Los enigmas del 11-M

El Caballero de Hierro

4 de Febrero de 2012 - 11:09:09 - Luis del Pino - 8 comentarios

 

Editorial del programa Sin Complejos del sábado 4/2/2012

A principios de la década de 1970, los sindicatos ingleses constituían un auténtico poder dentro del Estado. Uno de cada dos trabajadores estaba sindicado, fundamentalmente porque para trabajar en ciertos sectores era obligatorio sindicarse. El recurso a la huelga era constante y los piquetes se encargaban de garantizar que esos conflictos laborales fueran secundados por todos los trabajadores de los sectores afectados, e incluso también de otros sectores. Para colmo, la influencia de los sindicatos dentro del Partido Laborista era enorme, lo que contribuía al radicalismo de la izquierda británica.

Fueron los sindicatos los que provocaron el descrédito del primer ministro conservador Edward Heath, que perdió las elecciones en 1974, cediendo el gobierno a los laboristas. Dentro del Partido Conservador, la caída de Heath abrió la puerta a una desconocida Margaret Thatcher, que venía a capitanear la derecha con ideas renovadas.

Cinco años después, en el invierno de 1979, los sindicatos llevaron a Gran Bretaña a un completo caos, paralizando el país con una serie de huelgas que terminaron de convencer a la opinión pública de que había que acabar con el perpetuo chantaje sindical. El hartazgo de los ingleses hizo que Margaret Thatcher obtuviera la mayoría absoluta, pasando el gobierno otra vez al Partido Conservador.

Los sindicatos recibieron a los conservadores con una nueva oleada de huelgas, pero Margaret Thatcher, sin ningún tipo de complejo de inferioridad ante la izquierda, comenzó por cambiar la legislación para quitar a los sindicatos el desmesurado e injustificado poder del que disponían. Se eliminó la obligatoriedad de afiliación, se declararon ilegales los piquetes, se declararon ilegales las huelgas generales y se estableció por ley que todas las huelgas tenían que ser aprobada por votación de los trabajadores afectados, en lugar de ser decididas, como hasta entonces, por la cúpula sindical.

No solo eso. Thatcher utilizó sin reparos a la sección de inteligencia interior del servicio secreto británico, el famoso MI-5, para infiltrar el movimiento sindical y propiciar la desunión, alentando el ascenso de líderes sindicales más moderados.

Tras una nueva victoria por mayoría absoluta en 1983, Thatcher anunció la intención del gobierno de reformar el sector de la minería del carbón, altamente subsidiado, que constituía una auténtica sangría para las arcas públicas británicas. Entre otras medidas, se decidió cerrar 20 pozos improductivos. Los sindicatos reaccionaron convocando una huelga indefinida del sector, dado que el sindicato del carbón era una de las espinas dorsales del movimiento sindical. Para poder resistir una huelga prolongada, los sindicatos contaban con la caja de solidaridad, que permitía pagar a los mineros en huelga un sueldo reducido, que salía de las contribuciones de todos los trabajadores británicos sindicados.

Pero Thatcher aguantó el tipo. Utilizó a la policía con contundencia para mantener abiertos aquellos pozos donde los mineros habían decidido trabajar, emprendió una intensa campaña de convencimiento de la opinión pública para dejar patente el chantaje de los sindicatos y se aprovisionó de carbón en el exterior, para no depender de aquel sector que había quedado paralizado.

A medida que iban pasando los meses, la moral de los huelguistas se iba resquebrajando y poco a poco comenzaron a descolgarse. En marzo en 1985, después de todo un año de huelga indefinida, más del 50% de los trabajadores del sector habían vuelto a las minas, con lo que la huelga se tuvo que dar por concluida. Los sindicatos habían cosechado una derrota sin paliativos y enormemente simbólica, y su poder quedó anulado para siempre. A finales de la década de 1980, la afiliación a los sindicatos había caído a la mitad y ya nunca volvieron a ser el grupo de presión que habían sido, lo que tuvo profundas consecuencias en la economía y en la política inglesas. Por lo pronto, el Partido Laborista se vio libre para adoptar posturas menos radicales, que terminarían haciendo posible, años después, a un dirigente como Tony Blair.

Las primeras medidas adoptadas por Rajoy tras llegar al gobierno incluían una subida de impuestos a los ciudadanos y un recorte de ciertos gastos, que resultó completamente decepcionante, por lo insuficiente. Entre otras cosas, las subvenciones a los sindicatos se recortaron de forma mínima, lo que implica que este año CCOO y UGT recibirán un 20% más de subvenciones que en 2005, año en el que todavía no había empezado la crisis.

Pero lo sorprendente es que esta semana las cámaras indiscretas han grabado a Mariano Rajoy diciéndole a su homólogo finlandés en una reunión europea que la próxima reforma laboral le va a costar una huelga general.

¿Que la reforma laboral le va a costar una huelga general, don Mariano? ¿Nos está usted tomando el pelo?

¡Pero si los sindicatos están a sueldo de usted!

¡Pero si es usted el que los paga, con el dinero de todos nosotros!

¡Pero si son empleados suyos!

¡Si no podrían funcionar sin las subvenciones que usted les entrega!

¿Que le van a montar una huelga general? ¿Y eso le incomoda? Pues entonces ¿por qué les paga para que la monten?

¿Pero a quién quiere usted engañar, hombre de dios? ¿Es que se piensa usted que los españoles nos seguimos creyendo la pantomima sindical?

Si usted quisiera, los sindicatos se acababan mañana, porque no podrían sostenerse mediante las cuotas de unos afiliados que no tienen. Pero estos sindicatos amarillos son muy útiles, ¿verdad, señor Rajoy?

Sirven, por ejemplo, para justificarse ante Bruselas: "Yo querría hacer una reforma laboral más ambiciosa, pero los sindicatos me crucificarían".

Y sirven también para que la base electoral de la derecha acepte tragar con las reformas que usted quiera plantear, por muy injustas que sean y por mucho que hagan pagar la crisis a los españoles de a pie y no a quienes la han provocado: si esos malvados sindicatos dicen que se oponen a las reformas, entonces los votantes de la derecha tendremos que acudir en rescate del pobrecito gobierno acogotado por esos malvados sindicalistas.

Y sirven también para encauzar hacia la más absoluta inanidad las posibles protestas de la base social de la izquierda. ¿Qué mejor, si uno no tiene ganas de que le monten una verdadera huelga, que montar esas huelgas uno mismo, a través de unos sindicatos controlados?

¡Por favor! ¡Déjense de pantomimas! Los sindicatos, don Mariano, son suyos. Usted es el que los mantiene en funcionamiento, a través de subvenciones de todo tipo y condición. Los mantiene en funcionamiento con nuestro dinero, eso sí, pero es usted el que decide transferírselo a ellos.

¿Que le van a montar una huelga? Permítame que me carcajee. Querrá usted decir que van ustedes a escenificar una huelga, de cara a Bruselas y a la opinión pública española, ¿no?

En el Reino Unido, los sindicatos tenían un poder omnímodo, contaban con ingentes recursos propios y gozaban de una total autonomía de acción, pero Margaret Thatcher, la Dama de Hierro, se enfrentó a ellos, les aguantó el pulso y los venció.

Y aquí, don Mariano Rajoy, el Caballero de Hierro, nos viene con la monserga de que está preocupado porque le van a echar un pulso unos sindicatos cuyo funcionamiento se encarga de costear él mismo.

¡No me digan que no es enternecedor! Nuestros gobernantes siguen completamente convencidos de que somos imbéciles.

El bando de capas y sombreros

30 de Enero de 2012 - 13:14:42 - Luis del Pino - 26 comentarios

Editorial del programa Sin Complejos del sábado 28/1/2012

 

El 23 de marzo de 1766 se iniciaba en Madrid el denominado "motín de Esquilache". La llama que prendió la mecha de la revuelta popular fue el bando promulgado pocos días antes por el marqués de Esquilache, mano derecha del rey Carlos III, prohibiendo las capas largas y los chambergos y ordenando su sustitución por las capas cortas y los sombreros de tres picos, con amenaza de cuantiosas multas para los transgresores.

Todos los historiadores coinciden en señalar que aquel bando no fue sino la excusa para dar rienda suelta a un malestar que se había ido acumulando a lo largo de mucho tiempo, debido a la crisis económica y a las contraproducentes medidas aprobadas por el ministro Esquilache, típicas del despotismo ilustrado .

En los cinco años anteriores al motín, el precio del pan había aumentado de forma espectacular y las medidas de liberalización del comercio de trigo aprobadas por Esquilache en 1765, lejos de resolver el problema, lo que hicieron es agravarlo a corto plazo, por la acción de los acaparadores de grano. El resultado final fue que en los días previos al motín el pan valía el doble que cinco años antes, siendo los salarios los mismos, lo que hizo aparecer el espectro del hambre entre amplias capas de la población.

Otra de las medidas que provocó el descontento popular fue la instalación en las calles de Madrid de 4000 faroles. El descontento no se debía tanto al desmesurado coste de aquella obra pública, 900.000 reales de la época, como al hecho de que se obligó a los vecinos a mantener a su costa esos faroles, lo que equivalía a imponer un gravoso impuesto a una población ya de por sí depauperada e hizo, además, aumentar el precio del aceite y las velas, con lo que se dio la paradoja de que las calles de Madrid estaban iluminadas, mientras muchos madrileños no tenían suficiente dinero como para disponer de luz en su propia casa.

Aquel primer día de protesta, los sublevados asaltaron la casa de Esquilache, de la que el ministro había huido, y se dedicaron a romper el alumbrado público y a destrozar los sombreros de quienes habían optado por acatar las nuevas normas de indumentaria. Al día siguiente, ante el rumor de que Esquilache se encontraba en Palacio, la multitud se dirigió hacia allí y la Guardia Valona del Rey abrió fuego, matando a una mujer, lo que hizo que estallara la violencia y que varios miembros de la guardia fueran linchados.

Un fraile franciscano se encargó de transmitir al Rey la lista de reivindicaciones de los amotinados, con advertencia de que, si no se aceptaban sus exigencias, reducirían a escombros el Palacio.

El Rey, haciendo caso omiso de aquellos consejeros que le sugerían reprimir la rebelión a sangre y fuego, aceptó esa lista de condiciones, pero al día siguiente huyó de Madrid a Aranjuez.

Los madrileños, temiendo que Carlos III tuviera la intención de dirigir desde fuera de la capital el aplastamiento del motín, se lanzó a la calle, asaltando los almacenes de abastos, abriendo las puertas de las cárceles y tomando los cuarteles, en los que se incautaron de las armas allí depositadas.

Ante el cariz verdaderamente revolucionario que estaba tomando el motín, Carlos III hizo dar lectura a un bando el 26 de marzo en el que aceptaba sin reservas todas las condiciones impuestas. Y así fue: Esquilache fue mandado al destierro, se redujo un 40% el precio del pan, se sacó a la Guardia Valona de la capital y quedó sin efecto el bando de capas y sombreros.

