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El 21 de marzo se publicaban las primeras informaciones sobre las posibles irregularidades en el máster de Cristina Cifuentes. Treinta y cinco días y muchas otras informaciones después, la hasta hace poco presidenta madrileña presentaba su renuncia al cargo. Inicialmente, su pretensión era seguir presidiendo el PP madrileño, aunque ayer conocimos que su partido la ha obligado a renunciar también a ese puesto. Está por ver si logrará, o querrá, o se le permitirá, continuar como diputada de a pie.

Son muchas las preguntas que se plantean en este caso. ¿Quién dio la orden de iniciar la cacería contra Cifuentes? Porque tanto el asunto de su máster como el del supuesto hurto de las cremas datan de hace varios años. Y parece ser que ambas informaciones eran prácticamente un secreto a voces. ¿Quién decidió que ya había llegado el momento de airear ambos asuntos?

¿Es una misma mano la que incitó la filtración de lo del máster y de lo del hurto? ¿O estamos ante una jugada más compleja, en la que quien filtró el vídeo del hurto aprovechó simplemente que la otra filtración, la del máster, ya había dejado tocada a Cristina Cifuentes?

¿Qué otras informaciones había en cartera, para el caso de que Cifuentes siguiera negándose a dimitir tras el vídeo del hurto? Porque la rumorología apunta a que estaba preparada toda una catarata de filtraciones adicionales, de la más variopinta naturaleza.

¿Qué se persigue al forzar la dimisión de Cifuentes? ¿Anularla en la carrera por la sucesión de Rajoy? ¿Despejar el camino a un cambio de gobierno en la Comunidad de Madrid tras las próximas elecciones autonómicas? ¿Destruir un poco más al PP? ¿Una simple venganza personal?

¿Quién será el siguiente contra el que se desate la cacería? ¿Feijóo? ¿Cospedal? ¿O serán Sáenz de Santamaría o Rajoy los objetivos?

Algunas de las preguntas que el caso plantea son más inquietantes: ¿de qué otros políticos existen, desde hace años, dossieres guardados en los cajones, para exhibirlos en el momento oportuno? O a lo mejor la pregunta hay que plantearla a la inversa: ¿hay algún político del que no exista un dossier en un cajón?

¿Por qué se nombra para puestos de responsabilidad a políticos de los que constan informaciones comprometedoras? ¿Para tenerlos bien agarrados? ¿Vivimos en un sistema donde para ascender en el mundo político necesitas poner en manos de tus padrinos, sean quienes sean, información comprometedora tuya?

La verdad es que el caso Cifuentes no habla muy bien de la salud de nuestro sistema democrático. No tanto por lo que haya hecho Cifuentes, que también, cuanto por el hecho de que los dossieres se conviertan en bombas con espoleta retardada. En un sistema democrático sano, si un político roba dos tarros de crema en un súper, ¿no sería lo lógico que la noticia se filtrara de forma inmediata y la carrera de ese político acabara de forma también inmediata? En lugar de eso, aquí la información se guarda en los cajones, donde puede actuar como permanente herramienta de chantaje contra ese político. Eso no es una democracia, sino un sistema mafioso.

Como ven, son muchas las preguntas que tengo sobre el caso Cifuentes. Y ninguna respuesta. Aunque la pregunta que más intrigante me resulta no es ninguna de las que he expuesto, sino esta otra: si Cifuentes era consciente de todas las potenciales filtraciones que podían dirigirse contra ella, ¿para qué narices prolongó su propia agonía durante 35 días, en vez de dimitir de forma elegante a las primeras de cambio, tras la publicación de las primeras informaciones sobre su absurdo máster?

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