26 de Febrero de 2012 - 13:04:48 - Juan Manuel González - 1 comentario

The Artist allana –aún más- su camino triunfal hacia los Óscar. La película de Michel Hazanavicius está viviendo un fin de semana de órdago, y lo que le queda. Después de arrasar en los César franceses con seis premios, incluyendo mejor película y director, le tocó el turno a los Independent Spirit Awards, los premios del cine al margen de los grandes estudios que concede el grupo Film Independent.
La gala del cine indie, que tuvo lugar en Los Angeles y estuvo presentada por Seth Rogen (Lío embarazoso, The Green Hornet), concedió a la película francesa y muda los premios de mejor película, director, fotografía y actor (Jean Dujardin). Hazanavicius llegó a la gala por los pelos, al contrario que el resto del equipo, que no pudo llegar a tiempo a Los Angeles después del baño de calor de los César.
El cine alternativo USA coincide con los criterios de la gran industria –tampoco es la primera vez que ocurre- y otorga su beneplácito a la misma película que en unas horas arrasará en la alfombra roja de los Oscar. Sus competidoras –todas ellas excelentes- eran Los descendientes, Drive, Beginners y Take Shelter.
La segunda gran favorita era Take Shelter, de Jeff Nichols (estreno en España: 4 de abril), en la que Michael Shannon encarna a un padre de familia con visiones apocalípticas, y que quedó en absoluto segundo plano. Lo mismo le ocurrió a Los descendientes, de Alexander Payne, que también forma parte del grupo de favoritas para la ceremonia de los Oscar. El drama protagonizado por George Clooney tuvo que conformarse con los galardones al mejor guión y mejor actriz secundaria (Shailene Woodley), por lo que un hipotético triunfo en los Óscar se antoja cada vez más lejano.
El premio a la mejor actriz fue para Michelle Williams por Mi semana con Marilyn, una producción británica presentada por el norteamericano Harvey Weinstein, el tiburón de Miramax -ahora The Weinstein Company- que también ha apadrinado el estreno en EEUU de, precisamente, The Artist. Weinstein va a ser, de nuevo, el verdadero ganador de esta temporada de premios.
Margin Call tampoco se fue de vacío: el thriller dramático sobre la quiebra de Wall Street, se ha llevado los premios al mejor elenco y mejor director debutante, J.C. Chandor. Chandor, por cierto opta a la presea al mejor guión original en el teatro Kodak, esta misma noche.
Christopher Plummer sigue arrasando en la pretemporada del Óscar con Beginners (Principantes), premio que recibe a los 82 años. La vitalidad de Plummer está fuera de toda duda: este año también ha estado presente en Millenium, de David Fincher.
El galardón al mejor guión fue para el drama 50/50, que el propio presentador Seth Rogen protagoniza junto a Joseph Gordon-Levitt. Por último, la iraní Nader y Simín, una separación, otra de las ganadoras seguras del Óscar, fue la indiscutible mejor película extranjera. El cuadro lo completó el mejor documental, que fue The interrupters, de Steve James.
Aquí tienen el discurso del presentador Seth Rogen, que pueden transcribir en inglés mediante la opción 'closed caption' del propio Youtube.
25 de Febrero de 2012 - 15:13:30 - Juan Manuel González - 5 comentarios

Mi semana con Marilyn rememora en clave de comedia dramática la figura de la mítica actriz Marilyn Monroe, que en 1957 se desplazó a Reino Unido para rodar la que fue su gran aventura británica, la comedia El Príncipe y la Corista, dirigida y protagonizada por el no menos legendario Laurence Olivier. La película, no obstante, aborda el símbolo a través de los ojos del joven aristócrata Colin Clark, personaje real interpretado en el filme por Eddie Redmayne, que a finales de los cincuenta era apenas un joven ayudante de producción que, fruto de la casualidad o el destino, tuvo el privilegio de poder acercarse y conocer, durante un breve período de tiempo, a la persona tras el icono, a la mujer que sustentaba la estrella de cine.
La película dirigida por el británico Simon Curtis está, por eso, basada en los dos libros de memorias escritos por el propio Clark, quien –por cierto- acabaría convirtiéndose años después en uno de los más prestigiosos documentalistas del cine británico. Antes de fallecer en 2002, Clark escribió los dos volúmenes The Prince, The Showgirl and Me y My Week with Marilyn, en cuyo contenido se arma el guión de Adrian Hodges, y por tanto, la totalidad de la –voy a decirlo ya- agradabilísima película de Curtis. El punto de vista del jovencísimo aprendiz da a Mi semana con Marilyn ese seductor tono de comedia de iniciación personal, entre ligera y nostálgica, nunca demasiado dramática, dedicada a rememorar de forma amable y emotiva la figura de Marilyn, más que analizar de forma densa y presuntuosa la personalidad de la estrella.
Sin embargo, y permítanme una breve digresión, hay otra figura que resume y explica a la perfección lo que es la película de Curtis. Mi semana con Marilyn es una producción del magnate hollywoodiense Harvey Weinstein, responsable de títulos como El Paciente Inglés, Shakespeare in Love y El discurso del Rey y, por tanto, un verdadero experto en confeccionar películas con ese calculador y artístico equilibrio entre prestigio y comercialidad que tanto seduce a la Academia de Hollywood y que -por cierto- también posee la bonita comedia francesa The Artist, no por casualidad distribuida y vendida en EEUU por el propio Weinstein.
Si perciben cierto aura de frustración con ese tono convencional y prudente que destila Mi semana con Marilyn... es que lo hay. No obstante, y en la otra cara de la misma moneda, la cinta está servida tal dosis de equilibrio entre sentimiento y puro compromiso británico, que esa levedad acaba resultando en una experiencia positiva. Simon Curtis, hasta ahora realizador televisivo, somete cualquier rasgo de estilo visual al guión, la excelente labor de casi todo su reparto, y una soberbia pero tremendamente sobria recreación de época, acercando la cinta protagonizada por unos espléndidos Michelle Williams y Kenneth Branagh (que interpreta a Olivier con respeto y timing cómico) a los resultados que podría arrojar cualquier brillante teleserie de la BBC. No obstante, encuentra su mayor aliado en la labor de la actriz norteamericana, que a sus 31 años ya ha sido nominada al Oscar en tres ocasiones, y cuyo trabajo resulta en este sentido simplemente brillante: pese a carecer de la voluptuosidad y la inigualable presencia de Marilyn Monroe, Williams coge el tono del personaje y la persona que pudo existir tras él con un realismo y humanidad merecedores de cualquier elogio.
Eso no quiere decir que Mi semana con Marilyn renuncie a ciertos rasgos dramáticos para dar profundidad y cierta tragedia a la acción, más bien al contrario. Pero bien es cierto que lo hace sin mortificar al espectador con un sesudo análisis de sus personajes. Mi semana con Marilyn es un filme ligero, a veces demasiado, pero pese al escaso riesgo de la puesta en escena de Curtis, resulta una agradable y sólida película, que no renuncia a mostrar los claroscuros del icono, y que se balancea con melancolía y humor entre el biopic y la comedia dramática y romántica sin tomar demasiados atajos.
24 de Febrero de 2012 - 09:46:27 - Juan Manuel González - 5 comentarios

