Febrero 2010
27 de Febrero de 2010 - 16:10:06 - Luis del Pino - 180 comentarios
Entradilla al programa "Sin complejos" del sábado 27/FEB/2010
Primero se intentó por todos los medios ocultar a los españoles la magnitud de la crisis. Y ese ocultamiento - al que tanto contribuyeron numerosos medios de comunicación e instituciones - permitió a Zapatero renovar su mayoría parlamentaria.
Ahora, cuando las luces rojas de alarma son imposibles ya de ocultar, han comenzado a alzarse todo tipo de voces. Pero no para exigir, como sería natural, que se convoquen elecciones anticipadas, en vista de la incapacidad manifiesta de Zapatero, sino para exigirnos a los demás que solucionemos lo que Zapatero ha estropeado.
La primera voz en alzarse fue la de la Casa Real, abogando por un pacto de estado entre los dos grandes partidos. Ahora, las Cámaras de Comercio han iniciado una campaña publicitaria con el título "Esto sólo lo arreglamos entre todos", en la que se van a gastar la friolera de 4 milloncejos de euros.
¿No me digan que no es bonito? Como tenemos un presidente incapaz, un gobierno incapaz, un parlamento incapaz y unas instituciones incapaces, entonces somos los demás los que tenemos que arreglar el asunto. Eso sí, tenemos que arreglarlo mientras seguimos pagando el sueldo de ese presidente, de ese gobierno, de ese parlamento y de esas instituciones incapaces.
¿Pero cómo se atreven a intentar socializar así las responsabilidades?
¿Dónde estaban las Cámaras de Comercio cuando Zapatero embarcaba a España en una política exterior suicida, que lo único que ha hecho ha sido convertirnos en un país antipático para invertir?
¿Dónde estaban los impulsores de esa campaña cuando el Parlamento ponía en marcha nuevos estatutos de autonomía que al final resultan en diecisiete marcos normativos diferentes, impidiendo la competitividad de las empresas españolas?
¿Dónde estaban cuando los políticos se dedicaban a dilapidar dinero desde las Cajas de Ahorros?
¿Dónde estaban cuando el Gobierno se lanzó a tumba abierta a interferir en la OPA de Endesa, lanzando así al mundo el mensaje de que en España la actividad empresarial está subordinada a los caprichos políticos?
¿Dónde estaban mientras el Gobierno repartía millonarias subvenciones a sindicatos, organizaciones empresariales, amiguetes cinematográficos y asociaciones de memoria histórica?
¿Dónde estaban cuando, antes de las últimas elecciones, Manuel Pizarro denunció el desastre que se avecinaba?
¿Por qué no alzaron la voz cuando aún había tiempo de evitar ese desastre?
¿Por qué no protestaron ante cada arbitrariedad, ante cada estupidez o ante cada golfería?
Mientras unos pocos medios de comunicación denunciábamos el colapso institucional y la corrupción galopante, ustedes se callaban discretamente. Y ahora, una vez constatado que la fiesta se acabó y que ya no hay un euro en la caja, tienen el desparpajo de pedirnos a todos los españoles que arrimemos el hombro.
Y encima no se les ocurre otra cosa que incluir entre los personajes de la campaña publicitaria a un humorista que acaba de insultar gravemente a las víctimas del 11-M, ridiculizando sus iniciativas judiciales.
¿O sea que “Esto sólo lo arreglamos entre todos”, eh?
¡Pues claro que sí, hombre! ¡¡Claro que esto sólo lo arreglamos entre todos! Pero lo vamos a arreglar de la única manera que se arreglan las cosas en democracia: acudiendo a las urnas para sacar de La Moncloa a Zapatero y a un partido, el PSOE, que ha llevado a nuestro país a la ruina institucional y económica.
¿Quieren ustedes arreglar el desastre que ustedes han contribuido a crear? Pues empiecen a pedir que se adopte la única medida que puede arreglar esto: elecciones anticipadas, para que los culpables del desastre se vayan a su casa.
Guárdense para ustedes sus absurdas campañas de imagen. Y tengan, por favor, el decoro de no gastar 4 millones de euros en lavarle la cara al gobierno, habiendo en este país centenares de miles de parados que no cuentan en estos momentos con ningún tipo de ayuda gracias, entre otras cosas, a que ustedes han permitido que Zapatero lleve las cosas hasta el límite.
24 de Febrero de 2010 - 20:48:20 - Luis del Pino - 368 comentarios
Buenafuente tiene mucha gracia. Tanta, que
hasta encuentra gracioso que sigamos sin saber cuál fue el arma del crimen que se utilizó para asesinar a 193 personas el 11-M. ¡No me digan que no hay que tener sentido del humor! Para mondarse de la risa, oiga. Es casi, casi tan gracioso como aquello de Elvis que dijo Zapatero en el Parlamento.
Buenafuente no sería capaz de decirles a los españoles los nombres de las personas que pusieron las diez bombas que estallaron en los trenes, por la sencilla razón de que la versión oficial ni siquiera se molesta en fingir que se saben esos nombres. Pero, en lugar de preguntarse cómo es posible que sigamos sin saber quién puso las bombas que provocaron un vuelco electoral, a Buenafuente le entra la risa floja con los vídeos de la pericial de explosivos. Verdaderamente desternillante.
Buenafuente tampoco podría explicar a los ciudadanos por qué se detuvo a bombo y platillo a 116 personas, casi todas musulmanas, a lo largo de las investigaciones, para luego irlas poniendo silenciosamente en la calle. Pero, en lugar de preguntarse cómo es posible que los tribunales españoles sólo hayan condenado a 3 personas por la autoría material de la masacre, Buenafuente se descojona vivo con los vídeos de la pericial de explosivos. Comicidad en estado puro.
Buenafuente no podría, aunque quisiera, justificar por qué todas las pruebas con las que se ha construido la versión oficial son pruebas colocadas fuera de los trenes, es decir, fuera del escenario del crimen. Pero, en lugar de maravillarse de que los trenes de la muerte se comenzaran a desguazar a toda prisa 48 horas después de la masacre, Buenafuente se parte el pecho a carcajadas con los vídeos de la pericial de explosivos. Un ataque permanente de risa.
