Crónicas Murcianas

Febrero 2010


O la economía española se soluciona sola o no tiene solución

26 de Febrero de 2010 - 20:15:06 - José Antonio Martínez-Abarca - 4 comentarios

  Al final, quién me lo iba a decir, he acabado por pensar exactamente igual que Zapatero, aunque por convicciones contrarias: o la economía española se soluciona sola uno de estos lustros, o esto no tiene solución, o yo, qué quieren, no se la veo. Por supuesto que existen remedios para la economía española, los mismos que se aplican en países menos diferentes a éste, pero Zapatero se siente muy acompañado en su irritante inacción y constante huida hacia delante mientras Europa le deje, porque su actitud corresponde exactamente al sentimiento profundo del país, no nos engañemos: sabe Zapatero que no sólo él es un ferviente convencido del principio de jamás hacer algo con la economía no sea que acierte, sino que el PP no se atrevería tampoco a realizar, caso de llegar al poder, lo que ni siquiera ahora se atreve a enunciar tímidamente, no sea que se le entienda todo. Estamos pillados por todas partes.
 
     Con las reformas económicas de fondo al PP no le hace falta ni hacer promesas preelectorales para incumplirlas luego, porque el cuerpo electoral, salvo tres o cuatro auditores de cuentas, algún analista y dos o tres diletantes, si bien se piensa, no quiere ni oír hablar de regeneración económica con esfuerzo, ni de recortes a las "conquistas intocables". Y punto. La opinión pública española en realidad no quiere que se haga nada, que se toque nada. Nos quejaremos mucho en este momento, pero cuidado con aquél que quiera acabar con los motivos de nuestras quejas económicas, porque no le dura a los sindicatos ni dos asaltos. En cuanto a alguien se le acuse en este país de ser un enviado "sin sentimientos" de los lóbregos "Mercados", está listo de papeles para el común. Duraría menos que Pizarro como valor emergente del PP. Decía Lampedusa que lo que los sicilianos no perdonan es que llegue alguien a despertarles de su sueño. Los españoles, tengo para mí, tampoco sienten más amor hacia la vigilia y el realismo. La obligación de la Economía, para la casi totalidad de los españoles, es solucionarse sola, y si no, morir aunque sea con nosotros dentro. 
 
     Esa es la realidad profunda de España, que Zapatero ha intuido a la perfección: toda España, salvo si acaso dos docenas de exquisitos maniáticos, filantrópicos y filatélicos ("colombófilo, filatélico, puto, es todo la misma cosa", que diría el argentino doctor Tangalanga, que tanto nos hace reir a mi conbloguero Pablo Molina y a mí) cree en su fuero interno que esto o se soluciona solo por inercia o mejor que no tenga solución, porque las medidas traumáticas crean "distorsión social". España es así. O, como decían los articulistas transicionales, "España y yo somos así, señora". "Ansí", que escribía el otro.

esRadio volverá a escucharse en Murcia en unos días, y, por fin, en toda la región

24 de Febrero de 2010 - 19:37:04 - Pablo Molina - 15 comentarios

Los que sois oyentes de  ((esRadio en Murcia habréis observado que hemos dejado de emitir esta mañana. Teníamos un convenio suscrito con un operador murciano (Cadena Radio), que hemos cancelado de mutuo acuerdo para no perjudicar las expectativas del grupo LD en una región tan querida y pujante como la nuestra.
A partir de la semana que viene retomaremos de nuevo las emisiones, pero esta vez para toda la región de Murcia sin excepción, que es algo que nos reclamaban constantemente las personas que viven o trabajan fuera de la capital.
Lamentamos sinceramente los inconvenientes que estamos causando y les pedimos disculpas por ello, al tiempo que testimoniamos nuestro agradecimiento a Cadena Radio Murcia y a sus responsables por el trato humano y profesional que hemos recibido de ellos mientras hemos estado unidos en esta aventura. 
Un poquito de paciencia que en unos días estamos de nuevo en antena y es ta vez a todo tren, que es de lo que se trata. Nuestros técnicos están trabajando sin descanso para que eso sea posible y estoy seguro de que lo van a conseguir. Si hicieron el milagro del "7 a las 7" es que son capaces de todo.

