Crónicas Murcianas

Agosto 2011


Las memorias de Marcelino Oreja explican mucho más de lo que él supone.

31 de Agosto de 2011 - 20:29:00 - Pablo Molina - 4 comentarios

Acabo de leer someramente las memorias de Marcelino Oreja (La Esfera de los Libros, 2011) y resulta asombroso el comprobar como una parte de la derecha española, principalmente la democracia cristiana, fue capaz de cometer errores tan graves como el estado de las autonomías, la genuflexión constante ante los nacionalismos o el complejo infinito ante la izquierda y aún hoy, décadas después, sus miembros siguen orgullosísimos de lo que hicieron en su día.

El caso de Marcelino Oreja refleja perfectamente a estos personajes. En lo que se refiere al País Vasco, que él conocía bien, y donde fue el primer delegado del gobierno, con rango de ministro, el bueno de D. Marcelino parte de la tesis compartida por Suárez y el resto de la tropa ucedista, que podemos resumir de la siguiente manera:

"Los nacionalistas vascos tenéis toda la razón en vuestras reivindicaciones. El franquismo os negó vuestros derechos históricos como pueblo, pero aquí estamos "los demócratas de toda la vida" para restablecerlos. Os vamos a dar un concierto económico, las riendas de la educación para que adoctrinéis a las futuras generaciones en el odio a España y todo lo que queráis, porque hay que reparar este agravio histórico. Ahora bien, no vamos a consentir que os paséis de ciertos límites".

Naturalmente la aceptación de la primera premisa justifica cualquier desafuero posterior, que es exactamente lo que ha ocurrido tanto allí como en Cataluña, pero lejos de avergonzarse de la forma en que nos vendieron, esta generación genuflexa y lanar sigue blasonando de sus servicios a España. En lugar de recluirse en un Monasterio a pedir perdón el resto de sus días, inundan los consejos de administración mejores pagados y siguen dando clases de moral democrática.

Oreja, el democristiano, fue capaz de asistir una mañana al entierro de tres jóvenes guardias civiles asesinados por la ETA, y en la tarde de ese mismo día acudir al velatorio de un etarra muerto no aclara en qué circunstancias. "Aún hoy -escribe en sus memorias- creo que hice lo correcto". Bonita frase para la reflexión de aquellos que pensábamos que esas cosas sólo las hacía Setién.

El colofón de su carrera política, en pago a los grandes servicios prestados a la patria, consistió en nombrarle jefe del cotarro burocrático europeo para acabar dirigiendo una gran multinacional. Oreja está en posesión de 35 altas condecoraciones del estado.

Menos mal que su sobrino Jaime ha lavado sobradamente el apellido.

La ilustrativa historia de los teléfonos "descuidados" por los socialistas de Barreda

24 de Agosto de 2011 - 19:58:35 - Pablo Molina - 6 comentarios

Cien altos cargos del PSOE castellano-manchego se han llevado a casa los smartphones de alta gama de que disfrutaban cuando estaban en ejercicio. Dicen que en su momento se los dieron "para uso privado", lo que demuestra que la confusión entre público-privado para un socialista con cargo público es un hecho muy extendido.

Como buenos sociatas no distinguen entre partido político y administración pública, porque, de hecho, cuando gobiernan no hay ninguna distinción. Los que hemos sido funcionarios durante el felipismo sabemos que cualquier secretario general de una agrupación cualquiera del PSOE mandaba más en la comunidad autónoma que el consejero del ramo, algo que a los que no estábamos en la pomada nos sorprendía por obsceno, pero que en los funcionatas afiliados a "La Pesoe", en aquellos años la inmensa mayoría, era aceptado con absoluta normalidad.

Consejero socialista de la comunidad murciana hubo que se llevó el sillón de su despacho a casa, porque se conoce que ya se había acostumbrado a echar ahí la siesta y no era cuestión de machacarse las cervicales cambiando de modelo. Ante el escándalo lo devolvió diciendo que había sido un error. Seguramente al hombre, mientras recogía las fotos de los niños de la mesa de su despacho, se le quedó el sillón enredado y se dio cuenta del error cuando llevaba ya más de un mes instalado en el salón de su domicilio.