Supongo que Buenafuente no tiene ningún familiar entre los muertos o heridos del 11-M. Porque imagino que, si lo tuviera, probablemente se daría cuenta de cómo puede sentirse alguien viéndole tomarse a chirigota esos vídeos de la prueba pericial de explosivos que fueron solicitados por una asociación de víctimas, precisamente para tratar de encontrar esa verdad que la Justicia les niega.
Buenafuente es un humorista muy profesional y muy gracioso. Tan gracioso y tan buen profesional, que estoy seguro de que, de haber vivido en la Alemania de los años 30, habría hecho unos chistes de judíos verdaderamente descacharrantes.
Y además habría sabido encontrar quien apreciara su extraordinario sentido del humor.
22 de Febrero de 2010 - 12:05:21 - Luis del Pino - 458 comentarios
No es cierto que la verdad se termine imponiendo siempre. En muchas ocasiones, no llega a imponerse nunca. Y en otros muchos casos, las verdades terminan saliendo a la luz cuando ya no tienen ni la más mínima posibilidad de ejercer influencia alguna sobre los acontecimientos. Un ejemplo de esto último sería, por ejemplo, el documentado libro de Pedrol Ríus sobre el asesinato de Prim, publicado en 1981: evidentemente,
conocer los pormenores de ese magnicidio tiene su interés histórico, pero esa verdad, conocida 111 años después de los hechos, no sirve ya para evitar, a toro pasado, las consecuencias políticas de aquel asesinato, como por ejemplo el naufragio del reinado de Amadeo I y el advenimiento de la I República. Cuando lo que prevalece desde el principio es la mentira, el tiempo juega a favor del mentiroso.
Si la verdad sobre un hecho es importante - dejando al margen el mero interés histórico -, lo es en tanto en cuanto esa verdad sirva para evitar las consecuencias de la mentira. Si no, no sirve de nada. Es por eso que, en el caso del 11-M, lo primero que había que conseguir era "parar el reloj": hacer que los mentirosos dejaran de poder confiar en que el tiempo todo lo borra y todo lo oscurece.
En ese sentido, si algo se ha logrado con las investigaciones periodísticas en estos seis años transcurridos desde los atentados del 11 de marzo, es precisamente conseguir tres cosas fundamentales:
1) que la mentira quedara, en primer lugar, al descubierto, centrando la atención no en las teorías (tan fácilmente manipulables), sino en las pruebas directas: "he aquí la mentira que nos han contado".
2) poner el foco sobre las consecuencias de esa mentira, señalando las dinámicas políticas que el atentado del 11-M puso en marcha y llamando la atención sobre aquéllas que más probablemente hubieran servido como motivación del atentado: "he aquí los posibles porqués de esa mentira".
3) que la sociedad española no diera por cerrado el episodio, que no lo archivara en el cajón de los misterios históricos sin resolver: "he aquí por qué tenemos que luchar contra las consecuencias políticas de esa mentira ".
Conseguido eso, el tiempo dejó de jugar a favor de los mentirosos, para empezar a militar en nuestro bando. Porque cada nueva revelación, cada pequeño dato, cada comentario en las ondas, cada declaración de las víctimas, cada acto conmemorativo... representaba una gota que horadaba lentamente el muro de engaño y de silencio. El radio máximo de estragos del tsunami de mentiras se alcanzó en la primera mitad de 2004. A partir de ahí, todo ha sido un lento reflujo. Desesperantemente lento a veces, pero siempre un constante retroceso.
Publica hoy El Mundo parte de los diálogos y las imágenes de esa prueba pericial de explosivos con la que la Justicia sembró la esperanza entre muchos, principalmente entre las víctimas, para al final ahogar toda esperanza en un mar de manipulación y chapuzas.
Merece la pena comprar hoy el periódico. Merece la pena leer la crónica de Manuel Marraco y Joaquín Manso. Merece la pena reflexionar sobre al análisis de Casimiro García Abadillo. Merece la pena fijarse en las imágenes, leer las palabras intercambiadas por los peritos, imaginar los gestos... y luego comparar todo ello con el obsceno espectáculo vivido en la sala del juicio.
Esta noche, Veo7 emitirá esos videos que se intentaron infructuosamente ocultar a las víctimas de la masacre. Cuando los vean, les recomiendo a ustedes que hagan un ejercicio mental: traten de retroceder cinco años y piensen cómo estaba la sociedad española, cómo estaban los medios de comunicación, cómo estábamos nosotros mismos, en aquellos meses inmediatamente posteriores al atentado de Madrid.
Traten de rememorar. Y entenderán a qué me refiero cuando digo que, en el 11-M, hemos conseguido derrotar a la mentira. Aún no conocemos la verdad, pero el llegar a conocerla depende sólo de nosotros: de los ciudadanos, de los medios de comunicación, de las víctimas de la masacre...
Porque, al menos, nosotros no tenemos ya que luchar contra el tiempo para evitar que la mentira triunfe y que las consecuencias con ella buscadas se materialicen.
Quienes ahora luchan contra el tiempo, en una pelea imposible de ganar, son otros: aquellos que diseñaron una masacre con el fin de cambiar, una vez más, la Historia de España.
21 de Febrero de 2010 - 12:37:06 - Luis del Pino - 118 comentarios
Entradilla al programa Sin Complejos del domingo 21/FEB/2010
Me gustaría invitarles a todos ustedes a que reflexionaran conmigo sobre las evidentes diferencias entre dos casos de extraordinaria gravedad que han sacudido a nuestra frágil democracia en los últimos años. Me refiero, concretamente, a la investigación de los atentados del 11-M y a la de ese ejemplo de chivatazo a ETA que se ha dado en denominar el caso Faisán.
En estas últimas semanas, hemos conocido diversas noticias, declaraciones e interpelaciones parlamentarias que permiten albergar un cierto grado de esperanza en que el caso del Bar Faisán termine clarificándose. O, al menos, en que termine pasando factura política a sus aparentes responsables.
Así, el Partido Popular se ha personado, junto a diversas organizaciones cívicas, en la causa que investiga el chivatazo. Y, además de personarse, el Partido Popular no ha dudado en realizar contundentes declaraciones públicas sobre las responsabilidades políticas del caso, ni en llevar a cabo interpelaciones parlamentarias sobre un asunto que al ministro Rubalcaba parece ponerle de los nervios.
