Confesiones de un cinépata
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Crítica: 'Las dos caras de enero', con Viggo Mortensen

- Juan Manuel González - comentarios

Entre el maremoto de grandes estrenos de verano genera consuelo la llegada de producciones como Las dos caras de enero, una nueva adaptación de Patricia Highsmith, realizada al modelo de la exitosa El talento de Mr. Ripley, y que supone el debut en la dirección del guionista iraní Hossein Amini. Y sí, digo bien, consuelo. Por varias razones: la primera, porque cada vez resultan menos abundantes los ejemplos de cine comercial de perfil adulto y modesto dentro de un mercado poblado por otra clase de espectáculos menos austeros. Pero a ello habría que sumar también algo de extrañeza, debido fundamentalmente al tono abiertamente clásico y "a la antigua" con el que el autor de la muy moderna Drive ha impregnado a la historia, sin que ello redunde en voluntad de ejercicio de estilo alguno ni tampoco derive en un producto añejo y pasado de moda.

Siguiendo el patrón de anteriores adaptaciones de Highsmith, Las dos caras de enero aborda una trama de thriller de suspense pero centrando sus miras en las relaciones que un peculiar trío de personajes establece entre ellos, y en particular los dos hombres que lo conforman. Década de los sesenta, pleno verano. Chester, un enigmático individuo de porte aristocrático (excelente Viggo Mortensen) y su esposa Colette (Kirsten Dunst, más bella que en ocasiones anteriores) están de vacaciones en Grecia en un aparente viaje vacacional. Tras un encuentro casual con Rydal (Oscar Isaac), un profesor norteamericano que también guarda un buen número de secretos, el trío deberá huir de las autoridades del país, embarcándose en una tensa contrarreloj para llegar a Estambul que pondrá a prueba sus verdaderas intenciones.

Todo en la película de Amini bascula entre los personajes de Mortensen e Isaac. Pero lo que en principio podría parecer un nuevo matiz homosexual, como en la citada El talento de Mr. Ripley, en esta ocasión deriva más bien hacia derroteros igualmente psiconalíticos, pero esta vez más emotivos y desesperados, relacionados con ciertos traumas paternofiliales. Las dos caras de enero es un thriller de suspense clásico, pero no desactualizado: la película no se priva de una veta psicológica que le proporciona gran riqueza y justificación al relato, más atento a las sutiles modulaciones de sus actores que de los golpes de efecto de la trama. Podría resultar extraño y pretencioso afirmar que la película de Amini no versa sobre el crimen y el castigo, o que en ella no existe más justificación que la de fabricar una emulación hitchockiana, pero no es completamente así. En ella, todo gira en torno a ese terrorífico y eterno concepto de enterrar (simbólicamente) al padre, casi una figura mitológica y legendaria que se acaba convirtiendo en el motivo de ser de la persecución, en el verdadero mensaje tras los acontecimientos.

No debe resultar casual, por ello, que el grueso de la historia se ubique en territorio griego. Con una correcta puesta en escena y una excelente fotografía que captura perfectamente la luz y el calor mediterráneos, la película de Amini desarrolla una intriga sencilla con un tono íntimo y pausado, casi una excusa para desarrollar la rivalidad a pleno sol entre Chester y Rydal. Las paranoias gubernamentales, secretos y la confusión moral del thriller contemporáneo perviven, pero todo ello visto desde un clasicismo nada vetusto, en el que el concepto de culpa resulta, eso sí, más íntimo y personal que en películas actuales. Tanto Viggo Mortensen como Oscar Isaac, el primero interpretando a un culpable como si fuera inocente y el segundo a un inocente como si fuera culpable, realizan sus mejores trabajos, y de su paranoica persecución y la sombra padre-hijo que desprenden sus personajes -entre el amor y el odio, con una mujer en medio- surgen los momentos más estimulantes de una película notable.