Recuerdo asistir al saturado pase de prensa de La invención de Hugo hace cosa de un mes, imbuido de un moderado entusiasmo. Promocionada como la primera película infantil y en 3D de su realizador, Martin Scorsese, la mezcla de esos dos factores se anticipaba tan extravagante como prometedora. Ahora, la película llega a nuestras pantallas, de manera nada casual, el mismo fin de semana en los que se celebran los Oscar de Hollywood, una gala en la que todas las apuestas apuntan a que The Artist batirá no sólo a la presente cinta, sino también al más modesto drama familar Los descendientes. Mi entusiasmo por La invención de Hugo, debo decir, no ha disminuido con el paso de las semanas.
Tanto la cinta de Scorsese como The Artist coinciden en su apuesta por recordar y reivindicar el cine como artefacto primigenio para encarnar sueños, enlazar con nuestra memoria colectiva y emocionar al personal. En el proceso, el realizador demuestra, como era de esperar, que domina los resortes de una aventura familiar e infantil más o menos arquetípica, un género que aborda por primera vez en toda su carrera. En La invención de Hugo hay un huérfano, un misterio y una historia que de manera episódica adquiere tintes aventureros, y que complacerá a un público mayoritario (lo que no equivale a decir sin gusto). El tono es amable e incluso sentimental, apto para todos los públicos, sin que el pastel llegue a dominar el tono general de la aventura. No obstante, a medida que la ésta avanza, crece en intensidad y densidad, y se aproxima progresivamente a lo que le realmente le importa al realizador neoyorquino, que es en primer lugar servir en bandeja un homenaje al cine de Georges Méliès y a su legado cinematográfico, y en segundo -y casi diríamos que sobre todo- hacerlo bajo un prisma marcadamente simbólico, autobiográfico, y necesariamente personal.
Claro, que todo esto el director de Inflitrados o Taxi Driver lo logra encadenando secuencias brillantes tanto por su componente de puro espectáculo como por la hondura que aparejan. En los diez primeros minutos de película, y antes de que su título aparezca impresionado en la pantalla, La invención de Hugo sorprende al espectador con un largo prólogo que sólo puede ser calificado de cautivador, trepidante y emotivo. La cámara de Scorsese sigue a Hugo en su búsqueda de historias que mirar, y se introduce entonces en cada recoveco del escenario, pasando a través de nubes de humo y vapor, captando de manera preciosista hasta la última mota de polvo flotando en el ambiente, y sobrevolando rápidamente la estación parisina en la que se desarrolla casi la totalidad de la acción. Sin embargo, no hay en ella rastros de histeria o saturación pese a la eficaz tridimensionalidad de sus imágenes. La pasión y la melancolía con las que Scorsese impregna la fábula, su exuberancia visual, cristalizan después en una narrativa serena y firme, repleta de una simbología erudita, en la que Scorsese trenza realidad y ficción, nos introduce en un sueño infantil que parece ser el suyo propio.
La invención de Hugo, pese representar un cambio de género inesperado en su autor, lleva la marca de éste por los cuatro costados. Scorsese somete el género a sus propios dictados, y no viceversa, y con ello le inyecta una necesaria dosis de autoestima. Y al igual que en el resto de su obra, el director se sirve de manera apasionada de cada uno de los elementos cinematográficos a su alcance para, de alguna manera, convertir el cine en una experiencia vital estimulante en lo sensorial y lo intelectual. La fotografía de Robert Richardson, el montaje de Thelma Schoonmaker, el diseño de producción de Dante Ferretti o la música de Howard Shore, todos ellos colaboradores habituales del autor, convierten La invención de Hugo en un sueño impreso en celuloide y píxel, y sobre todo, en un espectáculo cinematográfico de primer orden. El realizador dosifica con acierto las apariciones de los numerosos personajes secundarios (destacando un Sacha Baron Cohen más comedido que de costumbre, tanto por la interpretación del actor como por el tratamiento que le dispensa el guión de John Logan), y con ello inyecta a la historia original las digresiones habituales en su cine, que acaban enlazándose, como también es habitual en él, de manera muy habilidosa. La invención de Hugo es una película destinada a perdurar, y que probablemente es lo mejorcito que ha filmado su realizador en bastantes años.
23 de Febrero de 2012 - 10:12:20 - Juan Manuel González - 16 comentarios

El próximo domingo, la alfombra roja se desplegará ante el Kodak Theatre, o como se vaya a llamar ahora, en una competición en la que el trío formado por las nostálgicas The Artist y La invención de Hugo, y el drama Los descendientes, llegan con más posibilidades para llevarse la presea a la mejor película.
Tanto en Libertad Digital como en esRadio nos volcaremos con la cobertura de la 84 ceremonia. Estén muy atentos al diario, ya que pronto les daremos las claves de lo que será lo que hemos denominado la ‘Noche de las estrellas’, una peculiar iniciativa que -estamos seguros- les va a divertir.
Lo cierto es que la película del francés Michel Hazanavicius tiene superado el que siempre ha sido su principal inconveniente –precisamente, el ser francesa- y crecer más según pasan los días. Pese a que La invención de Hugo parte con mayor número de nominaciones, nada menos que once, muchas de ellas pertenecen a categorías técnicas que se le escapan a la que es la tercera en discordia, Los descendientes. Pero en el fondo, lo cierto es que la cinta muda, con sus diez opciones, es una rival fuerte en las principales categorías artísticas para ambas, y de hecho también figura en bastantes de las puramente técnicas. Parece ser que The Artist se convertirá en la primera europea en ganar el Oscar a la mejor película, pese a ser claramente inferior a sus dos principales rivales.
Hazanavicius ha arrasado en los premios de los distintos gremios y colectivos críticos, destacando el del Directors Guild of America, y es el auténtico rival a batir por las cintas norteamericanas de Martin Scorsese y Alexander Payne. A su lado, las demás opciones (Moneyball, War Horse, El árbol de la vida, Midnight in Paris, Criadas y Señoras y sobre todo Tan fuerte, tan cerca) parecen perder empaque.
Tanto The Artist como La invención de Hugo apelan, con distintos procedimientos, a la nostalgia de los académicos. Vivimos un momento bisagra, en el que la industria debe adaptarse a marchas forzadas a cambios sistemáticos en todos sus órdenes, forzada por los nuevos modos de consumo cinematográfico, la crisis y la piratería. En este contexto, de crisis o cambio -llamémoslo como queramos- la Academia parece mirar hacia atrás y guiñarse el ojo a sí misma, con dos cintas que miran con cariño y admiración los orígenes del cine, si bien una de forma más profunda que la otra (y si me leen habitualmente, sabrán perfectamente a cual me refiero…).
El filme infantil y en 3D dirigido por Martin Scorsese parte con una desventaja que podría resultar fundamental. Pese a que se trata, unánimemente, de una de sus mejores películas, lo cierto es el cineasta neoyorquino fue premiado en 2006 por su (inferior) thriller criminal Infiltrados, después de muchas, muchas nominaciones sin premio. Los descendientes, con un número menor de opciones que las dos anteriores (al no optar a numerosas categorías técnicas), podría irse de vacío o casi, siendo sus principales armas la categoría de mejor actor principal (George Clooney) y mejor guión adaptado. El recientísimo premio del Gremio de Guionistas para el filme de Alexander Payne podría darle renovadas esperanzas en esta última categoría, si se lo permite su gran rival, el también excelente libreto de El Topo, adaptado del libro de John LeCarré, que se entregaría al matrimonio formado por Peter Straughan y Bridget O’Connor, a ésta última a título póstumo.

A estas alturas es casi indiscutible que la iraní Nader y Simin. Una separación se llevará la estatuilla a la mejor película extranjera, y más después de la decisión de la Academia española de enviar Pan Negro, y no La piel que habito, a competir en esa categoría… y no superar el corte. La tensa relación política con Irán, la crítica que el filme dedica al régimen de los Ayatolás, y la dura situación de los cineastas iraníes, cuya libertad de expresión está siendo sistemáticamente cercenada, podrían acabar de decantar el criterio de los académicos hacia la cinta de Asghar Farhadi, que pese a su procedencia, resulta relativamente fácil de consumir para los miembros de la institución. Sólo la polaca Agnieszka Holland, perfectamente afincada en la televisión estadounidense, se lo podría disputar con In Darkness.
La carrera final por la estatuilla al mejor actor queda entre Jean Dujardin (The Artist) y George Clooney (Los descendientes). El que fue protagonista de Urgencias tiene ya un Oscar al mejor secundario por Syriana, y la pujanza de la inevitable The Artist parece despejar un tanto el camino al francés. No habría que descartar, de todas formas, una sorpresa en esta categoría, como tampoco en su vertiente femenina. Porque -atención- existen posibilidades de que uno de los premios considerados seguros de la noche, el de Meryl Streep por La Dama de Hierro, pueda desvanecerse ante la interpretación de Viola Davis en Criadas y Señoras. El premio -y aquí hago mi inevitable comentario personal, debería ir a Clooney y Streep.
En cuanto a actor de reparto, parece igual de claro que Christopher Plummer se llevará el Oscar por su papel de anciano homosexual en la estupenda Beginners. Albert Brooks, hay que recordarlo, hubiera sido su único rival posible por su interpretación en Drive. Pero como no fue nominado, el premio al veterano actor está casi garantizado. Algo más difícil de dilucidar está la de mejor actriz secundaria, donde compite Jessica Chastain contra su compañera Octavia Spencer, ambas por Criadas y Señoras. En esta categoría el filme de Tate Marshall, que ya ha tenido la recompensa de su éxito mayúsculo, podría encontrar el respaldo de los académicos, y por eso mismo la segunda tiene la estatuilla casi asegurada.