Pero no es sólo el PP el que parece dispuesto a llegar hasta el final en ese caso. También la Audiencia Nacional ha dado muestras de querer profundizar en los hechos, propinando un fuerte varapalo al juez Garzón y obligándole a realizar una serie de diligencias que las acusaciones populares habían solicitado y que nuestro ínclito juez estrella desestimó sin demasiado fundamento.
Tenemos, por tanto, un caso – el del chivatazo del Bar Faisán – en el que no sólo la Oposición, sino también la Justicia, se enfrentan al Gobierno con el aparente fin de tratar de esclarecer la verdad de los hechos y de exigir las responsabilidades políticas a que hubiere lugar.
Pero las comparaciones son odiosas. Y aunque ese celo investigador en el caso del chivatazo a ETA me llena de satisfacción, no puedo menos que preguntarme a qué se deben las evidentes diferencias con otro caso, el del 11-M, que continúa sin resolverse, aunque todos sospechemos en realidad qué fue lo que pasó.
Porque todo ese celo investigador, ese ardor declarativo, esa contundencia parlamentaria que el PP exhibe con el caso del Bar Faisán, se torna en un sepulcral y clamoroso silencio en lo que al 11-M se refiere. El PP, por ejemplo, no se ha atrevido a personarse en ninguna de las causas judiciales abiertas en relación con la masacre de Madrid. El PP huye como de la peste de hacer cualquier tipo de declaración de la que pudiera deducirse que no comparte la versión oficial del atentado del 11-M. Para el PP, el 11-M no parece existir parlamentariamente hablando.
Y las diferencias no afectan únicamente al PP. La Audiencia Nacional, que tan contundente se ha mostrado ahora para exigir al juez Garzón que continúe investigando el chivatazo, es esa misma Audiencia Nacional que no ha vacilado en rechazar – por activa y por pasiva – todas las solicitudes de investigación que las víctimas del 11-M le han ido planteando.
¿A qué puede deberse semejante incoherencia?
Intentemos buscarle una explicación. ¿Acaso el asunto del chivatazo del Bar Faisán es menos grave que el 11-M? Evidentemente, no. En el caso del chivatazo, estaríamos hablando de una presunta colaboración con banda armada. Una colaboración gravísima, ya que el dinero de las extorsiones etarras sirve para financiar las actividades criminales de la banda, pero es una colaboración que no habría ido directamente dirigida a la comisión de ningún asesinato. El 11-M, por el contrario, no es otra cosa que el asesinato premeditado, a sangre fría, de 193 españoles elegidos al azar. Por tanto, si el PP o la Audiencia Nacional no se atreven con el 11-M y sí con el chivatazo no es porque el 11-M sea menos grave.
Tratemos de buscar otra explicación. ¿Acaso puede tener el PP algo que esconder en el tema del 11-M? No parece que ése sea el caso. Porque, si fuera así, entonces el PSOE no dudaría en estarle restregando por la cara al PP la masacre de Madrid un día sí y otro también, y lo cierto es que el propio gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero es el que más ha hecho porque el 11-M no se investigue.
¿Pero entonces, cuál puede ser la razón de semejante diferencia de trato para con los dos casos?
En realidad, se trata de una pregunta retórica, ¿verdad? Porque todos sabemos cuál es la única respuesta lógica. La diferencia de trato se debe a que, si el chivatazo se resolviera, el único que se vería en apuros, por la necesidad de asumir responsabilidades políticas, sería el Partido Socialista. Eso podría ser grave para los implicados, pero para nadie más.
Sin embargo, la resolución del 11-M conllevaría un resultado bien distinto.
Porque el 11-M no fue – como la actitud de todas las instituciones democráticas ha ido poniendo de manifiesto – ni un atentado islamista, ni un atentado de ETA. Si hubiera sido un simple caso de terrorismo, o el PP o el PSOE (dependiendo de quién fuera el responsable de la masacre) habrían capitaneado las investigaciones para machacar a su oponente lo más posible. Y la Justicia habría funcionado, aunque fuera parcialmente.
Pero el 11-M no fue un caso de simple terrorismo, sino otra cosa bien distinta. Fue un caso de utilización directa de una violencia indiscriminada para conseguir una serie de efectos políticos inmediatos en nuestro país. Lo cual no es otra cosa, técnicamente hablando, que la definición de golpe de estado.
Y no hace falta ser muy avispado para imaginar que la resolución del 11-M traería consigo un verdadero cataclismo político, una auténtica sacudida de las estructuras del estado, que tendría consecuencias imprevisibles y que llevaría a poner en cuestión muchos aspectos de nuestro actual sistema político. De ahí las diferencias de trato.
El caso del chivatazo no es otra cosa, al fin y al cabo, que una mera investigación criminal. El 11-M, por el contrario, se ha convertido en una auténtica cuestión de estado.
Porque así lo previeron quienes organizaron aquella masacre.
18 de Febrero de 2010 - 20:19:13 - Luis del Pino - 259 comentarios
Reproduzco, por su interés, el análisis que me hace llegar uno de nuestros contertulios, Philidor.
El falso dilema ETA-Islam: la comparecencia de Astarloa
En el 11-M, la Policía, la Guardia Civil, el CNI y las terminales políticas -los pilares, en suma, de la Versión Oficial (V.O.) de los hechos- desde el primer momento, esto es, desde la reunión ministerial de las 12 horas del día 11, establecieron un axioma: o es ETA o es el integrismo islámico.
Hasta cierto punto, el planteamiento no carecía de lógica, si tenemos en cuenta que estos dos tipos de terrorismo son los que fundamentalmente han actuado en España y en el resto de los países occidentales.
Sin embargo, las amenazas de un país, las amenazas a España, no se agotaban en ese binomio. España podía muy bien estar amenazada por Marruecos, con quien mantenía unas relaciones tremendamente conflictivas que huelga enumerar. Tampoco se podía dejar de lado a Francia, firme apoyo de la política frentista de Marruecos en el asunto de Perejil, que veía como una intromisión intolerable la coalición que Aznar estaba liderando junto a Inglaterra, Holanda, Dinamarca y los nuevos países del Este, para desbancar a Francia y Alemania del centro de decisiones de la Unión Europea: algo potencialmente intolerable para el orgullo francés, que sólo podía imaginar a España en un papel subalterno en el concierto de las naciones europeas.