Gana entradas para ver gratis 'Yo, Frankenstein' en Kinépolis Madrid

- Juan Manuel González - comentarios

Confesiones de un cinépata de Libertad Digital sortea 15 entradas dobles (para dos personas) para el inminente estreno de Yo, Frankenstein, una movida película de acción y terror protagonizada por Aaron Eckhart, intepretando un papel, como poco, inesperado.

En este caso, podrás asistir junto a un acompañante al preestreno de la película en los cines Kinepolis de Pozuelo de Alarcón (Madrid) el día 18 de junio a las 20 horas. Una hora antes, la ilustradora Begoña Fumero estará en el cine realizando ilustraciones.

¿Las reglas del concurso?. Los únicos requisitos seas seguidor en Twitter de @LodeCultura y contestar a la siguiente pregunta antes del próximo miércoles 16 de junio, incluyendo en la respuesta el hashtag #YoFrankenstein

PREGUNTA: ¿Cual es el nombre de la novelista británica que creó originalmente el mito de Frankenstein para su novela homónima?

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Crítica. 'X-Men: Días del Futuro Pasado', con Hugh Jackman

- Juan Manuel González - comentarios

Existe la percepción generalizada de que X-Men. Días del Futuro Pasado es, o va a ser, uno de los filmes definitivos de superhéroes. No sólo de la franquicia de los mutantes de Marvel, llevada con tanta pena como gloria por su estudio, Fox (no confundir con Marvel Studios), sino también del género en sí mismo, por el alcance y significado de su argumento. Una vez vista, y a falta de volver a abordarla cuanto antes mejor, me queda un ligero poso de decepción, por mucho que a la película cualidades no le falten. Para empezar, supone el regreso a la franquicia de un director con "pedigrí" como es Bryan Singer, después haberla abandonado en su tercera entrega para rodar la fallida Superman Returns (una decisión que ha resultado casi fatal, para él y para la saga). Y por otro lado, porque estamos ante la reunión en una misma aventura del reparto original de la serie, encabezado por Hugh Jackman, Patrick Stewart e Ian McKellen, con el de la entrega anterior, Primera Generación, una brillante precuela que narraba las aventuras de casi los mismos personajes, pero interpretados por excelente sangre nueva como James McAvoy, Michael Fassbender y Jennifer Lawrence. El argumento, con viajes en el tiempo para justificar la argucia, y basado en uno de los cómics más valorados de la marca, también indicaban el camino.

¿A qué se debe este ligero tono de disconformidad? No adelantemos acontecimientos: X-Men. Días del Futuro Pasado es un buen filme de superhéroes y una inteligente y espectacular película de verano. El regreso de Singer a la saga se nota mucho, y el realizador se asegura de que su presencia sea evidente desde sus primeros compases: la melodía original de John Ottman (también montador) durante la secuencia de apertura, el primer combate contra los Centinelas, en el que la fluidez de los movimientos de cámara se antepone a la mera exhibición de presupuesto... todo deja al espectador pegado a la butaca. Singer también se asegura de que el argumento de Días del Futuro Pasado funcione de manera lo más autónoma posible, tanto recuperando el tono original de sus dos películas originales como a la hora de establecer lazos con el resto de la saga, aspecto en el que, por cierto, muestra cierta memoria selectiva. Esto lo comprenderán muy bien los fans de los filmes de Marvel Studios, casa que ha logrado construir un universo fílmico propio, y expandido el concepto de secuela y relato transmediático, hasta cotas de complejidad que antes sólo se escondían en los sueños más íntimos de los productores y fans (mérito que a estas alturas, algunas mentes brillantes todavía le discuten).