Con los móviles de última generación de los socialistas castellano-manchegos está pasando exactamente lo mismo. Ahora dicen que los van a devolver, pero que, ojo, si se los llevaron fue porque se los dieron para su uso particular. Tócate los nísperos que se agusanan, que diría el Maestro Campmany. Al tiempo, acusan a María Dolores de Cospedal de ser bastante ruín, porque lo de hacer a un socialista que devuelva los bienes públicos que se ha apropiado es, por lo visto, una afrenta intolerable.

Laureano López Rodó, que en tiempos del desarrollismo del franquiense era el hombre más poderoso de España, se jubiló con una pensión del estado para morir en el piso en el que había vivido siempre. Al día siguiente de cesar en el gobierno se percató de que tenía en su casa una grabadora que solía llevarse del ministerio por las tardes para dictar algunas cartas y adelantar trabajo del día siguiente. Inmediatamente llamó a su sucesor para que un propio pasara a recoger el artefacto, que en aquellas fechas debía de ser aparatoso como una caja de zapatos. Pasaron los días y nadie venía a recoger aquella grabadora, de tal forma que D. Laureano se presentó en la ventanilla del ministerio a devolverla y no se fue de allí hasta que el titular del negociado correspondiente no le extendió el correspondiente recibo. 

Como los amigotes de Barreda con los Iphones "gratis total". 

La "indignación" de nuestros abuelos

15 de Agosto de 2011 - 11:46:08 - José Antonio Martínez-Abarca - 6 comentarios

 
Mi abuelo paterno, que murió antes de que yo naciera, era en cierta forma un "indignado". Todos teníamos un abuelo, no sólo Zapatero. En la durísima postguerra española de la falta de oportunidades, el usurerismo de los prestamistas (los aborrecibles "mercaderes" de entonces), la tiña, la grisura y la borra del abrigo, mi abuelo se echó a la calles de su ciudad, Murcia, contra la injusticia del mundo y a buscar pluriempleo, pues con un trabajo no tenía para nada. Se echó a la calle temprano, no a partir de la una, como los indignados de ahora, que reciben visitas oficiales y conceden entrevistas a partir de esa prudente hora, según le advirtieron a un veterano cronista de mi pueblo que pretendía llevárselos a su programa de la radio, a que expusieran sus reivindicaciones. Quería llevárselos hasta que le dijeron que les pasara antes las preguntas por escrito ("¡como si fuesen ministros!", se maravillaba el cronista). Pero hablábamos de mi abuelo, que se encontró tras la Guerra con la peor situación de España y su ya relativa juventud por todo capital.
 
Mi abuelo, indignado con aquella realidad de un país primero retrasado y luego devastado, no acampó en la antigua Glorieta de España, hoy llamada Plaza de la Revolución (fue la plaza elegida por los campistas murcianos del 15-m) para protestar por su suerte echando la culpa a los demás. Pero se instaló cerca de alli. A unos pocos metros de la hoy supuesta Plaza de la Revolución había un café-cantante del que se conoció como "Arenal" de Murcia, frente al río Segura, donde se puso a echar horas extras como pianista en un trío de "jazz" que amenizaba las noches de los señoritos. Como pensó que la mejor forma de estar indignado era trabajar y no permanecer acostado en una tienda de campaña, se había hecho catedrático de piano en el Conservatorio, ya que las cosas no estaban como para conformarse metiéndose a aficionado de la flauta con perro en busca de subvención. Además, mi abuelo entretenía sus ocios, los que le dejaba la crianza de diecisiete hijos con la misma mujer, con otra cátedra de leyes en la Universidad, impartiendo clases vespertinas en ella y, en una academia, también lecciones anochecidas de derecho mercantil, compaginándolas con el ejercicio sañudo de una abogacía que lo llevó a la tumba, desplomándose de un infarto prematuro pero inapelable en plena vista judicial.
 