Respecto a la categoría de mejor filme animado, hay que volver a destacar la ausencia de Pixar Animation tras el fracaso crítico de Cars 2. Dada la mediocridad de las olvidables Kung Fu Panda 2 y El Gato con Botas, inexplicablemente nominadas, el dilema queda entre la estrafalaria Rango y la española Chico & Rita, de Trueba y Mariscal. La Academia se decantará probablemente por la chocante, original y algo irregular historia del camaleón interpretado por Johnny Depp.
Tras el disgusto que nos llevamos bastantes por la ausencia de Drive en la mayoría de categorías técnicas (sólo figura en montaje de sonido), la exquisita factura de La invención de Hugo podría garantizar su cuota de premios en este área. The Artist será de nuevo el duro moscón que tendrán que vencer profesionales como la montadora Thelma Schoonmaker o el diseñador de producción Dante Spinotti, todos ellos colaboradores habituales de Scorsese. Personalmente no daría mucho por Millenium, el filme de David Fincher, uno de los perdedores del año pasado por La Red Social, y un cineasta todavía demasiado ajeno a los gustos de la Academia.
Una última mención sobre la presencia española en la gala, dejando de lado el que es el gran éxito de Mediapro en Hollywood, Midnight in Paris, y la presencia de Fernando Trueba y su filme animado. Me refiero a la candidatura de Alberto Iglesias, nominado a la mejor banda sonora por tercera vez por su labor en El Topo, y enfrentado a la doble candidatura de John Williams y a la segura victoria de -de nuevo- The artist.
¿Quién ganará?
La madrugada del domingo al lunes todas las incógnitas se despejarán. Tampoco es que haya demasiadas: The Artist se hará con las principales estatuillas, pese a no estar a la altura de sus rivales. La Academia norteamericana parece seducida por la bonita película de Hazanavicius, y sobre todo, halagada por los piropos al cine norteamericano de quien, al fin y al cabo, no deja de ser un representante del cine europeo. Todo indica que a los académicos les ha subido la moral el sentimental ardid de buenas intenciones que ha tejido la eficaz película francesa, y que ignorarán dos buenos filmes como los de Scorsese y Payne. Pese a ello, y al excesivo reconocimiento a intrascendencias como Criadas y Señoras y Midnight in Paris, lo cierto es que este año hay cine para dar y tomar. Qué se le va a hacer, son cosas de los premios...
19 de Febrero de 2012 - 15:32:00 - Juan Manuel González - 2 comentarios

Young Adult se presentó en las carteleras americanas como la nueva reunión de los creadores de la celebrada Juno, la guionista Diablo Cody (galardonada con el Oscar por aquella) y el director Jason Reitman. Mientras que ella afronta aquí una especie de examen final tras la nefasta recepción de su filme de terror, la h-o-r-r-e-n-d-a Jennifer’s Body, Reitman anda camino de convertirse en uno de los principales directores de cierta esfera más o menos independiente (llámese como se quiera) que, como Alexander Payne (Los descendientes), consigue que sus comedias dramáticas, o dramas cómicos, se sitúen tanto en las preferencias de un público pretendidamente refinado como de los académicos de Hollywood.
Ironías de la vida, Young Adult, pese a la buena recepción crítica general, no consiguió finalmente el respaldo (ni de público, ni de premios) de la mencionada Juno, cuyos méritos se apoyaban demasiado, quizá, en la altura de su mensaje y la ironía de unos diálogos deliberadamente autoconscientes. No deja de ser una pena, puesto que Young Adult me parece superior: no sólo refina los méritos de ésta cinta y oculta en cierta medida sus defectos, proponiendo al espectador un viaje con más niveles de lo que su simple premisa -y aún más sencillo desarrollo- podrían dar a entender, sino que significa un claro paso adelante en la carrera de una guionista que parece aquí madurar su discurso con toques indisimuladamente oscuros, y me atrevo a decir que autobiográficos.
Mavis Gary (Charlize Theron) es una escritora de libros para niños (cuya denominación genérica en inglés da título a la película) que, en un momento de crisis personal, decide volver a su pueblo natal para revivir sus días de gloria e intentar recuperar a su primer amor del instituto. A la extravagante y cruel Mavis le importa poco que éste esté casado y con un bebé recién nacido a sus espaldas. Allí se encontrará con un compañero de clase minusválido con el que compartirá borracheras mientras traza su plan de conquista...
Naturalmente y antes que nada, Young Adult no sería nada sin la excelente composición de Charlize Theron, una actriz que ya hace tiempo que ha conseguido alejarse de la condición de maniquí para los grandes estudios y que no necesita demostrar nada. Theron, por cierto, no ha sido contemplada por la Academia en la categoría de Oscar a la mejor actriz, testimonio de la relativa decepción que ha provocado la cinta de Reitman.
Young Adult no es mejor por ser más amarga de lo esperado, pero lo cierto es que según avanza su breve metraje y profundiza en ese registro, la película crece. En menos de noventa minutos Reitman y Cody reubican a la consentida heroína, sus gracias y sus extravagancias, en un mundo crecientemente hostil, adornado en todo momento por los afilados diálogos marca de la casa de su guionista.
Lo que en principio podría parecer una evidente manipulación, la de identificar lo rural con lo bueno, lo urbano con la degradación moral, pronto va adoptando matices grises mucho interesantes a medida que nos introducimos en los rituales de Mavis. Young Adult trasciende las limitaciones de la historia: comienza con un retorno físico al hogar que en realidad es un mero bosquejo del verdadero viaje de la desagradable heroína, y cuya conclusión se nos escapa casi tanto como a ella.
Cody no pone sólo en la picota la cultura del éxito –esas franquicias de carretera...-, ni se chotea del cateto rural de la América Profunda. Su objetivo es poner en duda a la propia protagonista hasta sus últimas consecuencias. El perturbador instante final de ésta contemplando los efectos de su última borrachera, y que contrasta con el triunfal discurso de la voz en off de la propia Mavis, da fe de la angustia, patetismo, soledad y de una mentira muy dificil de esquivar. Por mucho que Up in the air siga siendo lo mejor de Reitman, Young Adult se erige sin dificultades como el cénit de lo escrito por Diablo Cody.
18 de Febrero de 2012 - 22:02:34 - Juan Manuel González - 4 comentarios

