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Algunos hombres buenos (revisited)

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Permítanme que rescate un editorial mío de hace diez años sobre jueces buenos y jueces malos, porque viene al pelo de lo que ha sucedido esta semana. Decía así:

En 1948 se celebró en Nuremberg el juicio contra diversos miembros de la administración de Justicia alemana durante la época nazi. Si los nacional-socialistas ocuparon todos los resortes de poder en Alemania fue, en parte, con la activa complicidad de los jueces, cuyo comportamiento entre 1933 y 1945 fue, en general, execrable. Muchos jueces alemanes abrazaron con entusiasmo, bien por afinidad ideológica, bien por interés, la causa de Adolf Hitler. Otros, se unieron al partido nazi con resignación, por miedo a que sus carreras quedaran truncadas. Casi todos los restantes, se limitaron a aplicar leyes inicuas sin hacerse demasiadas preguntas y sin cuestionar demasiado su propia responsabilidad moral.

En aquel juicio de Nuremberg sólo se sentó en el banquillo un pequeño número de jueces alemanes. Tan sólo se procesó a algunos de los que más activamente habían colaborado con el régimen nazi, por ideología o por interés, en asesinatos revestidos de una falsa apariencia de legalidad.

Un ejemplo paradigmático de aquéllos que participaron de forma activa y entusiasta en la persecución contra polacos o judíos es el de Oswald Rothaug, presidente de la Corte de Distrito de Nuremberg. En una sentencia particularmente siniestra (una entre muchas), Rothaug condenó a muerte a Leo Katzemberger, jefe de la comunidad judía de Nuremberg, en aplicación de las leyes raciales que prohibían las relaciones sexuales entre judíos y arios. Como prueba de que Katzemberger había violado esas leyes, se aportó el testimonio de una persona que dijo haber visto a una chica alemana de 19 años... ¡sentada en las rodillas del judío! Aún así, la condena que correspondía por violar ese precepto concreto de las leyes raciales era la cadena perpetua, pero el juez Rothaug argumentó que Katzemberger y su amante alemana aprovechaban para sus encuentros amorosos los apagones que se llevaban a cabo durante los ataques aéreos, y condenó a muerte a Katzemberger aplicando un agravante que preveía la muerte para aquéllos que "sacaran partido de los esfuerzos de guerra".

Un ejemplo del segundo tipo de jueces, los que abrazaron la causa nazi por interés y no por identificación ideológica plena, es el de Franz Schlegelberger, que llegó a desempeñar diversos cargos en el Ministerio de Justicia alemán entre 1931 y 1942. Schlegelberger fue un extraordinario jurista y era un hombre enormemente respetado dentro de su profesión. Alegó en su defensa, durante el juicio de Nuremberg, que estaba obligado, como juez, a aplicar las leyes emanadas de los órganos correspondientes; que sólo se afilió al Partido Nacional Socialista en 1938 porque le obligaron a ello y que intentó mitigar en la medida de lo posible los efectos de las leyes nazis. Y para explicar por qué no renunció antes a sus cargos, adujo que, si lo hubiera hecho, otro peor habría ocupado su lugar (cosa que efectivamente sucedió cuando finalmente renunció a su cargo en 1942).

Pero el tribunal le condenó a cadena perpetua (posteriormente sería liberado en 1951) argumentando que nadie puede aplicar leyes que son manifiestamente injustas. El tribunal consideró que el hecho de que Schlegelberger aceptara ocupar un alto cargo en el Ministerio de Justicia alemán contribuyó a legitimar a un régimen sanguinario. Y, si bien reconoció que el acusado hizo intentos por suavizar la aplicación de las leyes nazis, le condenó porque no tuvo reparo en estampar su firma en sentencias aberrantes cuando el gobierno nazi le presionó para que lo hiciera; por ejemplo, en la sentencia donde se condenaba a muerte a un judío por "acaparar huevos" o en la sentencia en la que se absolvía a un policía de agredir a un judío "porque la condena hubiera sido perjudicial para la moral de la Policía".

Pero al lado de los Rothaug y de los Schlegelberger, y a pesar de la sumisión casi total de la judicatura al régimen nacional-socialista, también hubo jueces (muy pocos, es verdad) que abandonaron su profesión para no ser cómplices de los crímenes nazis. E incluso hubo algunos (poquísimos) que se atrevieron a continuar actuando como verdaderos jueces y a seguir los dictados de su conciencia. Mientras les dejaron.

Uno de esos héroes poco conocidos es Lothar Kreyssig, que ocupaba el cargo de juez en la ciudad de Brandemburgo. Profundamente cristiano, Kreyssig se atrevió a desafiar en público al régimen nazi en diversas ocasiones, abandonando por ejemplo una ceremonia judicial en la que se iba a descubrir un busto de Hitler; o protestando por las sanciones contra tres magistrados que no aplicaban con suficiente contundencia las leyes raciales, o criticando en voz alta esas mismas leyes aberrantes.

Al enterarse de que los enfermos del hospital mental de la ciudad estaban siendo sacados en secreto de la institución para ser eliminados, o para ser enviados a campos de concentración, Kreyssig dictó un auto ordenando la inmediata interrupción de aquellas prácticas y abrió una investigación. Las autoridades nazis le presionaron para que cerrara aquel sumario, pero Kreyssig se negó. Presentó contra los nazis una acusación formal de asesinato de personas mental o físicamente discapacitadas, ordenó que se paralizaran los programas de aplicación de las leyes de eutanasia nacional-socialistas y amenazó con abrir proceso al propio Heinrich Himmler, impulsor de esas medidas.

La consecuencia, evidentemente, fue que el Ministro de Justicia (que por aquel entonces era Franz Gurtner) apartó a Kreyssig de la carrera judicial, jubilándole anticipadamente. Sin embargo, los nazis no se atrevieron a adoptar contra Kreyssig medidas más contundentes, para no provocar una reacción en el estamento judicial que, aunque mayoritariamente pronazi, seguía siendo enormemente corporativista.

Los ejemplos de Rothaug, Schlegelberger y Krayssig ilustran que en todas las épocas hay gente de todo tipo. Hay gente abiertamente perversa. Hay mucha gente que es simplemente ruin o egoísta. Hay muchísima gente que simplemente es acomodaticia o se deja vencer por el miedo. Pero siempre hay también, incluso en las más difíciles de las circunstancias, algunos hombres buenos, capaces de jugárselo todo por defender lo que es justo.

Hasta aquí mi editorial de hace diez años. Que, obviamente, viene a cuento del dictamen del Consejo General del Poder Judicial sobre la designación de Dolores Delgado para la Fiscalía General del Estado.

Daba igual lo que dijera el CGPJ, porque su informe es preceptivo, pero no vinculante. Así que Sánchez habría seguido adelante con sus pretensiones en cualquier caso. Pero era importante que alguien dejara constancia de lo obvio: que no es de recibo que ninguna persona pase directamente de ser diputado y ministro socialista a Fiscal General, porque se destruye cualquier apariencia de imparcialidad. Y ha habido siete miembros del CGPJ que han expresado su disconformidad con el nombramiento en ese sentido. Se trata de Dª Nuria Díaz, D. José María Macías, D. Juan Martínez Moya, D. Juan Manuel Fernández, D. Gerardo Martínez Tristán, D. José Antonio Ballestero y Dª Carmen Llombart.

Para esos jueces justos, que han hecho lo correcto, mi admiración y mi aplauso.

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