Crónicas Murcianas

Septiembre 2011


En casa de Sarah Palin (III)

22 de Septiembre de 2011 - 19:30:22 - José Antonio Martínez-Abarca - 5 comentarios

Lo humano aplastado

Por el continuo filtrado de agua (llueve el tiempo en que no está nevando), la superficie no rocosa de Alaska, en cuanto la temperatura no es inconcebible, resulta esponjosa hasta lo malforme. Una como hinchazón de musgo que a veces tiene el aspecto de un brécol inabarcable, hueco. Enervante. Como pisar montones de algodón de azúcar. Un pone el pie y no termina de descender al piso firme. Resulta bastante desagradable. Además, hay que llevar además mucho ojo si uno no quiere acabar como aquellos caballos de los pioneros del Oeste, con las patas quebradas por los agujeros como conejeras que excavan los llamados perros de las praderas. Los perros de las praderas causaron más bajas entre la caballería que las tribus indias, pero tienen un aspecto desarmante y ojos de muñeca de porcelana. ¿Cómo no enternecerse con los perros de las praderas? Es la moraleja de siempre: el gran mal siempre lo producen los seres que lo ignoran. Sobre este soufflé vegetal andas cien metros y cansan como kilómetros. Tal vez si te echaras a descansar el musgo seguiría creciendo sobre tí, ocultándote a la media hora. Mejor no comprobarlo. Así que sigues clavando las piernas. El único consuelo de meter hasta el corvejón dentro de una concavidad invisible tapada por las excrecencias de la humedad es que debajo no te espera ningún animal venenoso o con colmillos: los animales aquí están muy bien enseñados, y no molestan absolutamente nada.

Uno tiende a creer que la naturaleza salvaje es un zoo, donde cada animal está, obediente, en su hábitat, como en los documentales de la 2, bajo una etiqueta identificativa. Pero la primera lección que enseña la naturaleza es que la naturaleza es aquello que existe a condición de que no estés tú: conformes vas andando, la naturaleza desaparece a tu alrededor. Todo huye, y, si no eres muy observador, no verás más que al "pájaro de Alaska", el mosquito, y creerás que estás solo en el mundo. Tenía ilusión de escuchar a los lobos árticos, en esas noches dudosas color azul cobalto que son exactamente como la conocida por "noche americana" del cine (escenas nocturnas filmadas de día, por ausencia de medios técnicos). Pero no escucho ni siquiera el zumbido del gran silencio. El silencio sólo se oye en ambientes contaminados acústicamente, cuando hay ausencia momentánea de ruido. Cuando no hay ruido, tampoco existe su contrario.

En ésas me llevan al mar, que no es totalmente líquido. Diría que es incluso un mar ligeramente gelatinoso, pues el polvillo que depositan las escorrentías de tierra firme (la "harina de roca") y el plancton operan como el espesante de las salsas. El color de los mares polares, según observé también en las islas Svalbard, es muy susceptible de ser representado por cualquier pintor de domingo, pues carece casi por entero de transparencias, si bien el estupendo tono verdín de cobre es de un gran efecto. El efecto de este mar es, en efecto, absolutamente mineral, enlentecido, y los animales se meten a ciegas en él como una tuneladora en una veta de material metálico. Las medusas, muy abundantes, alumbran como lámparas de noche. Los pájaros acuáticos (algunos rebuznan), al dejarse caer de punta, parecen no pescar, sino estamparse, laminarse. Cuando insospechadamente salen les cuesta despegarse de esa sopa. El color y el olor de este mar son magníficos, a condición de que ni por accidente caigas en él. Aunque la muerte aquí sería dulce, narcótica, poco acuática: la piadosa hipotermia ganaría a la cruel asfixia.