Hace casi un año, el presidente en funciones de la Academia de Cine, el bilbaíno Álex de la Iglesia, salió al estrado de la gala de los Goya dispuesto a leer un discurso tan polémico como de difícil asimilación para la industria. El realizador de La chispa de la vida, contrario a la ley Sinde, era bien consciente de ello, pero no importaba. Nada le impidió enunciarlo con brillantez.
Era el testamento de un presidente que intentó acercar posturas en la peor tormenta imaginable. Un poco más abajo, en la platea del madrileño Teatro Real, Ángeles González Sinde encajaba con cara de póker las puyas del realizador. La ínclita ley antipiratería, el poco escrúpulo de su política de subvenciones, había levantado en armas a los internautas españoles.
Fuera del auditorio, el colectivo Anonymous, atibuyéndose a sí mismo el cargo de representante de los navegantes, y armado con máscaras, huevos y muchas ganas de hacer ruido, metió en aprietos a la comunidad cinematográfica reivindicando el final de lo que denominaban "mordaza digital". Fue suficiente para dinamitar la alfombra roja de la gala.
Hace menos de un mes, encendido por el finiquito a Megaupload, el colectivo dio a conocer públicamente información personal y privada del ministro de Cultura, José Ignacio Wert, su hermano y también la exministra González-Sinde, parte de su familia y otras personalidades del sector cinematográfico. Este año, la presencia de Anonymous ha sido más limitada. La amenaza, de todas formas, está ahí.
Todo hace pensar, sin embargo, que el cine español buscará el titular en Almodóvar, que recupera sus relaciones con la Academia después de escenificar una reconciliación, la del año pasado, que como siempre parece esconder una amenaza velada, pendiente de materializarse si La piel que habito no resulta una ganadora más o menos clara.
La enésima ley
El siguiente presidente al frente de la Academia, el productor Enrique González Macho, se ha revelado como una opción con un perfil mediático más bajo que su predecesor. El dueño de Alta Films se enfrenta sin embargo a la misma perpetua crisis de modelo que el anterior.
José Ignacio Wert, el ministro de Cultura del nuevo Gobierno, descartó la supresión de las ayudas públicas ("soy uno de los vuestros") y postuló que las subvenciones en ningún caso superasen la recaudación de los filmes. El titular apuesta por disminuir el número de producciones y por un sistema, el de mecenazgo, que hibrida el sistema de apoyo estatal tradicional con un difuso entramado de desgravaciones fiscales e iniciativa privada que refuerce la relación del cine con otros medios, como el televisivo.
A la espera de la implementación del enésimo nuevo modelo, de la desconfianza que inspira en el personal la promesa de un nuevo armatoste legislativo con fecha de caducidad, queda el descontento general de un cine que simplemente no conecta.
Malos datos de taquilla
Las películas españolas, incluso en un año de buena cosecha como fue 2011, siguen sin captar el interés del espectador medio. Los 19,6 millones de euros en taquilla de Torrente 4 han sido la única tabla de salvación del cine patrio a lo largo del año pasado. Las cifras del largometraje dirigido y protagonizado por Santiago Segura se aproximan a los logrados por Amanecer. Parte 1, y sitúan ambas películas como las dos más vistas en los cines a lo largo de 2011. Torrente 4, hay que recordarlo, no ha sido nominada a ninguna categoría técnica en lo que ha sido calificado unánimente como un nuevo despropósito de los mismos Académicos que optaron por no llevar a Almodóvar a los Oscar, cerrándose ellos solos las puertas a un posible premio en beneficio de La voz dormida, de Benito Zambrano
El largometraje de Santiago Segura es el responsable, él solito, de que el cine español creciese finalmente en recaudación un 24,3% en 2011 sobre 2010, y aumentase un 20% en espectadores.
A Segura hay que sumar otra primera figura del cine, la de Woody Allen, que acudió a hinchar las cifras finales con los inesperados 8 millones logrados por Midnight in Paris. La segunda película española más taquillera de 2011 figura en la lista gracias a la presencia tras el filme de Mediapro y Jaume Roures. El espejismo de las coproducciones no ayuda demasiado al cine español, y a estas alturas tampoco engaña a nadie.
En total, 1.750.000 espectadores y 11.200.000 millones de euros. Esos son los números que suman en la taquilla española los cuatro títulos que optarán al Goya a mejor película. Una cantidad poco lustrosa teniendo en cuenta que, sólo del Gobierno central, el cine español percibió en su globalidad nada menos que 91 millones de euros.
Hay más: los 4,62 millones de La piel que habito le supieron a poco a todo el mundo, y aún más al propio Almodóvar. Algo más satisfactorios son los poco más de 4 de No habrá paz para los malvados, un proyecto inicialmente menos mediático que por eso contentó en mayor medida a sus responsables.
No obstante, la mayoría de los filmes españoles no logran cubrir sus limitados gastos de producción con su exhibición cinematográfica. Los más optimistas se tratan de consolar con el denominado ‘efecto Goya’ que multiplica las recaudaciones del largometraje ganador. La dura competencia del cine norteamericano no parece convencer ya a nadie. Intocable, una convencional comedia dramática francesa, ha recaudado la histórica cantidad de 115 millones de euros sólo en su país de origen. Guiñoles aparte, quizá no haya que buscar mucho más allá de los Pirineos para encontrar un andamio más sólido.
Señalan en caso de Pan Negro, que consiguió el año pasado saltar de una recaudación de 850.000 euros a una de 2,6 una vez arrasó contra pronóstico en la ceremonia. No obstante, en este sentido los tres largometrajes favoritos de este año ya pueden adquirirse en el ámbito doméstico, siendo La voz dormida la única que aún no ha sido comercializada en DVD o Blu-Ray, lo que podría echar por tierra un reestreno verdaderamente exitoso.
Este año, la gala se celebrará en el Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid, por aquello de recortar gastos. Eva Hache sustituirá a Andreu Buenafuente, considerado –con razón- como el mejor presentador que ha tenido la gala. Y sí, la alfombra seguirá siendo roja y no verde. Pero no parece que sea un cambio radical.
18 de Febrero de 2012 - 15:00:02 - Juan Manuel González - 0 comentarios

Viaje 2: la isla misteriosa es la secuela directa de Viaje al centro de la Tierra, un relativo éxito de taquilla protagonizado por Brendan Fraser en 2008, adaptado –o más bien lejanamente inspirado- en la legendaria novela de Julio Verne. Con un reparto renovado en el que sólo permanece el joven Josh Hutcherson, pero que reúne a figuras como Dwayne Johnson, Michael Caine y la estrella de High School Musical, Vanessa Hudgens, y una historia que incorpora elementos de La isla misteriosa y al menos otra de las obras maestras de Verne, 20.000 leguas de viaje submarino, Viaje 2 trata de ser un filme de aventuras completamente blanco y orientado desde el principio al público infantil.
La película de Brad Peyton asume con orgullo su condición de disparate verniano, de derivado bastardo de varias novelas del mítico autor francés, con el cine de aventuras digitalizado en su variante más histérica. Lamentablemente, en este sentido Viaje 2 resulta una aventura rutinaria y poco emocionante, que contiene una maniobra de guión, la de apresurar la destrucción de la isla a modo de inexplicable Deux ex Machina, que resulta un tanto vergonzante. Lejos de la entrega visual de Spielberg en Las aventuras de Tintín o de la emotividad de The Muppets –por citar dos notables muestras de cine familiar reciente-, el director Brad Peyton se limita a coordinar los solventes efectos visuales del producto, sin encontrar la manera de que el humor, los personajes y el contenido familiar del invento resulten simplemente eficaces y conmovedores.
Lo más destacable del filme, dejando de lado imágenes como la de un octogenario Michael Caine viajando en abeja, acaba resultando la presencia de Dwayne Johnson, cuya labor no podría ser calificada de brillante en ningún caso, pero que destila una gracia y saber estar perfectas para un producto como Viaje 2. A la exestrella de wrestling, con su sonrisa profidén y sus enormes músculos, no le importa incorporarse a franquicias protagonizadas por otros actores (caso también de Fast and Furious, la próxima G.I. Joe 2), o incluso ocupar un lugar más o menos secundario en las mismas, y de alguna manera esa actitud desenfadada pero siempre carismática se acaba reflejando en pantalla. Viaje 2 no estorba, pero en absoluto maravilla, cosa que sí siguen haciendo sus referentes literarios y cinematográficos.
17 de Febrero de 2012 - 09:22:04 - Juan Manuel González - 7 comentarios