Mi abuelo sí tuvo algo en común con estos "indignados" de ahora: no tenía tiempo ni para lavarse, como se quejaba su esposa, mi abuela. Por algún extraño motivo, y por aquello de que la herencia genética salta una generación, he heredado de aquél que no conocí esa capacidad para posponer el enfrentamiento con la higiene y su buen oído para la música, nada más. Nada de su capacidad de lucha, de esa ciclópea capacidad para imponerse al medio realmente existente, tan común por lo demás en los hombres (y mujeres: una hija suya, mi tia, fue la primera abogada colegiada en Murcia) de la generación de mi ancestro. Aquellos españoles sabían pelear. Tal vez es que mi abuelo, y los abuelos y bisabuelos de los que ahora anduleamos por aquí, estaba de verdad disconforme con la vida y quiso cambiarla (lo logró), y yo sólo soy un enfadado aficionadillo que me limito a deprimirme al leer por las mañanas las noticias del periódico. Él no podía pararse, como los del 15-m, a sacar decálogos políticos sacados de la filosofía del pollito Calimero (¡es una injusticia!). Estaba demasiado ocupado en sacarse a sí mismo, a su familia, a su país y a la condición humana para adelante, hasta que le explotó el corazón, a la vista de todos, cumpliendo con su trabajo en el Palacio de Justicia de Murcia. Mi abuelo era un ser extraordinario en un país donde entonces era común este tipo de gente extraordinaria. Qué habrá sido de aquella raza de españoles.  

La UGT le monta una huelga al Papa de Roma. Estamos que salimos de la crisis

9 de Agosto de 2011 - 22:40:40 - Pablo Molina - 7 comentarios

Las principales acciones de protesta del sindicalismo de clase (alta) desde que arreció la crisis han consistido en hacerle una manifestación a Esperanza Aguirre, algunas otras más violentas a Valcárcel y en pocos días organizarle otra al Papa de Roma en el servicio básico del transporte público de la capital.

Los tres culpables de que haya más de cinco millones de parados, de que España sea el basurero financiero de Europa, de que tengamos a los jóvenes más analfabetos de la OCDE con permiso de Bulgaria y dos generaciones completas que ya sólo aspiran a la supervivencia son, a juicio de la Unión General de Trabajadores, Esperanza, Ramón Luis y Benedicto, no necesariamente por ese orden.

A los sindicalistas de izquierdas, a los partidos de izquierdas y a esa excrecencia poliédrica que se indigna y llena de mierda los espacios públicos les jode que el Papa visite España. Me parece muy bien y disfruto bastante contemplando esos arrebatos infantiles de niño mimado. Porque eso es lo que son todos ellos, vagos profesionales que viven del esfuerzo de los demás y cuando peligra su mordida aumentan la intensidad del chantaje.

No voy a defender al Papa porque desde el CV II la Iglesia no sólo se baja los pantalones ante la izquierda mundial sino que participa en gran manera de sus postulados. Pues nada, que disfrute también el Papa de esa apertura al mundo vaticana que tantas satisfacciones parece que le dan a la curia y que le conceda, de paso, una entrevista a la cadena SER, que parece ser el modelo informativo que mola al cardenal Bertone a tenor de su estrategia en la cadena episcopal.

Pues nada, nada, a disfrutar todo el mundo. Los unos a celebrar una jornada de la juventud muy pía dejando la ciudad llena de preservativos usados como ha ocurrido más de una vez y los otros a organizar una buena manifa anticatólica en los morros de Ratzinger Z. No faltarán jesuitas en ésta última sosteniendo la pancarta.

Cuando no pasaba nada y ahora que pasa casi todo

1 de Agosto de 2011 - 18:23:13 - José Antonio Martínez-Abarca - 3 comentarios

Llevaba un tiempo ya no prudencial en que no mandaba una entrada para este "blog". No porque la actualidad de la crisis no me parezca apasionante. Al contrario: me parece demasiado apasionante como para mandar entrada ninguna al "blog". Me he limitado a permanecer puntualmente informado y a constatar la realidad, no a escribir sobre ella, porque me parece que ésta se lamenta sola, y volver a deplorarla por escrito (sobre todo si ya lo está haciendo casi todo el mundo), es hacer, un poco, pornografía sentimental. Pero no es esa la razón por la cual no he aparecido.
 
