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Quizás hayan reparado en que todas las entradas que el staff de la Casa Blanca ha reunido en la lista de enemigos de Barack son estadounidenses. ¿Irán? Hay que hablar con ellos. ¿Hamas? Hillary les ha dado el equivalente al presupuesto de cinco años. ¿Hizbollah? Buena idea lo de que los británicos les vayan sondeando. ¿Corea del Norte? Era más culpa de Bush que otra cosa. ¿Siria? Buena gente. Muy buena gente. ¿Los Taliban? Obama quiere extender la mano a los elementos “moderados” de entre ellos, “como hicimos con los sunitas y los chiíes en Iraq”. ¿China? “No hay que dejar que los derechos humanos interfieran en nuestras relaciones”, Hillary dixit. ¿Rusia? Obama les ha subcontratado la política para Irán a costa de vender Europa Oriental (y como Moscú no paga traidores después les ha tirado de los calzoncillos).

Ya no hay “guerra contra el terror” o “combatientes enemigos” o “fundamentalismo islámico”. En un vuelo de pluma orwelliano la Administración Obama ha abolido una, otros y otro. Todos ellos son víctimas de Bush (del señorbus) o se trata de gente bienintencionada con quejas legítimas que todavía no hemos sido capaces de atender como es debido.
¡Pero ay de esos comentaristas de radio americanos! Rush Limbaugh, Sean Hannity… Sus estaciones deberían cerrarse y sus lenguas derechistas amordazarse. Ay de esos empresarios “venales y codiciosos” que buscan enriquecerse con eso que llaman libre mercado. Vamos a lincharles en la plaza pública y someterles a un tipo impositivo del 100% en sus bonos contractuales (o sea, a confiscarles). Ay de ese complejo militar industrial “que no necesitamos”, según Obama. Vamos a recortar el presupuesto de defensa en un 10%. Ay de esos soldados heridos en combate. Van a tener que sufragarse el coste de sus cuidados médicos de su bolsillo, porque aquí sólo hay dinero para el seguro médico de los inmigrantes ilegales. Ay de esos republicanos del Congreso que no se amoldan al espíritu “bipartidista” que requiere firmar en la línea de puntos lo que Obama les pone delante. Ay de las empresas petroleras y farmacéuticas. Sus días de extraer petróleo y de investigar nuevos fármacos se han acabado. Amanece el día de las “energías renovables” y la sanidad pública.
El Presidente está todos los días en televisión tendiendo la mano a algún líder extranjero (salvo que sea británico o israelí…aagh) y/o actualizando la lista de enemigos públicos de Obama y, por ende, por tanto y por narices, de la nación. El último enemigo que ha conseguido excitar el “teleprompter” de Obama es la empresa AIG, que ha tenido la temeridad de ofrecer recompensas millonarias a sus ejecutivos (ver la entrada de Alberto Acereda del martes – “La hipocresía del intervencionismo…”). Rápidamente el "país" reclama el harakiri, el oprobio, la cárcel, la confiscación y quizás una película en Hollywood. A mí, el asunto me parece trivial, pero si hay que convertirlo en escándalo, es un escándalo que comienza en el Congreso Demócrata, sigue por el Secretario del Tesoro y termina en el Presidente y su teleprompter. Cuando se aprobó el Plan de Estímulo que tanto hizo por la libido de Nancy Pelosi, el Presidente de la Comisión Bancaria del Senado, Chris Dodd, demócrata, of course, introdujo una enmienda dirigida a blindar los bonos de los caballeros de AIG, cuya cuantía y calendario eran públicos para la Administración desde hace un año. El Secretario del Tesoro, Tim Geithner, saludado por el New York Times el pasado noviembre como el arquitecto del rescate de AIG con dinero público, no tuvo empacho en añadir hace sólo un mes otros 30.000 millones, sin poner una sola pega a las remuneraciones de sus ejecutivos. Obama, por su parte, era quien insistió en que su Plan de Estímulo (conteniendo la hábil disposición del camarada Dodd) tenía que aprobarse sin que nadie lo leyera – empezando por él, ¡qué pereza! – y ahora resulta que cada día le encuentra una nueva iniquidad. Como el Capitán Renault, en Casablanca, el Presidente está “shocked, shocked to find that gambling is going on here!”
Senador número uno en la lista de receptores de contribuciones por parte de los ejecutivos de AIG: Christopher Dodd. Senador número 4: Barack Obama. Conclusión: menos lobos.
Lo peor del absurdo suicidio de EE UU es que estamos en manos de socialistas y demagogos que, además, son incompetentes como socialistas y como demagogos. Y la tragedia se desliza hacia la farsa sin dejar de ser ni una cosa ni la otra. El pasado martes, el Presidente agasajó a su homólogo irlandés por el día de San Patricio. Acostumbrado a leer en el teleprompter hasta para decir “buenos días”, “gracias” y “dónde está el servicio de caballeros?”, Obama no se dio cuenta de que las palabras de su invitado se habían quedado congeladas en el teleprompter y empezó con el habitual aire trascendente a decir: “Quiero agradecer al Presidente Obama el haberme recibido…”. Un genio de la retórica.
El teleprompter, digo.
NOTA: Haciendo honor al adagio de que cada día que se reúne el Congreso americano, los estadounidenses pierden una parcela de libertad, estos caballeros, en su frenesí chavista, acaban de aprobar una ley ad hominem, retroactiva y expropiatoria de la propiedad de los ejecutivos de AIG.
EE UU ha dejado de ser un estado de derecho en dos meses.
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