31 de Marzo de 2012 - 11:25:37 - Juan Manuel González - 1 comentario

Ira de Titanes es la secuela de Furia de Titanes, aquella modernización en 3D digital de la última película auspiciada por Ray Harryhausen, convenientemente adaptada a los requerimientos del taquillazo apto para el consumo rápido de palomitas en multicines. En esta ocasión, cambiamos de director y del francés Louis Leterrier pasamos al joven norteamericano Jonathan Liebesman, quien aplica en Ira de Titanes un estilo visual más dinámico y vivo, muy similar al de su anterior Invasión a la Tierra, aunque también sin ese aura de encanto arcaico que proporcionaba la claridad visual de su precedente.
Lo cierto es que salvo eso, las nuevas aventuras del semidios Perseo, interpretado por el mohíno Sam Worthington, todo sigue igual. El protagonista, obligado a tomar parte contra la conspiración urdida por su hermano Ares (Edgar Ramirez) contra el padre de ambos, Zeus (Liam Neeson) y rescatar a éste último de las garras de Hades (de nuevo, Ralph Fiennes), apenas se distancian de los defectos y virtudes de Furia de Titanes, y que son los del blockbuster de acción más estándar, esta vez de inspiración fantástica y grecolatina.
Liebesman filma el cotarro cámara en mano y con ocasionales destellos de garra visual, como esa batalla inicial en el poblado que el director resuelve a partir de un par de eficaces planos secuencia. No obstante, no puede apenas maquillar –y tampoco muestra el menor interés por hacerlo- los atajos que toma el guión de la cinta, que derrocha posibilidades (el puñado de secuencias en el laberinto del Minotauro, resueltos en un par de brochazos) al tiempo que enfatiza los valores del cine-videojuego según su patrón más común. La ambientación mediterránea de Ira de Titanes, en definitiva, pedía menos pantalla azul y más embrujo sensorial y de serie B.
¿Lo que ganamos respecto a su precedente? Es cierto que Ira de Titanes potencia algo más el enfrentamiento entre Ralph Fiennes y Liam Neeson (que nunca llega a emocionar realmente), así como el reparto de secundarios ilustres (por ahí andan Bill Nighy, Danny Huston y la siempre injustamente menospreciada Rosamund Pike) y añade a su rebeldía macarra algún que otro pitch de tímido agnosticismo. Nada de todo esto sobrepasa el nivel de un póster publicitario, ni llega realmente a ser enunciado por sus responsables, y por eso Ira de Titanes no pasa de ser el típico y mecánico revienta taquillas primaveral.
30 de Marzo de 2012 - 10:22:27 - Juan Manuel González - 1 comentario

La saga REC ha acabado resultando un saludable revulsivo en la no-industria cinematográfica española. Sin resultar especialmente novedosa, la serie de películas de terror en formato found-footage (material encontrado) ideada por los realizadores Jaume Balagueró y Paco Plaza ha conseguido conectar con el fenómeno fan, así como inyectar un renovado interés en el género de terror en su variante más referencial, salvaje y desprejuiciada. REC 3. Génesis, la tercera entrega de la serie, está dirigida en solitario por Plaza (Balagueró se ha reservado la conclusión de la serie, que se subtitulará Apocalipsis), cambia de escenario por primera vez en la franquicia, y sustituye a la heroína de las anteriores películas, Manuela Velasco, por una espléndida Leticia Dolera, que con su traje de novia y su motosierra podría convertirse perfectamente en un icono del cine patrio con todas las de la ley.
REC 3: Génesis se desarrolla en una boda, la de los jóvenes Koldo y Clara (Diego Martín y Leticia Dolera), a los que la invasión de poseídos zombis que todos conocemos les pilla con el paso cambiado y en plena ceremonia. Durante unas horas infernales, los dos enamorados lucharán por reunirse de nuevo mientras eliminan sin demasiado remordimiento a los agresivos invitados de la boda, -es decir, sus familiares- convertidos ahora en infectados que se cruzan en su camino.
Lo cierto es que la película de Paco Plaza, pese a desarrollarse simultáneamente a los eventos explicados en las anteriores películas, apenas explora sus posibilidades de precuela, y tampoco explica nada verdaderamente nuevo tras los hallazgos de las películas previas. La sorpresa esta vez está en el cómo se presentan los acontecimientos, en el tono abiertamente cómico y guiñolesco que adopta la nueva aventura de la serie.
Como es habitual, REC 3 comienza imitado el formato de un vídeo domestico de boda, introduciéndonos en la acción a través de todas las cámaras imaginables: dispositivos móviles, cámaras de seguridad, hasta la que porta Atún, el "responsable oficial" de la filmación. Pese a que nada nuevo hay bajo el sol, Plaza preserva el vigor visual de la idea y potencia el sentido del humor esperpéntico que ya se atisbaba en REC 2 hasta el límite, con instantes y personajes secundarios hilarantes (atención al Atún, o la presencia entre los invitados de un inspector de la SGAE...) que ofrecen momentos auténticamente divertidos, por mucho que apelen a la complicidad del espectador.
Todo corre el riesgo de venirse abajo, sin embargo, cuando se sucede el ataque y la acción adopta un punto de vista convencional. REC 3: Génesis se resiente aquí del escaso interés de Plaza en convertir la película en un verdadero filme de terror, de la escasa profundidad de sus personajes y algunas interpretaciones, y en definitiva de su renuncia expresa al suspense de la que fue su oscura y atroz primera entrega. No obstante, el saber hacer de Plaza, que impulsa la película hacia delante a toda velocidad y a lo largo de apenas 77 minutos, así como el aliento esperpéntico e hiperviolento de la cinta, convierten REC 3: Génesis en una atracción de lo más digna. El realizador se entrega entusiasmado al grand guiñol desmesurado y transforma la franquicia en una exitosa astracanada, a medio camino del costumbrismo patrio de Berlanga y el malicioso aliento fantástico y gore del mejor Sam Raimi (es decir, el de la trilogía Evil Dead: atención a los guiños a su segunda entrega, que aquí se tituló Terroríficamente muertos).
