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Ciudadanos, la verdad os hará libres

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Ayer me preguntaba un oyente por las redes sociales qué puede estar impulsando a Ciudadanos a suicidarse políticamente con las negociaciones para la formación de gobierno en Andalucía. Y le contesté que no lo sé, porque la verdad es que creo que se pueden estar mezclando varias motivaciones distintas. Y no se muy bien cuánto influye cada una de ellas.

En primer lugar, estaría el temor de Ciudadanos a un ascenso de Vox que le quite el voto de los desencantados del PP que en su día pasaron a la formación de Albert Rivera. Eso estaría empujando a Ciudadanos a tratar de pintar a Vox con tintes lo más sombríos posible, lo cual exige marcar distancias.

En segundo lugar, la tentación de echarse a la izquierda para ocupar el hueco electoral que se va a abrir por el previsible hundimiento del PSOE. Lo cual, de nuevo, exige escenificar que Ciudadanos está en el polo opuesto a Vox.

En tercer lugar, Ciudadanos se siente muy cómodo dentro del actual equilibrio cuatripartito de poder. Su objetivo es conseguir la máxima cuota de poder posible en competencia con PP, PSOE y Podemos, pero no aspira a alterar radicalmente las reglas de juego. Vox, por el contrario, sí expresa claramente su deseo de terminar con tanta pamplina como ha lastrado la vida política española en los últimos decenios.

En cuarto lugar, en Ciudadanos existe un divorcio claro entre la cúpula dirigente (de planteamientos bastante progres en casi todos los aspectos legislativos, desde las leyes de violencia de género hasta algunos delirios animalistas) y la base de votantes, que está dividida, no sé en qué proporción, entre aquellos para los que lo más importante es la unidad nacional, y aquellos que se sienten cómodos dentro de una progresía exenta del estatalismo y de las pulsiones totalitarias de Podemos. Desde este punto de vista, una parte de la dirección de Ciudadanos siente un genuino rechazo a muchos planteamientos ideológicos de Vox que atacan lo políticamente correcto.

Pero hay una quinta razón que creo que juega un papel probablemente más fundamental: las alianzas europeas de Ciudadanos. Albert Rivera estuvo anteayer con sus aliados de ALDE, que ya le habían advertido en su día, por boca de Guy Verhofstadt, contra los pactos con Vox, a quien ven como una fuerza populista más de las que en este momento ascienden en Europa. Albert Rivera quiere, de cara a las europeas, una alianza con el partido de Macron y demás fuerzas liberales, de modo que las advertencias de sus futuros socios probablemente le suenen a órdenes.

Y es aquí donde me querría fijar. Albert Rivera sabe que el fenómeno Vox guarda similitudes con algunos de los movimientos populistas europeos, principalmente en dos campos: la petición de que se controle la inmigración irregular y la pretensión de que se refuerce el papel de los estados-nación frente a las burocracias transnacionales, incluida la Unión Europea.

Pero, al mismo tiempo, Rivera también sabe que Vox tiene características distintivas, derivadas de la peculiar situación española, que lo alejan de otros populismos europeos. España es una excepción en Europa, en el sentido de que somos el único país sometido a una amenaza interna de ruptura (Bélgica tiene también tensiones territoriales, pero hace mucho que han desembocado en la creación de dos comunidades distintas, solo unidas en apariencia).

Y son esas tensiones territoriales internas, ejemplificadas en el caso catalán, las que han proporcionado el caldo de cultivo para la aparición de Vox. Sin ellas, muy probablemente Vox no existiría.

Las consecuencias de esa excepcionalidad son curiosas: los partidos populistas existentes en el resto de los países europeos son anti-sistema por su propia naturaleza. En España, Vox es a la vez el mayor defensor del sistema definido en la Constitución (incluso queriendo reformarla por los cauces legales) y el mayor detractor del sistema de partidos que ha permitido hasta ahora que la Constitución se pervierta.

Equiparar a Vox con los partidos populistas existentes en otros países europeos es, pues, una simplificación bastante burda. Los mismos que tratan aquí a Vox de populista de ultraderecha son los que hasta anteayer llamaban fascista al propio Ciudadanos y decían que Albert es primo de Rivera.

Así que Ciudadanos debería ser el primer interesado en sacar a sus socios europeos de su error, explicándoles el imprescindible papel que Vox está jugando en la defensa del orden constitucional y de la integridad territorial de España.

Más que nada, porque las encuestas apuntan a que el ascenso de Vox va a obligar a Ciudadanos a pactar con la formación liderada por Santiago Abascal en lugares como Madrid, Valencia o Murcia. Cuanto antes deshaga entre sus socios europeos el malentendido, mejor para Ciudadanos.

Salvo que Albert Rivera prefiera, como estrategia de futuro, abrazarse a un PSOE que va camino del despeñadero, claro.

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