Las dimensiones de todo son abrumadoras. No hay nada hecho a escala del hombre. Ni las comidas. Empezando sobre todo por las comidas. No hay ni un solo matiz en esta cocina, fuera del estupendo cangrejo real que se atrapa en el mar de Bering (en mi opinión, superior a todos los demás crustáceos por su penetrante sabor a yodo entre sus pinchos, casi tan concentrado como el de los percebes: haría una paella inmensamente superior a la tan sobrevalorada de bogavante). Los fritos, la inmensa limitación del gusto, la grosería del peor "chili con carne homemade" que me como en mi vida (no me lo como) son resultado ineluctable de esta espectacularidad geológica. La obra del hombre no puede nada contra la bestialidad cósmica. Bastante que esta gente no despiece cuadrúpedos a bocados. No hay forma de introducir mesura en un ambiente que está hecho para aplastar. Hay algo preocupante en los pobladores de aquí. Los grabados antiguos de Alaska representan a los primeros aborígenes demidesnudos, tomando la fresca. Con gran desprecio al medio. Nada similar a la habitual representación del esquimal con andares de buzo, arrollado en pieles y, por eso mismo, vulnerable, en cierta forma civilizado. ¡Pero ir semidesnudo aquí! Eso sólo lo pueden hacer aquellos indios de los grabados y algunos ejemplares anglosajones alasqueños de sexo indeterminado, que van en bikini mientras tú lo haces en pasamontañas.

Esa insensibilidad incomprensible hacia las condiciones ambientales (hacen como que no existe o que no les afecta) va minando a estos pobladores. Veo que los miembros de algunas tribus originarias se arrastran por los semáforos con aspecto semihumano, amaderado. Ni siquiera parecen totalmente semovientes. No son los vicios adquiridos, ni "agua de fuego": es que llevan aquí demasiados cientos de años. Le viene a uno a la mente Lovecraft y, por ejemplo, los habitantes con aspecto batracio de "Sombra sobre Innsmouth". Dos o trescientos años más bajo los inviernos de postal de Alaska y algunas tribus sin más amenidad que la endogamia (la corrección política dictamina que han devenido invisibles: se acepta, con la actual economía visual, la invisibilidad pero no la fealdad) terminarán completando alguna inquietante metamorfosis.
 



 

En casa de Sarah Palin (II)

18 de Septiembre de 2011 - 15:54:34 - José Antonio Martínez-Abarca - 1 comentario

Trampa para turistas
 
Acostumbrado al "Estado de obras" español, me sorprendo de que las infraestructuras en Alaska, que dicen que gasta un altísimo nivel de vida, resultan a simple vista infinitamente más escasas que las de Albacete. En el total de un territorio tres o cuatro veces mayor que España, al Norte se llega por una vía pedánea, hay menos autovía que de Chinchilla a La Roda, y sólo con la estación del AVE de Barreda tendrían para tirar veinticinco inviernos. En Alaska no alcanza el presupuesto público para tirar estos cohetes. Probablemente no alcanza ya ni en la NASA. Pero ya se sabe que aquí somos tan listos que aquí el dinero de los impuestos crece en unos árboles especiales que plantan los sindicatos. En el país de las autonomías siempre se saca "pa" tanto como se destaca. Hasta Obama, escasamente sospechoso de ser un estricto contable, esté preocupado con nosotros. Vamos a tener que enseñar a estos agarrados del primer mundo cómo hay que gastar lo que no es de nadie.
 
Despierto en mi primera mañana alasqueña con la sensación de desarraigo y desconsuelo típica en los emigrados, no en los turistas. Ocurre que los problemas, tomando distancia y océanos para ponderarlos mejor, parecen más gigantescos en la distancia que en la proximidad. No es que cuando uno viaja cargue con sus problemas: carga con los suyos y los de la civilización occidental. Es que yo lo de ausentarme de mi piso siempre me lo tomo por la tremenda. No me quito de encima, al despertar aún entumecido por mis habituales somníferos y notar que la composición de la atmósfera es extraña, la convicción de haber sido secuestrado. Por unos momentos, creo que se abrirá una trampilla por encima de mi cabeza, me auparán del agujero y me fotografiarán con el periódico del día.
 