El delicioso y duro desenlace adhiere el relato con las dos entregas precedentes, sin que a Plaza le tiemble la mano con los cambios de tono. REC 3: Génesis sabe ofrecer lo mismo de manera distinta. La mejor franquicia de género española sigue viva.
28 de Marzo de 2012 - 11:40:22 - Juan Manuel González - 7 comentarios

Los juegos del hambre es la nueva sensación del cine teenager y una nueva muestra de que en la Meca del Cine, es el cine juvenil el que tiene la partida ganada. La película es la primera de las adaptaciones al cine de las novelas de Suzanne Collins (hasta ahora hay tres), publicadas en España por la Editorial Molino, que ha dirigido el norteamericano Gary Ross, responsable de Pleasantville y Seabiscuit.
Pero no se trata de un fenómeno completamente inesperado. La base de fans de las novelas llevaba meses desplegándose en torno a la película, pero los resultados finales de la cinta que protagoniza la rubia Jennifer Lawrence (la espléndida protagonista de Winter’s Bone), a nivel económico, son simplemente otra liga diferente. Un fenómeno al que España no es ajena. En Madrid, un acto promocional presentado por la propia actriz el pasado lunes formó colas en la plaza del Callao desde antes del mediodía.
Respecto a la taquilla en EEUU, sólo en las sesiones de medianoche del pasado jueves, el día previo al estreno, la película se hizo con casi veinte millones de dólares de recaudación. Los juegos del hambre, presupuestada en "apenas" 78 millones de dólares, terminó su primer fin de semana con una cantidad de 155 millones y, atención, unas críticas bastante más positivas que las de la saga Crepúsculo, otro producto procedente del mundo literario y destinado al público adolescente, lo que garantiza en cierta medida su pervivencia en los primeros puestos.
Los juegos del hambre, pese a albergar un triángulo amoroso entre dos personajes masculinos y uno femenino, es mucho más un duro relato de aventuras y ciencia ficción que una cinta romántica. El argumento envuelve, básicamente, a un grupo de adolescentes obligados a participar en un diabólico reality show futurista, en el que tienen que eliminarse mutuamente hasta que sólo quede un superviviente. Las referencias múltiples (desde El malvado Zaroff hasta El fugitivo, versión Stephen King, adaptada en el filme Perseguido, son sólo dos de las que se me ocurren) no han pesado tanto como la presencia de una heroína fuerte, que parece oponerse a la pasividad lánguida de la protagonista de la saga Crepúsculo, cuyos récords de recaudación han quedado oscurecidos por los de la presente cinta.
Quizá este componente de cuento moral, distópico y aventurero sea el responsable de que la película haya atraído tanto a la audiencia femenina como a la masculina, lo que anuncia unos resultados finales simplemente espectaculares. Atrás quedan las acusaciones de algunas asociaciones por la violencia que alberga el relato, dado que los protagonistas casi infantiles deben darse caza entre sí para poder sobrevivir. Pero aún más interesante: las gigantescas expectativas creadas en torno al producto han logrado interesar a la audiencia adulta de más de 25 años, lo que ha convertido la película en lo que los publicitarios denominan una 4-quadrant movie, es decir, un filme que llama la atención de ambos sexos y los dos espectros de edad señalados... algo que es casi un milagro.
La mayor alegría que podría dar la película a sus creadores es romper las cifras logradas por cintas tan taquilleras, y mucho mayores, como El Caballero Oscuro. De momento, la cinta ha logrado superar la marca de sesiones de medianoche de ésta última, 18,5 millones de dólares. Y todo ello pese a ser exhibida en menos cines. Los juegos del hambre, además de todo esto, no es en 3D -por lo que no incluye el habitual recargo por las gafas-, y tampoco es una secuela, algo que podría haber frenado un tanto los resultados respecto a otras películas que serán objeto de comparación, las últimas entregas de Harry Potter y Transformers. Nada de eso se ha producido, y Los Juegos del hambre (que se estrena en España el 20 de abril) se ha convertido, junto con Lorax, en el revulsivo que esperaba la taquilla del otro lado del charco.
16 de Marzo de 2012 - 09:42:15 - Juan Manuel González - 2 comentarios

No sé ustedes qué pensarán, pero últimamente tengo la sensación de que hay películas que tendrían que comenzar advirtiendo al espectador sobre su propia intrascendencia. Es el caso de Contraband, un thriller protagonizado por Mark Wahlberg que navega entre la tradición de las heist movies o cintas de robos y la del género negro en su acepción más dura, pero en la que acaban imponiéndose los estilemas de una cinta de acción al uso. Realmente, nada que objetar ante esto, salvo por el hecho arriba señalado de que Contraband se olvida en cuanto se termina y además no deja ningún tipo de rastro en el espectador más allá del de haber presenciado una cinta entretenida, pero sin apenas originalidad y atrevimiento incluso dentro de su planteamiento de cinta de puro género, que no es lo mismo que decir de género puro...
La película dirigida por el islandés Sebastian Kormákur es, en realidad, un remake de la cinta Reykjavik-Rotterdam, una serie negra tremendamente exitosa en su país, dirigida por Óskar Jonasson y protagonizada -en el papel que aquí aborda Wahlberg- por el propio Kormákur, que ahora pilota con solvencia detrás de las cámaras la versión norteamericana sin aportar demasiadas novedades al conjunto.