El motivo es que me siento abrumado de noticias. Ah, aquellos veranos en que no ocurría nada, como corresponde, y en que, si se moría inopinadamente alguien importante, nos pasábamos dos semanas cumplidas (pasó con Lady Di, o con John Kennedy jr.) estirando el funeral en comentarios morosos, porque no había otra cosa. Hoy, si se muere alguien importante en verano, a lo mejor la noticia sale dos o tres meses después, como si el interfecto hubiese desaparecido en el Amazonas, porque los obituarios pueden esperar a su publicación pero el mundo no espera. Están pasando cosas tan graves, y tantas, y se podría decir tanto sobre ellas, que no digo nada. "No te digo nada", dicen en mi tierra, cuando la cosa es lo bastante imposible. Mi mano no me obedece como debería si quiero comentar todo lo que ocurre. Me siento tentado a comentar, en cambio, lo poco que no ocurre. Me echo el periódico a la cara y no es que me olvide de que tengo manos, sino que me olvido hasta de que tengo familia. Por olvidarme, me olvido de comer. Me abismo, en el sentido más estricto. Eso no es un periódico: es un agujero negro. Y además se ha puesto a opinar tanta gente sobre lo que pasa, llevada de la desesperación ante la catástrofe española y, por qué no decirlo, llevada de la salvaje democratización internáutica en que todo el mundo cree que tiene una opinión, que hace añorar aquellos tiempos plácidos en que aquí en julio y agosto (y septiembre, con los veraneos de tres meses) opinábamos cuatro gatos y tres de ellos sobre temas como la epistemología de las chicharras o de la siesta. O sea, los asuntos de verdad importantes de estas fechas. ¡Lo que daría por hacer como César González-Ruano en el café de las mañanas, cuando ojeaba el "ABC" de detrás para adelante y encontraba que no había una noticia del día apta para él, con lo cual estiraba la nada y le salían, en sus últimos diez o quince años, aquellos pequeños ensayos sobre la agonía, que es lo mejor que escribió!
 
Pensaba, antes, que si algún día en el mundo se produjera una profusión de noticias importantes para comentar de forma continuada entonces acaecería algo así como el paraíso del opinador. Pero no ha ocurrido nada de eso. Ha ocurrido, o al menos a mí me ha ocurrido, más bien al contrario. Como está pasando de casi todo, me sumo en un estupor seguido de un bloqueo, que se parece ya demasiado a una inerme pasividad. Cuanto más hiperactivas se han vuelto las noticias (es decir, las desgracias), más linfático se ha vuelto uno. Cuando uno tiene la necesidad de hacer algo, y contra lo que se suele pensar de que la necesidad acucia a la acción, a lo mejor resulta que no encuentra la voluntad de hacer ese algo, aunque la tenga. Porque, en efecto, tengo la voluntad de decir muchas cosas sobre esta lamentable situación a la que hemos llegado y al Apocalipsis por llegar en la temporada otoño/invierno, lo que pasa es que me la rebusco, la voluntad, digo, y no la hallo. Tampoco ayuda comprobar la franca hostilidad, cuando no el desaforado desprecio (se podía limitar a odiarnos, sin vejarnos encima) que merece este blog de provincias a la mayoría de los altos cargos del PP en Murcia, aunque por ventura no a la totalidad. Eso me pasa por escribir más bien a favor del PP, que como se sabe es la manera más práctica de que el PP te tenga por enemigo (el PP sigue con su política de medios de siempre, aunque dicen haberla cambiado, y será desalojado del poder de la misma forma que siempre). Yo me pasaría al PSOE pero, aunque puedo cambiar fácilmente de principios, no así de convicciones.
 
En fin, que casi he llegado a una cierta postración, cuando sería preciso lo contrario, al menos para que no digan y para que no quede. Es lo que contaba aquel maestro Juan Martínez, el "bailaor" flamenco, al periodista Chaves Nogales sobre lo que vio en la Rusia soviética: que el estar muriéndose de hambre no hacía que aquella gente se rebelara, sino al revés, hacía que se resignara pacíficamente. No me resigno pacíficamente, pero a ver si hago el ánimo para rebelarme sin que me tomen por indignado.
 
En formato RSS© Copyright Libertad Digital SA. Juan Esplandiu 13, 28007 Madrid.
Tel: 91 409 4766 - Fax: 91 409 4899