La productora británica Hammer Films, responsable de algunos de los momentos cumbre del género de terror a través de sus recordadas y coloridas sagas de monstruos clásicos, vuelve con fuerza al panorama cinematográfico después de varias décadas de inactividad total. Y digo bien: con fuerza. Tras un par de intentos fallidos de asustar al público, La mujer de negro, filme que recupera en toda su pureza los elementos más fijados del denominado terror gótico, permite al refundado estudio dar en la diana del éxito mediante una hábil y respetuosa mezcla de sus elementos más clásicos con otros más contemporáneos.
No obstante, el camino de Hammer Films hasta el más que correcto debut en la taquilla americana de La mujer de negro (21 millones de dólares en sus primeros tres días) no ha debido ser un camino de rosas. El año pasado, con el incomprendido remake norteamericano del filme sueco Déjame entrar, y la absolutamente lamentable La víctima perfecta, la legendaria casa británica se postuló por primera vez para captar la atención de la nueva audiencia cinematográfica. Ambas se saldaron con los correspondientes fracasos de taquilla y crítica.
La mujer de negro, sin embargo, triunfa sobre aquellas pese a la aparente contrariedad de estar construida mediante un patrón anticuado, el del terror romántico y gótico, bien alejado de los intríngulis psicológicos y sanguinolentos de posteriores facetas del género. La película, basada en una novela homónima de Susan Hill (que dio lugar a diversas adaptaciones teatrales e incluso televisivas), incluye una enorme casa encantada, una maldición, un evidente elemento sobrenatural y, sobre todo, un componente dramático y trágico que el filme se decide a abordar en toda su crudeza. Sobre el papel, el único elemento diseñado para captar la atención del espectador coetáneo (y casi por extensión, juvenil) es la presencia de Daniel Radcliffe, actor que intenta aquí dar sus primeros pasos como estrella adulta y fuera de la red proporcionada por la franquicia del célebre Harry Potter.
La mujer de negro se articula en torno a un puñado de largas secuencias de suspense tremendamente efectivas, sugerentes y de creciente intensidad, que aúnan los valores de un terror más atmosférico con las necesarias salidas de tono de un filme de terror algo más extremo. El joven realizador británico James Watkins (Eden Lake, filme inédito en nuestro país... y tremendamente recomendable) demuestra un excelente timing en los sustos, crea una atmósfera tan triste como misteriosa, y maneja el legado del género, y las connotaciones más incómodas de la historia, con la habilidad y madurez de un cineasta consagrado.
La mujer de negro es, en sí misma, un crescendo ominoso y elegante, tremendamente entretenido, que conmueve e impacta sin actualizaciones grotescas ni arrebatos de autor, y que se adentra en las trágicas ramificaciones de su argumento -tanto en su cruel advertencia, como en sus elementos más abiertamente fantásticos- como pocos filmes de misterio recientes, sin ningún tipo de rémora o disculpa melodramática. Incluso su protagonista absoluto, Daniel Radcliffe, da de sí todo lo posible gracias a su monocorde recurso melancólico, que todo hay que decirlo, es precisamente el que le pide el personaje. La mujer de negro, en su entregado clasicismo, es una de las películas de terror más estimulantes de los últimos meses.
15 de Febrero de 2012 - 10:40:56 - Juan Manuel González - 3 comentarios

El legado de Bourne es la cuarta entrega de la saga de acción sobre el espía amnésico que interpretó Matt Damon en tres películas. Y en ella cambiamos a Jason Bourne por Aaron Cross, interpretado por el últimamente ubicuo Jeremy Renner. La película es una de las grandes apuestas de Universal para esta temporada de verano y ha sido dirigida por Tony Gilroy, hasta ahora guionista de la trilogía original, y también firmante en su faceta de director de filmes como Michael Clayton y Duplicity.
El Legado de Bourne introduce un nuevo personaje en la historia creada en la anterior saga, en la que es la primera película de la misma en la que no se ha partido de una historia original del escritor Robert Ludlum. Por eso, al reparto de figuras familiares (regresan los personajes interpretados por Albert Finney, Joan Allen, David Strathairn y Scott Glenn) se añaden otros nuevos, a los que ponen cara Rachel Weisz y Edward Norton.
No sé ustedes qué pensarán, pero para un servidor, la nueva película parte con la desventaja de no contar con el realizador Paul Greengrass, responsable inyectar una increíble energía en la segunda y tercera entregas de la saga, que fueron las que dirigió él. No obstante, el 17 de agosto llegará a España y tendremos respuestas.
12 de Febrero de 2012 - 15:04:03 - Juan Manuel González - 1 comentario

Valérie Donzelli, considerada una de las grandes promesas actuales del cine francés, ha basado Declaración de guerra en su experiencia personal. El hijo que tuvo con Jérémie Elkaïm, también protagonista masculino y coguionista de la cinta junto a la propia Donzelli, sufrió un grave cáncer que a punto estuvo de acabar con la unidad familiar. El filme narra el descubrimiento de la enfermedad, los efectos que tuvo en la joven pareja, y las medidas que aplicaron para atajar una tragedia, aparentemente, fuera de todo control. La película fue elegida por Francia para participar en los Oscar en una maniobra que, al margen de los resultados (la película no pasó el corte de la Academia de Hollywood), resulta absolutamente comprensible.
Y es que, para entendernos de forma un tanto obvia, Declaración de guerra recoge lo mejor del cine francés y del americano. Del primero evoca los procedimientos de la Nouvelle Vague, conservando su expresivo trabajo de cámara, y utilizando toda una variedad de recursos visuales (y sonoros) para penetrar en la intimidad y la mente de la pareja, a la vez que retrata de forma verista el entorno cotidiano –crecientemente opresivo- que les rodea. Y respecto al segundo, Donzelli no duda convertir a sus protagonistas en dos modelos de conducta, sacrificio y superación, mientras la película se adentra en el peligroso territorio del melodrama, pero sin caer en una deriva sentimental o ingenua alguna.
En Declaración de guerra, un narrador omnisciente e imparcial nos introduce en la dramática historia de forma absolutamente impersonal. Donzelli no duda en adornar el relato con elementos de un deliberado irrealismo, pero que nunca resultan ingenuos. En un momento dado, la pareja protagonista, llamada no por casualidad Romeo y Julieta, se arranca en un número musical a dos bandas, y en numerosas ocasiones tienen lugar insertos casi oníricos que parecen retratar el avance de la enfermedad en el niño. Ninguno de estos recursos, gratuitos sobre el papel, ahogan la película, sino que redundan en su riqueza gracias a la sensibilidad y verdad emocional que le otorga Donzelli. Ambos están perfectos también como protagonistas: junto a Elkaïm, dan el pego como pareja joven y espontánea que se resiste a someterse al destino, convirtiendo Declaración de guerra en un filme excelente, de los que conmueven, y sí, tremendamente divertido y esperanzador.
11 de Febrero de 2012 - 14:51:34 - Juan Manuel González - 1 comentario