Chris Farraday (Mark Wahlberg) dejó hace tiempo la delincuencia, pero cuando su joven cuñado se ve implicado en un asunto de drogas, no duda ni por un instante en tratar de salvarle de las garras de los peligrosos traficantes callejeros que le contrataron. Tanto éstos como sus verdaderos jefes comienzan una campaña de acoso contra Chris y su familia, pero ninguno de ellos cuenta con las habilidades de Chris a la hora de moverse en el negocio. Y ya saben: cuando un golpe fracasa, lo mejor es dar otro para pagar las deudas del anterior. Chris reúne a su legendario equipo de contrabandistas para un último golpe en Panamá. Para ello, tendrá que dejar a su esposa Kate (Kate Beckinsale, infrautilizada pero cada vez mejor actriz) junto a su amigo Sebastian (Ben Foster), que la defenderá de los peligrosos traficantes del barrio... y la meterá en otros nuevos.
Contraband destaca de una forma insistente, pero bastante inteligente dada su nueva audiencia, algunos de los elementos de la también olvidable cinta islandesa (que no era exactamente mala, pero sí literalmente olvidable: un servidor apenas recuerda nada de ella). La versión norteamericana, que de todas formas sigue sus pasos con bastante fidelidad, enfatiza de forma más obvia la idea de que la familia puede ejercer como motivación para el crimen, ensalza la profesionalidad y la determinación como valores redentores incluso dentro de la delincuencia (Farraday es, por si había alguna duda, un verdadero as en lo suyo) y, en última instancia, relativizar el delito en el que se embarcan éste y sus secuaces, relacionando ambos territorios sin realmente tratar de perturbar al espectador como sí hacía, por ejemplo, la soberbia Animal Kingdom. En el mundo de Contraband, finalmente, hay sitio para la redención y para destacar los valores sociales más tradicionales como arma para triunfar incluso dentro de los propios criminales, sin que nada realmente llegue a contaminar la pureza de los sentimientos.
Cabe señalar que, aparte de esto, los responsables de Contraband tienen las cosas bastante claras, y resulta apreciable el esfuerzo de su realizador en dotar de intensidad visual al relato, por mucho que el escaso atrevimiento moral de la propuesta juegue en su contra. Kormákur apenas dota de dramatismo a la frustración de de Farraday, quien en un momento dado del filme se percata, en plena altamar, de que ha dejado a su esposa en la boca del lobo, sin poder hacer nada para evitarlo. Kormákur, de todas formas, se entretiene filmando Contraband con un tono entre serio y naturalista, realista a pesar de todo, que nos mantiene razonablemente interesados paladeando los previsibles giros y traiciones violentas que esperan los fans del cine de acción, y que en definitiva nos obsequian con hora y media de entretenimiento modesto pero bien orquestado.
Contraband es, en realidad, una película útil para su estudio, Universal. Se trata de un correcto pasatiempo para mantener interesado al público en lo que ocurre en las pantallas de los multicines entre el desembarco de lo que denominan tentpoles, es decir, los grandes estrenos que lideran la temporada correspondiente del estudio. Dados los correctos resultados norteamericanos de Contraband, objetivo cumplido. Y a otra cosa.
13 de Marzo de 2012 - 11:17:42 - Juan Manuel González - 2 comentarios

Confesiones de un cinépata de Libertad Digital sortea regalos Blancanieves (Mirror Mirror), una comedia de aventuras basada en el mítico cuento adaptado por los hermanos Grimm, y que protagonizan Julia Roberts, Lily Collins y Armie Hammer, entre otros. Para celebrar el estreno de la película este 23 de marzo, tenemos varios lotes de merchandising que, entre otras cosas, incluyen unos bonitos coleteros, y que pueden ser vuestros si contestáis a una simple pregunta que os formulamos más abajo.
¿Las reglas del concuso? Muy sencillo. Los únicos requisitos son que envíes la respuesta al e-mail confesionesdeuncinepata@gmail.com, y que en el mismo incluyáis claramente la dirección completa a la que queréis que os enviemos los regalos, y en el asunto ‘Concurso Blancanieves’.
La pregunta (sencillísima) es: ¿Por qué película, en la que interpretaba a un ama de casa metida a periodista, ganó un Oscar Julia Roberts? No os olvidéis de ver el tráiler de la película...
11 de Marzo de 2012 - 15:29:12 - Juan Manuel González - 2 comentarios

Dos agentes de la CIA (Chris Pine y Tom Hardy), grandes amigos de la infancia, se enamoran de la misma mujer (Reese Witherspoon). En ese preciso instante, su amistad desaparece y ambos se embarcan en una carrera por seducir a la chica, en la que no dudarán en arriesgar su vida ni malgastar los recursos de la agencia para espiarse mutuamente... La premisa en la que se basa Esto es la guerra requiere, desde luego, de cierta capacidad para suspender nuestra incredulidad. No obstante, el problema de la cinta dirigida por McG no es precisamente ése. La cinta nos promete un caramelo de acción testosterónica, comedia gamberra y romance... que nunca jamás llega.
Pese a su vinculación al género de acción, no resulta tan sorprendente que sea McG, realizador proveniente del vídeo musical, quien haya puesto en escena una cinta guiada tanto por las coordenadas del género romántico como por los de espionaje como Esto es la guerra. En realidad, el director de la temible dupla de Los ángeles de Charlie y la ligeramente más estimable Terminator Salvation siempre ha mostrado cierta estima hacia la mezcla de clichés en su vertiente más desenfadada y pop, como lo demuestran las mencionadas adaptaciones de la serie televisiva de los ochenta.