En efecto, en Días del Futuro Pasado no encontraremos la sombra de la incompetencia y las continuas intromisiones del estudio que echaron abajo secuelas como X-Men. La Decisión Final o X-Men Orígenes: Lobezno. La película continúa la senda recuperada por Matthew Vaughn y James Mangold, firmantes respectivamente de Primera Generación y Lobezno Inmortal, para obsequiar al espectador con una película que antepone una narrativa cohesionada y elegante con la mera exhibición de (malos) efectos visuales. Singer, de hecho, remata la jugada de los anteriores y se lleva la película a su terreno, trazando paralelismos entre ese futuro desolado con el Holocausto judío, una referencia ineludible en el director de Valkiria y que recuerda en lo visual a la saga Terminator de Cameron. Pero tras una primera mitad excelente, en la que de manera inesperada destacan sus interludios cómicos (atención a la entrada en escena de Quicksilver, la mejor escena de la película), sobre la película de Singer planea cierta sensación de rutina.

En efecto, tras reunir de nuevo al equipo mutante, X-Men: Días del Futuro Pasado no acaba de detonar y pierde gas: no logra dar carne y sangre al villano, interpretado por el carismático Peter Dinklage (Juego de Tronos) y en su lugar se entrega a cierto historicismo (esa caricatura de Nixon...) que funcionó muy bien en la sexy entrega de Matthew Vaughn, con la crisis de los misiles cubanos de por medio, pero que aquí corre el riesgo de caer en la parodia. El de Sospechosos Habituales no tiene tampoco demasiadas ganas de meter la mano en la ciencia ficción, y se olvida de definir un concepto tan brutalmente bueno como el de los Centinelas, criaturas artificiales responsables del genocidio planetario, ni tampoco hacernos creer semejante exterminio. Al depender enteramente de ese argumento, de la tesis inicial, Singer tampoco decora el árbol de navidad de la película: tratando de demostrar que la suya no depende de la acción sino del concepto, sitúa las más secuencias más interesantes al comienzo del metraje, una táctica que le sale bien, pero hasta cierto punto: la película se le queda sin emoción en su parte final, en la que todo queda en manos de Jennifer Lawrence, que acomete su labor con todo su talento... pero sin lograr generar impacto en su montaje paralelo.

Da la impresión de que el realizador se ha confiado en su propio área de confort, perdiendo intensidad por el camino, y de que además, -injusticias de la vida- se va a llevar parte de los méritos de Vaughn y Mangold. Por suerte, le apoyan su inmenso oficio y un gran repertorio de ideas, gracias a las cuales el subtexto social de los mutantes sigue funcionando. Singer también cuenta el mejor reparto posible: Hugh Jackman, que lleva la voz cantante por encima de Kittie Pryde (protagonista del cómic original), sirve de puente entre ambos repartos y lidera casi toda la película, salvo durante el inesperado tramo final. Y qué decir de Fassbender, Stewart y todos los ya mencionados. X-Men: Días del Futuro Pasado no llega a alcanzar el nivel de las mejores, y me parece que anda un paso por detrás de X-Men: Primera Generación. Pero por poco. Singer da la impresión de haberse atascado en los méritos de la saga original, pero pese a ello todo sigue funcionando definitivamente bien. ¿Se acuerdan de lo que dije sobre Al filo del mañana y el concepto de película de verano? Pues bien, aquí tienen la segunda.

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Crítica: 'Maléfica', con Angelina Jolie

- Juan Manuel González - comentarios

Tras los éxitos de taquilla de Alice in Wonderland y Oz. Un mundo de fantasía (1,025 y 493 millones de recaudación mundial) ahora es el turno de Maléfica, un cuento de hadas que aborda el original de La Bella Durmiente desde, mayoritariamente, el punto de vista de la presunta villana. Dirigida por el debutante Robert Stromberg, diseñador de producción y responsable de FX de las producciones anteriores y Avatar, la nueva aventura familiar de Walt Disney Pictures es ante todo un vehículo al servicio de Angelina Jolie, que encuentra aquí la ocasión perfecta para lucir su evidente atractivo y carisma. Maléfica va a arrasar en las taquillas -se lo adelanto ya- pero es gracias al trabajo de la actriz, presente en todo momento, que la película de Stromberg funciona... a pesar de los pesares.

