículo para la sed de revancha de Isabel II.

Así en que 1856, dos años después de abrirse la puerta a unas reformas que hubieran posibilitado la normalización de España, Espartero presentaba su dimisión, poniendo fin al Bienio Progresista.

La corrupción, las ambiciones sórdidas, las intrigas palaciegas, la ceguera de trabajadores y empresarios... habían hecho naufragar el enésimo intento de modernizar el país. Y Espartero, el único verdadero patriota en aquella lamentable clase política, volvió a retirarse de la vida pública y jamás retornaría a ella, incluso a pesar de que le ofrecieron la corona tras el derrocamiento de Isabel II, cuando él ya contaba con 75 años.

¿De cuántos políticos españoles se podría decir esto que el embajador inglés dejó escrito sobre Espartero?

No hay duda de que las clases bajas de Madrid, Zaragoza y la mayoría de las principales ciudades son esparteristas... Al igual que Napoleón en Francia, su retrato es universal en las barracas de los pobres, y es el único.

Hoy que España hace frente a una crisis gravísima por culpa del separatismo, la situación no es, ni mucho menos, tan caótica como en aquellos trágicos años. El Rey de España ha demostrado estar a la altura de las circunstancias, el pueblo español tiene claro que es preciso defender la Nación y España es un país moderno y económicamente sólido.

Pero la pregunta es: ¿cuántos verdaderos patriotas hay entre nuestra clase política? ¿Cuántos que no estén pensando en simples cambios de caras, sino en lo que la Nación necesita? ¿Cuántos Esparteros tenemos hoy en los distintos partidos?

Aquellas esperanzas de 1854 naufragaron porque nadie, a excepción de Espartero, pensaba en España. Asegurémonos de que las actuales no lo hagan también. Y si nuestra clase política es incapaz de dejar sus egoísmos miopes, que cada ciudadano se convierta en su propio Espartero.

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