Aquellos hechos son un claro ejemplo de que las revoluciones suelen gestarse al calor de las crisis económicas y tienen, normalmente, un largo período de incubación. Y de que el detonante que da rienda suelta a la tensión acumulada en el muelle social suele ser, en muchas ocasiones, un hecho aparentemente menor. En el caso del motín de Esquilache, fue una medida que nada tenía de económico, el famoso bando de capas y sombreros, el que hizo aflorar con carácter explosivo toda la amargura acumulada por la subida del precio de los productos básicos.

Contemplando la situación en perspectiva, uno no puede dejar de maravillarse de la estupidez de un gobernante como Esquilache: ¿A quién se le ocurre liberalizar el precio del trigo sin antes verificar que existían los mecanismos para que oferta y demanda pudieran actuar libres de oligopolios, es decir, de acaparadores? ¿Cómo pudo pasársele por la cabeza emprender costosas obras de mejora de la capital en unos años en que la crisis atenazaba a la población? ¿Cómo cometió la torpeza de imponer nuevas cargas, las de mantenimiento del alumbrado público, a una población cuyos recursos estaban ya tan menguados? Y, sobre todo, ¿qué necesidad tenía de imponer nuevas prohibiciones sobre la indumentaria a una población ya muy soliviantada por la abrupta bajada de su nivel de vida?

Aunque, si nos ponemos en la piel del personaje, es fácil de comprender que Esquilache cometió dos errores bastante habituales entre los gobernantes de todas las épocas: cerrar los ojos al grado de sufrimiento de los gobernados y dejarse llevar por la tentación de suponer que si el pueblo ha aguantado hasta el momento, seguirá aguantando de manera indefinida.

Ayer hemos conocido la última encuesta de población activa del año 2011, que proporciona una radiografía aterradora de la situación en España. El paro vuelve a batir récords y alcanza el 23% de la población, con 5.273.000 desempleados. En los últimos cinco años, se ha destruido 1 de cada 8 empleos en España, el número de autónomos se ha reducido en 600.000 y han pasado a engrosar la cola del paro 3.500.000 personas. Y los datos de 2011 muestran una aceleración de la destrucción de empleo con respecto a 2010. Cada hora del pasado año, se perdieron 70 puestos de trabajo.

Lo más grave es la situación de auténtica emergencia que se vive ya en muchas familias: 2,3 millones de desempleados llevan más de un año en el paro; 2,1 millones de parados no reciben prestación alguna y el número de hogares con todos sus miembros desempleados se ha multiplicado por 4 en los últimos cinco años, hasta alcanzar la escalofriante cifra de 1.600.000 familias.

Y si las perspectivas de futuro fueran buenas, podríamos tratar de apretar los dientes y aguantar a que pase el tirón, pero las predicciones auguran otros dos años más de destrucción de empleo.

¿Alguien cree, sinceramente, que la situación es sostenible? ¿Alguien se atrevería a apostar a que no vamos a vivir en España, antes o después, un estallido social, si se continúa tensando la cuerda a unos españoles ya muy machacados por una crisis profundísima?

Yo no sé cuál será la llama que prenda la mecha de ese estallido. Probablemente se trate de cualquier tontería, como el bando de capas y sombreros de Esquilache. Un día cualquiera, quienes nos gobiernan tratarán de aplicar cualquier medida aparentemente inocua, o bien se producirá cualquier hecho aparentemente irrelevante, y la tensión acumulada estallará de manera repentina, sorprendente e incontrolable.

Y una vez que estalle, resulta difícil de prever cómo puede evolucionar la situación. Decía Toqueville que "En una revolución, como en una novela, la parte más difícil de inventar es el final".

Lo más inteligente sería evitar que la novela de esa revolución empezara a escribirse. Pero eso depende de la inteligencia de nuestros gobernantes.

¿A qué espera Mariano Rajoy para protegernos?

24 de Enero de 2012 - 10:06:35 - Luis del Pino - 78 comentarios

 

Etarras armados detenidos en Francia.

Vivas a ETA e insultos a miembros de la Guardia Civil y al propio tribunal en la Audiencia Nacional, durante el juicio a tres etarras.

Pancartas en favor de los asesinos de ETA durante las fiestas municipales en el ayuntamiento de San Sebastián.

El propio Ministro de Interior afirma que ETA está extorsionando a comerciantes y reconstruyendo su aparato de logística...

¿Qué más le hace falta al gobierno del PP, que cuenta con mayoría absoluta, para tomar todas las medidas legales necesarias para expulsar de inmediato al brazo político de ETA de las instituciones?

Yo no sé si el Ministro de Interior se habrá dado cuenta de la gravedad de lo que ha dicho: si ETA está reconstruyendo su aparato de logística, entonces es obligado cortar de inmediato cualquier vía de financiación que pueda tener. Y la principal vía de financiación de la banda es, en estos momentos, nuestro propio dinero: el dinero público que el entorno proetarra maneja a través de ayuntamientos y diputaciones.

¿Hay algún kafkiano motivo que exija que seamos nosotros mismos los que financiemos, con nuestros propios impuestos, la reorganización de la banda que practica el terror contra nosotros?

Permítanme, ya que estamos, otra pregunta relacionada. En mayo del año pasado, el gobierno del PSOE estableció un convenio entre la Diputación de Guipúzcoa (cuando ya se sabía que iba a estar controlada por Bildu) y la Administración Tributaria del Estado, de modo que la diputación guipuzcoana pueda acceder a los datos fiscales de los españoles.

El propio Partido Popular manifestó su preocupación porque ese enlace de datos podría ser usado Bildu. "Lo que se pensó como un instrumento de incremento de colaboración en la lucha contra el fraude puede poner en manos de una organización como Bildu datos de todos los españoles", dijo el actual portavoz popular Alfonso Alonso.

¿Ha informado ya el Ministro de Interior al Ministro de Hacienda de que ETA está reorganizando su logística, para que Hacienda corte de inmediato ese acceso de la Diputación de Guipúzcoa a los datos de los españoles?

¿O se va a seguir permitiendo que esa Diputación controlada por los proetarras acceda a nuestros datos, aún sabiendo que ETA se reorganiza? ¿Se va a seguir permitiendo que ETA consiga datos de potenciales objetivos para sus campañas de extorsión o de terror?

¿A qué espera el gobierno del PP para expulsar a Bildu/Amaiur de ayuntamientos y diputaciones, impidiéndoles así acceder a los datos censales y tributarios de los vascos?

¿A qué espera para acabar con las fuentes de financiación de ETA, ilegalizando inmediatamente a su brazo político e impidiéndole manejar presupuestos públicos?

¿A qué espera el gobierno de Mariano Rajoy para tomar todas las medidas necesarias para protegernos?

El valor de la chatarra del 11-M

21 de Enero de 2012 - 13:26:32 - Luis del Pino - 65 comentarios

 

Todavía no se había terminado de identificar todos los cadáveres de las víctimas, y ya se estaba calculando cuánto se iba a cobrar por la chatarra de los trenes del 11-M. Así de crudo. Antes de que se hubiera podido enterrar a todos los muertos, los restos de los vagones explosionados ya estaban en la planta fragmentadora para su destrucción.

La orden de despejar las vías "con la máxima celeridad" se dio a las 11 de la mañana del propio 11-M, como declaró ayer el director de una de las filiales de Renfe, y a partir de ahí se puso en marcha un vertiginoso proceso que culminó, en cuestión de días, con el desguace de los vagones y su venta como chatarra. Nadie llegó a enseñarle nunca al director general de EMFESA, la filial de Renfe encargada de la venta del material ferroviario de desecho, la orden judicial que supuestamente autorizaba tal operación de desguace.

Por lo declarado ayer, y por la extensa colección de fotografías del proceso de desguace que en Libertad Digital hemos publicado, sabemos que el proceso de destrucción de los trenes tuvo lugar en tres fases:

1) Primero, fuerzas policiales limpiaron a conciencia los focos de explosión, retirando cualquier tipo de prueba o vestigio.

2) Con los focos limpios, entran en acción los encargados del predesguace y transporte de los vagones, que en el caso del tren de la C/ Téllez fue EMFESA y en el caso de Atocha y El Pozo fue el propio departamento encargado en Renfe del mantenimiento.

3) Finalmente, con los trenes ya en los talleres de Renfe, se extraen de los trenes los elementos aprovechables y el resto se envía a la planta fragmentadora.

Durante las fases 1 y 2, la presencia policial en el proceso de desguace fue constante, como demuestran la declaración del director general de EMFESA ayer y las múltiples evidencias gráficas de las que disponemos. Como constante fue, durante al menos dos días, la retirada de evidencias probatorias y vestigios, que nunca llegaron a ser reseñados en el sumario del 11-M y que tampoco fueron nunca aportados a la macropericia sobre explosivos que se llevó a cabo en el juicio de la Casa de Campo.

Nadie informó, ni nadie preguntó, qué se había hecho con esos trenes. Y parece, a la vista de los resultados, que tampoco nadie preguntó nunca qué fue de la mayor parte de las evidencias probatorias extraídas de los trenes de la muerte antes de que las cizallas entraran en acción en los vagones.

Decenas de toneladas de material acabaron en una planta fragmentadora. Muchas evidencias y vestigios fueron quemados en el vertedero de Valdemingómez. Otros restos de tipo electrónico acabaron en una trituradora industrial.

No todos los once vagones explosionados el 11-M fueron destruidos. Uno de los diez vagones atacados (el del tren de Santa Eugenia) se reparó y continúa circulando hoy en día. No sabemos por qué se hizo esa excepción.

En cuanto a los otros trece vagones de los trenes, los vagones donde NO estalló ninguna bomba, todos ellos, menos uno, fueron reparados, acondicionados y puestos de nuevo en circulación.

¿Y qué sucedió con el decimotercero de esos vagones en los que no explotó ninguna bomba el 11-M? Intereconomía y La Gaceta han publicado ayer y hoy las imágenes de ese decimotercer vagón, que se encuentra arrumbado en un estado lamentable en un hangar de Renfe.

Ese vagón no tiene, desgraciadamente, ningún valor probatorio. Primero, porque en él no estalló ninguna bomba. Y en segundo lugar porque, aunque alguna vez hubiera conservado algún vestigio de algo, ese vestigio habría podido ser manipulado cien veces en estos ocho años. Si los grafiteros y los buscadores de chatarra han saqueado ese vagón, está claro que cualquiera puede haber alterado cualquier prueba que ese vagón hubiera podido contener.

Sin embargo, la noticia publicada por Intereconomía sí que tiene importancia desde un punto de vista: como contraste escandaloso con lo sucedido con los vagones donde SÍ estalló una bomba.

Si Renfe ha sido capaz de conservar ocho años en un hangar uno de los vagones donde no estalló ninguna bomba, ¿por qué no pudo hacer lo mismo con esos otros vagones, los vagones explosionados, que tenían una importancia crucial para el esclarecimiento de la mayor masacre de nuestra Historia?

Lecciones de desobediencia civil: Carta desde la cárcel de Birmingham

19 de Enero de 2012 - 14:21:47 - Luis del Pino - 17 comentarios

 

Quizá las palabras más famosas de Martin Luther King sean las de aquel conocido discurso que lleva por título "I have a dream", tengo un sueño. Pero hay una carta escrita por aquel gran hombre que, aunque no tan conocida, resume infinitamente mejor todo su ideario.