No tenemos nada, o al menos no demasiado, contra la absoluta falta de pretensiones de Esto es la guerra. Pero en esta ocasión es que ni Michael Mann podría haber arreglado el desaguisado, dada la pobreza del guión, la nula química sexual entre los protagonistas, la poca sofisticación del desarrollo. La película no tiene inconveniente en mostrar a los dos machos como un par de cenutrios inmaduros, en explotar la faceta neurótica y despistada de Witherspoon, y autolimitarse, en definitiva, a construir un espectáculo pirotécnico y palomitero al servicio de la fotogenia de su trío de protas. Pero lo hace con un guión que apenas llega al nivel de proyecto y que parece clamar por varias reescrituras y un centrifugado completo, siendo más sorprendente todavía la insuficiente factura formal del producto (atención a los pobres efectos visuales del desenlace) y el desinterés de sus responsables de sacar provecho irónico de las necedades de sus protagonistas. En estas circunstancias, pese a que Chris Pine destile caradura y al atractivo de una Reese Witherspoon condenada a ejercer de simple mujer objeto, el resultado es un show cómico imposible de levantar.
McG nos obsequia de cuando en cuando con algún esforzado plano secuencia que demuestra cierto músculo visual, pero insiste, como en sus filmes anteriores, en considerar la narración cinematográfica como un collage poco depurado, aspecto que esta vez resulta todavía más evidente dado el pobre guión de la película. El autor Simon Kinberg, quien junto a otro par más de guionistas se limita a reproducir la jugada de la algo superior Sr y Sra Smith (obra, de manera casual, de él mismo), no le da ninguna estructura y se limita a acumular ocurrencias irregulares a lo largo de poco más de hora y media. De la comparación con Mentiras Arriesgadas de James Cameron, otra cinta dedicada a parodiar en parte el género de espías desde los mecanismos de la comedia romántica, mejor ni hablamos: la presente ni se le acerca pese a que ambas compartan la estilizada fotografía de Russell Carpenter, sin duda lo mejor de la función. Y cuando lo mejor de la película es la fotografía, pues ya saben lo que pasa.
10 de Marzo de 2012 - 14:30:28 - Juan Manuel González - 1 comentario

Por fin llega a nuestras pantallas John Carter, una costosa producción de aventuras y ciencia ficción producida por Disney, presupuestada en más de 250 millones de dólares, y basada en los relatos escritos por Edgar Rice Burroughs a principios del siglo pasado. La película que ha dirigido Andrew Stanton, realizador salido de la factoría de animación Pixar Studios en lo que significa su salto al cine de acción real (suyas son las fundamentales Wall-E y Buscando a Nemo), ha tenido que pasar por un número incalculable de penurias hasta su estreno, que van desde retrasos en el rodaje, sucesivos remontajes destinados a acortar su duración a poco más de dos horas, y una serie de indescriptibles errores en una campaña de promoción casi invisible, que sin duda, van a dar al traste con las posibilidades comerciales de la odisea.
No obstante, y a pesar de los graves problemas que afectan a la aventura, hay en John Carter suficientes elementos de interés como para no convertir la cinta en la desgracia cinematográfica que se está vendiendo en la prensa. No me entiendan mal: la labor de Stanton, desde luego, no brilla por su intensidad ni personalidad, como tampoco la del lamentable protagonista Taylor Kitsch lo hace por su carisma. Pero lo cierto es que John Carter posee un tono de aventura y ciencia ficción básica, tradicional y familiar que resulta reivindicable para quien esto escribe.
Lo que ocurre es que en John Carter, en efecto, se percibe una notable indecisión por parte de sus responsables a la hora de abordar aspectos fundamentales de la historia, algo que, desde luego, afecta a la fluidez de la misma. Los primeros veinte minutos, en los que asistimos a un prólogo de acción y luego una confusa presentación del héroe, son simplemente un verdadero caos. Stanton opta por introducir al espectador en la compleja trama mediante un prólogo que luego se revela intrascendente, y enlaza con una confusa sección de la historia en la que se presenta al personaje del propio John Carter a través de los ojos de su creador Edgar Rice Burrroghs (una idea tremendamente evocadora, pero completamente inútil en el resultado final), antes de pasar a un flashback en el que por fin vemos en acción al personaje... definido a su vez por un pasado que apenas atisbamos.
Resulta clara desde el principio la incapacidad de los responsables de John Carter de capturar al espectador, de invocar a lo largo de todo su metraje ese sense of wonder, que dirían los norteamericanos, necesario para crear ante nuestros ojos un mundo nuevo, y que resulta un tanto frustrante en una producción de esta escala. Una impresión que no viene tanto del guión –que tampoco es que sea una maravilla, pero que se esfuerza en retratar un mundo complejo y rico como en pocas aventuras recientes, algo que consigue en numerosas ocasiones- como, sobre todo, por un cúmulo de erráticas decisiones de montaje destinadas a acortar la duración de la cinta, y que se superponen a lo que es -efectivamente- un trabajo de dirección bastante rutinario, que nunca logra traspasar la cuarta pared. Stanton, a diferencia de sus películas animadas, en parte por su propia incapacidad y en parte por estas probables injerencias externas del estudio, nunca consigue que empaticemos emocionalmente con el protagonista, de que el armatoste que dirige resulte realmente épico. Algo a lo que no ayuda en absoluto la labor de Taylor Kitsch, cuya cara y cuerpo son más apropiados para un culebrón juvenil que para una odisea de la escala de John Carter.
No obstante, y como decíamos, la película no es el desastre fílmico anunciado. Existe en ella un afán fabulador, una voluntad de entregar un espectáculo de aventuras clásicas de ciencia ficción, tan primitivo y emocionante como la tribu que acoge al protagonista en su aventura marciana. La riqueza del universo imaginado por Rice Burroughs, la sonoridad (muy a lo John Williams) de la partitura clásica de Michael Giacchino, y la riqueza de los fantasiosos efectos visuales, que lucen en pantalla como es debido en una producción del alcance de John Carter, inspiran cierto afecto, y nos instan a imaginar la verdadera película que había dentro de la que finalmente nos ha llegado.