En el orden interno, no podemos olvidar que en época muy reciente España había desarrollado otro tipo de terrorismo, el Terrorismo de Estado de la época de los Gal, durante la etapa de gobierno de Felipe González. Muchos de los actores, por acción u omisión, de ese desaguisado seguían incrustados en el seno de las FSE, por la desidia del PP.
En cualquier crimen, uno de los elementos fundamentales para poder avanzar es preguntarse por el famoso qui prodest, ¿a quién beneficia? Y ante esta pregunta tampoco deberían haberse librado del ojo escrutador entidades políticas o económicas de gran relieve, privadas o públicas, nacionales o internacionales, siempre imbricadas en los intersticios del poder, del Poder con mayúsculas. Pero el qui prodest se prohibió en el 11-M: tenía que ser o ETA, o Al Qaeda.
Ni siquiera se tambaleó este dilema cuando la prensa independiente empezó a aflorar enigmas y agujeros negros que ponían el signo de interrogación directamente sobre las contradicciones en el seno de las Fuerzas de Seguridad del Estado (FSE). ¿Cómo pueden explicarnos las FSE a todos los españoles que su propia red de confidentes a sueldo, en colaboración con delincuentes fichados y controlados por esos mismos confidentes, les dieran el golpe terrorista más brutal que se pueda imaginar: el primer caso en la historia de Occidente? Si este fue el caso, y en eso consiste la V.O., la reacción debería haber sido poner en marcha expedientes, auditorias de asuntos internos y depuraciones sin límite.
Pero no fue eso lo que ocurrió. Lo que se hizo fue, por un lado, anatematizar (“Conspiranoicos”), amenazar (Secretario de Estado Camacho: «Seremos implacables contra cualquier conducta tanto dentro como fuera de las instituciones policiales que ponga en cuestión el buen hacer de una policía profesional y democrática») y perseguir (Inspector Parrilla, peritos del ácido bórico, querellas a Federico Jiménez Losantos, Pedro J. Ramírez, Fernando Múgica y Luis del Pino, entre otros) a todo aquel que pusiese en duda la V.O. y se aproximara a terrenos minados. Y, ¡cómo no!, ascender o aparcar en trabajos bien remunerados a los responsables de las FSE que deberían haber evitado los atentados, en caso de que la V.O. fuera cierta. Algo que habla por sí sólo.
Sin embargo, no es cierto que el falso dilema ETA-Islam se mantuviera de forma absolutamente homogénea. En algunos contados momentos, se han producido significativos desmarques, aunque éstos constituyen una rarísima excepción. Es el caso, por ejemplo, del que era Secretario de Estado de Interior el 11-M, que pronunció en el Congreso algunas frases que en su momento pasaron desapercibidas, pero que releídas a fecha de hoy resultan sorprendentes.
El 18 de Noviembre de 2004, en las postrimerías de la Comisión de investigación Parlamentaria sobre el 11-M, compareció Ignacio Astarloa Huarte-Mendicoa y soltó, como quien no quiere la cosa, esta andanada: «... pero varias de las preguntas obligadas –y ahora irán saliendo- son qué piensa Ud. de la relación entre el terrorismo islámico y ETA, qué piensa Ud. de si aquí han intervenido servicios secretos, qué piensa Ud. de si esto es Al Qaeda. Siempre he contestado lo mismo: que no tengo el más mínimo a priori sobre ninguna de las hipótesis, que es quien haya sido.... para llegar a saber quién ha sido no descartar nada..., hay que llevar hasta sus últimas consecuencias todas las líneas, se llamen ETA, Al Qaeda, servicios secretos, se llame lo que se llame» (Comisión de Investigación, Diario de Sesiones nº 18, pág. 4).
Esto lo dijo en la introducción que todos los comparecientes hacían para exponer su visión de las cosas -antes de que comenzara el turno de preguntas. Es decir, son palabras que pronunció con perfecto conocimiento de causa, después de haber dispuesto de todo el tiempo del mundo para prepararse: diciendo, por tanto, lo que quería decir. Pero no quedó ahí la cosa. Más adelante, en su turno con Olabarria, fue todavía más allá: «He mencionado servicios secretos, terrorismo de Estado...» (Idem, pág. 27).
¿Por qué soltó esa traca Astarloa? No es lo mismo que siembre esa sospecha un periodista “conspiranoico” a que lo haga todo un ex-Secretario de Estado de Interior. ¿Lo hizo para desplegar cortinas de humo? No parece que sea ese el caso. La impresión es que fue más bien un “aviso para navegantes”, al estilo de los mensajes y advertencias que los políticos suelen enviarse cuando quieren neutralizar alguna ofensiva del adversario (recordemos el 3% de Maragall y el “no hay estatuto” de Artur Mas).
Y no cabe duda de que, si se trató de una advertencia, tuvo plena eficacia, porque la reacción de los grupos parlamentarios fue la habitual cuando se acusa de lleno un golpe: el silencio. Sólo Gaspar Llamazares, un outsider sin ningún poder en la estructura del Estado, le interpeló a Astarloa y le afeó la literalidad de sus palabras. Los que si tenían poder, los representantes de los partidos nacionalistas y el PSOE, miraron respetuosamente para otro lado.
Pero no sólo es que ninguno de ellos recogiera el guante que Astarloa lanzaba. Es que, al revés que con Acebes o Aznar, tanto los nacionalistas como el PSOE trataron a Astarloa con guante de seda, de una manera que hoy miramos con sonrojo e incredulidad, si no sospecha. Olabarría se deshizo: «...porque yo sí que le aprecio de verdad, y lo sabe, y evidentemente creo en su sinceridad». El PSOE no se quedó atrás. Rascón Ortega, como si fuera un Píndaro redivivo, le ofrendó esta oración o ditirambo: «Gracias, señor Astarloa, primero, obviamente, por los servicios que ha prestado hasta ahora a este país, y gracias por su sinceridad en su comparecencia, sinceridad que se puede traducir en un doble sentido: sinceridad política y sinceridad jurídica. Parece ser que a alguien le ha defraudado esta comparecencia. Desde luego, al portavoz del Grupo Socialista, no».