Por fin me hago cargo de la realidad: soy un excursionista entre entusiastas de esta disciplina, lo cual me pone melancólico del todo. A cierta edad ir aún de "boy scout" produce la misma impresión patética de la divorciada desesperada que se echa a la noche con estampado leopardo. Pero, para que no te llamen derrotista, hay que poner buena cara al imposible tiempo de Alaska, un sitio donde no es extraño que llueva ininterrumpidamente durante tres meses, con sus noches. Reencuentro para desayunar un viejo amigo semiolvidado. El simple vaso de leche fría. En el sur no la pruebo, no por falta de enzimas estomacales, sino de humor. La leche de los países hiperbóreos es un tolerable refresco familiar y no nuestro espeso trágala para escolares (en España a la leche se le ha dado el mismo tratamiento sanitario, para que la infancia crezca sana y feliz, que aquel rosado jarabe de calcio que expendían en farmacias). A diferencia de nuestro país, en el norte la leche con toda su nata sigue guardando parentesco con la hierba, y no con el yeso de encofrar. Tiene una cualidad ligerísima, agradecible. Aperitiva. Uno entiende entonces que los norteamericanos puedan acompañar un cochinillo con esto, sin gran desdoro. En España no puedo ni acercarme a la plasta de igual nombre. Sólo el olor, aunque se llame "leche del día", me saca de las tripas hasta la primera papilla. Ya con la fuerza del desayuno de los campeones, me llevan a una mina de oro, a través de un bosque lluvioso nada tranquilizador. Uno oye ese ruido inequívoco, decididamente gorgoteante, que produce la madera podrida, hinchada de agua, al estirarse: los árboles muertos se comunican croando como batracios. Es muy raro. No veo ni un pájaro, pero aquí es lo vegetal lo que se comporta como animal. Pienso que un bosque debería ser siempre así, desordenado, fermentado. En los de Europa, los nórdicos, por ejemplo, siempre he tenido una sensación demasiado doméstica, como si acabara de salir el jardinero francés, podando geometrías.
 
Uno de los deportes nacionales en Alaska (por detrás de disparar desde el coche a las señales de tráfico: el país es un inmenso polígono de tiro) es tratar de descubrir un remanente de oro en los ríos. La tarea del fin de semana, para muchas familias de "La última frontera", es cavar fosas en el lecho fluvial y vigilar con una palangana cualquier brillo dorado arrastrado por la corriente, como los profanadores de tumbas que buscaran la dentadura de la abuela. Hay quien ha encontrado una pepita y ya todo el sentido de su vida girará alrededor del día en que encontró la pepita. Encontramos a un tipo con barba y camisa de franela que muestra orgulloso la foto de un trocito de oro que alguien encontró a no muchos cientos de kilómetros de su casa, y la seguirá mostrando a los nietos. No parece que haya mucho que hacer por aquí.
 
La única fonda que hay hasta donde alcanza el ojo del satélite lleva un nombre muy a propósito: "Trampa para turistas" (o más exactamente, encerrona, cepo, ratonera). Ah, este encantador paraje de irás y no volverás. Recuerdo aquella película que se titulaba así, un típico "survival" de los setenta con cara de piedra Chuck Connors. Un argumento muy de la época, que continúa vigente: cuando el urbanita se adentraba en el país profundo, habitado por simpáticos góticos americanos, no se volvía a saber de nadie. De momento aquí entras en cualquier bar y ves que la barra de parroquianos es un muestrario de revólveres al cinto, no en la sobaquera. Como si se hubiesean adosado unas paletillas de cabrito en el muslo. Para defenderse, te dicen, de cualquier cosa que vaya contra las costumbres locales: desde los mosquitos a los osos "grizzly", pasando por los que hacen preguntas. Es broma, tío, añaden. No creo, sin embargo, que aquí tengan hoja de reclamaciones. Aunque la tengan, imagino que nadie la habrá pedido nunca. En el "drugstore", me aprovisiono de una caja de "Pabst blue ribbon", la ordinaria cerveza que bebe Clint Eastwood en "Gran Torino". Resulta excelente para confundirse con el paisaje y ejerce sobre mí esa irresistible atracción de la vulgaridad. Soy de los que sospecha cada vez más del lujo, y quien lo trujo. Pero me recomiendan que haga uso de esas latas sólo en privado y envolviéndolas en una bolsa de estraza, para que los niños, y sobre todo Dios, no me vean beber. Ya podía imaginármelo, en un sitio donde no he visto más que vagas aproximaciones al sexo femenino (la única mujer sin matices que se cruza resulta que es de West Virginia) y tampoco se advierten aliviaderos de carretera. Los únicos neones rojos corresponden a licorerías y armerías. Puede que haya puticlubs, pero no están a la vista. El país perfecto para practicar la virtud, sin distracciones. En estas montañas es Viernes Santo todo el año.
 