Se trata de una auténtica lección magistral sobre desobediencia civil, sobre los cómos y los porqués del movimiento de resistencia pacífica que Martin Luther King lideraba. La escribió en 1963 mientras estaba encarcelado en la prisión de Birmingham, Alabama, como resultado de su participación en las protestas contra la discriminación racial en los comercios de aquella ciudad del Sur de los Estados Unidos.

La idea de la carta surge como respuesta a la declaración pública que algunos religiosos de la localidad efectuaron, en la que instaban a poner fin a las manifestaciones. El líder de los derechos de los negros consiguió sacar su respuesta de la cárcel a través de sus abogados, que se encargaron de que se publicara. En la carta, Martin Luther King - que era pastor protestante - le dio un espectacular repaso a los pastores, obispos y rabinos firmantes de aquella declaración pública. Y, de paso, nos dejó un auténtico tratado sobre táctica, estrategia y fundamentos teóricos de los movimientos de lucha por los derechos civiles.

No hay aspecto relacionado con los movimientos cívicos que en la carta no se toque: las fases de la acción no violenta, la necesidad de la provocación pacífica, el carácter letal del fuego amigo, la respuesta a las acusaciones de extremismo, el derecho a la objeción de conciencia frente a las leyes, la actitud de la Iglesia ante las injusticias sociales... Martin Luther King utiliza una prosa llena de lógica y de imágenes poderosísimas para transmitir un mensaje fundamental: la injusticia no puede triunfar si los que luchan por la Justicia están dispuestos a sufrir por defenderla.

Se trata de una carta muy larga, pero les recomiendo que no se pierdan una sola palabra de la misma. Léanla con tranquilidad. Seguro que, mientras lo hacen, no podrán evitar que les vengan a la mente situaciones de rabiosa actualidad.

Y hay una buena razón para ello: la naturaleza intrínseca de la injusticia y la opresión no varía a lo largo de la Historia. Lo único que cambia son las excusas. De la misma manera, tampoco varía a lo largo de la Historia la naturaleza intrínseca de la misión que anima a quienes luchan contra esa opresión y esa injusticia. Por eso las enseñanzas de Martin Luther King resultan útiles para cualquiera que no se conforme con vivir en un mundo injusto.

(Nota. he procurado traducir la carta de la forma más fiel posible, pero el que quiera consultar el texto original en inglés puede encontrarlo, por ejemplo, en la siguiente dirección http://realhistoryarchives.blogspot.com/2007/01/in-dire-need-of-creative-extremists.html)

 

Carta desde la cárcel de Birmingham

por el Dr. Martin Luther King Jr., 16 de abril de 1963

[Respuesta a una carta pública elaborada por ocho religiosos de Alabama (Obispo C.C.J. Carpenter, Obispo Joseph A. Durick, Rabino Hilton L. Grafman, Obispo Paul Hardin, Obispo Holan B. Harmon, Reverendo George M. Murray, Reverendo Edward V. Ramage y Reverendo Earl Stallings]

Queridos hermanos en el Señor,

Estando confinado aquí, en la cárcel de Birmingham, he tenido la oportunidad de leer su reciente declaración calificando nuestras presentes acciones de "poco inteligentes y extemporáneas". Raras veces me detengo a contestar a las críticas dirigidas contra mi trabajo o mis ideas. Si respondiera a todas las críticas que llegan a mi mesa, a mis secretarias no les quedaría apenas tiempo en el día para otra cosa que no fuera ese tipo de correspondencia, y yo no tendría horas en el día para hacer ningún trabajo útil. Pero como creo que son ustedes hombres de auténtica bondad y que sus críticas están expresadas de forma sincera, quiero tratar de responder a su carta de una manera que confío en que sea razonable y paciente.

Creo que debería explicar por qué estoy aquí, en Birmingham, ya que puede que ustedes se hayan visto influidos por las opiniones que critican a los "agitadores forasteros" llegados a la ciudad. Tengo el honor de ser presidente de la Conferencia Sureña de Liderazgo Cristiano, una organización que opera en todos los estados del Sur y que tiene su sede en Atlanta, Georgia. Tenemos unas ochenta y cinco organizaciones afiliadas en todo el Sur y una de ellas es el Movimiento Cristiano de Alabama por los Derechos Humanos. Con frecuencia compartimos el personal y los recursos educativos y financieros con nuestras organizaciones afiliadas. Hace varios meses, nuestra organización afiliada en Birmingham nos pidió que estuviéramos preparados para participar en un programa de acción directa no violenta, en caso necesario. Nosotros accedimos sin dudarlo y, llegado el momento, hemos cumplido nuestro compromiso. De modo que estoy aquí, junto con varios de mis colaboradores, porque me han invitado. Estoy aquí porque tengo aquí vínculos organizativos.

Pero lo fundamental es que, si estoy en Birmingham, es porque aquí está la injusticia. Al igual que los profetas del siglo VIII a.C. dejaron su tierra y llevaron la palabra de Dios mucho más allá de los confines de sus pueblos de origen, y al igual que San Pablo dejó su ciudad de Tarso y llevó la palabra de Cristo hasta los confines del mundo greco-romano, yo también estoy impelido a llevar la palabra de la libertad más allá de mi ciudad. Como Pablo, debo responder constantemente a las peticiones de ayuda de los macedonios.

Además, soy consciente de las interrelaciones existentes entre todas las comunidades y estados. No puedo quedarme sentado en Atlanta y despreocuparme de lo que sucede en Birmingham, porque la injusticia cometida en cualquier lugar constituye una amenaza a la Justicia en todas partes. Estamos inmersos en una red indestructible de relaciones mutuas, atados a un mismo destino. Cualquier cosa que afecte a una persona de manera directa, afecta indirectamente a todos. Nunca más nos podremos permitir el vivir con la idea estrecha y provinciana de los "agitadores forasteros ". Ningún ciudadano de los Estados Unidos puede ser considerado nunca forastero en ningún punto del país.

Ustedes deploran las manifestaciones que están teniendo lugar en Birmingham, pero siento decirles que en su declaración se han olvidado de expresar una preocupación similar por las condiciones que han motivado esas manifestaciones. Estoy seguro de que ninguno de ustedes se conforma con ese tipo de análisis social superficial que trata meramente de los efectos, ignorando las causas subyacentes. Es lamentable que se estén celebrando manifestaciones en Birmingham, pero resulta todavía más lamentable que la estructura del poder blanco en esta ciudad no le haya dejado a la comunidad negra ninguna otra alternativa.

En cualquier campaña civil no violenta existen cuatro fases: recopilación de información para determinar si existen injusticias; negociación; auto-purificación y acción directa. En Birmingham, hemos recorrido todos esos pasos. Creo que no hace falta recordar el hecho de que esta comunidad se encuentra enfangada en la injusticia racial: Birmingham es, probablemente, la ciudad más segregada de los Estados Unidos; su vergonzosa historia de brutalidad es bien conocida; los negros han sufrido un tratamiento terriblemente injusto en los tribunales; ha habido más atentados con bomba sin resolver, contra las iglesias y las viviendas de los negros en Birmingham, que en cualquier otra ciudad de los Estados Unidos. Estos son los hechos desnudos y terribles. En estas condiciones, los líderes negros trataron de negociar con los responsables municipales, pero estos rehusaron sistemáticamente entablar negociaciones de buena voluntad.

Entonces, el pasado mes de septiembre, se presentó la oportunidad de hablar con los líderes de la comunidad empresarial de Birmingham. En el curso de las negociaciones, los comerciantes realizaron ciertas promesas - por ejemplo, eliminar de las tiendas los humillantes carteles raciales. Aceptando estas promesas, el Reverendo Fred Shuttlesworth y los líderes del Movimiento Cristiano de Alabama por los Derechos Humanos aceptaron una moratoria de todas las manifestaciones. Pero, a medida que fueron pasando las semanas y los meses, nos dimos cuenta de que habíamos sido víctimas de una promesa incumplida. Unos pocos carteles que fueron retirados, volvieron enseguida a ser colocados; los carteles restantes nunca llegaron a ser eliminados.

Y, al igual que en tantas otras experiencias pasadas, nuestras esperanzas se vieron frustradas y la sombra de una profunda desilusión se abatió sobre nosotros. No nos quedaba ninguna otra alternativa, salvo prepararnos para la acción directa, en la que utilizaríamos nuestros propios cuerpos como forma de plantear nuestro caso ante la conciencia de la comunidad local y de toda la nación. Conscientes de las dificultades que eso implicaba, decidimos realizar un proceso de auto-purificación: comenzamos a realizar una serie de seminarios sobre la no violencia, preguntándonos una y otra vez: "¿Eres capaz de aguantar los golpes sin responder?", "¿Eres capaz de soportar la prueba de la cárcel?". Decidimos planificar nuestro programa de acción directa para la Semana Santa, ya que ese es el periodo de mayor actividad comercial del año, después de las Navidades. Siendo conscientes de que la acción directa tendría unas graves consecuencias económicas, pensamos que ese sería el mejor momento para presionar a los comerciantes, con el fin de que aceptaran efectuar los cambios necesarios.

Entonces nos dimos cuenta de que la elección de alcalde de Birmingham se iba a celebrar en marzo, y rápidamente decidimos posponer las acciones hasta después de la jornada electoral. Cuando descubrimos que el Comisionado de Seguridad Pública, Eugene "Bill" Connor, había conseguido los votos suficientes como para disputar la segunda vuelta, decidimos de nuevo posponer nuestras acciones hasta después de esa segunda vuelta, para que nadie utilizara las manifestaciones con el fin de enturbiar el debate sobre los problemas existentes. Como muchos otros, decidimos esperar a que el Sr. Connor fuera derrotado, y con este fin aceptamos un retraso tras otro. Y habiendo respondido de esa forma a lo que percibíamos que era una necesidad de la comunidad, pensamos que ya no quedaban motivos para retrasar aun más nuestro programa de acción directa.

Puede que ustedes se pregunten: "¿Por qué la acción directa? ¿Por qué las sentadas, las manifestaciones y demás? ¿No es más recomendable la negociación?". Tienen ustedes toda la razón al pedir negociaciones. De hecho, ese es el principal objetivo de la acción directa. La acción directa no violenta trata de provocar tal crisis y de inducir tal tensión, que una comunidad que ha rehusado sistemáticamente negociar, se vea obligada a enfrentarse al problema. La acción directa busca dramatizar el problema de tal modo que ya no pueda ser ignorado. Quizá pueda resultar chocante que yo diga que el provocar tensión es parte del trabajo de los activistas de la no violencia, pero debo confesar que no me da miedo la palabra "tensión". Siempre me he opuesto de manera ferviente a la tensión violenta, pero existe un tipo de tensión constructiva, no violenta, que resulta imprescindible para el desarrollo. Sócrates creía que es necesario crear tensión mental para que los individuos se liberen de las cadenas de los mitos y las medias verdades, y se adentren en un mundo liberador, de análisis creativo y de apreciación objetiva. De la misma manera, los activistas de la resistencia no violenta deben crear en la sociedad ese tipo de tensión que ayudará a los hombres a salir de las oscuras simas del prejuicio y el racismo, para ascender a las majestuosas alturas de la hermandad y la comprensión.

