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Adiós, Pablo

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Si alguien nos hubiera dicho que las elecciones andaluzas iban a traer tanta cola, no le hubiéramos creído.

Han pasado 55 días desde que Vox irrumpiera, contra todo pronóstico, en el panorama político. Y en ese tiempo, todos los partidos están experimentando las sacudidas derivadas de la onda expansiva consiguiente.

Todos los partidos se están viendo obligados a reposicionarse, ahora que de repente alguien reclama el lugar ideológico que hasta 2008 ocupaba el PP.

Pero, curiosamente, es Podemos, el partido más alejado de Vox, quien más se ha visto afectado por el cambio de escenario.

Podemos cumplía una función concreta en nuestro ecosistema político: agitando su espantajo, se movilizaba el voto al PP. Gracias a Podemos, gracias al miedo que Pablo Iglesias despertaba, muchos españoles acudieron en 2015 y 2016 a votar a Mariano Rajoy con una pinza en la nariz.

La irrupción inesperada de Vox ha cambiado, sin embargo, el panorama: de repente, el truco ha dejado de ser posible, porque agitar el espantajo de Podemos no beneficiaría ahora al PP, sino a Vox. Y por eso toca desactivar Podemos.

No es solo que Podemos actuaría ahora como atractor de voto hacia Vox. Es que, además, la presencia del partido de Pablo Iglesias hace imposibles los pactos de gobierno anti-Vox. Ciudadanos, por su posicionamiento en el centro político, puede quizá permitirse pactos con el PSOE, pero si esos pactos requieren el apoyo directo o indirecto de Podemos, Cs no puede justificarlos ante sus electores.

Por eso ha sido tan decepcionante el resultado de Andalucía para Ciudadanos y PSOE. Si Ciudadanos hubiera sacado un solo escaño más y Vox un solo escaño menos, la suma de Ciudadanos y PSOE hubiera tenido mayoría absoluta y habría sido posible otra alternativa. Pero al requerir la abstención de Podemos, el gobierno Ciudadanos-PSOE era imposible. Y gracias a eso, Rivera se vio obligado a aceptar el tripartito con PP y con Vox.

Para evitar que se repita esa situación, no hay más cáscaras, de cara a las elecciones de mayo, que desactivar Podemos y sustituirlo por una versión errejonizada, una versión aparentemente "amable", de lo mismo. Errejón es igual de peligroso que Iglesias, pero disimula mejor. Y lo medios se encargarán de presentarle como alguien moderado y transigente. Quienes patrocinan la voladura controlada de Podemos confían en que esa cara "amable" de Errejón no movilice tanto el voto de la derecha.

Pero sobre todo, ese "nuevo Podemos" errejonizado permitiría a Ciudadanos y PSOE pactar mayorías, aunque fuera recurriendo al truco andaluz del pacto a tres bandas. De igual manera que el PP gobierna Andalucía con un doble pacto (PP con Ciudadanos, por un lado; PP con Vox, por otro), lo que permite a Ciudadanos decir que no ha pactado con Vox, después de las elecciones de mayo el partido de Rivera quedaría libre para intentar jugadas similares por su izquierda, en las que el PSOE suscribiría pactos separados con Ciudadanos y con Errejón, que permitieran conformar tripartitos "de progreso".

Por tanto, Pablo Iglesias está políticamente muerto: ya no cumple ninguna función en nuestro ecosistema político. Quienes le auparon no le necesitan ya. De hecho, es un estorbo. Y lo que es inútil, lo que solo constituye un obstáculo, tiene que desaparecer.

Hace falta que Pablo Iglesias desaparezca de escena para que su hueco lo ocupe otra formación que sí que sea útil a la hora de cerrar el paso a Vox. El futuro de la extrema izquierda pasa, por tanto, por un Íñigo Errejón al que no le van a faltar los apoyos mediáticos y políticos, de aquellos que entienden que la nueva situación, después de las elecciones andaluzas, exige este reajuste del espectro político.

El líder ha muerto. Viva el líder.

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