9 de Marzo de 2012 - 09:57:46 - Juan Manuel González - 4 comentarios

Sylvester Stallone ha situado entre sus futuros proyectos una versión norteamericana de No habrá paz para los malvados, el thriller policiaco dirigido por Enrique Urbizu que obtuvo seis premios Goya.
En una entrevista en The Playlist, el actor especula sobre la posibilidad de realizar una nueva entrega de Rambo, que de hacerse ambientaría en México, y también de sus futuros proyectos The Tomb, un thriller que rodará junto a Arnold Schwarzenegger en el que interpreta a un diseñador de prisiones atrapado en un motín, y Bullet to the head, una cinta de acción que ya ha rodado con el director Walter Hill (Límite: 48 horas).
Y entonces señaló otro proyecto de interés que figura en su agenda, y el motivo de nuestro artículo. Stallone, de 66 años, asegura que le ha encantado No habrá paz para los malvados, y que se plantea realizar una adaptación de la película. "Es un filme maravilloso que han hecho en España, ‘No rest for the wicked. Es hardcore, a la manera de Teniente corrupto. Teniente muy corrupto, lo llamamos".
Tal y como recuerda la web, No habrá paz para los malvados ganó los premios la mejor película, mejor actor y mejor guión en los recientes Goya. ¿Interpretará Stallone a la versión yanqui de Santos Trinidad?
9 de Marzo de 2012 - 08:15:37 - Juan Manuel González - 3 comentarios

Los idus de marzo es la cuarta película como realizador de George Clooney, que este año ha debido vivir una gozosa temporada de alabanzas gracias a su nominación al Oscar al mejor actor por el drama Los descendientes. En su faceta de director, Clooney tampoco ha perdido demasiado el tiempo. Los idus de marzo, dirigida, coescrita y coprotagonizada por él, llega después de Confesiones de una mente peligrosa, Buenas noches y buena suerte y la comedia Ella es el partido, cintas con las que el protagonista de Urgencias parece estar siguiendo los pasos de otros actores-directores con los pies más o menos bien puestos en la realidad de su país, ya sea el caso del muy admirado Robert Redford, como también -vamos a arriesgarnos- del mismísimo Clint Eastwood, con el que a priori le podría separar el sesgo ideológico de sus cintas, pero con el que parece compartir el mismo interés por el activismo político.
La acción de Los idus de marzo tiene lugar pocas horas antes del ‘supermartes’ de la campaña del gobernador demócrata Mike Morris (Clooney). Stephen Meyers (Ryan Gosling), es un ambicioso joven que forma parte del equipo del carismático político, y que es consciente del momento trascendental que atraviesa la candidatura. Una llamada telefónica de Tom Duffy, el director de campaña del rival de Morris (un extraordinario, pongan ustedes las mayúsculas, Paul Giamatti), con una inesperada propuesta, desata una cadena de acontecimientos que culminarán en pocas horas, y que pondrán a prueba la resistencia emocional y la lealtad del joven protagonista.
Con Los idus de marzo Clooney parece guiñar el ojo a realizadores como Alan J. Pakula, Sydney Pollack o Mike Nichols, quienes a lo largo de su filmografía han abordado en clave de thriller más o menos desencantado, apasionante o concienciado las decepciones y mentiras de la política trabajando dentro del sistema de estudios de Hollywood. Y lo hace en una cinta algo más naïve de lo que pretende, pero que compensa sus limitaciones gracias al trabajo de su reparto al completo. Los idus de marzo no parece tan interesada en hacer una apología del partido demócrata como por retratar el pathos estadounidense respecto a sus políticos, la imposibilidad de mantener los compromisos ideológicos y personales, y el contraste con el idealismo norteamericano más puro. Clooney lo hace en dos partes que se diferencian entre sí con bastante claridad.
A lo largo de su primera mitad, la mejor del largometraje, el director presenta con soltura a sus personajes y expone con seguridad sus planteamientos, dando cancha a un excelente reparto que sostiene la función con brillantez. La labor de Philip Seymour Hoffman y Paul Giamatti aporta la fuerza que le puede faltar en cierta medida al guión o la dirección, y el propio Clooney vuelve a mostrar una solvencia y carisma incuestionables ante las cámaras, cediendo con generosidad las riendas de la película a Gosling. Los idus de marzo, apoyándose en la habilidad de Clooney para dirigir a sus actores, e introduciendo al espectador en los pormenores de una campaña preelectoral con un equilibrio un tanto distante, pero siempre tremendamente ágil.
Tras un giro de los acontecimientos que transcurre a mitad de metraje, la película pretende sumergirse en aguas más oscuras, y es entonces cuando comienzan los (relativos) problemas. Los idus de marzo nunca pierde toda su legitimidad, pero el cúmulo de acontecimientos pretendidamente oscuros que Clooney acumula en pocos minutos de metraje, pese a estar expuestos con una limpieza narrativa encomiable, no resultan tan escandalosos ni novedosos como el realizador piensa. La película no detona, hemos leído titulares peores demasiado a menudo. Clooney intenta presentar un relato oscuro y tenso, pero los acontecimientos que narra la vuelven más obvia por momentos, y en algún momento incluso recordamos que el filme está basado en una obra teatral, Farraguth North, de Beau Willimon.
No obstante, Los idus de marzo resulta en todo momento sumamente entretenida gracias a la claridad expositiva de Clooney, que impulsa el filme hacia delante sin ninguna demora, y nos recuerda que estamos ante un realizador que podría estar a punto de cristalizar. El protagonista de Los descendientes ya ha mostrado su relevancia en el star-system actoral, y no cabe ninguna duda de que su faceta detrás de las cámaras no es ningún capricho.
