Nací un veinticuatro de julio de 1933, a las doce en punto, cuando las campanas de la iglesia parroquial a setenta metros de distancia, repicaban por ser víspera de Santiago, anunciando la fiesta eclesiástica y nacional del Patrón de España. Me crié en la cultura del tabaco, todos los hombres fumaban, eran pocos los que no lo hacían y se miraban como algo raro. Otras veces he explicado que los menores asistíamos a las reuniones familiares y señores amigos de nuestros padres, que charlaban y abordaban todos los temas, los propios de su profesión y las necesidades que había que remediar en aquella posguerra de miseria y luto. En aquella sociedad, me fui desarrollando, con las escapaditas para fumar lo que fuese, hasta hojas secas de patatas (papas), todo lo que echara humo, deseando llegar al día en que nuestro padre nos autorizara a hacerlo en su presencia, lo que para mí llegó el día que pidieron la mano de mi mujer de forma ceremoniosa y en donde se acordaba la fecha del enlace. Tenía veinticinco años y mi padre en un gesto de confirmación de hombría, sacó su petaca y el librito de papel de fumar, se la ofreció a mi suegro, el que en su mano depositó la cantidad necesaria para un cigarro, con voz amistosa mi padre me preguntó si sabía liarlo, me dio los trastos de fumar al igual que en una alternativa taurina y empecé a echar humo volviendo un poco la cara.
Una vida muy movida en distintas obligaciones y ocupaciones, estudios de distintas cosas para mejorar la situación y poder alimentar a mis seis hijos y a mi mujer. Tenía unos treinta años, cuando me planteé: que cuando llegara a los cuarenta, me quitaría del vicio. Nunca lo intenté. Pasaron los años y con sesenta un día decidí dejarlo, trece meses sin ni siquiera un cigarrillo. En mi despacho había quedado un paquete de Camel con dos cigarrillos y, en un momento de estupidez, de esos que tenemos muchos en la vida, encendí uno el cual apagué y volví a encender varias veces; me lo fumé y el otro también, salí a comprar tabaco. Han sido muchas veces las que lo he intentado, con etapas de seis meses, cuatro, tres, dos y así, me encuentro en una lucha constante y ahora en plena batalla, a días de distancia de los 76 años, por momentos con moral de triunfo y otras sintiendo la derrota.
En una de las comidas que tuve el gusto de tener con nuestro siempre bien ponderado Visconti, coincidió en una etapa en la que yo había dejado de fumar, él lo hacía y me ofreció un cigarrillo, me levanté, fui a la máquina expendedora y dimos buena cuenta de aquel paquete. En otro encuentro y almuerzo, fue al contrario, él no fumaba yo sí, le ofrecí, lo rechazó y me dijo que estaba en el año de descanso, pues, tenía la costumbre de fumar un año sí y otro no. Sentí envidia de la fuerza de voluntad del amigo y siempre que intento dejarlo, como es en la actualidad y lo recuerdo.
Cuando escribo, muchas veces incitando a nuestra unión en rebeldía contra la clase política que nos lleva a la desaparición como Nación y que nos ha convertido en hazmerreír del mundo, me viene a la memoria y me formulo la pregunta de: ¿no será una falta de voluntad para dejar este malsano vicio político en el que ha caído la Nación?, ¿ponemos auténtica voluntad en esa lucha?, lo intentamos pero a lo más que llegamos es dejar el vicio del cigarrillo para fumar puros o cachimbas. Comparo mi situación de ataques de asfixia y decadencia física, con el ahogo de nuestra Patria dividida y maltrecha. Pero que nos falta voluntad para tirar el paquete del nocivo sistema y no seguir fumándonos nuestra unidad, paz y bienestar.