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Carta a Su Majestad el Rey Felipe VI

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Majestad,

Permítame agradecerle su presencia ayer en la manifestación contra el terrorismo de Barcelona. Usted fue allí en representación de tantos españoles, la inmensísima mayoría, que condenan el terrorismo, que sienten en carne propia el dolor de las familias de las víctimas y que lloran por esa Barcelona que ha sufrido el zarpazo brutal de los asesinos.

Permítame expresar también mi admiración por su valentía. Usted sabía a lo que se arriesgaba, sabía de los abucheos e insultos que una minoría radical y ruidosa le iba a dedicar. Pero sabía también que era su deber estar junto a su pueblo. Sabía que tenía que estar junto a tantas personas llegadas de toda Cataluña y de toda España, pero especialmente junto a tantos barceloneses a quienes para nada representan los energúmenos que ayer volvieron a dar el espectáculo.

Ayer, usted se ganó un poco más, con su aplomo, con su saber estar, con su dignidad, el cariño de los españoles. Usted estaba donde debía estar, y haciendo lo que había que hacer: rendir un homenaje a las víctimas. Si otros fueron a la manifestación con otras intenciones, son ellos quienes quedan retratados para mal.

No hace falta que le diga, porque usted ya lo sabe, que los barceloneses, que los catalanes, no son como los que ayer exhibieron sus miserias sin el más mínimo pudor. Muchísimos catalanes sintieron ayer vergüenza al ver cómo se insultaba al Rey de todos. Muchísimos catalanes sintieron en el alma la afrenta que se hacía a las víctimas del terrorismo islamista. Muchísimos catalanes se sonrojaron al ver cómo los mismos de siempre usaban una manifestación contra el terrorismo como herramienta de propaganda política y de impulso del ‘procés’.

Pero permítame, precisamente por ello, hacerle una petición. Lo que usted vivió ayer es el día a día de los catalanes de bien. El acoso, los insultos, las difamaciones, son algo bien conocido por todos aquellos que sea atreven a sentirse españoles en Cataluña.

Viendo lo que a usted mismo le sucedió ayer, ¿se imagina, Majestad, lo que es la vida cotidiana del padre que quiere enseñanza en castellano para sus hijos, o del comerciante que quiere hablar en español en su establecimiento, o de la directora de colegio que se niega a ceder las llaves para un referéndum ilegal, o del periodista que se atreve a opinar en contra del separatismo?

Con la diferencia, Majestad, de que ellos no tienen la posibilidad de irse a Madrid después del mal trago de la manifestación: esos españoles de Cataluña no tienen otro remedio que seguir en su tierra, aguantando a pie firme el acoso de los separatistas.

¿Se da cuenta, Majestad, de hasta qué grado de heroísmo hay que llegar para, a pesar de todo, seguir defendiendo España en esa Cataluña donde todo lo controla, todo lo domina, una minoría agresiva y violenta que odia profundamente a España?

Y en ese sentido quería pedirle, Majestad, que vuelva Vd. su rostro hacia esos españoles de Cataluña, a quienes el Estado ha dejado desprotegidos desde hace tanto tiempo. Que se ponga Vd. en su piel. Que inste Vd. a los partidos nacionales a recuperar la presencia del Estado en esa región española. Que trate Vd. de influir para poner coto de una vez a una deriva que a lo único que ha conducido es a que Cataluña esté en manos de quienes solo conocen el odio y solo el odio practican.

Ayer demostró Vd., Majestad, por qué es el Rey de todos. Pero un rey justo es aquél que dedica más atención y más cariño a quienes más lo necesitan. Y en estos momentos no hay nadie que le necesite más, Majestad, que los españoles que viven en Cataluña, enfrentándose día a día al nacionalismo y sin pedir nunca nada a cambio.

Con respeto y agradecimiento,

Luis del Pino

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