7 de Marzo de 2012 - 14:11:29 - Juan Manuel González - 5 comentarios

El filme de aventuras John Carter, dirigido por Andrew Stanton (realizador de Pixar responsable de Wall-E y Buscando a Nemo), se estrena esta semana en EEUU y España. Y ha sido un verdadero quebradero de cabeza para todos sus responsables. La película ha acabado costando mucho más de lo previsto, y se han sucedido varios montajes del filme destinados a recortar su duración que requirieron reanudar el rodaje mucho después de dar por finalizada la filmación. En total, un presupuesto descontrolado hasta los 250 millones de dólares sin contar publicidad, cien más de lo inicialmente presupuestado, pese al desmentido de Stanton.
La prensa se entretiene ahora mismo en especular con su posible fracaso, debido a una campaña publicitaria que ya ha costado cabezas en los pasillos de la casa del ratón, y que arroja perspectivas muy poco optimistas para una producción de estas características. ¿Por qué ha dejado caer Disney John Carter, su producción más costosa del año y que, sin ser ninguna maravilla, anda bien lejos del desastre anunciado por algunos?. Todo apunta en estos momentos a que John Carter podría convertirse en la nueva Waterworld, aquella costosa producción protagonizada por Kevin Costner que pasó a la historia por sus dificultades de producción y su presupuesto descontrolado, más que por sus resultados finales (que tampoco fueron tan desastrosos en lo económico).
Todo comenzó con un artículo de Deadline, en el que un ejecutivo de una 'major' rival comentó a la periodista y azote de los estudios Nikki Finke los desastrosos informes previos que Disney manejaba respecto a la película. Hace un mes, coincidiendo más o menos con el spot de la Superbowl de John Carter, el público al que apelaba la cinta apenas era consciente de que estaba a punto de desembarcar en los cines. El interés en la misma era nulo.
Entre otros errores de bulto, los tráilers y avances presentados durante su promoción no explicaban el argumento de la cinta, basada en relatos de Edgar Rice Burroughs, algo vital para compensar la carencia de estrellas de su reparto. Un error en el que Disney ha insistido en la campaña publicitaria de las últimas semanas. Lo cierto es que, sea como sea, la promoción de la cinta sugiere que en el estudio dieron por perdida la película hace ya tiempo.
En el fondo de toda la cuestión está el cambio de cúpula directiva en Disney, el pasado 2009. En la casa se esfuerzan por atribuir el fracaso al "anterior régimen de Dick Cook" y sacudirse la responsabilidad de lo que parece un fracaso inminente. Cook fue el veterano dirigente de la compañía que autorizó éxitos como la saga Piratas del Caribe o la exitosísima Alicia en el País de las Maravillas, y que fue despedido en 2009, coincidiendo con la incorporación de Marvel a la empresa y la llegada de una nueva era y nuevos objetivos empresariales para la compañía, convertida todavía más que antes en un conglomerado de entidades. Entonces, el mastodóntico proyecto de John Carter , autorizado por un 'dinosaurio' como Cook, ya había recibido la luz verde.
John Carter, a pesar de sus enormes faltas (que dan la impresión de provenir más del montaje que del guión) y un error de cásting lamentable, el de su protagonista Taylor Kitsch, que impide identificarse con todo lo que ocurre en pantalla, no es la película horrible que parece que todo el mundo, ante el silencio de Disney, quiere vender. Pero no tendrá demasiado tiempo para demostrarlo y recaudar los 400 millones necesarios en el mercado doméstico para que no sigan rodando cabezaS en el estudio. Dentro de apenas dos semanas llega Los juegos del hambre, otra producción dirigida al mismo público, más barata y que sí que está despertando el interés previo de los fans. El filme de Stanton lo tiene difícil.

El caso 'Men in Black 3'
Algo similar le ha ocurrido a la tercera y tardía parte de Men in Black, que como saben, fue una de las películas más exitosas de los noventa. Men in Black 3 ha tenido un rodaje caótico y repleto de problemas que han disparado su presupuesto hasta más allá de los 200 millones, y pese a que Sony no maneja -que sepamos- informes catastróficos sobre la posible recepción del filme, su ingente coste hace verdaderamente dificil que la inversión se recupere con el éxito esperado. La película, que vuelve a estar dirigida por Barry Sonnenfeld, se estrena el 25 de mayo en 3D y presenta una trama en el que J (Will Smith) viaja atrás en el tiempo para impedir el asesinato de su compañero K (interpretado por Josh Brolin y Tommy Lee Jones en las dos edades).
Ya desde el principio, Will Smith expresó sus reservas respecto al guión de Men in Black 3, descontento que se extendió a lo largo de un rodaje problemático en todas sus facetas. La película comenzó a filmarse sin guión, o con sólo su primer acto escrito, ya que el estudio deseaba empezar a rodar en Nueva York cuanto antes mejor y beneficiarse de un descuento del 30% en impuestos que estaba a punto de caducar en 2010. Tantas fueron las prisas, que se comenzó sin tener fecha de estreno prevista, como suele ser habitual en estos casos.
Para compensar la premura, Sony previó un parón en el rodaje entre diciembre de ese año y febrero de 2011, durante el cual el libreto sería completado. No fue así debido al descontento de todos, y ante los nuevos retrasos, se sustituyó al guionista Etan Cohen por el prestigioso David Koepp, que fue escribiendo el mismo según se filmaban las escenas, y que ha calificado la experiencia con Sonnenfeld, Smith y el productor Walter F. Parkes de verdaderamente infernal.
Todo ello entre nuevos retrasos, cada uno de los cuales costaba millones, probablemente los mismos que Sony se había ahorrado por empezar a rodar antes de que acabase 2010. El estudio había perdido el control de la película, en la cual nadie tenía demasiada idea de qué contar, desde antes de que comenzase a filmarse un solo plano.