 
 

Mi apoyo más sincero y entusiasta al independentismo catalán

11 de Septiembre de 2011 - 22:00:27 - Pablo Molina - 6 comentarios

A la espera de la segunda entrega del diario de viaje de Martínez Abarca por las tierras de Sarah Palin (por cierto, magnífica la primera entrada de la serie), quiero aprovechar esta señalada fecha del 11 de septiembre, en que el nacionalismo catalán celebra la gesta de un jurista español, Rafaél Casanova, defensor de la casa de Habsburgo en la guerra de Sucesión al trono de España, para mostrar mi mas sincero apoyo a las aspiraciones independentistas de la inmensa mayoría de la clase política catalana.

Mi posición no puede ser más políticamente correcta. Si el españolismo patriota es la caverna opresora, yo soy extraordinariamente avanzado en mis planteamientos políticos y estoy absolutamente de acuerdo en que Cataluña sea independiente. Cuanto antes mejor.

Por eso no entiendo que en la tertulia de Es la noche de César, del viernes pasado, un insolvente llamara xenófobo a su director. Al margen del disparate semántico, resulta sorprendente que a los que defendemos lo mismo que Arturo Mas, José Antonio (¡Presente!) Durán y Lérida, o Carmen Chacón y Felipe González en las páginas del periódico El Pais, nos acusen de una cosa tan fea como la xenofobia. ¿Xenófobos por estar de acuerdo con todos estos eximios hombres de estado? Pues entonces casi toda la clase política catalana y el PSOE en pleno son reos del mismo delito.

Yo quiero la independencia de Cataluña. En realidad lo que quiero es la independencia de España de la minipotencia colonial que la fagocita, pero el proceso me resulta indiferente siempre que el fin último, la separación de Cataluña de España, se consume, a poder ser a la mayor brevedad posible.

¿Que hay catalanes que no coinciden con los partidos mayoritarios de allí? Pues mire, sí, pero yo tampoco he votado a Zapatero y llevo ocho años aguantándolo.

En todo caso, si Arturo Mas y el resto de la alegre muchachada de la barretina están en lo cierto, tras la secesión del principado un futuro luminoso de bonanza y prosperidad sin límites espera a sus ciudadanos, así que tampoco deberían preocuparse demasiado.

Y en todo caso, mi deber es preocuparme del futuro de mis hijos, al que los nacionalistas catalanes, con la colaboración necesaria del PSOE, llevan machacando ya demasiados años.

Yo soy un independentista catalán de pro y nada me haría más feliz que la independencia de Cataluña, todavía mejor si se produce por el método que el ilustre constitucionalista premiado repetidamente por el nacionalismo de todo pelaje, Herrero de Miñón, ha dado en llamar "la fuerza normativa de los hechos". 

Una declaración de Arturo Mas, flanqueado por José Antonio (¡Presente!) Durán y Lérida en el balcón de la Generalidad, declarando el Estat Catalá sería el colofón perfecto a todo este proceso de humillación constante que va ya para dos siglos. No sería la primera vez que sucede algo parecido.

En casa de Sarah Palin (I)

8 de Septiembre de 2011 - 13:38:38 - José Antonio Martínez-Abarca - 2 comentarios

TÉ FRÍO

 
El alpinista murciano Miguel Ángel García Gallego -y otros de su cuerda- me llevan medio mes a Alaska, tomándome bajo su protección, para que salga del piso, me oree y de paso publique unas crónicas. Voy de paquete, pues yo no hago pie en espacios abiertos. Es que, lector de la poesía urbanita de Baudelaire al fin, aún no sé que el campo es ese lugar extraño donde los pollos andan vivos y con plumas. Y los osos con su pelliza.
 