La carga de la brigada ligera del trinque, con el jefe Ewok a la cabeza

23 de Febrero de 2010 - 23:56:39 - Pablo Molina - 8 comentarios

La izquierda en general, y la española muy especialmente, no es que tenga escaso sentido del ridículo, sino que, más bien, está acostumbrada a que sus fechorías sean admitidas con naturalidad en función de la superioridad moral que la gente normal le otorga.
Los medios de comunicación, el sistema público educativo y la pusilanimidad de la derecha política han contribuido decisivamente a que esto sea así, por lo que no cabe cargar las culpas sobre la gente que se forma una opinión en función de los dos primeros minutos del telediario.
Si la mayoría de la sociedad española tuviera algo de criterio, los funcionarios de los sindicatos horizontales (por la posición que adoptan cuando gobiernan "los suyos) no se habrían atrevido a representar la fantochada de esa supuesta movilización contra el llamado pensionazo, porque hubieran desfilado con las aceras abarrotadas de gente haciéndoles peinetas y lanzándoles cacahuetes.
El gobierno de Zapatero es el propietario de la plantación y los sindicatos el capataz que mantiene a raya a los esclavos para que acepten resignadamente su sino sin molestar demasiado. Luego están los artistas y los intelectuales, que cumplen el papel de visitantes ocasionales de la finca para alabar ese sistema productivo, leer poesías y felicitar a las víctimas por su resignación mientras se llevan un porcentaje de los beneficios de la cosecha.
Decía Huxley que la dictadura más perfecta es aquella que no necesita ejercer violencia contra los ciudadanos, porque estos adoran ser coaccionados. Es exactamente lo que ocurre en las sociedades modernas infectadas por el virus del socialismo.
 El socialismo es el gran corruptor moral y el principal enemigo del progreso. Los sindicatos llamados "de clase" (dejo aparte los sindicatos profesionales), son unas organizaciones enquistadas en las estructuras del estado que no defienden los intereses de los trabajadores sino los privilegios de sus miembros. Hasta que el 50,1 % de la sociedad española no capte estas dos sencillas evidencias, la brigada ligera de la subvención seguirá insultando a la inteligencia de quienes le pagan su tren de vida. O sea que pongámonos cómodos porque tenemos para un par de siglos. Por lo menos.

Nota: ¿Recuerdan los bichitos que salían en "El retorno del jedi"? Eran tan "cándidos"...

Un ferviente católico sin fe en defensa del judeocristianismo

19 de Febrero de 2010 - 19:39:27 - José Antonio Martínez-Abarca - 11 comentarios

Con permiso de mi conbloguero, yo sí voy a hablar del Cristo de Monteagudo, sin referirme para nada al caso concreto, que no hay por qué. Porque, en fin de cuentas, qué es el asunto "Cristo de Monteagudo" (recordemos, para uso de no murcianos: se trata de un monumento de Jesús, más o menos fusilado estéticamente del "Corcovado" de Río de Janeiro, presidiendo la vega de la capital de Murcia y al que la ola de curanderismo ético que nos invade quiere retirar o mejor demoler como muestra de "aconfesionalidad") sino otra manifestación más de la guerra no declarada a la cultura occidental que mantienen, desde la caída del Muro, tanto la izquierda más o menos huérfana -será huérfana, pero siempre disfruta de padrinos multimillonarios, vaya una cosa por la otra- como el islamismo rampante, pasando por todo tipo de roñas y costras  "altermundistas". El Cristo de Monteagudo somos todos. Me refiero, desde luego, a liberales y católicos conservadores, pero también a cualquiera que viva de Chechenia para acá (aunque no sé quién dijo, con humor y quizás hasta con acierto, que Oriente empezaba a partir de Alemania) y no tenga esa mala conciencia tan fácil de cambiar por una buena y barata que padecen por ejemplo los socialdemócratas, no digamos ya de socialdemócratas en adelante. O más bien hacia atrás.