¿A qué pudo deberse ese aviso de Astarloa, tan crudo y tan directo? Podría entenderse, a lo mejor, como una estrategia defensiva del PP, que amenazaba directamente al PSOE si las conclusiones de la Comisión Parlamentaria, en las que tendría mayoría la coalición gubernamental PSOE-nacionalistas, fueran letales para su imagen e intereses. Pero en ese rifirrafe ya estaban enzarzados los dos partidos sin un ganador claro (“mentiste tú; no, que fuiste tú”).
¿Es posible que fuera un aviso a navegantes no del PP, sino del propio ex –Secretario de Estado de Interior? Astarloa es de las personas que más debería saber de la intrahistoria del 11-M en España. También la persona con más capacidad de decisión, directa, en asuntos de política antiterrorista. Lo normal es que Astarloa, por su cargo y por responsabilidad, no se hubiera hecho eco de teorías que él considerara descabelladas. Y sin embargo, sí que avanzó teorías enormemente sugerentes, aunque lo negara –con circunloquios algo sorprendentes para una persona de su precisión jurídica- cuando le interpeló Llamazares: «En cuanto a las especulaciones que se hacen por un diputado, he dicho lo que he dicho de forma absolutamente..., que no es hacer ninguna imputación a ningún Estado ni a nadie. Como usted comprenderá, eso se saldría absolutamente de mi proceder. He dicho que, de las tesis que circulan donde circulan, lo que hay que hacer de los elementos que están puestos en circulación y en duda es, entre otras cosas, como usted dice muy bien, si se plantease la más mínima duda, cerrarla para saber con quién nos estamos relacionando» (CI, DS, nº 18, pág. 33).
Las cosas no son como la respuesta a Llamazares apunta. Astarloa no dijo en su introducción, ni con Olabarria, que había dudas que “circulaban”. Las “circuló” él, directamente. Además, hasta entonces, nadie en la Comisión, ni nadie de su propio partido, había avanzado ese tipo de conjeturas. A lo más que llegaban, de una manera prudentísima, era a apuntar a la ETA o a una hipotética joint-venture ETA-Islam.
No, la verdad es que es bastante difícil entender que Astarloa dijera “lo que dijo” si no se acude a la hipótesis de que podía haber algo en la trastienda del PP que era mejor seguir manteniendo en la oscuridad. ¿Qué significado último tenían las palabras de Rubalcaba (“España se merece un gobierno que no mienta, un gobierno que diga siempre la verdad”), que dejaron paralizado y noqueado al PP en la víspera electoral? ¿Por qué no las rebatieron con vigor en ese momento? ¿Prefirieron, acaso, optar por algo (la versión oficial) que en cierto sentido representaría "un mal menor"? La sombra del primer Agujero Negro de Fernando Múgica, y el supuesto regalito electoral, con sus secuelas, que le querían ofrendar las Fuerzas de Seguridad a Aznar, deteniendo a la cúpula de ETA el 12-M –regalito que se habría tornado en misil- sigue rondando la cabeza de muchos. Esta es la única explicación, a mi juicio, del inexplicable silencio que guarda el PP en todo lo que concierne al 11-M.
¿Por qué nunca nos ha dicho nadie cuál es ese lugar que no se encuentra en desiertos lejanos ni en remotas montañas y en el que, según Aznar, se fraguó el 11-M? ¿O es que tan impactante frase era otro “aviso para navegantes”, destinado con exclusividad a quien tenía que recibirlo?
A estas alturas de la película, en que no se sabe muy bien quién está más interesado en enterrar el 11-M, si el PP o el PSOE, la única certeza que tenemos es que una especie de omertá transversal ha unido a todas las instituciones del Estado en un indisoluble y letal abrazo, algo que algunos, con indiscutible propiedad, definen como “el Régimen”, fuera del cual sólo existe la soledad, la nada.
15 de Febrero de 2010 - 16:36:01 - Luis del Pino - 282 comentarios
La denominada peste negra fue una epidemia que asoló el mundo a mediados del siglo XIV, provocando la muerte de en torno a 100 millones de personas, es decir, una cuarta parte de la población de la época.
La enfermedad se propagaba con extraordinaria rapidez. Y, una vez producido el contagio, mataba al enfermo en cuestión de pocos días. Así, no eran infrecuentes los casos de barcos que arribaban a las costas sin ningún ser vivo a bordo, por haber muerto todos durante la travesía.
Ante semejante rapidez de propagación, y dado el estado de la medicina en aquella época, nadie pudo hacer nada para evitar que la peste negra se cebara particularmente con Europa, donde se calcula que perecieron entre 25 y 50 millones de personas, es decir: entre el 30% y el 60% de sus habitantes. En algunas áreas de Francia, de España y de Italia, cuatro de cada cinco personas fallecieron a causa de la peste, en el transcurso de sólo cuatro años.
En muchos lugares, ante la ignorancia de cuál era el origen de esa mortandad, y sucumbiendo a la perenne tentación que todos sentimos de echarle a alguien la culpa de todos nuestros males, se responsabilizó a los judíos de envenenar los pozos.
Centenares de juderías fueron arrasadas y decenas de miles de sus habitantes fueron quemados vivos o linchados por las turbas. Sólo en Estrasburgo, 2.000 judíos fueron asesinados por la población enloquecida en febrero de 1349.
Aquella espantosa epidemia provocó intensas convulsiones sociales y una profundísima crisis económica. Centenares de miles de peregrinos de la secta de los flagelantes recorrían los campos europeos, realizando ceremonias penitenciales de flagelación y contribuyendo más aún a difundir la epidemia. Miles de pueblos quedaron absolutamente desiertos en toda Europa, debido a la muerte o la huida en masa de toda su población. En numerosas regiones europeas, las cosechas se perdieron, por la sencilla razón de que no quedaba suficiente gente viva para cultivar los campos.
La crisis económica y el hambre se acentuaron aún más debido a las contraproducentes medidas de control de precios y de lucha contra la especulación que algunos monarcas trataron de poner en marcha. Europa tardaría decenas de años en recuperarse de aquella catástrofe demográfica, sanitaria y económica.
En Castilla, habían quedado desiertos o diezmados tantos pueblos, que los nobles carecían de recursos, porque no quedaban vasallos suficientes que siguieran pagando los impuestos que los nobles requerían para subsistir. Así que el rey Pedro I el Cruel ordenó realizar, a finales de 1351, y a petición de las Cortes reunidas en Valladolid, una investigación completa del estado en que habían quedado los pueblos de las quince merindades de Castilla, con el fin de repartir con la nobleza una parte de las rentas reales.