Alaska es ese país donde, me dicen, ha surgido una de las variantes más fuertes y vigorosas del famoso "tea party" en los Estados Unidos. Sin embargo el té aquí, a la intemperie, se enfría pronto. Y los ánimos: a cero grados centígrados observé una "manifa" de este movimiento político que pide un poder público mínimo y que Obama quite la mano de sus carteras. Por fin vamos a ver lo que es una manifestación de masas en el país más poderoso del planeta, me digo. La "manifa" del "tea party" estaba compuesta por dos rubitas dieciochoañeras, entusiastas, "cheerleaders", vestidas como de playa y dando saltitos con cada cuatro por cuatro que pasa a su lado. Flanqueándolas, media docena de banderas patrióticas, incluyendo una que me pareció la de la Unión Europea después de recibir una pedrada alevosa en pleno círculo de estrellas (resulta que es la enseña de aquí, la del Estado). Casi tan poca gente como en una concentración sindical española para reñir a Zapatero. Hay que ser muy "cheerleader" para manifestarse en Alaska a cuerpo, con esta pelada perpetua. Pero en Alaska logras juntar a dos bajo el relente y ya influyes en Washington. Aquí el concepto del poder de "la calle" es otro: las movimientos populares de masas, con lo que cae, discurren prudentemente por el pasillo de casa. Aparte que aquí es más factible reunir una traílla de perros que tres personas a cenar. En Alaska existe, sin duda, más densidad de población de mamuts congelados bajo el "permafrost" que de ciudadanos. Caso que Teruel existiera, la cosa poblacional de este provincia con respecto a la totalidad de Alaska andaría ahí, ahí. Aunque observo que en las expendedurías de prensa venden recortables de la ex gobernadora Sarah Palin, para que sus admiradores la vistan ora de estadista, ora de tiradora con mira telescópica experta, ora de materfamilias, ora de "supporter" de las tropas: la multiplican, ubicua, en distintos uniformes de su actividad diaria, para que abulte. Aquí o abultas o te pierdes en este paisaje bestial, a escala inhumana. Y es que Alaska son la Palin (que me cuentan que además ya viene poco), y cuatro gatos más, descontados los que cada año se matan en avioneta. Y de esos cuatro gatos, tres son osos, y de esos tres osos, al menos dos están taxidermizados. Uno grita auxilio aquí y a lo mejor el primero que te oye lo hace desde Florida.
 
He llegado al país, tras penoso viaje, para que me den los santos óleos. Como dicen en mi pueblo, para tomar un camino. Que lo tomo. Tres aviones de postas consecutivos, con sus correspondientes torturas aduaneras entremedias. El recibimiento estadounidense los que pretenden entrar en su territorio vale por toda una infancia en colegio interno. En efecto, ya dice Houellebecq en su última novela ("El mapa y el territorio") que el viaje aéreo moderno "es una experiencia puerilizante y concentracionaria". Debiera estar prohibido volar más de una vez al día. Se nota que eres pobre en cuanto debes hacer más de una escala para viajar a cualquier parte. La abundancia de vuelos en tu vida no equivale a más posición social, sino a menos. Como también se nota tu menesterosidad al abrir tu frigorífico: si está hasta los topes, es que te encuentras en el paro. Si tienes por debajo de dos cocacolas light vas para millonario. Si reúnes más de dos pollos fríos, ya no llegarás a nada en la vida. Hemos pasado por Seattle, una de las capitales mundiales del suicidio sin asistir, el espontáneo, me dice no sin orgullo una chica natural de allí, quien se va a establecer en Menorca quizás para no tener que saltar por la ventana. Nada más poner pie en los Estados Unidos, me detienen la policía. Gritan en mi oído y me llevan al cuarto oscuro, que por fortuna está iluminado a medias. Y me militarizan. A una mujer que va antes que yo la esposan las muñecas a la espalda, como a un conejo. Ya me veía yo explorado por el recto. Al rato, sin embargo, me vuelven a hablar como a un civil, como si fuese un ciudadano de un país democrático, y me confiesan muy amablemente que se habían confundido con otro Martínez suelto por el mundo. Quién me manda compartir cognomen con desconocidos. En el último trayecto aéreo, hacia la capital financiera, Anchorage, hay en el bimotor de "Alaska airlines" el silencio reglamentario de un furgón que nos llevara al penal. Ya he vivido alguna vez sensaciones parecidas observando al público residente en alguno de los polos, en viaje de regreso a casa: en pleno vuelo, se meten en internet y ya no salen hasta el deshielo del año siguiente. Aunque todos los pasajeros del avión parecen encontrarse en un primer estadio de depresión, la mayoría vive en Alaska por su gusto.
 
Nada más poner pie en un albergue del país, me descalzan. La costumbre local para no embarrar el piso. Aunque pienso si no será para que no salgas corriendo. Mostrar los calcetines siempre es una humillación, y yo particularmente me siento reducido, no sólo de tamaño. Lo dejaban claro las viejas películas del Oeste, que tanto comparten aún hoy con Alaska: un hombre sin las botas puestas está mucho más desarmado que con los pantalones por los tobillos. Los propios de este sitio lo llaman "la última frontera". (Continuará).
 
 
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