Multitud de lectores, o los mismos lectores muchas veces, se han enredado tras la entrada anterior de Pablo Molina en una discusión sobre si es compatible o no ser liberal y católico a la vez. Desde luego tiene que ser compatible, porque vamos todos en el mismo barco. Es contra todo lo que representa ser liberal y también ser conservador católico (o anabaptista) contra lo que va el "tsunami" que hemos nombrado en el párrafo de arriba. Sobre eso no le ha de caber a nadie ninguna duda. Mejor que no empecemos a ponernos etiquetas de buenos o menos buenos. Mejor que no empecemos a separar a los que se van a salvar de los que lo tenemos más crudo. Si quieren saber dónde me encuentro exactamente dentro del "barómetro salvífico", les diré que me considero un ferviente católico sin fe. Un católico a machamartillo sin la "gracia". Aunque yo, como saben los que no me tratan, tenga bastante de monje eremita (si bien con una desafiante y, créanme, del todo aceptada tendencia al erotismo, por supuesto heterosexual) nunca me he preocupado en exceso por lo que hay después, porque me aterroriza más bien todo lo que hay antes. Antes de entenebrecerse creo que irremediablemente mi visión de la existencia, creía más bien de manera vaga en la vida eterna. En los últimos años, lo que ya era vago se ha diluido casi por completo. Aunque en mi descargo diré que creo aún menos en la vida temporal, o interina, o sea, en ésta. El teólogo Von Balthasar, una de las lecturas obligadas para San Juan Pablo II (permítanme que me adelante a llamarlo santo) dijo aquello de que el Infierno existe, "pero puede que esté vacío".  Supongo que no será muy ortodoxo, o tal vez sí, pero para mí el Infierno absoluto consistiría, después de morir, en mantenerse en alguna forma de consciencia perenne pero escasa, impotente para revivir momentos o seres que hemos querido. En cualquier caso, procuro ser bueno luchando con los medios que tengo por una civilización terrenal en la que creo sin asomo de duda, la judeocristiana. 

Y sobre esto va, en realidad, no sólo el "affaire" del Cristo de Monteagudo, sino todo, absolutamente todo lo que ha venido ocurriendo en España desde el año 2004. No nos olvidemos, ni por un momento, de quién es el enemigo, y por qué medios quiere destruirnos.

Postdata: admiro a los polemistas católicos, como por ejemplo al impagable Chesterton. O al vizconde de Chateaubriand, por no citar siempre al mismo que cita todo el mundo. Yo mismo me considero un polemista católico. Sin la "gracia", hemos dicho, pero polemista católico al fin (soy al fin un niño educado en el "Opus", de lo que jamás, ni siquiera en la loca juventud por la que nunca pasé, he renegado). Pero si ser polemista católico significa apuntarse a, por decirlo de manera diplomática, repugnantes tesis como que lo de las torres gemelas fue cosa de los propios servicios secretos estadounidenses, como ha emitido, si no he leído mal, algún interviniente en este "blog", me apuntaré a polemizar como miembro supernumerario de la secta Moon o, ya que nos ponemos, como iniciado en los esoterismos de la orden del "Amanecer Dorado".  No estoy dispuesto a pasar por según qué opiniones, ni a leerlas. Los hechos de aquella mañana espléndida y con suave brisa cálida del interior de septiembre del 2001 en Nueva York han sido, probablemente, el acontecimiento que más me ha marcado en mi vida.  Por denunciar hasta sus últimas consecuencias lo que, a partir de entonces de manera palmaria, estaba en peligro en Occidente me echaron fulminantemente de periódicos y me vi reducido a la marginalidad mediática, de lo que hoy sólo me he recuperado en parte. No quiero aburrirles.
 
Justo cuando se cumplía un año de aquello, ni un segundo más, estuve a pie de socavón del "world trade center". Muchos de los congregados, algunos arrodillados de dolor, habían perdido a seres queridos, y la misma atmósfera se lo recordaba vívidamente.  Me recorrió un escalofrío por la espalda que aún no ha salido serpenteando de mi interior. La mañana resultaba idéntica a la de un año antes, sin nubes, brillante y con suave brisa cálida del interior. El silencio era impresionante. Sólo susurraba ligerísimamente la brisa, a la oreja. Como si el tiempo se hubiese parado un instante antes de los atentados. Como si nada hubiese pasado. Pero el planeta ya era otro. Para polémizar de según qué cosas, ya está lo más "troll" de la web de "El país", aquel papel que tituló en portada "el mundo en vilo a la espera de las represalias de Bush" (Arcadi Espada estuvo muy fino, y frío, diciendo, mientras todavía escribía en la edición catalana del "periódico global", antes independiente de la mañana, que era absurdo titular el periódico de un día con los hechos que se esperaba que ocurrieran al siguiente) . Dentro del "invierno mediático" hay millones y millones de cavernas que se hacen eco de estas "grandes exclusivas". Aquí, de ninguna manera.