Y, como resultado de aquella investigación, se elaboró una obra que hoy en día conocemos con el nombre de Libro Becerro de las Behetrías, por el que sabemos, por ejemplo, que una quinta parte de los pueblos castellanos perdió a toda su población a causa de aquella peste negra. Y por el que también conocemos con bastante precisión cuál era la estructura de impuestos de cada pueblo en el siglo XIV y a quién iban a parar esos dineros.
Aunque habría mucho que hablar sobre las motivaciones, el carácter y el reinado de Pedro I el Cruel, aquel Libro Becerro de las Behetrías constituye un admirable ejemplo de práctica de buen gobierno. Ante la petición de los nobles de realizar un reparto equitativo de impuestos entre el Rey y la Nobleza, Pedro I, de común acuerdo con las Cortes, ordenó en primer lugar recabar todos los datos que permitieran valorar el alcance de la catástrofe demográfica, que permitieran conocer los impuestos y privilegios existentes en cada pueblo y que permitieran decidir qué parte de aquellos impuestos podía repartirse con los nobles.
La estadística ha sido siempre, en mayor o menor medida, una herramienta imprescindible de la labor de gobierno. ¿Cómo puede tomarse ninguna decisión, sin antes disponer de los datos que permitan valorar el estado de la cuestión y las consecuencias de cada alternativa?
Es por eso que los estados modernos utilizan ampliamente los servicios de institutos de estadística públicos y de centros privados de investigación sociológica, que permitan al gobernante o al funcionario conocer o estimar los censos de población, los datos de actividad económica, la incidencia de las enfermedades, el nivel cultural del país... Sin datos fiables, la labor de gobierno es imposible. Sin datos fiables, no hay manera, por ejemplo, de predecir qué servicios harán falta y cuánto van a costar. Sin datos fiables, incluso la actividad económica privada se resiente, al no poder las empresas valorar correctamente los riesgos y las oportunidades.
Es por eso que resulta tan escandalosa la actitud del actual gobierno, presidido por José Luis Rodríguez Zapatero. Porque Zapatero no ha vacilado, por ejemplo, en manipular los sistemas de recuento de parados, con el fin de maquillar las cifras y presentar un balance de gestión algo menos desastroso. Como tampoco ha vacilado en ofrecer sistemáticamente a la opinión pública previsiones de crecimiento ficticias, que todo economista sabe que son imposibles de alcanzar y que indujeron a mucha gente a pensar, erróneamente, que no existía crisis o que ésta no sería muy profunda. Como tampoco ha tenido reparo Zapatero en aprobar, vez tras vez, unos Presupuestos Generales del Estado que jamás llegan a cumplirse, porque las previsiones de gasto son sistemáticamente falsas.
A diferencia del rey Pedro I, el presidente Zapatero no considera la estadística como una herramienta de gobierno. Para él es un mero instrumento de marketing electoral. Con Zapatero, las cifras ya no sirven para orientar las decisiones de gobierno, o las alternativas privadas de inversión, sino para tratar de convencer al potencial votante de que estamos en el mejor de los mundos posibles.
Pero hay un pequeño problema, del que Zapatero sólo ahora es consciente. Puede que sea fácil engañar a muchos votantes. Zapatero ha demostrado, de hecho, que es así. Pero a quien no se puede engañar de manera permanente es a la realidad. Y los parados no dejan de serlo porque uno los esconda, ni los gastos dejan de existir porque no hablemos de ellos, ni el crecimiento se palpa cuando sólo existe en la imaginación del gobernante. Y la dura realidad se ha terminado imponiendo a un Zapatero que creyó ser inmune a la misma.
Y por eso los mercados financieros están pasando factura a nuestro país. Porque España, bajo la batuta de Zapatero, ha comenzado a ignorar principios de buen gobierno que Pedro I el Cruel ya puso en práctica hace la friolera de 650 años. Y, como consecuencia, España ha dejado de ser, hace mucho tiempo, un país mínimamente fiable para la inversión y la actividad económica.
13 de Febrero de 2010 - 21:29:04 - Luis del Pino - 175 comentarios
Entradilla al programa Sin Complejos del 13/FEB/2010
"Grog" era el término con el que los marineros ingleses del siglo XVIII designaban a una bebida compuesta por ron, agua y azúcar, y que se tomaba caliente. Como es natural, cualquiera que se trasegara cinco o seis pelotazos de grog quedaba sumido en un estado de aturdimiento y desorientación propio de quien está a un paso de desplomarse por la borrachera. Y del nombre de la bebida se formó la expresión “estar grogui”, para designar a aquellos a los que se les había ido la mano con el grog.
Posteriormente, en 1832, la expresión “estar grogui” se hizo extensiva al mundo del boxeo, para designar a aquellos púgiles que se encuentran en ese estado de aturdimiento y desorientación propio de quien ha recibido los suficientes golpes como para no poder estar del todo consciente, pero no tantos como para desplomarse sobre la lona.
Independientemente de la etimología de la expresión, cualquiera que se asome en estos días a la actualidad política no tiene más remedio que constatar que José Luis Rodríguez Zapatero está completamente grogui. Tanto él como su gobierno se encuentran sumidos en un evidente estado de aturdimiento y desorientación, propio de quien ya no sabe cuánto tiempo más va a poder aguantar sin desplomarse.
Lejos de la prepotencia que caracterizaba al José Luis Rodríguez Zapatero, a la María Teresa Fernández de la Vega, al José Antonio Alonso de la primera época, lo que vemos en cada comparecencia pública, en cada acto oficial, en cada fervorín de partido, son un presidente y unos ministros completamente a merced de los acontecimientos. Lo malo no es que el barco de la Nación se esté precipitando viento en popa hacia los arrecifes; lo malo es constatar, un día sí y otro también, que hace mucho tiempo que no hay nadie al timón.
La alarma es ya generalizada entre todos aquellos que pintan algo en la vida política y económica del país. Que los grandes banqueros y empresarios tengan que salir de gira para intentar convencer al mundo de que España es un país fiable dice poco de la capacidad de convicción que el Gobierno de la Nación tiene a este respecto. Pero que el propio Rey tenga que salir a hacer llamamientos a un supuesto Pacto de Estado, y se dedique a hacer rondas de contactos para tratar de provocar un “prietas las filas”, es síntoma inequívoco de que todo el mundo es consciente de lo explosivo de la situación.