Que en esta ocasión, son muchos. Sin la artesanía -aunque sea mecánica- de Tim Burton o Sam Raimi, responsables de las dos películas citadas más arriba, Maléfica se encomienda a la creación de un mundo de hadas digital, a sus constantes y fascinantes efectos visuales (por una vez, pude distinguir el dichoso 3D de manera gloriosa) y a la presencia de su bella actriz protagonista, que ciertamente se come la pantalla y al espectador con patatas. Pero sin que esta vez, lamentablemente, medie un verdadero guión de por medio. El libreto escrito por tres nombres relevantes como son Linda Woolverton -que actualizó para bien o para mal los relatos de Lewis Carroll y L. Frank Baum- así como Paul Dini y John Lee Hancock, carece totalmente de personajes secundarios interesantes (la indefinición de Aurora, interpretada por Elle Fanning, o el rey Stefan de Sharlto Copley dan la medida del fracaso del filme) y por momentos más parece un tráiler alargado hasta los noventa minutos, o el producto de una radical poda de edición previa al estreno, que una verdadera apuesta cinematográfica.

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Crítica: 'Al filo del mañana', con Tom Cruise

- Juan Manuel González - comentarios

Al salir de la proyección de Al Filo del Mañana uno se pregunta por qué James Cameron no se deja de secuelas de Avatar y dirige de una vez por todas un largometraje. Y no, no es porque la superproducción protagonizada por Tom Cruise sea mala (en todo caso, es más bien al contrario), sino porque la dirigida por Doug Liman (El caso Bourne) recuerda, y esto es un halago, a trabajos del canadiense como Aliens, Terminator o Abyss, todos ellos puntos de referencia del aficionado al género de la ciencia ficción. Y es que, hablando claro, no ha habido ni probablemente habrá nadie como Cameron para otorgar esa ligereza que sabe ir más allá de lo aparente, pero sobre todo un interesante y gracioso tono militarista, a mastodontes de ingente presupuesto como Al filo del mañana, cinta que pese a algún altibajo afortunadamente se resuelve de manera tremendamente efectiva durante casi todo su entretenido metraje.

La premisa, que mezcla propuestas de filmes protagonizados por Cruise como La Guerra de los Mundos u Oblivion, es menos importante que su ejecución. En un futuro cercano los alienígenas han dominado la tierra, embarcando a la humanidad en una sangrienta guerra por la supervivencia que arrasa toda Europa. En realidad todo esto es lo de menos, una (brillante) excusa para que Tom Cruise, al igual que Bill Murray en la comedia de culto Atrapado en tiempo, experimente una y otra vez una nueva y particular misión imposible utilizando la disciplina no exactamente militar y su inteligencia para avanzar en el campo de batalla. En esta ocasión Cruise encarna a Cage, un militar inexperto, que por diversas circunstancias se verá obligado a revivir una y otra vez su muerte en una suerte de desembarco muy similar al de Normandía, motivado por un extraño vínculo con los invasores.

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Crítica: 'Big Bad Wolves'

- Juan Manuel González - comentarios

Juzgar Big Bad Wolves por la publicidad gratuita que le ha hecho Quentin Tarantino, que la ubicó directamente en el primer puesto de sus favoritas de 2013, sería hacerle un flaco favor al trabajo de los israelíes Aharon Keshales y Navot Papushado. Lo cierto es que no extraña nada que el director de Pulp Fiction haya caído rendido a la película: se trata de un thriller extraordinariamente tenso cuya imprevisibilidad, violencia y humor negro recuerdan de una manera u otra a su propia filmografía, aunque también a la de otros compinches suyos como Eli Roth (Hostel), por razones que mejor dejo en el tintero. Pero partiendo de esta base, utilizada por la práctica totalidad de la crítica a la hora de abordar la cinta (y válida como cualquier otra), habría que aclarar dos cosas. La primera, que estamos ante un trabajo que contiene bastantes méritos propios como para ser valorado aparte de la vida y obra del director norteamericano, algo que sólo puede ser interpretado como un elogio. Lo segundo no lo es tanto, ya que viene a rebajar un poco las expectativas sobre Big Bad Wolves, una película muy buena y -sobre todo- extraordinariamente bien rodada, pero que cuyo reconocimiento podría salir perjudicado por cierta desmesura a la hora de alabar sus virtudes.