Donde vuelvo a no hablar del Cristo de Monteagudo, pero sí de liberales y católicos

16 de Febrero de 2010 - 18:50:52 - Pablo Molina - 56 comentarios

 Sobre el abogado Mazón y su propuesta de retirada del Sagrado Corazón de Monteagudo, mal que le pese a muchos, no voy a volver a hacer (gracias Peabody) ningún comentario. En ((esRadio Murcia dediqué un programa a este asunto, Luis Herrero lo invitó para llenarlo de pescozones y el viernes pasado, en Es La Noche de César, también hicimos un resumen amplio de la cuestión, precisamente conmigo en el plató. Si el letrado Mazón quiere publicidad que nos ponga una cuña o un banner y la pague, que ya está bien de promocionar a gualtrapillas desoficiados que saben dónde tienen que hocicar para que los medios les hagan caso.
Me interesa más cierta polémica suscitada en este blog sobre la supuesta incompatibilidad entre liberalismo y catolicismo. Nuestro más prolífico forero afirma que ambas cosmovisiones se rechazan mutuamente, de tal forma que un liberal no puede creerse católico y viceversa.
Bien, en tal caso habrá que excomulgar "post mortem" a nuestros escolásticos de los siglos áureos, porque las bases del liberalismo fueron plantadas por la Escuela de Salamanca allá por el Siglo XVI, y todos sus pensadores eran, válgame Dios, sacerdotes católicos, mayormente jesuitas. Era cuando la Compañía de Jesús todavía no se había hecho marxista, multiculti y proabortista, sino que constituía el principal bastión de la Iglesia Católica y la principal defensa del Trono de Pedro ("Luz de Trento y martillo de herejes", la llamó Menéndez Pelayo), al punto que acabó salvando a ambas del cisma protestante.
De Covarrubias, Suárez, Molina y de Mariana eran curas católicos, lo que no les impidió, sino al contrario, definir las ideas fundamentales del liberalismo económico que siglos después desarrollarían Menger y von Mises. Sus teorías sobre la política monetaria o sobre el carácter subjetivo del valor de los bienes y servicios siguen vigentes hoy día, y ha sido a partir de ellas sobre las que se ha construido el edificio de la única filosofía que ha demostrado su validez para interpretar las interrelaciones sociales del ser humano, que no otra cosa es el objeto real de estudio de la economía.
Yo suelo decir que soy liberal a fuerza de católico, porque ambas condiciones, espiritual e intelectual, se interrelacionan y fortalecen mutuamente. El gobierno limitado, los bajos impuestos, el reconocimiento de la familia como célula básica de la sociedad, la libertad para interactuar con los semejantes y la denuncia de las coacciones estatales para alterar el orden natural son los grandes principios que enarbola el liberalismo y no hay nada en la doctrina católica que los contradiga, por más que algunos curas y obispos de extrema izquierda quieran, heréticamente, convertir el mensaje de Jesús en una especie de panfleto veteromarxista.
Otra cosa es que la confusión provocada por un mal llamado "liberalismo" decimonónico, masónico y comecuras, haya llevado a muchos a seguir mezclando la sana doctrina liberal con ideas y teorías que no tienen nada, o muy poco, que ver con ella.
Antodasa, arrepiéntase inmediatamente y comience a frecuentar las ideas de los libertarios. Aún está a tiempo de salvarse y mañana comienza la Cuaresma. Es que quiero verle en el cielo. A usted y a todos los demás.

Al "homo abarquensis" también le gusta Merkel

13 de Febrero de 2010 - 18:40:26 - José Antonio Martínez-Abarca - 12 comentarios

Me acusa mi conbloguero Pablo Molina de una serie de impertinencias gastronómicas que no voy a darle el gusto de refutar de nuevo, al menos de momento. La agria polémica seguirá en capítulos posteriores aunque, en bien del lector, no serán entradas al "blog" sucesivas, sino más o menos espaciadas y para rebajar la digestión de asuntos tenidos por más graves. Porque también habrá que escribir de otras cosas, aunque sean menos importantes (en mi opinión, vagamente siciliana, cualquier cosa es menos importante que comer bien).
 