Lo que pasa es que el público del combate está empezando a mosquearse seriamente, viendo el espectáculo surrealista que tiene lugar en el ring. Porque el actual campeón mundial y defensor del título, Zapatero, está grogui, en efecto, y se limita a lanzar puñetazos que sólo hienden el aire. Pero es que, en el otro extremo del cuadrilátero, el aspirante tan sólo se dedica a hacer juego de piernas con los brazos pegados a los costados, sin intentar en ningún momento aprovechar esa situación de debilidad en que su oponente se encuentra. Algunos comentaristas deportivos han estado haciendo correr la especie de que el aspirante está aguardando a que el actual campeón se caiga solito a la lona, o se arree a sí mismo en la cara uno de esos puñetazos al aire que cada vez prodiga menos, pero el público está empezando a sospechar que lo que hay, en realidad, es otra cosa.
Y ver ahora intervenir al árbitro, es decir, al mismísimo Rey de España, para tratar de convencer al aspirante y al público de que den ánimos al campeón, para ver si así dura un poco más en pie, está empezando a hacer que la gente sospeche que el combate está amañado. Porque viendo al aspirante, al árbitro e incluso a muchos de los comentaristas deportivos, hacer todo cuanto está en su mano para que el campeón llegue indemne al octavo asalto, la única explicación que a uno se le ocurre es que existe un pacto previo para que el campeón aguante hasta el fin de la legislatura, después de lo cual el aspirante tendrá carta blanca para tumbarle de un certero urnazo en toda la mandíbula.
Y lo que antes eran simples cuchicheos de algunos espectadores aislados, está comenzando a convertirse en un auténtico clamor y cada vez son más las voces que gritan eso de “tongo, tongo”.
Yo no sé muy bien a qué juega cada uno en esta especie de combate de boxeo enigmático. Pero cada vez estoy más convencido de que tanta inacción en el aspirante no es producto de la vaguería ni de la inutilidad, al igual que tanta parcialidad en el árbitro tampoco es producto de las preferencias ideológicas, ni de la miopía estratégica. Cada vez tengo más la sensación de que todos – campeón, aspirante y árbitro - juegan en realidad a lo mismo: a escenificar cuanto haga falta para conseguir al final los resultados que previamente se han acordado en conversaciones más discretas que secretas. Y que el origen de la actual preocupación de quienes nos dirigen no es otro que la constatación de que el público desencantado está empezando a huir de los despachos de apuestas, convencido de que le están timando. Con lo que todo el tinglado tan trabajosamente urdido a lo largo de los años amenaza con venirse abajo.
Y claro, ¿de qué viviría tanto caradura como hay suelto, si dejan de poder timar a la gente con combates amañados? Yo que ustedes, me levantaba del asiento y me iba a mi casa. Porque lo peor de este combate amañado es que, encima, el pabellón polideportivo amenaza ruina, con lo que corremos todos el serio riesgo de que algún cascote nos abra la cabeza si caemos en el error de dejarnos llevar por la indignación y de quedarnos a gritar aquello tan bonito de “Que se besen, que se besen”.
8 de Febrero de 2010 - 10:27:21 - Luis del Pino - 547 comentarios
Entradilla al programa "Sin complejos" del domingo 7 de febrero de 2010
En las últimas fechas, hemos conocido tres encuestas diferentes – la del Centro de Investigaciones Sociológicas y las que hoy publican los periódicos El Mundo y El País - que confirman las tendencias de voto que se vienen apuntando en los últimos meses:
- La crisis económica y la falta de liderazgo están pasando factura al PSOE, que día a día ve cómo su apoyo electoral disminuye. En concreto, el PSOE perdería entre 6 y 8 puntos, según las distintas encuestas, con respecto a ese 44% que obtuvo en las elecciones generales de 2008. Se trata de una pérdida importante, sin ninguna duda, pero tampoco es el desplome que cabría esperar para un partido que ha llevado a la Nación a la quiebra económica e institucional.
- El Partido Popular, por su parte, sólo consigue parcialmente recoger ese voto descontento. Si mañana se celebraran elecciones, el PP subiría, según las distintas encuestas, entre un 0,5% y un 3,5% de los votos.
- ¿Y dónde están yendo esos votos que ya no van a parar al PSOE, pero que tampoco cosecha el PP? Pues básicamente a dos sitios: por un lado, a Izquierda Unida, que subiría entre 1 y 2 puntos; y por otro lado a UPyD, que duplicaría (según la encuesta de El Mundo) o cuadruplicaría (según la encuesta del CIS) sus resultados de 2008, empezando a disputar a Izquierda Unida el puesto de tercera fuerza política.
Con estos resultados, si mañana se celebraran elecciones, el Partido Popular sería el claro vencedor, pero sin la necesaria mayoría absoluta que le permitiera gobernar sin pagar peaje a los nacionalistas. La duda es si la subida de UPyD será suficiente como para poder sustentar un gobierno en coalición con el PP.
En condiciones normales, estando España en grave riesgo de quiebra y camino de los cinco millones de parados, el Partido Popular tendría que estar 20 puntos por delante del PSOE. ¿Tiene sentido entonces que, con la que está cayendo, cada décima adicional de distancia entre el PP y el PSOE cueste un auténtico triunfo? Pues la verdad es que sí. Tiene bastante sentido. Teniendo en cuenta la desastrosa oposición que el PP está haciendo, parece casi un milagro que haya logrado colocarse por delante del PSOE.
Porque la estrategia meliflua, tontita y apática de Rajoy – si es que Rajoy tiene una estrategia, cosa que dudo sinceramente – probablemente esté consiguiendo captar algunos votos entre el electorado menos sectario y más desencantado del PSOE, pero a costa de perder un número de votos similar por su derecha, de toda esa gente que está harta de que le tomen el pelo, de que le engañen con promesas electorales de cambio que luego no se cumplen (como ha sucedido en Galicia) y de que les consideren, en definitiva, como votantes cautivos.
En la encuesta que hoy publica El País, hay un dato bastante revelador: el 54% de los votantes socialistas se fía poco o nada de José Luis Rodríguez Zapatero. Pero es que el 60% de los votantes del PP se fía poco o nada de Mariano Rajoy. Con lo cual, el panorama con el que España va a tener que enfrentarse a una situación de posible quiebra del Estado no puede ser más desolador: estamos haciendo frente a la mayor crisis de nuestra Historia con un Gobierno y una Oposición de los que no se fían ni sus propios votantes.