En medio de todo, la omnipresencia de Will Smith -uno de los requerimientos del actor para hacer la secuela era acumular aún más protagonismo: fíjense en el tráiler de promoción-, la desidia de Tommy Lee Jones, y la sensación de ya visto que deja una secuela tardía. El alto presupuesto hará que Men in Black 3 tarde más de lo debido en dar beneficios a sus responsables.
4 de Marzo de 2012 - 14:51:06 - Juan Manuel González - 2 comentarios

Luces rojas es el tercer largometraje de Rodrigo Cortés, quien hace apenas un año sorprendió a la comunidad cinematográfica y al público con la arriesgada y espléndida Buried (Enterrado). En esta ocasión, sin embargo, el realizador orensano, firmante también del guión y el montaje de una película, no ha logrado el mismo consenso que con su segunda película. Si bien Luces rojas nos ayuda a recuperar la fe en el cine español gracias –de nuevo- a esa nueva generación de realizadores de género a la que pertenece Cortés, la película naufraga debido a un exceso no exactamente de pretensiones, sino más bien de intenciones.
La película sigue a la profesora Margaret Matheson (Sigourney Weaver) y su ayudante Tom Buckley (Cillian Murphy) en su labor de estudio y desenmascaramiento de distintos fraudes paranormales. Dos profesionales aparentemente escépticos cuyas creencias y amistad será puesta a prueba con la reaparición de Simon Silver (Robert de Niro), un legendario prestidigitador y mentalista de intenciones desconocidas, pero probablemente aviesas.
En Luces Rojas, la necesidad de presentar los hechos como un constante acto de prestidigitación acaba pasando factura a la película, sobre todo a lo largo de un desenlace que naufraga en sus pretensiones de intensidad y trascendencia. Cortés se esfuerza tanto en sorprendernos que, ya la segunda mitad del filme, se olvida de cogernos de la mano y simplemente narrarnos la historia. Nada de esto tendría importancia, o al menos demasiada –Brian De Palma nos lo ha demostrado en un par de ocasiones-, si el dilema que plantea Luces Rojas resultara verdaderamente interesante, si la cinta consiguiera introducirnos en el debate de fondo entre ciencia y parapsicología, entre racionalismo y fe, verdad o mentira, como lo hizo en su momento Zemeckis con Contact –salvando las mil distancias entre ambos largometrajes-, o como Christopher Nolan en El truco final, una referencia más cercana a los procedimientos de Cortés.
Pero lo cierto es que la película no llega a recuperar las buenas impresiones que genera su excelente primer tercio, en el que Cortés todavía se beneficia de la labor de una espléndida Sigourney Weaver y del cúmulo de sugerentes propuestas y pistas falsas que va diseminando a lo largo de la cinta.
La contrariedad que habita en Luces Rojas es que es precisamente esa importancia, la que le da Cortés a los hechos que presenta, la que otorga a la película todo su atractivo. Pese a que el realizador gallego nunca tiene claro si lo suyo es el puro juego o verdaderamente adentrarse en las cuestiones que plantea, la puesta en escena que despliega por el camino es brillante más allá de toda medida, y gracias a ella es capaz de dar interés por sí misma –pero no en relación al conjunto- a cada una de las secuencias que componen la cinta. Las interpretaciones que obtiene de su acertado elenco no le andan a la zaga, y en general todo desprende la impresión de que estamos ante una producción tremendamente costosa –pese a haber sido rodada con poco más de diez millones de dólares- llevada a cabo por un realizador absolutamente convencido de lo que cuenta.
Cortés se confirma, por tercera vez consecutiva, como un director capaz de armar una puesta en escena impresionante y todo lo que se proponga, pero a quien le ha faltado, quizá, un coguionista que aglutinase el cúmulo de ideas estimulantes que disemina a lo largo de su guión. Luces Rojas es una cinta histriónica, incoherente y creo que fallida, pero sería injusto no mencionar la explosiva, apabullante y entretenida concepción del artificio de Cortés, una capacidad que lo debería aupar al Olimpo de realizadores españoles en Hollywood... si es lo que él desea. Posibilidad de elegir, desde luego, no le va a faltar.
3 de Marzo de 2012 - 13:29:35 - Juan Manuel González - 4 comentarios

Cuando hace más de una década se estrenó El proyecto de la bruja de Blair, pocos se planteaban siquiera que un filme de terror narrado cámara doméstica en mano, y sometido a una perspectiva subjetiva, pudiera triunfar en la taquilla. Ni que decir tiene que eso fue precisamente lo que ocurrió, y que la técnica del 'found footage' o material encontrado -como se llamó aquel estilo de falso documental- acabó filtrándose con el tiempo a otros géneros que no fueran el de puro miedo, como fue en el caso de la ciencia ficción en Monstruoso, la inminente comedia Project X, o la que ahora nos ocupa, Chronicle, un relato que encaja en los márgenes del género superheroico y en el que una pandilla de jóvenes de una población rural de Seattle adquiere poderes tras un descubrimiento inesperado.
La película supone el debut en la dirección de Josh Trank, cuyo nombre, al margen de las opiniones que pueda despertar Chronicle, será uno a tener muy en cuenta en un futuro cercano. El guión es obra de Max Landis, hijo del realizador de Un hombre lobo americano en Londres, Desmadre a la americana, The Blues Brothers o el famoso videoclip Thriller, de Michael Jackson. De su progenitor, prematuramente defenestrado en la industria del cine por razones que no vienen a cuento (otra cosa fue su prematura deriva artística, que también), Landis parece haber heredado cierto talento a la hora de hibridar géneros aparentemente opuestos de una manera orgánica y natural, ahondando en sus contradicciones con atrevimiento y sentido del humor.