Aunque quién soy yo a la hora de valorar opiniones ajenas sobre Big Bad Wolves, una historia de venganza y justicia protagonizada por tres hombres: el padre de una niña brutalmente asesinada, el policía encargado de atrapar al pedófilo delincuente, y el principal sospechoso de los crímenes, un profesor que ciertamente las va a pasar canutas. Tras un primer tercio inquietante, en el que Keshales y Papushado parecen narrar la confluencia de los tres caracteres como si fuera un seductor ballet (ayuda mucho la extraordinaria banda sonora de Haim Frank Ilfman), la película encierra a los tres lobos en un sórdido sótano encadenando secuencias de tortura, humor y sorpresas. Big Bad Wolves equilibra con diabólica brillantez comedia negra y mal rollo, demostrando el buen pulso de sus directores para generar interés e inquietud más allá de la pura y dura sinopsis que nos entregan. Con muy pocas piezas y un ritmo pausado, pero constante, la película encadena giros que sostienen el interés y generan un suspense que crece y crece hasta el desenlace, jugando con la violencia pero también el rol que desempeñan los tres personajes de la historia. Pese a esa simplicidad aparente, Big Bad Wolves tiene esa clase de imprevisibilidad de las historias de Tarantino, que utilizan claves establecidas de géneros bien conocidos (aquí el thriller y el terror, variedad torture porn) para juguetear y abordar nuevas perspectivas, y sobre todo, un salvaje sentido del humor negro, perverso, negrísimo e implacable.

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Crítica: 'Grace de Mónaco', con Nicole Kidman

- Juan Manuel González - comentarios

Definir Grace de Mónaco como una película menor es pecar de generoso. Pero eso es lo que es el nuevo trabajo del francés Olivier Dahan, autor de otro relato biográfico como fue La vida en rosa, sobre la vida de Edith Piaf, que le dio el Óscar la mejor actriz a Marion Cotillard. La película, que ha tenido problemas con su distribuidor americano, el temible Harvey Weinstein (no ha sido el único: el productor también le ha metido la tijera a la muy superior Snowpiercer, pero eso es otra historia), aborda en forma de cuento de hadas uno de los episodios trascendentales de la vida de Grace Kelly, aquel que le ganó la categoría de princesa en el Principado de Mónaco una vez consumado su matrimonio con Rainiero (Tim Roth). Pero sobre todo, ofrece una buena oportunidad a su estrella, Nicole Kidman, para demostrar que retiene la belleza y cualidades interpretativas que le reportaron la fama allá por los noventa.

Decíamos que "cuento de hadas" es la expresión más repetida a lo largo del metraje, afortunadamente no demasiado extenso, de Grace de Mónaco. Se trata de una manera como otra cualquiera -sutil como una patada en la pierna- de aclararnos que no estamos ante un relato biográfico al uso, sino ante una interpretación ficcional de unos hechos reales. No es eso lo que le quita mérito a la versión de Dahan, al menos no tanto como su levedad narrativa, su visualización enfática (el uso de primerísimos primeros planos cada vez que una lágrima asoma por los ojos de Grace, lo que sucede a menudo), y en definitiva la carencia de interés en su conflicto, en el que confluye la crisis de identidad de una actriz interpretando el papel de su vida, el de princesa, con el bloqueo de De Gaulle al Principado durante el conflicto con Algeria.