¿Quién va a poder, entonces, exhibir la capacidad de liderazgo necesaria para encarar los problemas, para proponer las soluciones y para transmitir a la gente la confianza en que, aunque ahora haya que hacer sacrificios, en el futuro las cosas volverán a mejorar?
¿Quién va a ser capaz de señalarnos la luz al final del túnel y de convencernos de que conoce el camino de salida?
¿Quién tiene la inteligencia, la mesura y la determinación que hacen falta para sacarnos de esta crisis económica, institucional y moral?
Habrá que estar atentos a la evolución de los acontecimientos. Las citas electorales comienzan este año con unos comicios catalanes marcados por la incertidumbre. Veremos lo que dan de sí.
En cualquier caso, como los dos principales partidos sigan ganándose a pulso la desconfianza de sus votantes, no estarán haciendo sino abonar el terreno para el surgimiento de nuevas formaciones políticas que los sustituyan.
Lo cual, a estas alturas, tampoco me parece tan mala solución, qué quieren que les diga.
6 de Febrero de 2010 - 15:08:03 - Luis del Pino - 129 comentarios
Entradilla al programa "Sin complejos" del sábado 6 de febrero
Dice el refrán que la venganza es un plato que se come frío. Poco se podía imaginar Zapatero, cuando se sentó en aquel desfile al paso de la bandera estadounidense, la sibilina mala leche con la que, unos años después, le harían purgar aquel incalificable gesto.
Ha bastado que Obama diera un silbidito (¡Vamos! ¡Vamos! ¡Ven!), para que nuestro intrépido líder planetario agarre su maleta de cartón llena de latas de mejillones, su bocadillo de tortilla envuelto en papel de periódico, sus pantalones de pana y sus alpargatas, y se suba al primer tren de tercera que pasa por el apeadero, camino de Washington, dispuesto a compartir desayuno de oración con otros 4000 o 5000 invitados.
Zapatero, ora pro nobis.
Y allí está nuestro Apóstol de la Alianza de Civilizaciones, nuestro Rey del Talante, nuestro Vengador de la Memoria Histórica, nuestro Hijo del Viento, dispuesto a humillarse cuanto haga falta ante el nuevo emperador del mundo, intentando compensar su pasada ofensa a la nación más poderosa de la Tierra. Y tanto el humillado como los ofendidos se reúnen a rezarle a un Dios en el que Zapatero no cree, en la capital de un país al que Zapatero desprecia y ante un auditorio que habla en un idioma que Zapatero desconoce. Vamos, que nuestro presidente está, como suele decirse, más perdido que un pulpo en un desfile militar.
Y todo para que al final, Obama ni siquiera se dignara a saludarle y sólo le dedicara un lacónico "Bye", que en inglés quiere decir, por si Zapatero no lo sabe, "Hasta luego, Lucas". El anunciado encuentro entre Zapatero y Obama antes del desayuno de oración quedó en nada, porque el presidente americano ni siquiera se presentó. ¡Para que luego te fíes de los premios Nobel de la Paz!
¿Se acuerdan ustedes de aquello de "Americanos, os esperamos con alegría"? Pues allí se quedaron Zapatero y su séquito, como en la película “Bienvenido Mr. Marshall”, dejando morir los acordes de esa canción triunfal con la que el pueblo debía saludar el encuentro planetario anunciado, siglos ha, por la profeta Pajín.
Y olvidados ya los estruendos del magno acontecimiento, apagadas las luces del escenario, devueltas a su estuche las plumas con las que los periodistas iban a glosar el encuentro que nunca se produjo, y mientras los camareros guardan para la siguiente conjunción zodiacal los croissants que han sobrado, el pueblo entero vuelve a la realidad.
Y lo que ve, al disiparse la forzada ilusión, es que Zapatero ora, pero no labora. Vamos, que aparte de crear problemas donde no los había - sin resolver nunca ninguno -, Zapatero no hace nada, pero nada de nada, para que nuestro país salga de una crisis que amenaza con llevarnos a todos a la ruina. Y los que laboramos también cada vez menos, mientras Zapatero simula que ora, somos los españoles, que vamos ya camino de los cinco millones de parados.
La Bolsa de Madrid se derrumba, pero Zapatero se dedica a perder su tiempo, que pagamos todos, en mendigar fotos con el presidente americano.
La Constitución se cae a pedazos, pero Zapatero continúa dejando pudrirse la situación y dedica sus esfuerzos, y los de su ingente equipo de asesores, no a resolver los problemas del país, sino a conseguir la proeza de que Obama le dedique nada menos que una palabra de tres letras: "Bye", “adiós”. ¿Cuántas horas de trabajo, cuánto dinero, nos habrá costado a los españoles cada una de esas tres letras?
Centenares de miles de hogares tienen a todos sus miembros en el paro, y cada día adquiere proporciones más alarmantes el número de personas que carecen de cualquier tipo de cobertura, pero Zapatero se dedica a la "útil" tarea de participar en desayunos de oración de una religión en la que no cree en absoluto, para conseguir nada en absoluto, salvo unos cuantos titulares.
No sé si Zapatero rezaría en su fuero interno mientras desayunaba. Lo dudo. Como mucho, estaría diciendo aquello de “¡Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy!”. Pero de lo que sí estoy seguro es de que cada vez son más los españoles que sí que rezan para ver si la intervención divina nos libra de esta especie de plaga bíblica en forma de presidente.
Pero dice el refrán español que “A Dios rogando y con el mazo dando”. Vamos, que está muy bien que todos deseemos que Zapatero abandone La Moncloa y que nos preguntemos, como Cicerón, lo de “¿Hasta cuándo, Zapatero, abusarás de nuestra paciencia?”. Pero los deseos y las quejas no cambian la realidad. Y la realidad es que, a fecha hoy, Zapatero sigue en La Moncloa, arruinando el país.
La pregunta que todos deberíamos hacernos mientras desayunamos es otra. Lo que deberíamos preguntarnos un día sí y otro también es: ¿qué voy a hacer yo hoy, en concreto, para ayudar a echar a Zapatero?