De pasada, eso sí, le reconozco a Molina, quien sugiere que soy una especie de cavernícola, que ha acertado completamente al escribir que yo me abalanzaría indignado sobre el primer hombre que echó un por lo probable maravilloso entrecot irresponsablemente a la hoguera, a ver qué pasaba, porque ese hombre fue el "homo antecessor" de los experimentos del "quimicefa" de Adrià. El origen del mal. En cuestión carnívora, soy de la escuela francesa. O sea, que me gusta "ensanglanté". Aunque respete la otra escuela, la argentina, que se queja de que los afrancesados cárnicos nos comemos la carne "que aún está mugiendo". ¿"Homo abarquensis" comedor de carne cruda? No se equivoca, pero recuerde, señor Molina, que este tipo de hombres primitivos cenaban todas las noches en el hotel Algonquin de Nueva York, en las refinadísimas tertulias literarias de los años 20, y pedían "carne a la bombilla", que como su propio nombre indica estaba inexistentemente hecha, vuelta y vuelta, sólo al calor que despide una bombilla de 25 watios... Le recuerdo que el ambiente cultural de Nueva York, entonces, era una cosa bastante fina y desde luego muy seria. Lo que usted dice primitivismo gastronómico puede tener un refinamiento inaudito.

Le acepto, señor Molina, lo de elegir padrinos, y armas, para dirimir una cuestión que, aunque se lo parezca a muchos lectores, no es menor. Eso si no echamos mano de la forma de solucionar estas cosas entre escritores que lamentaba que hubiese desaparecido en esta insípida actualidad el inmenso ensayista inglés Paul Johnson: con una buena bronca tabernaria por cuestiones intelectuales. Es decir, a puñetazos, a ver quién puede más, si los platos de veinticinco gramos de peso en báscula rellenos de helio y literatura de Adrià con que se defenderá usted arrostrando la posibilidad de desvanecimiento, o la sólida comida de pueblo que me ha cocinado toda mi vida mi ama Pascuala.

Por otra parte, y por olvidarnos de lo que nos desune y apoyarnos en lo que nos une, estoy completamente de acuerdo con la observación de Molina sobre que este país quizás ha degenerado lo suficiente y se ha vuelto tan irresponsable como para no poder gobernarse solo, y no vería con malos ojos una tutela extranjera, por ejemplo, como emplaza Pablo Molina, de la canciller alemana Merkel.  Siempre he pensado que los españoles guardan una formidable fuerza emprendedora y repentizadora dentro de ellos, mayor incluso que la italiana, que nos podría hacer crecer mucho más en mucho menos tiempo que los demás. Pero para ello los españoles necesitan cierto método, determinada disciplina, y sobre todo olvidarse de esa funesta manía celtibérica de convertir al país en el "atolón Bikini" donde se explosionan de manera teóricamente controlada ideologías y sistemas ya viejos y fracasados fuera, desde el "krausismo" decimonónico al sindicalismo no menos decimonónico, pasando por ideologías totalitarias de masas  (por ejemplo, ¿qué país europeo tiene aún una socialdemocracia a la que le repugne el mercado?). Si no, los españoles se convierten en lo que estamos viendo.

Y el próximo día, hablaremos de la polémica del Cristo de Monteagudo (ese monumento en lo alto de un promontorio murciano que, como si fuera el toro de Osborne, quiere desmontar ahora una recalcuza de progres, como si el fundador del cristianismo, el más perfecto símbolo de civilización, fuese símbolo de la represión extranjera) y de cómo este tipo de asuntos deben poner en primera línea de nuevo el saludable pacto tácito entre católicos conservadores y agnósticos liberales.