El invitado es el salto a Hollywood de Daniel Espinosa, joven realizador cuyo anterior thriller criminal, Dinero Fácil (Snabba Cash), basado en la novela negra de Jens Lapidus, ya indicaba que la dirección a dónde apuntaba el sueco no eran exactamente los bajos fondos de Estocolmo, sino la meca del cine americano. En la presente, Espinosa se ha entregado a un thriller de espionaje y acción dividido entre su naturaleza de derivado de la saga Bourne, la fantástica trilogía de acción que protagonizó Matt Damon para el mismo estudio, Universal, y la ambigüedad antiheroica de Training Day, filme que le reportó un Óscar a su estrella, Denzel Washington.
En esta ocasión, nos encontramos con un exespía retirado, Tobin Frost (Washington), acusado de vender secretos de Estado, y que se entrega a la embajada americana en Ciudad del Cabo, tras años desaparecido. Cuando el piso franco donde Frost es interrogado es asaltado por unos atacantes, el joven e inexperto agente Matt Weston (Reynolds) resulta el único superviviente. Weston y Frost y se ven obligados a colaborar mutuamente para sobrevivir a sus nuevos enemigos...
El invitado es, pues, un intento de su estudio por prolongar la estela de la influyente trilogía del agente desmemoriado Jason Bourne, nuevo arquetipo del thriller de espionaje y acción. Lamentablemente, Espinosa se ha encontrado de frente con las necesidades de su estrella principal, un Denzel Washington que está perfecto en su papel, pero que exige al guión y al realizador más explicaciones de las que su personaje necesitaba. El prólogo de la cinta, confeccionado para presentar a su protagonista, y organizar una perfecta persecución, resta la ambigüedad necesaria a Tobin Frost y, sobre todo, imposibilita el que hubiera sido el (perfecto, físico) arranque de la cinta: la llegada de éste al piso franco que da el título original a la película. Después, Espinosa da la impresión de perder el compás a la hora de crear la química entre los personajes de Washington y Reynolds, de encajar la trama de redención del primero, y de aprendizaje del segundo, en una misma historia, añadiendo subtramas (una sentimental, otra de implicaciones internacionales) que tratan de responder preguntas que, en realidad, nadie había hecho. Podríamos decir que en El invitado, el alma de Bourne y la de Training Day no acaban de coexistir en beneficio del relato.
No obstante, y pese a carecer el espesor y la intuición de su máximo referente, el británico Paul Greengrass (y es que la experiencia siempre es un grado a la hora de manejar los clichés), la espléndida factura del producto, para el que se ha convocado al mismo director de fotografía de la trilogía Bourne, Oliver Wood, y la labor de sus secundarios, que resuelven extraordinariamente unos personajes maniqueos (ahí están Vera Farmiga y Brendan Gleeson), resuelven la jugada a Espinosa. El invitado es, pese a lo mencionado más arriba, una cinta sólida, trepidante y atractiva, tremendamente bien filmada (atención a la persecución en coche que sigue al asalto a la casa), y que destila una clara desazón en su visión de las cloacas de los servicios secretos. Espinosa queda situado como un realizador de acción a seguir desde ya.
10 de Febrero de 2012 - 09:26:45 - Juan Manuel González - 5 comentarios

Antes de abordar nada, pensemos por un momento en Steven Spielberg. El realizador, que dejó pasar tres años entre la espléndida Munich (2005) y la fallida cuarta entrega de Indiana Jones (2008) se ha descolgado, en apenas unos meses y sin aparente esfuerzo, con una cinta de animación de vanguardia, Las aventuras de Tintín, y la presente Caballo de batalla, un drama bélico narrado en clave de cuento de hadas y basado, a la vez, tanto en la novela juvenil de Michael Morpurgo como en la adaptación teatral de ésta.
Y si me permiten otro párrafo a modo de inciso, pensemos también en lo insólito que resulta que dos realizadores de más de sesenta años, como son el propio Spielberg y Martin Scorsese, con esa obra maestra que es La invención de Hugo, acusados en más de una ocasión de finiquitar el Nuevo Hollywood de los setenta que ellos mismos abanderaron, hayan sido capaces de elaborar dos de los espectáculos de Hollywood más nostálgicos, clásicos y -genial paradoja- vanguardistas de los estrenados en el último año.
En Caballo de batalla, el realizador ha abordado el conflicto bélico de forma más simbólica que nunca, desde los ojos de un caballo... pero sobre todo desde el propio cine. El filme es la historia de amistad entre el joven Albert y Joey, un caballo de granja que es vendido a la caballería británica para luchar en el frente de la Gran Guerra. La alegoría de Spielberg bebe al menos de dos fuentes, la que le proporciona la herencia del cine clásico norteamericano, y la de su propia trayectoria como realizador. En este sentido, Spielberg parece estar echando un pulso con el propio Spielberg, haciendo convivir la faceta más sentimental, romántica y evocadora del autor de E.T., con aquella que se atrevió a abordar todas las caras de la guerra, ya sea el Holocausto o el desembarco de Normandía, con una crudeza insólita e inesperada. Sorprendentemente, y para demostrar que el realizador no se arrepiente de ninguna de las dos, o de que ambas son ya indisolubles, es el primer Spielberg el que sale (aparentemente) vencedor de esa tensión creativa.
Lo que en principio podría parecer una regresión, en manos de Spielberg supone una mirada a sus orígenes como forma de caminar hacia delante. El realizador abraza el universo simbólico del cine épico y clásico con fruición, confía ciegamente en el relato que enuncia sin cinismo y sin un atisbo de ironía. Se trata de una decisión deliberada, de una opción artística tan criticable -por su tono solemne, pero nunca pretencioso- como llena de sentido, en la que Spielberg, sin embargo, vuelve a situarse a la vanguardia del cine, atreviéndose a deconstruir el cine clásico y la tragedia de la Guerra... ahora a través del discurso de Hollywood, devolviendo todo su valor y emotividad a uno y otro desde la mirada inocente y heroica de un animal.
Pero todavía más que eso, lo que de verdad importa en Caballo de batalla, y lo que la diferencia de algún que otro fiasco como la melosa Amistad, es la fastuosa e infinita capacidad de su autor de narrar a través de las imágenes y la música de John Williams. Spielberg trata de liberarse de ataduras innecesarias, intenta prescindir (casi siempre) de palabras y hasta, por qué no, de renunciar al mismo guión, entregándose al puro pictoricismo visual en un viaje sensorial y sentimental que requiere liberarse de límites racionales.
Spielberg demuestra que no hay nadie como él a la hora de extraer puro oro de instantes aparentemente intrascendentes, de dirigir la mirada del espectador a un lado y a otro de la imagen y utilizar áreas inéditas del plano para buscar la emoción. El joven Albert colocando a Joey el arnés (escena en la que Spielberg se atreve a implicar de manera magistral la mirada... ¡de un ganso!) o dando de comer por primera vez al caballo, en uno de los primeros momentos, creo recordar, en los que Williams destapa su maravilloso tema central; la ejecución de dos de los protagonistas de la historia, escondida por el girar de un molino, o el punto que compone un jersey que se transforma en los surcos de un campo arado en una asombrosa transición...
Son destellos constantes de genio que conviven con set-pieces emotivas y apabullantes, como las de Joey arando por primera vez (la mejor escena del filme); galopando por la trinchera en pleno bombardeo; o las dos ocasiones en las que salva la vida a su compañero de fatigas (la primera colocándose él mismo el arnés, y la segunda ofreciéndose a tirar de las armas pesadas). No obstante, también existen momentos en los que el filme ofrece todo lo que lleva a través del diálogo: el Abuelo, interpretado por un excelente Niels Arestrup (Un profeta) trazando un paralelismo entre Joey y una paloma mensajera, o ese episodio, entre surrealista y spielbergiano, en el que dos soldados de bandos opuestos arriesgan sus vidas para liberar de los alambres de espino a la criatura.
Dicho esto, Caballo de batalla resulta un filme un tanto desequilibrado e imperfecto. Su mejor parte es la primera mitad, y luego se entrega a una estructura episódica que no siempre funciona. Y desde luego y efectivamente, no es la mejor película de Spielberg. Pero tal y como me dijo un amigo, representa todo aquello por lo que algunos de nosotros, los más afortunados, seguimos yendo al cine.
8 de Febrero de 2012 - 12:17:38 - Juan Manuel González - 2 comentarios