El objetivo de nuestro programa de acción directa es crear una situación de crisis tal, que abra inevitablemente la puerta a la negociación. Por tanto, coincido con ustedes en su llamamiento a negociar. Nuestro querido Sur ha estado atrapado durante demasiado tiempo en una trágica voluntad de vivir instalados en el monólogo, en lugar de en el diálogo.

Uno de los puntos básicos de su declaración pública es que la acción que mis asociados y yo hemos puesto en marcha en Birmingham es extemporánea. Algunos preguntan: "¿Por qué no han dado tiempo al nuevo gobierno municipal para actuar?". Lo único que puedo responder a esta cuestión es que el nuevo gobierno municipal de Birmingham no actuará a menos que se sienta tan presionado como el gobierno saliente. Nos equivocaríamos lamentablemente si pensamos que la elección de Albert Boutwell como alcalde traerá una nueva era a Birmingham. Aunque el Sr. Boutwell es una persona mucho más amable que el Sr. Connor, los dos son segregacionistas, comprometidos con el mantenimiento del statu quo. Tengo la esperanza de que el Sr. Boutwell será lo suficientemente razonable para darse cuenta de lo fútil que es resistirse de plano a los esfuerzos por acabar con la segregación, pero no se dará cuenta de ello sin la presión de los defensores de los derechos civiles. Amigos, debo decirles que no hemos conseguido ni un solo avance en cuanto a derechos civiles sin presionar con determinación, de forma legal y no violenta. Por desgracia, es un hecho histórico que los grupos privilegiados raramente renuncian a sus privilegios de manera voluntaria. Los individuos quizá puedan comprender las razones morales y abandonar voluntariamente sus posturas injustas; pero, como Reinhold Niebuhr nos recuerda, los grupos tienden a ser más inmorales que los individuos que los componen.

Nuestras dolorosas experiencias nos han enseñado que el opresor no concede nunca voluntariamente la libertad, sino que esa libertad debe ser demandada por el oprimido. Para ser sincero, todavía estoy por ver una sola campaña de acción directa que no fuera "extemporánea" a ojos de aquellos que no han sufrido en sus carnes la injusticia de la segregación racial. Llevo años escuchando la palabra "¡Espera!". Esa palabra resuena en los oídos de cada negro con una lacerante familiaridad. Pero ese "¡Espera!" ha significado casi siempre "¡Nunca!". Debemos entender, como dice uno de nuestros distinguidos juristas, que "una Justicia demasiado lenta es una Justicia inexistente".

Hemos esperado más de 340 años a disfrutar de los derechos que nos conceden nuestra Constitución y nuestro Creador. Las naciones de Asia y de África se mueven a velocidad de vértigo hacia la independencia política, pero nosotros seguimos avanzando a paso de tortuga en pos del objetivo de que nos sirvan una simple taza de café en un simple bar. Quizá resulte fácil, para aquellos que nunca han sufrido las penetrantes heridas de la segregación, decir "¡Espera!". Pero cuando has visto a turbas enfurecidas linchar a tus madres y a tus padres a voluntad y ahogar a tus hermanos y hermanas a su antojo; cuando has visto a policías llenos de odio insultar, golpear e incluso matar a tus hermanos y hermanas negros; cuando ves a la inmensa mayoría de tus veinte millones de hermanos negros asfixiándose en una hermética caja de pobreza en medio de una sociedad rica; cuando de repente ves que la lengua se te traba y las palabras te faltan al tratar de explicar a tu hija de seis años por qué no puede ir al parque de atracciones que acaba de anunciarse en televisión, y ves lágrimas en sus ojos cuando se le dice que Funtown está vedado a los niños de color, y ves nubes ominosas de inferioridad comenzando a formarse en su pequeño cielo mental y la ves cómo comienza a distorsionar su personalidad, desarrollando una amargura inconsciente hacia los blancos; cuando tienes que inventar una respuesta para tu hijo de cinco años que te pregunta "Papá, ¿por qué los blancos tratan tan mal a la gente de color?"; cuando atraviesas en tu coche el país y te ves obligado a dormir noche tras noche en los incómodos rincones de tu automóvil, porque ningún motel te aceptaría; cuando experimentas, un día sí y el otro también, la humillación de ver esos ubicuos carteles que dicen "Blancos" y "Negros"; cuando tu nombre de pila pasa a ser "Negro", tu primer apellido "Chico" (independientemente de la edad que tengas) y tu segundo apellido "Eh, tú"; cuando a tu mujer y a tu madre nunca se les otorga el respetado título de "Sra."; cuando te sientes agobiado de día y atemorizado de noche por el simple hecho de ser negro; cuando te ves obligado a vivir siempre como de puntillas, sin saber muy bien qué esperar a continuación, y te ves inundado de miedos internos y resentimientos externos; cuando estás constantemente luchando contra la degeneradora sensación de no ser nadie... entonces entiendes por qué nos resulta difícil esperar. Llega un día en que la gota colma el vaso de nuestro aguante, y en que los hombres dejan de estar dispuestos a que los mantengan sumergidos en los abismos de la desesperación. Espero, señores, que entiendan ustedes nuestra legítima e inevitable impaciencia.

Expresan ustedes una gran ansiedad acerca de nuestra disposición a violar las leyes. Se trata, ciertamente, de una preocupación legítima. Puesto que nosotros instamos de forma tan diligente a todo el mundo a obedecer la resolución de la Corte Suprema de 1954, que prohíbe la segregación en las escuelas públicas, podría parecer paradójico, a primera vista, que nosotros incumplamos leyes conscientemente. Alguien podría preguntar: "¿Cómo pueden ustedes defender que se incumplan algunas leyes y se respeten otras?". La respuesta está en el hecho de que existen dos tipos de leyes: las justas y las injustas. Yo soy el primero en defender que se obedezcan las leyes justas. Todos tenemos la responsabilidad, no solo legal, sino también moral, de obedecer las leyes justas que se promulguen. Pero, a la inversa, todos tenemos la responsabilidad moral de desobedecer las leyes injustas. Estoy de acuerdo con San Agustín cuando dice que "una ley injusta no es ley".

Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre los dos tipos de leyes? ¿Cómo determinar si una ley es justa o injusta? Una ley justa es una norma hecha por el hombre que está en consonancia con las leyes morales o con la Ley de Dios. Una ley injusta es aquella que no está en armonía con las leyes morales. En palabras de Santo Tomás de Aquino: una ley injusta es una ley elaborada por los hombres que no hunde sus raíces en las leyes eternas y en el Derecho Natural. Cualquier ley que engrandezca la personalidad es justa. Cualquier ley que degrade a las personas es injusta. Y así, todas las leyes de segregación racial son injustas, porque la segregación distorsiona el alma y daña la personalidad. Esas leyes proporcionan a los segregadores una falsa sensación de superioridad, de la misma manera que proporciona una falsa sensación de inferioridad a los segregados. La segregación racial, usando la terminología del filósofo judío Martin Buber, sustituye la relación "Yo-usted" por una relación "Yo-ello" y termina relegando a las personas al mero estado de cosas. Por tanto, la segregación no es solo inadecuada desde el punto de vista político, económico y sociológico, sino que es moralmente inaceptable y pecaminosa. Dice Paul Tillich que el pecado es separación. ¿Y acaso no es la segregación racial una expresión existencial de la trágica separación del hombre, de su espantoso distanciamiento, de su terrible pecaminosidad? Es por eso por lo que puedo instar a la gente a obedecer la decisión de la Corte Suprema de 1954, ya que es moralmente correcta, y al mismo tiempo pedir a las personas que desobedezcan las normas de segregación racial, porque son moralmente incorrectas.

Veamos un ejemplo más concreto de leyes justas e injustas. Una ley injusta es una norma que un grupo de personas mayoritario - en términos numéricos o de poder - impone a otro grupo minoritario, pero sin que ellas mismas se vean obligadas a cumplir esa norma. Se trata de una diferenciación hecha ley. Por la misma razón, una ley justa es aquella que una mayoría impone a una minoría, pero que ella misma también está dispuesta a cumplir: se trata de la equidad convertida en norma legal.

Déjenme darles otra explicación. Una ley es injusta si se impone a una minoría que, por carecer del derecho a voto, no ha podido tomar parte en el proceso de desarrollo y aprobación de esa ley. ¿Alguien puede sostener que el Congreso de Alabama que estableció las leyes de segregación racial de este estado fue elegido democráticamente? En toda Alabama se utilizan todo tipo de métodos tortuosos para impedir que los negros se registren como votantes, y hay algunos condados en los que no existe ni un solo negro registrado, a pesar de ser negra la mayoría de la población. ¿Puede ser considerada democrática ninguna ley aprobada en esas circunstancias?

En ocasiones, una ley puede ser justa en apariencia e injusta a la hora de aplicarla. Por ejemplo, yo he sido arrestado acusado de manifestarme sin permiso. No hay, en principio, nada malo en tener una ordenanza que exija pedir permiso para manifestarse. Pero esa ordenanza se vuelve injusta cuando se la utiliza para preservar la segregación racial y para denegar a los ciudadanos los derechos de asamblea y de manifestación pacíficas que la Primera Enmienda les reconoce.

Espero que entiendan la distinción que trato de hacer. Yo no defiendo, en ningún caso, que nadie trate de evadirse de la Ley o de burlarla, como haría un fanático segregacionista. Eso llevaría a la anarquía. Aquel que desobedezca una ley injusta debe hacerlo abiertamente, voluntariamente, aceptando de antemano la pena que corresponda. Yo sostengo que una persona que infringe una ley que es injusta según su conciencia, y que está dispuesta a aceptar la pena de cárcel para que la comunidad tome conciencia de la injusticia de esa ley, está en realidad expresando el máximo de los respetos por la Ley.

Por supuesto, no hay nada nuevo en este tipo de desobediencia civil. Un ejemplo sublime es la negativa de Sadrac, Mesac y Abednego a obedecer las leyes de Nabucodonosor, basándose en que estaba en juego una ley moral más poderosa. Esa desobediencia fue también practicada de forma magnífica por los primeros cristianos, que estaban dispuestos a enfrentarse a leones hambrientos y a atroces torturas, antes que someterse a ciertas leyes injustas del Imperio Romano. Hasta cierto punto, la libertad académica es una realidad hoy en día porque Sócrates practicó la desobediencia civil. En nuestra propia nación, el Tea Party de Boston representó, asimismo, un acto masivo de desobediencia civil.

No debemos olvidar nunca que todo lo que hizo Adolf Hitler en Alemania fue "legal" y que todo lo que hicieron los luchadores de la libertad en Hungría fue "ilegal". Era "ilegal" ayudar y consolar a los judíos en la Alemania de Hitler. A pesar de lo cual, si yo hubiera vivido en Alemania por aquella época, estoy seguro de que habría ayudado y consolado a mis hermanos judíos. Si hoy en día viviera en un país comunista en el que se intenta erradicar ciertos principios importantes para la Fe cristiana, defendería abiertamente que se desobedecieran las leyes anti-religiosas del país.