Al guión de Grace Mónaco no le falta foco, ese no es el problema. O al menos el principal. La película no pasea por la vida de la biografiada como como una exhalación, como sí hacía la también reciente (e igualmente terrible) Mandela: Del mito al hombre. Dahan ciñe bien la acción a los supuestos hechos reales que narra, y lo hace rápido, pero no puede evitar que la fiesta parezca un solemne, afectado y kitsch baile de disfraces. La presencia de personajes como Alfred Hitchcock (Roger Ashton-Griffiths) o Maria Callas (Paz Vega) no facilita la digestión de un drama de sobremesa sentimental, solemne y cursi, que promete pero nunca ofrece nada. La banda sonora es enfática y ominipresente, la fotografía tan suave y repleta de blancos cegadores que hace que la de Kaminski para Spielberg sea un prodigio documental. Dahan recurre en mil ocasiones a espejos para "reflejar" las complejidades de una mujer heroica, pero sólo enfatiza el simplismo de un relato mucho más interesante en sus breves interludios políticos (la crisis con Francia manejada por Rainiero) que en todo lo que hace referencia al supuesto núcleo del mismo, las luces y sombras de la vida de Grace Kelly en Palacio, o el privilegio y el drama de formar parte de la leyenda. Queda claro que el relato de Dahan hunde sus garras en el cuento de hadas, pero que Grace Kelly salve Mónaco (y un orfanato) con un discurso que arranca una lágrima al mismísimo De Gaulle es un truco al que ni siquiera recurrió un cuento de verdad, El Mago de Oz.

Crítica: 'Godzilla' (2014)

- Juan Manuel González - comentarios

La nueva versión de Godzilla encomendada al director novato Gareth Edwards llega prometiéndolo todo. Tras unos excelentes tráilers que privilegiaban el suspense y cierta sensación de conspiranoia que, efectivamente, se alejan de la aproximación festiva de Emmerich en los noventa, la expectación en torno a lo que parecía una nueva muestra de falta de originalidad en Hollywood fue creciendo. La película ha ido ganándose -a priori- el respeto de la base de fans del lagarto nipón y el interés del público masivo de internet hasta casi el momento de su estratégico estreno en temporada veraniega. Una vez vista Godzilla, cinta preñada de secuencias brillantes y de una elegancia inusitada en el transitado blockbuster veraniego, desde luego Edwards cumple lo prometido, es decir, combates de monstruos y destrucción urbana a tutiplén. Ahora bien, ¿lo hace con la brillantez anticipada? La respuesta es... en cierto modo, pese a algunas importantes lagunas.

La acción arranca en los años sesenta, con las pruebas nucleares en el Pacífico (y unos títulos de crédito fascinantes) para saltar rápidamente a finales de los noventa, cuando una serie de temblores sísmicos de misterioso patrón amenazan la establidad de una central nuclear en Japón... y desencadenan una tragedia que rompe en dos a una familia americana. De ahí saltamos a la actualidad, con los mismos patrones repitiéndose, y el mismo núcleo familiar -si bien diezmado y separado por años de locura y distancia- a punto de descubrir la pieza que no encajaba. O mejor dicho, piezas...

Lo mejor de Godzilla es que todo en la película delata cierto desinterés en algunas fórmulas trilladas del blockbuster, esas que le han sumergido en los abismos del desprecio crítico. El espectáculo de fuegos articificiales es enorme y la escala de la acción, gargantuesca, pero las apariciones de la bestia se demoran más de lo debido y el tono es más pausado de lo habitual. De la misma manera, la espléndida y clásica banda sonora del francés Alexandre Desplat se aleja del estruendo de otros autores habituales en macroespectáculos de acción. El joven director Gareth Edwards parece más interesado en aclarar que el motor del relato son ciertas consideraciones sobre el lugar del hombre en la cadena evolutiva, sobre el orden natural de las cosas, y la necesidad (o no) de repetir acontecimientos del pasado, tanto a nivel íntimo y personal como en términos históricos, sin tampoco cargar las tintas pero dotando de un tono más oscuro y adulto al relato. El fantasma de Hiroshima que dio lugar a la historia original navega, de nuevo, por el trasfondo de una historia focalizada en las personas y en los recursos desplegados para detener a la amenaza.