Chronicle empieza por eso de forma tremendamente dramática, implicándonos en el fracaso escolar y el maltrato familiar de un adolescente marginado, aprovechando la figura de la cámara en mano para introducir al espectador de manera directa en la tragedia doméstica de su protagonista. En este primer tercio de película Trank y Landis definen en cuatro trazos a su trío protagonista según los estándares del género de la comedia adolescente americana, mostrando –a la vez- el drama del abandono de manera inesperadamente cruda, e introduciendo el tema fantástico de forma súbita, casi como válvula de escape a una tragedia griega que se palpa, que parece respirarse en el aire de la América Profunda. A lo largo de esa primera mitad de la breve cinta, Trank entiende perfectamente la técnica que utiliza, y la explota con seguridad sin despreciar las bondades de una puesta en escena más, digamos, convencional (la manera de excusar los movimientos de cámara gracias a la telequinesis del protagonista es, simplemente, brillante), aportando una nueva perspectiva a un modelo de historia ya conocido por el público a través de las sucesivas adaptaciones de cómic que se han venido estrenando en la última década.
No obstante, y a medida que se despliega el argumento y se dibuja la creación de un héroe y un villano, Chronicle se debilita debido a las limitaciones de su propia apuesta creativa. Sin revelar nada sobre su desarrollo, en su giro de tuerca, Trank se ve obligado a recurrir a múltiples cámaras para enmarcar la acción y aproximar la puesta en escena a la de un relato más convencional, lo que en ocasiones puede desafiar la credulidad del espectador. Chronicle depende entonces de la decisión de éste de creer o no en la apuesta visual de sus creadores. Un servidor lo hizo, gracias al cúmulo de recursos magistrales de su primera mitad, a su fresca exploración del fantástico como escape de la mediocre realidad, a la tragedia y vulnerabilidad (un tanto manipuladora) que desprende la interpretación de Dane Dehaan, y por qué no, a la tremenda habilidad de su director –que apenas cuenta 26 años- en manejar los resortes de una superproducción... con apenas 12 millones de dólares de presupuesto. Chronicle, con sus evidentes e innegables defectos, no es un mero derivado de una cinta de superhéroes -es demasiado inquietante como para ser realmente épica-, sino una muestra seria, fresca y tremendamente entretenida de buen cine juvenil y fantástico.
2 de Marzo de 2012 - 09:19:32 - Juan Manuel González - 1 comentario

Con Indomable (Haywire) el director norteamericano Steven Soderbergh trata de abordar el cine de acción desde una nueva perspectiva. Y si revisamos la trayectoria del realizador responsable de Sexo, mentiras y cintas de vídeo, considerada la primera cinta del moderno cine independiente norteamericano, o de la exitosa trilogía de Ocean’s Eleven, podemos imaginarnos lo que esto significa.
El estilo visual y narrativo de Soderbergh, siempre depurado y frío, áspero pero sofisticado, proporciona a Indomable (Haywire) un aspecto ciertamente diferente al que realizadores como Paul Greengrass, responsable de las dos últimas películas de la saga Bourne (de las que bebe, y mucho, Indomable), o incluso el siempre denostado pero tremendamente influyente Michael Bay, hubieran proporcionado a la historia de Mallory Kane, una asesina a sueldo traicionada por sus empleadores.
Lo cierto es que el sucinto guión de Lem Dobbs podría resumirse en apenas unas líneas. En este sentido, Indomable (Haywire) no dista demasiado de cualquier producto protagonizado por Jean Claude Van Damme en la década de los noventa, las producciones actuales de EuropaCorp de Luc Besson, o incluso, de la aparente sencillez de la serie de películas protagonizadas por Matt Damon. Soderbergh aplica, eso sí, un particular estilo visual a las escenas de acción que proporciona a Indomable (Haywire) sus mejores momentos, su nota de autor característica.
Los ángulos de cámara, la ausencia de movimientos innecesarios, y un montaje calmado y sin demasiados cortes, retratan con limpieza cada golpe y cada movimiento de los contendientes. Soderbergh parece rechazar el artificio del género y despoja al mismo de sus elementos más pirotécnicos, aplicando una sensibilidad casi chill out tanto a la acción como a los interludios dramáticos, dejando que un extenso plantel de estrellas decoren la cinta en papeles secundarios, en lo que ya es uno de sus rasgos de autor característicos. Soderbergh, quien también ejerce de director de fotografía (bajo el pseudónimo de Peter Andrews), posee un innegable y a menudo magistral olfato visual, y en Indomable muestra también una espléndida faceta de núcleos urbanos europeos y estadounidenses en los que se desarrolla la acción, algo que acaba resultando la razón de ser de la película.
Y digo razón de ser porque el problema de Indomable es que la sofisticada aspereza de Soderbergh, ésa que ayudó a convertir a la reciente Contagio, o la anterior Traffic, en dos buenas películas, aquí se transforma en puro y duro desinterés. El realizador de Erin Brockovich nunca busca generar intriga o inquietud (salvo en un excelente plano secuencia previo a la persecución de Dublín), y tampoco pretende en ningún momento que el espectador comparta las motivaciones de su protagonista, interpretada por la especialista en artes marciales Gina Carano, cuyos recursos como actriz se limitan recitar sus diálogos en un tono entre entre sexual y amenazante.
Todo ello, y el tono distante que le imprime el realizador, provoca que la odisea de venganza de la protagonista, que va liquidando sin demasiado esfuerzo a la mitad de estrellas que decoran el reparto de la cinta (destacando, por cierto, la labor de Antonio Banderas), carezca absolutamente de tensión y de dramatismo. Indomable (Haywire) sólo puede ser el último grito en cine de acción para todos aquellos que jamás han amado el género, que lo consideran menor por naturaleza y que sólo pueden hacerlo detrás de coartadas intelectuales. Eso no es sofisticación. Se llama displicencia.