Nuevo concurso en Confesiones de un Cinépata de Libertad Digital. Lo mejor de Eva, del director Mariano Barroso (Los lobos de Washington, Mi hermano del alma), se estrena este viernes 10 de febrero, y para celebrarlo sorteamos varios packs compuestos por un paraguas, una práctica bolsa y un set de bolígrafos para todos aquellos lectores que envíen un correo a confesionesdeuncinepata@gmail.com con la respuesta a una simple pregunta que os formulamos más abajo.
Lo mejor de Eva, protagonizada por los atractivos Leonor Watling y Miguel Ángel Silvestre, es la historia de una joven una jueza con mucho futuro y enteramente entregada a su profesión. La investigación del asesinato de una bailarina de strip-tease lleva a Eva hasta Rocco, un misterioso personaje que fue novio de la víctima y que la introduce en un juego erótico que lleva a la jueza a plantearse su lado oculto. Las intenciones de cada uno de ellos no las sabremos hasta el final del largometraje...
La pregunta que os formulamos es muy sencilla. Necesitamos, eso sí, que en el asunto del correo pongáis ‘sorteo Lo mejor de Eva’ y que en el correo, junto a vuestra respuesta, enviéis vuestro nombre y dirección postal completa, para poder enviaros los regalos en caso de ganar.
Pregunta: simplemente cita el trabajo del personaje protagonista femenino, o del masculino.
¡Suerte y atentos a próximos concursos!
5 de Febrero de 2012 - 20:57:51 - Juan Manuel González - 2 comentarios

La final de la Super Bowl, que este año enfrenta a los Giants de Nueva York con los Patriots de Nueva Inglaterra, congrega cada año a audiencias millonarias y mueve millones de dólares en contratos. Sin perdernos en las astronómicas cifras, el enorme escaparate publicitario que supone ha provocado que Hollywood aproveche a mostrar a sus potenciales espectadores los avances los estrenos de lo que podríamos llamar la temporada primavera-verano de los grandes estudios, en la que de manera nada casual figuran algunos de los que serán los blockbusters o previsibles taquillazos de todo el año 2012.
De esa manera, en lo que podríamos denominar ya una tradición publicitaria, se pudieron visionar breves avances, de poco más de medio minuto de duración, de cintas como Los Vengadores, John Carter, Battleship, Los Juegos del hambre... todos ellos considerados tent-poles o títulos punteros por los estudios para la temporada que sobreviene. El interés que el espectador de la Super Bowl muestre por cada uno de ellos motivará la satisfacción o el pánico en las oficinas de las majors, pudiendo derivar en modificaciones sustanciales de las campañas publicitarias de algunas de ellas. Aprovechamos a presentarlas aquí de forma casi tan sucinta como los propios avances, cuya brevedad no debe engañarles: todos ellos están meticulosamente pensados para llevar al público al cine entre marzo y agosto de 2012...
Según sean cogados en la red, iremos modificando y actualizando esta entrada con nuevos títulos y los avances extendidos.
Los Vengadores
La adaptación Marvel definitiva –al menos hasta su secuela- reúne a todos los personajes de la Editorial que han tenido película –Iron Man, Thor, Capitán América...- y a algunos más bajo la dirección de Joss Whedon. Un servidor está expectante precisamente por la elección de este director, anteriormente un doctor de guiones habituado a pulir textos ajenos y también brillante autor de cómics (Marvel, cómo no) y de series de televisión.
El dictador
Sacha Baron Cohen regresa a hacer de las suyas con una mofa del dictador Saddam Hussein y todo lo que se cruce en su camino. Para ello se ha rodeeado de un mito trash como Megan Fox y del gran Ben Kingsley, con el que, por cierto, también coincidió en La invención de Hugo, de Martin Scorsese (un filme que, les anticipo, es mejor que otro show de nostalgia cinéfila como es The Artist, y que debería ganar el Óscar a la mejor película, si hubiera justicia en este mundo –que no la hay-). Atención a la Plaza de España de Sevilla.
G.I. Joe: La Venganza
Después de los mediocres resultados de la primera adaptación de la franquicia juguetera de Hasbro, la Universal se tomó un tiempo para pensarse las cosas y resetear la franquicia con un tono más Fast and Furious, ahora la saga de más éxito de la major. En consecuencia, en esta secuela todo es más sudoroso y bruto gracias, en parte, a las adiciones del divertido Dwayne Johnson y Bruce Willis, enfrascados en una misión de venganza contra Cobra. El coreógrafo de bailes Jon Chu dirige el cotarro, por si importa.
Los Juegos del Hambre
Ahora que ya no hay Harry Potter y que Crepúsculo afronta su recta final, Hollywood busca nuevas novelas juveniles que capten ese abundante público adolescente. Los juegos del hambre es la primera novela de una saga de la escritora Suzanne Collins, y en esta ocasión todo parece tener un tono de ciencia ficción distópica y aventurera ciertamente distinto de las anteriores. Katniss es una joven obligada a participar en un brutal reality show de supervivencia en una Norteamérica arrasada. Lo que sí ganamos seguro es el paso de la actriz Jennifer Lawrence, protagonista de Winter’s Bone, al estrellato que -de momento- creemos que merece.
John Carter
Disney, que ha adelgazado notablemente el presupuesto de casi todas sus apuestas, se ha gastado sin embargo más de 250 millones de dólares en esta adaptación a la gran pantalla del personaje creado por el escritor Edgar Rice Burroughs. La ambientación marciana y el tono entre tradicional y futurista del invento, que recuerda bastante al Avatar de Cameron, pueden convertir la película dirigida por el ex de Pixar Andrew Stanton (Wall-E, Buscando a Nemo), en una potencial franquicia familiar.
Battleship
Al igual que G.I.Joe y Transformers, Battleship no es otra cosa que la traslación a la gran pantalla de un producto juguetero, en este caso el juego de mesa Hundir la Flota (¡!) con naves extraterrestres. Universal ha confiado a Peter Berg (La sombra del reino) la dirección de un filme que parece obedecer a la fórmula Transformers-pero-en-el-agua. Protagonizan Liam Neeson, Taylor Kitsch (que también lidera el reparto de John Carter) y la cantante Rihanna.
Y a modo de curiosidad, los de Honda han capturado a Matthew Broderick para anunciar un nuevo modelo. ¿Se acuerdan de Todo en un día, de John Hughes?. Yo sí.
4 de Febrero de 2012 - 15:55:56 - Juan Manuel González - 2 comentarios

En el desenlace de una de las mejores comedias gamberras de la factoría Apatow, la reciente Paso de ti, el director Nicholas Stoller y su protagonista y guionista, Jason Segel, proporcionaban la catarsis final a su patoso protagonista con una adaptación teatral del Drácula de Bram Stoker... protagonizado, nada menos, que por una serie de entrañables marionetas. Sea por el destino o el bueno olfato de Walt Disney Pictures, responsable actual de la explotación de la obra del desaparecido Jim Henson, el caso es que tanto Stoller como Segel se encuentran ahora a los mandos la nueva adaptación de los queridos teleñecos, que regresan a las pantallas de cine después de doce años de ausencia.
Los Muppets, en manos de Stoller, Segel (también protagonista humano de la función) y el director James Bobin, resulta un recorrido tan hilarante como nostálgico por la mitología de unos personajes que pertenecen a tiempos pretéritos, algo que permite al trío creativo hacer de la necesidad, virtud, y convertir la película en un entretenimiento tan válido para la audiencia adulta (que fue la que realmente creció con los personajes) como la puramente infantil a la que se dirige el producto.
Por eso mismo, la historia plantea el regreso de los Teleñecos con calculada ingenuidad, como un suceso forzado y un acto redentor de Gustavo y Peggy, decididos a afrontar el último y definitivo show televisivo de unas criaturas ahora obsoletas y a las que el mundo, y un malvado millonario encarnado con sorna por Chris Cooper, parecen decididos a dejar atrás. Es la manera del largometraje de coger el toro por los cuernos y asumir de frente su condición de mirada nostálgica, tan reivindicativa como irónica, quizá innecesaria, a las famosas criaturas de Henson. Pero lejos de resultar desanimada, Los Muppets lo hace de forma inesperadamente vigorizante.
La película plasma esa paradoja recreando un mundo pretérito, ñoño e imposible, parodiando con tanta ironía como cariño los musicales clásicos de los cincuenta y sesenta, y sobre todo a través de ese bellísimo disparate de convertir un diminuto teleñeco... ¡en hermano del altísimo Jason Segel!, un elemento que –por cierto- da lugar al excelente número musical nominado al Óscar ‘Man of Muppet’, y que incluye un cameo planteado de forma entrañable.
Pese a algún que otro desajuste en el ritmo –la película es demasiado larga-, y que desearíamos aún más tragedia e ironía –al fin y al cabo, estamos hablando de una obra familiar- Los Muppets también se benefician de la entrañable presencia de Segel y una extraordinaria Amy Adams, toda ella tan achuchable como un Teleñeco. Los números musicales sorprenden en su premeditada simplicidad, y los cameos de estrellas, en la mejor tradición del programa original, resultan divertidos. Los Muppets (no sé ustedes, pero yo prefiero ‘Teleñecos’ de toda la vida) han triunfado indiscutiblemente en su regreso al largometraje.
3 de Febrero de 2012 - 13:12:00 - Juan Manuel González - 4 comentarios