Debo confesaros dos cosas, mis hermanos cristianos y judíos. En primer lugar, debo confesar que en los últimos años me han desilusionado enormemente los blancos moderados. Casi he alcanzado la lamentable conclusión de que el principal obstáculo para los negros en su lucha por la libertad no son los supremacistas del White Citizens' Council, ni los miembros del Ku Klux Klan, sino los blancos moderados, que están más preocupados por el "orden" que por la Justicia; que prefieren una paz negativa, plasmada en la ausencia de tensión, antes que esa paz positiva que la presencia de la Justicia proporciona; que constantemente dicen "Estoy de acuerdo con tu objetivo, pero no puedo aprobar tus métodos de acción directa"; que creen, con una actitud paternalista, que tienen derecho a fijar el calendario para la libertad de otro ser humano; que tienen un concepto mítico del tiempo y que constantemente aconsejan a los negros que esperen "un momento más propicio". Una comprensión inadecuada por parte de las personas de buena voluntad es mucho más frustrante que una absoluta incomprensión por parte de gentes malintencionadas. Una aceptación tibia es mucho más descorazonadora que un abierto rechazo.

Tenía la esperanza de que los blancos moderados entendieran que la Ley y el Orden existen con el propósito de hacer prevalecer la Justicia, y que cuando fracasan en ese objetivo, se convierten en diques peligrosamente estructurados que bloquean el flujo del progreso social. Tenía la esperanza de que los blancos moderados entendieran que la actual tensión en el Sur constituye una fase necesaria del proceso de transición desde una aborrecible paz negativa, en la que el negro aceptaba pasivamente su grave situación, a una paz sustantiva y positiva, en la que todos los hombres respeten la dignidad y el valor intrínseco de las personas. De hecho, los que practicamos la acción directa no violenta no somos los creadores de la tensión, sino que nos limitamos a hacer aflorar una tensión oculta, que ya estaba ahí presente. La sacamos a la luz, donde se la puede ver y se puede lidiar con ella. Como un forúnculo, que no puede curarse si se lo mantiene tapado, sino que debe destaparse para que exponga toda su fealdad a esas medicinas naturales que son el aire y la luz, la injusticia también debe ser expuesta, con toda la tensión que su exposición provoca, a la luz de la conciencia de los hombres y al aire de la opinión pública de la nación, si es que queremos curarla.

En su carta, declaran ustedes que nuestras acciones, aunque pacíficas, deben ser condenadas porque provocan violencia, pero ¿es esta una afirmación lógica? ¿No equivaldría a condenar a una víctima de un robo porque su posesión de dinero provocó la malvada acción del ladrón? ¿No sería como condenar a Sócrates porque su inquebrantable compromiso con la verdad y sus investigaciones filosóficas provocaron que un confundido populacho le obligara a beber cicuta? ¿No sería como condenar a Jesús porque su conciencia de la divinidad y su eterna devoción a Dios provocaron el diabólico acto de la crucifixión? Debemos comprender que - tal como los tribunales federales han establecido sistemáticamente - es incorrecto pedir a un individuo que cese en sus esfuerzos de obtener sus derechos constitucionales básicos porque esos esfuerzos puedan provocar violencia. La sociedad debe proteger a la víctima del robo y castigar al ladrón.

También tenía la esperanza de que los blancos moderados rechazaran el mito relativo al tiempo, en lo que concierne a la lucha por la libertad. Acabo de recibir una carta de un hermano blanco de Texas, que me escribe: "Todos los cristianos saben que las personas de color terminarán por conseguir la igualdad de derechos, pero es posible que tengas una prisa excesiva, de carácter religioso. Al Cristianismo le ha costado casi dos mil años conseguir lo que ha conseguido. Se necesita tiempo para que las enseñanzas de Jesucristo se materialicen en la Tierra". Esa actitud surge de un trágico malentendido acerca del tiempo, surge de la noción extrañamente irracional de que hay algo en el propio flujo del tiempo que terminará por curar inevitablemente todos los males. Cuando de hecho, el tiempo es, en sí mismo, neutral; se lo puede utilizar de forma constructiva o destructiva. Tengo cada vez más la sensación de que las personas malintencionadas han utilizado el tiempo de forma mucho más efectiva que las gentes de buena voluntad. En nuestra generación, no vamos a tener que arrepentirnos solo por las odiosas palabras y acciones de la gente de mala voluntad, sino también por el atroz silencio de las buenas personas. El progreso humano no discurre nunca sobre ruedas de inevitabilidad; se produce gracias al esfuerzo incansable de los hombres que están dispuestos a colaborar con Dios. Y, sin este duro esfuerzo, el propio tiempo se convierte en un aliado de las fuerzas del estancamiento. Debemos utilizar el tiempo creativamente, sabiendo que siempre es buen momento para actuar de forma correcta. Ahora es el momento de hacer que se cumplan las promesas de democracia y de transformar nuestra actual elegía nacional en un creativo salmo de hermandad. Ahora es el momento de elevar las políticas de esta nación, sacándolas de las arenas movedizas de la injusticia racial y asentándolas sobre la firme roca de la dignidad humana.

Calificáis como extremadas nuestras actividades en Birmingham. Me molestó bastante, en un principio, que unos religiosos como yo pudiesen considerar mis acciones no violentas como propias de un extremista. Me puse a pensar que me encuentro situado entre dos fuerzas contrapuestas que operan en el seno de la comunidad negra. De un lado está la fuerza de la complacencia, compuesta en parte por negros que, a consecuencia de los largos años de opresión, han quedado tan faltos de respeto por sí mismos y de la sensación de ser "alguien", que se han adaptado a la segregación racial; esa fuerza de la complacencia la forman también unos cuantos negros de clase media que, como gozan de un cierto grado de seguridad académica y económica y como, hasta cierto punto, sacan provecho de la segregación, se han despreocupado de los problemas de las masas. La fuerza contraria es la de la amargura y el odio, peligrosamente próxima a defender la violencia. Esa fuerza se expresa en los diversos grupos nacionalistas negros que florecen por toda la nación, el más conocido y más numeroso de los cuales es el movimiento musulmán de Elijah Mohamed. Nutrido por la frustración de los negros debida a la persistencia de la discriminación racial, este movimiento se compone de personas que han perdido su fe en América, que han repudiado completamente el Cristianismo y que han llegado a la conclusión de que el hombre blanco es un "demonio" incorregible.

He tratado de mantener mi posición entre estas dos fuerzas contrapuestas, afirmando que no necesitamos emular ni la inacción de los complacientes, ni el odio y la desesperación de los nacionalistas negros. Porque existe otra actitud mejor: la del amor y la protesta no violenta. Agradezco a Dios que haya conseguido, debido a la influencia de la Iglesia negra, que la senda de la no violencia pase a constituir una parte fundamental de nuestra lucha.

De no haber surgido esta filosofía, estoy convencido de que hoy en día muchas de las calles del Sur estarían inundadas de sangre. Y estoy, además, convencido de que si nuestros hermanos blancos descalifican como "demagogos" y "agitadores forasteros" a aquellos de nosotros que utilizamos la acción directa no violenta, y si rehúsan apoyar nuestros esfuerzos pacíficos, millones de negros, presa de la desesperación y la frustración, buscarán refugio y seguridad en las ideologías nacionalistas negras - una perspectiva que conduciría inevitablemente a una aterradora pesadilla racial.

Los oprimidos no pueden seguir siendo por siempre víctimas de la opresión. El anhelo de libertad acaba por manifestarse, y esto es lo que ha ocurrido con el negro americano. Algo dentro de él le ha recordado que tiene, desde que nace, derecho a la libertad; y algo fuera de él le ha recordado que esa libertad puede conquistarse. Consciente o inconscientemente, se ha dejado cautivar por el Zeitgeist y, junto a sus hermanos negros de África y a sus hermanos cobrizos y amarillos de Asia, América del Sur y el Caribe, el negro estadounidense camina con una sensación de urgencia hacia la tierra prometida de la justicia racial. Si se reconoce este impulso vital que se ha apoderado de la comunidad negra, se puede comprender fácilmente el porqué de las manifestaciones públicas. El negro lleva dentro de sí muchos resentimientos concentrados y muchas frustraciones latentes, y tiene que liberarlos. Así que déjenle manifestarse, déjenle realizar peregrinaciones de oración hasta el ayuntamiento, déjenle participar en caravanas de la libertad - y traten de entender por qué debe hacer esas cosas. Si sus emociones reprimidas no encuentran escape de manera pacífica, buscarán expresarse mediante la violencia; y esto no es una amenaza, sino la constatación de un hecho histórico. Por eso no he dicho a mi pueblo: "Libraros de vuestro descontento", sino que he tratado de mostrar que este descontento normal y sano puede encauzarse de manera creativa hacia la acción directa no violenta. Y ahora me encuentro con que ustedes califican este enfoque como extremista.

Sin embargo, aunque me molestó inicialmente el calificativo de extremista, a medida que iba pensando sobre el tema fui sintiéndome más y más satisfecho con esa etiqueta. ¿Acaso no fue Jesús un extremista del amor: "Amad a vuestros enemigos; perdonad a los que os insultan; haced el bien a los que os odian y rezad por los que sin piedad abusan de vosotros y os persiguen"? ¿ Y no era Amós un extremista de la Justicia: "Dejad que la justicia discurra como el agua y que la equidad corra como un inagotable manantial"? ¿No era Pablo un extremista del Evangelio: "Llevo en mi cuerpo las señales de nuestro Señor Jesucristo"? ¿Y no era Lutero un extremista: "Me mantengo en mis palabras; no puedo obrar de otra manera: que Dios me ayude"? ¿Y John Bunyan: "Permaneceré en la cárcel hasta el fin de mis días antes que destruir mi conciencia"? ¿Y Abraham Lincoln: "Esta nación no puede sobrevivir siendo mitad libre y mitad esclava"? ¿Y Thomas Jefferson: "Creemos que esta verdad es evidente por sí misma: que todos los hombres fueron creados iguales ..."? Así que la cuestión no es si debemos ser extremistas, sino qué tipo de extremistas debemos ser. ¿Seremos extremistas del odio o del amor? ¿Seremos extremistas de la preservación de la injusticia o de la difusión de la Justicia? En aquella dramática escena del Gólgota, tres fueron los hombres crucificados y nunca hemos de olvidar que los tres fueron crucificados por el mismo delito: el de ser extremistas. Dos de ellos eran extremistas de la inmoralidad, y por eso cayeron más bajo que el mundo que les rodeaba. El otro, Jesucristo, era un extremista del amor, de la verdad y de la bondad, gracias a lo cual se elevó por encima de ese mismo mundo. Quizás el Sur, la nación y el mundo necesitan desesperadamente extremistas creativos.