Cambiamos 100 Zapateros por una Merkel (aunque sólo sea durante seis meses)

9 de Febrero de 2010 - 22:33:58 - Pablo Molina - 51 comentarios

Antes de entrar en la almendra de la cuestión que hoy nos convoca (mejor dicho, a la que yo les convoco en caso de que a ustedes les de la gana de participar), y mientras busco dos padrinos adecuados para retar a un duelo a primera sangre al descreído gastronómico de mi conbloguero, debo proclamar  una vez más mi unción a las espumas nitrogenadas de la nueva cocina.
En la oscura noche de los tiempos prehistóricos, una tribu de homínidos comía carne cruda producto de la caza al calor de una hoguera. Un miembro de la tribu acercó un trozo de carne al fuego, con ayuda de una ramita, dejó que se asara y tras probarla descubrió que sabía mucho mejor y la digestión era mucho menos pesada. Alborozado comunicó su descubrimiento, pero entonces apareció el Homo Abarquensis Antecessor y denunció al osado por mancillar las sagradas tradiciones de la tribu. El resultado es que los demás devoraron crudo al precursor de la gastronomía, lo que no impidió que tiempo después su forma de preparar el alimento se impusiera como factor de civilización.
Y en esas estamos, a ver si pasan un par de eones, Fernando Adrián termina de reflexionar y hacemos de mi queridísimo compañero de fatigas avance un paso en la escala evolutiva del paladar civilizado. No tengo prisa.
Quién sí la tiene es Zapatero, o más bien el país que gobierna (es un decir). La bola de nieve puesta en marcha por su insondable pereza intelectual y su sectarismo radical, avanza a toda velocidad sin que ni siquiera las apelaciones "pepiñescas" al contubernio neoliberal parezcan ser capaces de detenerla.
Nos vamos por el desagüe o, como diría el Doctor Tangalanga, "nos va a quedar el orto a la miseria". No hay manera humana de que los Zapateros pongan en marcha una sola medida para frenar el desastre, así que nuestro fin es la quiebra soberana del reino de Expaña. Por eso propongo organizar un grupo de presión (pero no en el Facebook, que eso es de frikis tecnológicos y horteras conceptuales) para solicitar a Angela Merkel que intervenga personalmente el gobierno de España, al modo de los administradores que la autoridad judicial nombra en los procedimientos concursales. Seis meses; tampoco es cuestión de privar a los alemanes mucho más tiempo de su presidenta. Pero hay que hacerlo ya porque esto no resiste hasta el 2012. ¿Se apuntan?

A favor del pasado y contra los intelectuales en la cocina

5 de Febrero de 2010 - 13:32:49 - José Antonio Martínez-Abarca - 12 comentarios

Cuando yo era un ser larvario que escribía en Diario 16, llegó un día al periódico un señor muy enfadado porque en un pie de foto en el que salía como figurante accidental le habían llamado "otro individuo". Venía a pedir explicaciones sobre qué habíamos querido decir con "individuo", porque no sabía lo que era exactamente pero a él le sonaba mal. Se calmó cuando se le hizo ver que "individuo" no era más que la manera de singularizar su persona, para no confundirla con el resto de actores que salían en la instantánea. Bien, pues a mí me suena fatal eso de mi conbloguero Pablo Molina en su entrada anterior, diciendo que mi crítica al restaurante El Bulli era "peregrina", aunque no sé exactamente qué es lo que significa peregrina. ¿que voy en procesión de peregrinos, prosternado de hinojos, a la cala gerundense donde se asienta El Bulli, a ejemplo
del propio Molina, admirador del humo inconsútil aromatizado con aire abanicado de colibrí?

Me huele mal lo de "peregrina", aunque no voy a ir al diccionario a comprobarlo. Así que, al igual que aquel "individuo" en Diario 16, espero una satisfacción por parte del conbloguero. Pero, mientras, haré la contraréplica a su réplica anterior, en la que el señor Molina entraba en un estado delicuescente ante esta cosa intelectual en que se está convirtiendo el comer.