Promoción Fantasma supone un paso adelante para el joven realizador Javier Ruiz Caldera, que hace un par de años debutó en el cine con la muy irregular Spanish Movie, la spoof o película de parodias a costa de los últimos éxitos del cine español. En esta ocasión, pese a puntuales concesiones al guiño puro y duro, y en contra de lo que su reclamo publicitario podría dar a entender, la comedia que ahora nos llega es mucho más un homenaje (inesperado y agradable) a la comedia escolar y sobrenatural de los ochenta que una nueva muestra de comedia de adolescentes hormonados.
Sin despreciar del todo esa guasa más o menos grosera de la comedia escolar más gamberra, versión Porky’s o American Pie (atención al monólogo final de Carlos Areces), Promoción Fantasma sorprende por optar, sin embargo, por una emotividad nostálgica netamente eighties visible en los abundantes circunloquios románticos y sobrenaturales de la trama, y en una culminación totalmente spielbergiana en su concepción, por mucho que algunos desajustes en el tramo final de la historia (en la que perdemos un tanto la pista de un estupendo Raúl Arévalo) perjudiquen la eficacia de esa catarsis sobrenatural del desenlace. Promoción Fantasma es, pese a todo, un sincero homenaje de Ruiz Caldera y sus guionistas a la labor del prematuramente fallecido John Hughes, que en los ochenta popularizó películas como ‘El club de los cinco’ o ‘La chica de rosa, todas ellas aproximaciones bien distintas al género adolescente que vendría después.
Ruiz Caldera, en su apuesta por una comercialidad abierta, abraza las convenciones del género con una habilidad sorprendente, y deja por el camino un buen número de gags e ideas visuales tremendamente eficaces que le sitúan como un director aventajado, prometedor y popular en la mejor acepción del término. Prueba de todo ello es lo bien que está su reparto al completo, encabezado por unos estupendos Raúl Arévalo y Alexandra Jiménez –que resuelve con talento un personaje algo desdibujado- y sobre todo, e inesperadamente, el buen retrato grupal de los fantasmas juveniles que canalizan la función. La planificación y el aspecto visual de bastantes secuencias (se me ocurre la del baile que abre la película, por ejemplo) resultan tremendamente animadas, fluidas y acertadas, y el tono, tan alocado y surrealista como nostálgico y hasta romántico, resulta inesperadamente agradable. Ruiz Caldera también obtiene el mejor partido posible de representantes del humor chanante televisivo, dosificando con mano maestra las apariciones de Carlos Areces o Joaquín Reyes como ningún realizador ha logrado hasta ahora. Para quien esto escribe, y asumiendo sus limitaciones y defectos, la bonhomía adolescente de Promoción Fantasma ha resultado una experiencia más positiva –y divertida- de lo esperado.
2 de Febrero de 2012 - 08:13:07 - Juan Manuel González - 2 comentarios

Moneyball es la historia real del entrenador Billy Beane (Brad Pitt), estrella fracasada del beisbol que en 2002, y con un presupuesto irrisorio, hizo que el modesto equipo de los Oakland Athletics batiera todos los récords históricos de victorias en la liga profesional. Beane contó, eso sí, con la ayuda de Peter Brand (Jonah Hill), un economista recién licenciado en Yale que nunca había levantado un bate de béisbol, y que aplicó criterios de gestión puramente estadísticos para lograr unos resultados deportivos casi óptimos. La película protagonizada por Brad Pitt, que adapta el volumen Moneyball: The Art of Winning an Unfair Game, de Michael Lewis, se ha apuntado un tanto comercial en su país de origen, EEUU, muy habituado a cierta clase de dramas deportivos y épicos aptos para el consumo del americano medio. Pero también, y de manera algo más imprevista, ha logrado un reconocimiento de la crítica casi absoluto, visible en las excelentes seis menciones al Óscar que la avalan (y que incluyen las de mejor película, actor y guión adaptado), y que la convierten en la tercera película más nominada del año. Pues bien: ¿Qué tiene entonces de especial la película dirigida por Bennett Miller (Truman Capote)?
Lo cierto es que, mirándola de cerca, Moneyball tiene mucho más en común con películas como La Red Social que con cualquier drama deportivo al uso. Lejos de la épica de andar por casa de Titanes o El milagro, de la exuberancia visual de Un domingo cualquiera, e incluso el tradicionalismo simplón de Invictus, Moneyball es mucho más una pieza de caracteres y un drama humano -empaquetado con melancolía, pero sin sensiblería-, que una aventura deportiva en la acepción más tradicional del término. La película dirigida por Bennett Miller aborda el juego con seriedad pero desde sus márgenes, a través de los intentos de Beane de reconstruir su equipo de una manera insólita, prestando toda la atención al proceso técnico, humano y tecnológico de construir un equipo más que al terreno de juego en sí mismo.
Para ello la película se vale de un trabajo de guión simplemente sobresaliente. Los reputados Steve Zailian y Aaron Sorkin, dos autores de categoría A responsables, respectivamente, de los libretos de En busca de Bobby Fischer y –precisamente y no en vano- La Red social, consiguen recoger la emoción de la primera de ellas y sobre todo la meticulosidad de la segunda gracias a lo que podríamos denominar, sin lugar a error, un texto de hierro y absolutamente blindado.
Y la herramienta de Miller para trasladarlo a la pantalla son los actores. Brad Pitt ha recogido los mayores elogios por su interpretación de Beane. El actor consigue aunar con intensidad y humor las contrariedades de un sujeto tan entusiasta como resentido. Y, atención, no nos olvidemos de un estupendo Jonah Hill que también está nominado al Óscar, y que complementa a Pitt de forma magistral. De la misma manera en que Beane aparece corroído por un fogoso sentimiento de rebeldía y pérdida, Brand, cuya formación es ajena al deporte, se guía por criterios distintos... en apariencia.El protagonista de Supersalidos resulta ser aquí el perfecto contraste (físico, intelectual) a la natural vehemencia de Pitt, y contribuye a definir de forma generosa el personaje de su compañero de reparto.
Moneyball trata del béisbol, pero de una manera casi abstracta. La película de Miller versa mucho más sobre aquello que las demás películas de su género nos escamotean: el retrato de la trastienda deportiva y el arte dentro del negocio (o el negocio dentro del arte), el puro proceso de estrategia deportiva y financiera, así como la constante lucha entre tradición y voluntad que hay detrás del campo. Pero la cinta también es el retrato apasionante de una relación profesional basada en una suerte de intuición personal y mutua, la de Beane y Brand, que Bennett Miller sabe captar muy bien. Nada de esto le resta épica a Moneyball. Al contrario, la tristeza y melancolía de sus imágenes, que parecen evocar cierta clase de identidad de país (atención a Beane escuchando la radio del coche por la autopista, mientras se celebra el trascendental partido), y las contradicciones que genera su realismo (algunos de los méritos de éste y Brand fueron, en cierta manera, tremendamente discutibles) la convierten en una excelente y compleja película que gustará mucho más a todos aquellos que no entendemos, ni queremos entender, el deporte del béisbol.