Tenía la esperanza de que los blancos moderados se percatarían de esta necesidad. Quizá pequé de excesivo optimismo; quizá mis esperanzas fueran demasiadas. Supongo que debía haberme dado cuenta de que pocos miembros de la raza opresora son capaces de comprender los profundos gemidos y los apasionados deseos de la raza oprimida, y aún son menos los capaces de entender que la injusticia necesita ser extirpada mediante una acción poderosa, persistente y decidida. Doy gracias, sin embargo, porque algunos de nuestros hermanos blancos del Sur han captado el sentido de esta revolución social y se han comprometido con ella. Es verdad que todavía son demasiado pocos en número, pero su calidad es enorme. Algunos - como Ralph McGill, Lillian Smith, Harry Golden, James McBride Dabbs, Ann Braden y Sarah Patton Boyle - han escrito acerca de nuestra lucha con palabras elocuentes y proféticas. Otros han marchado a nuestro lado por calles anónimas del Sur y se han consumido en cárceles mugrientas y llenas de chinches, sufriendo los abusos y la brutalidad de policías que los consideraban "sucios amigos de los negros". A diferencia de tantos de sus hermanos y hermanas moderados, ellos han comprendido la urgencia del momento y han sentido la necesidad de combatir la enfermedad de la segregación mediante el poderoso antídoto de la "acción".

Permitan que les señale mi otra gran desilusión: he sufrido un enorme desencanto con la Iglesia blanca y sus ministros. Cierto es que existen algunas excepciones notables: no ignoro que cada uno de ustedes ha adoptado algunas posiciones significativas en torno a esta cuestión. Le aplaudo a usted, Reverendo Stallings, por su actitud cristiana el pasado domingo, al dar la bienvenida a los negros durante los oficios, sin ningún tipo de segregación. Y aplaudo a la jerarquía católica de este estado por haber integrado hace ya varios años la Universidad de Spring Hill.

Pero, a pesar de estas importantes excepciones, tengo que reiterar honestamente que la Iglesia me ha defraudado. No lo digo como uno de esos críticos negativos que siempre es capaz de encontrar algo equivocado en la Iglesia. Lo digo en mi calidad de ministro del Señor, que ama a la Iglesia, que creció en su seno, que se ha sostenido gracias a sus bendiciones espirituales y que seguirá siendo fiel a ella mientras le quede un hálito de vida.

Cuando me vi de repente aupado al liderazgo de la protesta de los autobuses en Montgomery (Alabama), hace unos cuantos años, creía que la Iglesia blanca nos apoyaría. Creía que los ministros, sacerdotes y rabinos del Sur se contarían entre nuestros más firmes aliados. Pero, en lugar de ello, algunos se han revelado como enemigos frontales, negándose a comprender el movimiento de la libertad y juzgando equivocadamente a sus líderes. Y muchos otros han sido más cautos que valientes, y han preferido mantenerse en silencio detrás de la narcótica seguridad de las vidrieras.

A pesar de mis sueños rotos, acudí a Birmingham con la esperanza de que los líderes religiosos blancos de esta comunidad comprenderían lo justo de nuestra causa e intentarían, llevados por la preocupación moral, actuar como canal para que nuestras justas quejas llegaran a oídos de las esferas del poder. Confiaba en que cada uno de ustedes comprendería. Pero de nuevo he sufrido un desencanto.

He oído a muchos líderes religiosos sureños aconsejar a sus feligreses que acaten tal o cual decisión que acaba con la segregación, porque así lo manda la Ley. Pero todavía estoy esperando que los líderes religiosos blancos digan: "Acatad esta norma porque la integración racial es moralmente justa y porque los negros son vuestros hermanos". Ante las evidentes injusticias sufridas por los negros, he visto a los hombres de iglesia blancos permanecer al margen mientras formulaban piadosas irrelevancias y trivialidades mojigatas. En medio de la terrible lucha sostenida para librar a nuestra nación de la injusticia racial y económica, he oído a muchos hombres de iglesia decir: "Esas son cuestiones sociales, que nada tienen que ver con el Evangelio". Y he visto a muchas congregaciones consagrarse a una religión completamente de otro mundo, que hace una extraña y nada bíblica distinción entre el cuerpo y el alma, entre lo sagrado y lo secular.

He recorrido de arriba a abajo Alabama, Mississippi y los demás estados del Sur. En los calurosos días de verano y en las diáfanas mañanas otoñales, me he quedado mirando las bellas iglesias sureñas, con sus altos campanarios que apuntan al Cielo. He visto las impresionantes siluetas de sus enormes seminarios. Y siempre acababa preguntándome: "¿Qué clase de personas rinden culto aquí? ¿Quién es su Dios? ¿Dónde estaban sus voces cuando los labios del gobernador Barnett pronunciaban palabras de obstrucción y de desprecio? ¿Dónde estaban cuando el gobernador Wallace hizo un claro llamamiento al odio y a la provocación? ¿Dónde estaban sus palabras de apoyo cuando negros y negras magullados y cansados decidieron abandonar las oscuras mazmorras de la complacencia, para ascender las luminosas colinas de la protesta creadora?".

Sí, sigo preguntándome lo mismo. Profundamente desalentado, he llorado pensando en la laxitud de la Iglesia. Pero tengan por seguro que mis lágrimas han sido lágrimas de amor. Sí, amo a la Iglesia. ¿Cómo podría no amarla? Me encuentro en la peculiar situación de ser hijo, nieto y bisnieto de predicadores. Y sí, considero que la Iglesia es el cuerpo de Cristo. Pero, ¡cómo hemos envilecido y lacerado ese cuerpo con nuestro olvido de los aspectos sociales y con nuestro temor a ser inconformistas!

Hubo una época en que la Iglesia era muy poderosa - cuando los cristianos primitivos se alegraban de que se les considerase dignos de sufrir por aquello en lo que creían. En aquella época, la Iglesia no era un mero termómetro que registraba las ideas y principios de la opinión pública; por el contrario, era un termostato que pretendía transformar las costumbres de la sociedad. Cada vez que los primeros cristianos entraban en una ciudad, aquellos que detentaban el poder se sentían amenazados y trataban inmediatamente de condenar a los cristianos como "perturbadores de la paz" y "agitadores forasteros". Pero los cristianos continuaban con su labor, convencidos de ser una "colonia celestial", obligada a obedecer a Dios antes que al Hombre. Aunque eran pocos en número, su compromiso era grande. Estaban demasiado ebrios de Dios como para sentirse "astronómicamente intimidados". Con su esfuerzo y su ejemplo, pusieron fin a antiguas aberraciones, como el infanticidio y las peleas de gladiadores.

Las cosas son distintas en la actualidad. Demasiado a menudo, la Iglesia contemporánea tiene una voz débil e intrascendente, de sonido incierto. Demasiado a menudo, se manifiesta como acérrima defensora del statu quo. En vez de sentirse perturbada por la presencia de la Iglesia, la estructura de poder de una típica comunidad se beneficia del espaldarazo tácito - y a veces explícito - de la Iglesia a la situación imperante. Pero el juicio de Dios se cierne hoy sobre la Iglesia más que nunca. Si la iglesia de hoy no recupera el espíritu de sacrificio de la Iglesia primitiva, perderá su autenticidad, hará que se desvanezca la lealtad de millones de personas y terminará siendo considerada un club social irrelevante, carente de sentido en el siglo XX. Todos los días me encuentro con jóvenes cuyo desencanto por la actitud de la Iglesia se ha convertido en auténtica indignación.

Quizá he sido, una vez más, demasiado optimista. ¿Acaso está la religión institucional demasiado ligada al statu quo como para poder salvar a nuestra nación y al mundo? Tal vez tenga que orientar mi fe hacia la Iglesia espiritual interior, esa Iglesia dentro de la Iglesia, y ver en ella la verdadera ekklesia y la esperanza para todo el orbe. Pero agradezco nuevamente a Dios que algunas almas nobles de la jerarquía eclesiástica hayan roto las paralizantes cadenas del conformismo y se hayan unido a nosotros como colaboradores activos de la lucha por la libertad. Han abandonado sus tranquilas congregaciones y han marchado con nosotros por las calles de Albany (Georgia). Han recorrido las autopistas del Sur en tortuosas caravanas por la libertad. Sí, incluso han ido a la cárcel con nosotros. Algunos han sido despedidos de sus congregaciones y han perdido el apoyo de sus obispos y de sus colegas eclesiásticos. Pero han actuado movidos por el convencimiento de que la justicia derrotada es más poderosa que la maldad triunfante. Su testimonio ha sido la sal del espíritu que ha conseguido preservar el verdadero significado del Evangelio en estos tiempos de turbación. Han logrado excavar un túnel de esperanza a través de la negra montaña de la decepción.

Espero que la Iglesia en su conjunto esté a la altura de las circunstancias en estas horas decisivas. Pero, aunque la Iglesia no acudiese en ayuda de la Justicia, no pierdo la esperanza en el futuro. No abrigo ningún temor acerca del resultado de nuestra lucha en Birmingham, incluso aunque nuestras motivaciones no sean bien comprendidas actualmente. Alcanzaremos la meta de la libertad en Birmingham y en toda la nación, porque el objetivo de América es la libertad. Aunque se nos maltrate y se nos menosprecie, nuestro destino está ligado al de América. Antes de que los peregrinos desembarcaran en Plymouth, nosotros ya estábamos aquí. Durante más de dos siglos, nuestros antecesores trabajaron en este país sin cobrar ningún salario; hicieron del algodón el rey; edificaron las mansiones de sus amos mientras eran víctimas de enormes injusticias y vergonzosas humillaciones - y, sin embargo, gracias a una vitalidad sin límites, siguieron multiplicándose y prosperando. Si las inenarrables crueldades de la esclavitud no pudieron detenernos, es evidente que la oposición a la que ahora nos enfrentamos está condenada al fracaso. Conquistaremos nuestra libertad, porque en nuestras exigencias resuenan los ecos del sagrado legado de nuestra nación y de la voluntad eterna de Dios.

Antes de terminar, me siento obligado a mencionar otro punto de su declaración que me ha turbado profundamente. Alaban ustedes calurosamente a la policía de Birmingham por mantener el "orden" e "impedir la violencia". Dudo de que ustedes aplaudiesen con tanta ligereza a los miembros de la Policía si hubieran visto el trato detestable e inhumano que se depara a los negros aquí, en la cárcel municipal; si les hubiesen visto empujar e insultar a ancianas y niñas negras; si les hubiesen visto abofetear y patear a los jóvenes y a los adultos negros; si hubiesen contemplado cómo —en dos ocasiones distintas — se negaron a darnos de comer porque queríamos cantar juntos para bendecir la mesa. No puedo unirme a ustedes en sus alabanzas al Departamento de Policía de Birmingham.

Es verdad que la Policía ha demostrado un cierto grado de disciplina a la hora de enfrentarse a las manifestaciones. En ese sentido, se han comportado de modo bastante "no violento" en público. Pero, ¿con qué objetivo? Con el de preservar el funesto sistema de la segregación racial. A lo largo de los últimos años, he predicado sin cesar que la no violencia exige que los medios que utilizamos sean tan puros como los fines que perseguimos. He tratado de dejar claro que es incorrecto utilizar medios inmorales para lograr objetivos loables. Ahora, debo decir que es igualmente incorrecto, o quizá más, valerse de medios loables para defender unos objetivos inmorales. Quizá el señor Connor y sus policías se hayan mostrado bastante no violentos en público - como hiciera el Jefe de Policía Pritchett en Albany (Georgia) - pero han utilizado los medios loables que les brinda la no violencia para mantener el objetivo inmoral de la injusticia racial. Como dijo T. S. Eliot: "La última tentación es la mayor de las traiciones: obrar bien con unos fines equivocados".