Me acusaba, aparte de ser peregrino a causa de mi crítica al mal que había causado El Bulli en el mundo a través de sus imitadores, de haber comido en mis viajes "insectos, platelmintos y nematelmintos". Me pasa con los platelmintos y nematelmintos lo mismo que con la palabra peregrina, que son términos que también me suenan mal pero no voy a ir a internet a consultar ahora que estoy sentado y no hace falta que me levante. Dos satisfacciones lingüísticas ya me debe Molina. En cuanto a los insectos, confieso de plano: me pierde el conocimiento sobre el terreno de la cultura gastronómica interplanetaria. Para mí, lo que se come en un país es infinitamente más importante que sus monumentos. Si hay país donde la cultura tradicional come insectos, yo como insectos, aunque debo decir que cualquier cosa con más de cuatro patas o con menos de dos en principio me inquieta. ¿No quiere Molina cocina "tecnoemocional", que llaman a esa cosa de Adrià? ¿habrá algo más "tecnoemocional" que zamparse por ejemplo una langosta de las de plaga bíblica, que es como dar cuenta de un robot en pequeñito, uno de esos a través de cuyos ojos marcianos parece que te está mirando Dios, que hubiese escrito, y perdón por la cita políticamente incorrecta, Juan José Millás? Hay un
principio indefectible que me ha enseñado el paladar: si hay algo que por costumbre lo come la población de alguna parte del mundo, por exótico que sea, y hasta donde yo he alcanzado hasta ahora, está siempre bueno para un paladar occidental. Pero si uno utiliza, claro, el paladar y no sus aprensiones. O casi siempre está bueno: el divertido chef Anthony Bourdain no podía soportar el "natto" japonés, habas de soja en estado de podredumbre, capaces de conferir un inquietante hedor tumbático a todo un restaurante. Confieso que a mí no me desagrada, lo cual no quiere decir que me llene de gozo. Que yo recuerde, los dos únicos sabores que me han ofendido profundamente en mi vida, aparte de cualquier plato tradicional mal cocinado o cualquier plato "actualizado" bien cocinado, son los del escorpión negro gigante, que sabe a algo así como desván cerrado durante cien años, y el remero gigante asiático, especie de voluminosa cucaracha acuática, de sabor inquietantemente similar a grasa de jamón rancia envuelta en papel celofán. Pero aquí no hemos venido a hablar de insectos, que, dicho sea al paso, se están extendiendo en las "cocinas creativas" y por tanto el sr. Molina puede llevarse un susto un día de estos en alguno de sus templos de "disseny".

Porque aquí a lo que hemos venido, sr. Molina, es a hablar de en qué consiste la gastronomía, y me temo que hay dos cosmovisiones incompatibles: los que consideran que consiste en un acontecimiento artístico proyectado hacia el futuro, y los que consideramos que consiste en una identificación espiritual que se recuesta dulcemente en el pasado, en una nostalgia de lo no vivido. Todos los escritores gastrónomos que he respetado se inclinaban por esta segunda opción: Luján, Domingo, Plà, Revel, incluso Montalbán, sin necesidad de remontarnos a Escoffier, ni nada. Por ejemplo, frente al Mar Egeo, nuestra auténtica cuna, señor Molina (que no Marraquech ni Luanda, por mucho que quiera el de la Alianza de Civilizaciones), uno de los momentos más perfectos de mi existencia vino al comerme un sencillo "octopodi". Yo era en ese momento la última reminiscencia de millones de miembros de mi cultura ancestral que lo habían comido antes, exactamente de la misma forma y exactamente en el mismo sitio: un "octopodi" ligeramente seco al sol y luego braseado. Lo acompañé del mismo vino que se había bebido en el siglo de Pericles, conservado en resina de pino. No era un buen vino. Pero tenía la virtud telúrica de hacer de mí un átomo en perfecta armonía con los que se desperdigaron en el éter al morir todas las generaciones de mis ancestros. Era todo perfecto. No sé si me explico. Y quien dice un "octopodi" dice unos michirones (si se me sigue provocando, otro día hablaremos de las perfecciones gastronómicas murcianas, y el terrorismo contra ellas, que existe). No sólo me ha ocurrido con nuestra cultura grecorromana. También en culturas, y me repugna el término porque revela suficiencia, exóticas. He tratado de meterme en la masa de la sangre de culturas extrañas al comer platos que a su vez me mordían a mí (en España se está generalizando el pánico al sabor, al de verdad). He comprendido planetas ajenos a través de alimentos manipulados de una forma siempre atesorable que se repiten incesantemente de unas generaciones de bocas a otras. Como ve, sr. Molina, esto no tiene nada que ver con la vanguardia, sino con vidas no vividas que, de alguna forma, recuperas a través del gusto.

Son dos concepciones del mundo irreconciliables, y en gastronomía, qué quiere que le diga, sr. Molina, es usted un progresista sin paliativos. Si quiere mándeme a sus padrinos por lo que acabo de escribir, pero no cambio ni una letra.
 

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