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Cortés arrodillado

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Cuando los Doce Apóstoles de México – los doce franciscanos encabezados por Martín de Valencia – llegaron a las costas del antiguo imperio azteca en mayo de 1524, hicieron el camino a pie hasta Tenochtitlán. Al verlos pasar descalzos y vestidos con sus míseros hábitos, los indígenas les pusieron el sobrenombre de "motolinías", es decir, "pobres", "mendigos".

Aquellos frailes llegaban a México a petición de Hernán Cortés, que había solicitado al rey que le enviara religiosos que ayudaran a evangelizar a los indígenas y a contener los excesos de los españoles.

Cortés los recibió en Tenochtitlán con una suntuosa ceremonia, a la que acudió vestido con sus mejores galas. Allí, delante de los nobles indígenas y del pueblo congregado, Cortés se arrodilló para besar la mano de Martín de Valencia. Después hicieron lo propio los oficiales y todos los soldados.

Imagínense la escena: los todopoderosos conquistadores españoles, con sus relucientes corazas y cascos, sus afiladas espadas y sus letales armas de fuego...arrodillándose ante unos hombrecillos vestidos de forma miserable y que solo portaban un crucifijo. El omnipotente Cortés, que acababa de vencer al imperio azteca, humillándose ante unos hombres desarmados. La espada arrodillada ante la cruz.

¿Qué pensarían los sometidos aztecas o los aliados tlaxcaltecas al ver aquello? ¿Qué impresión causaría en esos indios que habían visto llegar descalzos hasta la ciudad a aquellos "motolinías"? ¿Qué pasaría por sus cabezas al ver a las armas inclinarse ante personas que no tenían ninguna apariencia externa de poder?

Probablemente pensaran que aquellos humildes frailes debían de esconder un poder invisible e incomprensible para ellos; un poder muy superior al de aquellas armas que sí percibían con los ojos; un poder tan inmenso como para que hasta los fieros conquistadores inclinaran la cabeza.

¿No hubieran pensado Vds. lo mismo si hubieran estado en el lugar de aquellos ex-súbditos de los aztecas?

No es de extrañar, por tanto, que la evangelización fuera tan rápida: ¿quién se resistiría a creer en un Dios tan humano como para acabar con los sacrificios humanos de los dioses aztecas y, a la vez, tan poderoso como para hacer que hasta Hernán Cortés, el azote de Moctezuma, se inclinara ante los más humildes de sus representantes?

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