Hubiese preferido que aplaudiesen ustedes a los negros que han participado en las sentadas y manifestaciones de Birmingham, por su sublime muestra de valor, por su disposición a aceptar los sufrimientos y por su increíble disciplina a la hora de enfrentarse a las provocaciones. Algún día, el Sur reconocerá a sus verdaderos héroes. Se recordará a los numerosos James Meredith de nuestra época, con su noble sentido de la misión que les anima y les permite enfrentarse a muchedumbres vociferantes y hostiles, y con esa angustiosa sensación de soledad que caracteriza la vida del pionero. Se recordará a las ancianas negras oprimidas y maltratadas, simbolizadas por aquella mujer de setenta y dos años de Montgomery (Alabama) que , cuando los suyos decidieron no montar en los autobuses que practicaban la discriminación racial, se levantó movida por su sentido de la dignidad y respondió con sencilla profundidad a alguien que le preguntaba acerca de su cansancio: "Tengo los pies cansados, pero mi alma descansa". Se recordará a los jóvenes alumnos de los institutos y las universidades y a los jóvenes y no tan jóvenes ministros del Señor, que desafiaron las leyes de segregación racial sentándose pacífica y valientemente en los restaurantes , dispuestos a ir a la cárcel porque así se lo dictaba su conciencia. Llegará el día en que el Sur se entere de que, cuando esos hijos desheredados de Dios se sentaban en los restaurantes, de hecho estaban defendiendo lo mejor del sueño americano y los más sagrados valores de nuestra herencia judeocristiana, conduciendo así de nuevo a nuestra nación hacia esos grandes manantiales de la democracia, profundamente cavados por los padres fundadores al formular la Constitución y la Declaración de Independencia.

Esta es la carta más larga que he escrito nunca. Lamento quitarles una parte tan considerable de su precioso tiempo. Les aseguro que hubiese sido mucho más corta de haberla podido escribir sobre una cómoda mesa, pero, ¿qué otra cosa puede hacer uno cuando está solo en una estrecha celda de la cárcel, como no sea escribir largas cartas, desarrollar prolijos razonamientos y rezar interminables oraciones?

Les ruego a ustedes que me disculpen si he dicho algo en mi carta que pueda interpretarse como una exageración de la realidad o que sea indicio de una impaciencia poco razonable. Y si hay algo en mi carta que no refleje suficientemente la realidad o que indique que mi paciencia me permite conformarme con algo que no sea la verdadera Fraternidad, le ruego a Dios que sea Él quien me perdone.

Espero que esta carta les halle firmes en su fe. Espero también que las circunstancias me permitan, a no mucho tardar, reunirme con cada uno de ustedes, no como defensor de la integración racial ni como líder del movimiento de los derechos civiles, sino en mi calidad de ministro del Señor y de hermano en Cristo de todos ustedes. Esperemos todos que los oscuros nubarrones del prejuicio racial se alejen pronto y que la espesa niebla de la incomprensión se disipe en nuestras comunidades presas del miedo, y que en algún futuro no demasiado lejano las radiantes estrellas del amor y de la fraternidad iluminen nuestra gran nación con toda su deslumbrante belleza.

Suyo en la causa de la Paz y la Fraternidad,

Martin Luther King Jr.

La Audiencia Nacional no sabe o no contesta

18 de Enero de 2012 - 09:57:05 - Luis del Pino - 14 comentarios

¿Cómo es posible que hayan pasado seis meses sin que la Audiencia Nacional se haya dignado a contestar a la juez Coro Cillán quién ordenó o autorizó la destrucción de los trenes del 11M?

Si consta esa información, ¿por qué no se le envía a la juez? Y si no consta, ¿por qué no se dice que no consta?

La juez Cillán tomará declaración pasado mañana a diversos testigos que tuvieron que intervenir en el proceso de desguace de los trenes y es de suponer que se les preguntará de quién recibieron la orden o el encargo de efectuar esa destrucción. Veremos qué dan de sí esas declaraciones y si rellenan el huevo que la Audiencia Nacional parece no querer rellenar.

Lo que sí está claro, a estas alturas, es que aquí se está jugando con el tiempo, en la esperanza de que quienes preguntan dejen de preguntar y de que los posibles delitos vayan prescribiendo.

Pero el gobierno ha cambiado. Y tiene mayoría absoluta. Y no puede, por tanto, eludir la responsabilidad que le corresponde.

En días próximos veremos algún otro ejemplo, pero en lo que concierne a la noticia de hoy, está claro que algo tendrá que decir el Ministerio de Justicia en lo que respecta a esa falta de respuesta de la Audiencia Nacional a la juez Coro Cillán.

¿Sería mucho pedir que el señor ministro del ramo se interesara por los diversos oficios (porque son varios, y sobre temas diversos) que la juez Cillán ha dirigido a la Audiencia y que esta, después de varios meses, aún no ha contestado?

Y, hablando de prescripciones, el periódico El Mundo publicaba anteayer la noticia de que el posible falso testimonio de las testigos que incriminaron a Jamal Zougham está a punto de prescribir. Ya ha pasado un mes desde que se presentara la querella, sin que la juez a la que le ha correspondido el caso por reparto haya admitido aún a trámite la causa.

Esperemos que esa decisión sobre la querella se produzca más pronto que tarde. Porque los plazos de prescripción no esperan.

Sobre las declaraciones de Mohamed el Bakkali

16 de Enero de 2012 - 09:47:17 - Luis del Pino - 58 comentarios

 

Hoy publica El Mundo una entrevista en exclusiva con Mohamed Bakkali, socio de Jamal Zougham, en la que éste afirma que no fue Zougham sino él (Bakkali) quien vendió a El Chino las tarjetas telefónicas utilizadas en las bombas de los trenes. Reproduzco aquí la secuencia de mensajes que acabo de colgar en Twitter a este respecto.
 
1) Con respecto a las declaraciones de Mohamed Bakkali q hoy publica El Mundo, permítanme que felicite a @pedroj_ramirez por la exclusiva
 
2) Y permítanme también q diga q esas declaraciones son importantes SI PARTIMOS de la hipótesis de q la VO y las pruebas del 11M son ciertas
 
3) Desde ese punto de vista, si la VO es cierta, entonces la entrevista demuestra q a Jamal Zougham se le detuvo POR ALGO QUE NO HABÍA HECHO
 
4) Dicho lo cual, me permitirá @pedroj_ramirez que diga que esas declaraciones de Bakkali no tienen ningún sentido, ni ninguna credibilidad
 
5) ¿Por qué suponemos q en las bombas de los trenes había "tarjetas"? ¿Acaso porque en la mochila de Vallecas había una tarjeta telefónica?
 
6) ¿Pero no está suficientemente claro ya, a estas alturas, que la mochila de Vallecas es más falsa que una moneda de 3 euros?
 
7) Era una mochila q aparece en comisaría 18 horas después del 11M, que nadie vio en los trenes, que estaba preparada para no explotar...
 
8) ... y, lo fundamental, era una mochila llena de metralla, mientras q en las autopsias de los muertos del 11M no había metralla terrorista
 
9) En suma: las bombas de los trenes NO PUDIERON SER como la mochila de Vallecas. La mochila Vallecas es 1 prueba falsa, 1 prueba colocada
 
10) Por tanto, de la misma forma q el q la mochila de Vallecas llevara Goma2-ECO NO IMPLICA q las bombas de los trenes llevaran Goma2-ECO...
 
11) ... el hecho de q en mochila de Vallecas hubiera teléfono y tarjeta NO IMPLICA q las bombas de los trenes tuvieran teléfono y tarjeta
 
12) De hecho, el propio @garcia_abadillo ha demostrado que todo lo del teléfono programado a las 7:40 es una completa filfa, un montaje
 
13) Entonces, ¿de qué tarjetas habla Bakkali? ¿Vendió unas tarjetas que NADA tienen que ver con bombas trenes? ¿Qué importancia tiene eso?
 
14) Lo de que Bakkali vendió unas tarjetas a El Chino no es más que un cuento chino. Ni se las vendió él, ni se las vendió Zougham
 
15) La inocencia de Zougham NO se deduce de que él no vendiera las tarjetas utilizadas en las bombas...
 
16) ... sino que la inocencia de Zougham se deduce del hecho de que las bombas de los trenes NO UTILIZABAN tarjetas. (FIN)

Urdangarín no es Luis Candelas

15 de Enero de 2012 - 11:24:09 - Luis del Pino - 17 comentarios

 

Editorial del programa Sin Complejos del sábado 14/1/2012

Si yo pronuncio el nombre de Luis Candelas, muchos de ustedes pensarán en un bandolero de trabuco y pañuelo en la cabeza, galopando por las quebradas de Sierra Morena. Sin embargo, esa imagen nada tiene que ver con la realidad. Por el contrario, Luis Candelas era casi un ladrón de guante blanco.

Nació en el madrileño barrio de Lavapiés, en una familia de clase media. De haber seguido los pasos de su padre carpintero, nunca hubiera pasado apuros económicos, pero le gustaba mucho la buena vida y poco los trabajos manuales y comenzó a robar cuando sólo contaba 15 años. Era guapo, elegante, culto, simpático y mujeriego.

En cuanto el producto de sus robos se lo permitió, comenzó a llevar una doble vida en la Villa y Corte: por la mañana se hacía pasar por un indiano acaudalado, bajo nombre supuesto, y por la noche salía con su banda a dar golpes cada vez más audaces, que eran la comidilla del todo Madrid y despertaban, si no el entusiasmo, sí al menos la simpatía de los habitantes de la capital.

Fue apresado en diversas ocasiones, pero siempre escapaba, sobornando a los funcionarios que hubiese menester o recurriendo a sus numerosas y variadas amistades políticas, que había llegado a labrarse gracias a que todo Madrid compartía, por aquella época, el gusto por la diversión y por las tabernas, en las que se daban cita gentes de todas las clases sociales y en donde cabe imaginar que la figura de aquel bandolero sería bastante popular.

Fue probablemente la búsqueda de nuevas relaciones lo que le llevó a iniciarse en una de las numerosas logias masónicas que florecían en aquel Madrid políticamente turbulento, concretamente en la Logia Libertad. Hasta tal punto llegaba su encaje en la vida social de la época, que Luis Candelas llegó, por ejemplo, a compartir una querida con el propio Rey Fernando VII y a organizar la fuga de prisión en 1831 de Salustiano Olózaga, impenitente conspirador liberal, que había sido encarcelado por el Rey Felón.

Era ladrón, pero no asesino. Se jactaba de no haber matado jamás a nadie a lo largo de su carrera criminal y solía repetir que, si robaba, era porque "la fortuna está muy mal repartida". La perdición de Luis Candelas fue, probablemente, la cada vez mayor audacia de sus golpes: llegó a robar a la modista de la Reina y al propio embajador de Francia. Alguna tecla debió de tocar que hizo desaparecer la protección de la que gozaba y finalmente fue apresado, encarcelado, juzgado por más de 40 robos y condenado a garrote vil. La pena de muerte se cumplió el 6 de noviembre de 1837, cuando solo tenía 33 años.

Luis Candelas es el prototipo del ladrón romántico, del ladrón carismático, una especie de Robin Hood a la española en cuya vida no se sabe muy bien dónde empieza la Historia y dónde acaba la leyenda. Es ese tipo de delincuente al que la imaginación popular representa como alguien que roba a los ricos y que suscita, por ello, una cierta simpatía, porque sus actividades, siendo moralmente reprochables, parecen tener algo de justicia poética.

Cuando estalló el caso Urdangarín, la primera reacción de la opinión pública fue de una cierta cautela. Era la primera vez que un miembro de la Familia Real se veía envuelto en unos enjuagues tan monumentales. Luego, a medida que los medios iban desgranando la lista de supuestas fechorías, la cautela se transformó en consternación primero y en escándalo después. Desde luego, lo que no despertaron las andanzas del marido de la Infanta Cristina era simpatía, porque se percibieron desde el primer momento como lo que probablemente son: parte de la sempiterna pelea entre ricos para ver quien roba más, y de forma más impune, al erario público. Es decir, a todos los ciudadanos. Nada que ver con ese romántico ladrón llamado Luis Candelas.

Pero ayer, el periódico El País desvelaba nuevos datos que vienen a deteriorar todavía más la imagen del marido de la Infanta; por lo menos en lo que a mí concierne: creo que es la primera vez que he sentido auténtico asco leyendo las noticias relativas al caso Urdangarín.

Informaba el periódico del Grupo Prisa de que el yerno del Rey había seguido gestionando sus empresas desde los Estados Unidos, e ilustraba la noticia con varios correos electrónicos que Iñaki Urdangarín habría intercambiado entre 2008 y 2011 con sus colaboradores y socios. La mayoría de esos correos tratan de las actividades de Aizoon, la inmobiliaria de Urdangarin y de su mujer.

Y es ahí, en uno de esos intercambios de correos del año 2009, donde figura un detalle que dice mucho del personaje. Al parecer, entre los inmuebles que Iñaki Urdangarín poseía estaba uno de Palma que tenía arrendado a una mujer, a la que los abogados del yerno del Rey desahuciaron por impago del alquiler.

Entonces, uno de sus colaboradores le dice lo siguiente al marido de la Infanta: "Nos pregunta la abogada si, una vez desahuciada la inquilina, le ponemos demanda para cobrar las rentas que debe. Está localizada y se le puede embargar parte del sueldo. En principio dice que lo intentemos, pero eso nos generará pagar unos honorarios a la abogada y al procurador".

El colaborador del Duque de Palma le informa de que son unos 9.000 euros lo que adeuda la inquilina desahuciada y le dice que él cree que merece la pena demandarla, pero le pregunta a su jefe: "¿Qué hacemos?". A lo que Iñaki Urdangarín, sin pedir aclaraciones, sin solicitar más datos, sin molestarse siquiera en conocer más detalles, contesta con un lacónico "OK".

Es decir, esa misma persona que no tenía reparo, al parecer, en utilizar su posición para embolsarse dinero público a raudales, se muestra como un celoso administrador de sus propios intereses, que no duda en poner en la calle a quien no le paga el alquiler. Peor aún: ni siquiera manifiesta, al parecer, el más mínimo interés por las circunstancias personales de esa mujer a la que ha desahuciado, ni se le mueve el flequillo al ordenar a sus abogados que intenten embargarla el sueldo. Tan ávido del dinero ajeno, como inmisericorde con el propio.

Desde luego, nada que ver con Luis Candelas.

Yo no sé si el Duque de Palma es un ladrón. Eso tendrá que determinarlo la Justicia. Pero de lo que sí estoy seguro es de que, si finalmente resultara condenado, no pasaría a la Historia como un simpático ratero que robaba a los ricos porque "la fortuna está muy mal repartida", como Luis Candelas decía.

Todo lo contrario: pasaría a la Historia como un ladrón odioso, que robaba a los pobres para garantizar que el "reparto de la fortuna" siga siendo igual de injusto.

Visión de futuro

14 de Enero de 2012 - 12:49:24 - Luis del Pino - 18 comentarios

 

¿Cómo es posible que se avise a unos empleados de la empresa Maxam para que vayan a reconocer unos detonadores, cinco horas antes de que esos detonadores aparezcan?

Esa es la cuestión que plantea la declaración de ayer, ante la juez Coro Cillán, de dos expertos de esa empresa que tuvieron que ir al complejo policial de Canillas el 11 de marzo de 2004, a solicitud del entonces jefe de los Tedax, Sánchez-Manzano.

El problema fundamental es que las primeras "pistas" sobre la autoría del 11-M aparecen a partir de las 15:30 del día del atentado, al inspeccionar en Canillas una furgoneta Kangoo que había sido trasladada desde Alcalá de Henares. Esas "pistas" eran siete detonadores y un resto de cartucho Goma2-ECO fabricados por la empresa Maxam, así como una cinta de casete con versos coránicos.

La versión oficial nos dice (así lo declaró Sánchez-Manzano en el juicio del 11-M) que el jefe de los Tedax pidió ayuda a la empresa Maxam para que reconociera los detonadores y el cartucho de Goma2-ECO. Maxam envió por ello dos técnicos a la sede de la Unidad Central de Tedax.

Pero cuando ayer declararon esos técnicos ante la juez Coro Cillán, contradijeron las manifestaciones de Sánchez Manzano en dos aspectos fundamentales. En primer lugar, dijeron que no es verdad que nadie les enseñara ningún cartucho de Goma2-ECO. Es falso, por tanto, lo que dijo Sánchez-Manzano en el juicio del 11-M a este respecto.

Pero es que - todavía más importante - resulta que, aunque la visita a Canillas fue por la tarde, a Maxam se la avisa a media mañana (las 10:30, declaró ayer uno de los testigos) de que tiene que enviar esos técnicos que debían reconocer los detonadores.

¿Cómo es posible que nadie avisara a Maxam a las 10:30, si se supone que los detonadores no aparecieron oficialmente hasta cinco horas después? Interesante cuestión, ¿verdad? Es realmente impactante la visión de futuro que demostraron los que solicitaron a Maxam su ayuda.

La declaración ayer de los dos empleados de la empresa dejó algunos otros detalles curiosos, como la identidad de la persona que, en Maxam, transmitió la orden de que había que ir a Canillas: fue el director para Europa de la compañía, lo que indica que la petición de la Policía se cursó al más alto nivel. Asimismo, también se confirmó que nadie, al parecer, levantó acta de esa visita de los dos técnicos al complejo policial: ninguno de los dos testigos recordaba haber firmado ningún acta, como tampoco recordaban que nadie les hubiera hecho firmar en ningún registro de entrada.

Todo el episodio es tan extraño que uno no puede por menos que preguntarse para qué narices hicieron acudir a esos técnicos al complejo policial. Si era para comprobar el modelo de unos detonadores, se podía haber resuelto la cuestión con una llamada telefónica y, quizá, con el intercambio de un par de fotos por fax o por e-mail.

Pero entonces, ¿para qué les hicieron acudir? ¿Se les necesitaba, quizá, para usarles como "testigos incuestionables" de algo?

El recadero

11 de Enero de 2012 - 15:32:01 - Luis del Pino - 47 comentarios

 

Publica hoy Fernando Lázaro en El Mundo una interesante, y enigmática, exclusiva: el ex-presidente Zapatero ha abandonado temporalmente este martes sus responsabilidades de ojeador de nubes para reunirse "en secreto" con el nuevo ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz.

Entrecomillo lo de "en secreto" porque la reunión no ha tenido nada de secreto, dado que se ha conocido casi inmediatamente después de haberse producido. El propio Jorge Fernández ha confirmado hoy que el encuentro, efectivamente, se produjo, en los términos en los que señalaba la información de Fernando Lázaro.

La reunión resulta enormemente extraña, por varios motivos. En primer lugar, no se entiende bien por qué el ex-presidente solicita reunirse en privado con el ministro de Interior para tratar ningún tema. Lo normal - si Zapatero quería hablar de cualquier asunto relacionado con la lucha antiterrorista o con otras cuestiones - hubiera sido que el ex-presidente solicitara reunirse con Rajoy. Después, y a la vista de la información proporcionada o solicitada por el ex-presidente, Rajoy hubiera podido decidir si involucrar, o no, a su ministro de Interior.

El segundo motivo de extrañeza es por qué el ministro de Interior accede a celebrar esa reunión privada. Evidentemente, antes de hacerlo habrá informado a Mariano Rajoy de la petición de Zapatero y le habrá preguntado si consideraba pertinente la reunión. En cuyo caso, lo normal hubiera sido que Rajoy sugiriera una reunión en Moncloa a tres bandas, para oír en directo qué es lo que Zapatero quería tratar con su ministro.

El último aspecto intrigante es por qué se elige un marco tan poco discreto - el ministerio de Interior - para celebrar esa reunión. Si un ex-presidente y un ministro quieren celebrar una reunión sobre un tema tan delicado que no puede haber otras personas presentes en la sala, entonces tienen multitud de lugares donde reunirse en verdadero secreto, sin que llegue a trascender nunca que esa reunión ha tenido lugar.

Por tanto, y a la vista de todo esto, permítanme que razone a la inversa y comience afirmando mi sospecha de que si hemos conocido la existencia de esa reunión, es porque se quería que conociéramos que la reunión se ha producido: lo que se buscaba era dejar patente, ante alguien, que Zapatero ha trasladado un mensaje, sea éste el que sea.

Esa escenificación hubiera sido igualmente posible filtrando una reunión "privada" entre Zapatero y Rajoy en Moncloa. Sin embargo, no se ha hecho así: el destinatario del mensaje ha sido un ministro y no Rajoy. Lo cual sugiere que el mensaje es de tal naturaleza que Rajoy ha preferido blindarse, con o sin el acuerdo de Zapatero, para poder alegar desconocimiento más adelante, en caso necesario. Zapatero puede así afirmar que el mensaje ha sido trasladado, pero Rajoy siempre podría decir, llegado el caso, que su ministro nunca se lo transmitió. Es la única explicación razonable que se me ocurre para el hecho de que no se reunieran los tres en Moncloa.

Teniendo en cuenta que el propio ministro de Interior ha confirmado que hablaron de ETA, no hace falta ser muy perspicaz para deducir que el mensaje tiene que ver con la escenificación pública de la hoja de ruta de negociación con la banda. ¿Estamos, tal vez, ante un movimiento coreografiado, al que tendrá que suceder el movimiento de respuesta pactado, tal vez un comunicado nuevo? Es posible.

Si así fuera, la identidad concreta de los dos interlocutores tiene su importancia. Si se elige como recadero a todo un ex-presidente sería por dos motivos: porque estamos ante un movimiento que forma parte de acuerdos supervisados internacionalmente y porque en estos momentos ninguno de los dos candidatos a Secretario General del PSOE puede involucrarse en movimiento ninguno. Y si se elige como destinatario a un simple ministro sería porque ése es el límite de seguridad fijado: si la negociación revienta, el ministro de Interior actuaría como cortafuegos. El presidente de Gobierno podría salvarse de la quema, sacrificando a un ministro "que habría negociado a sus espaldas".

Aunque todo esto, claro está, no es más que un suponer.

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