Por eso, la elegante puesta en escena de Edwards, realizador que ha saltado del indie al blockbuster a golpe de dedazo, no parece obsesionada con la destrucción urbana sino más bien por respetar un código propio, una serie de reglas autoimpuestas por el propio director para adoptar un punto de vista humano, más "pequeño" y humilde de lo habitual en este tipo de largometrajes. El resultado en este sentido es una pura maravilla, un conjunto de escenas con vocación spielbergiana que recuerdan a algunos de los mejores momentos del director de Ohio, ya sea en filmes como Tiburón (cada una de las apariciones marítimas), Encuentros en la Tercera Fase (el show de luces de la "resurrección" del Muto en Japón) o por supuesto, Jurassic Park (la del puente, por ejemplo), y que por tanto privilegian el suspense y el "sense of wonder" de aquellas por encima de la exhibición de medios.

Créanme que esto no es moco de pavo, y podría asegurarse que se trata de una decisión temeraria a estas alturas del cuento. A Edwards no le importa esconder al monstruo cuando es necesario, o incluso saltarse secuencias de destrucción atractivas, como la que tiene lugar en Las Vegas, para pasar a mostrar sólo sus consecuencias, el rastro de desolación y cascotes dejados por el monstruo, sin que medie la excusa de falta de presupuesto. Algo que sin duda desafiará las exigencias de buena parte del público... y por eso, para algunos entre los que me cuento, multiplica el interés de la marcianada. Eso, y su apuesta clara por el suspense, tanto en secuencias determinadas (se me ocurre la que abre la película, en la central nuclear) como en las propias intenciones del relato, que no desvela la totalidad de sus cartas (por muy limitadas que éstas sean) hasta bien avanzado el metraje, configuran un blockbuster a contracorriente, decididamente elegante y adulto aunque, desgraciadamente, fallido en algunos extremos. Godzilla es un filme irregular pero interesante en el peor de sus momentos, aunque cuando acierta -lo hace a menudo- resulta simplemente fascinante, incluso en sus aspectos más claramente extraños de su mitología. Que me corrijan los especialistas en el lagarto de marras, pero película abraza el legado nipón del kaiju, sus aspectos más grotescos (spoiler: dos monstruos besándose) con más fruición de lo que aparenta.

El gran problema de Godzilla sucede en otro área, en el de sus personajes, y no tanto en cuanto en su desarrollo o las interpretaciones de su elenco, siempre en el campo de la pura y dura corrección, aunque desgraciadamente sin muchas sorpresas. Sin ánimo de revelar nada de la cinta, existe cierto despiste en las motivaciones del relato una vez desaparece de la historia un personaje clave en la misma, uno que -de hecho- llevaba la voz cantante en lo que hasta entonces era el meollo melodramático de la historia. Uno siente la necesidad de cierto relevo, de una identificación sentimental que nunca llega a producirse, y que debería tener lugar justo cuando llega la hora de pisar el acelerador, de que la película se transforme en el mastondonte que -reconozcámoslo- todos ansíabamos que fuera. La película de Edwards no consigue hacer bien ese tránsito y pierde emoción por el camino, se olvida de cierta sustancia emocional que, hasta entonces, complementaba bien el desarrollo.

Pero, honestamente, tampoco es una herida mortal: el interés de Godzilla está ya en otro orden de cosas, en el puro y duro espectáculo, en los guiños a la ciencia ficción clásica (la sencillez y fluidez de su desarrollo remite a propuestas más modestas, y esto es un halago) y en ciertos apuntes fascinantes que afectan a la caracterización del monstruo, cuyo lugar en la historia cambia respecto a lo esperado: Godzilla existe como personaje, y no, tampoco estamos ante un villano sui generis. Pese a sus asperezas, estamos ante la genuina "monster movie" y un espectáculo que magnifica un género inmerecidamente denostado.

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Crítica: '3 días para matar', con Kevin Costner

- Juan Manuel González - comentarios

A películas como 3 días para matar también hay que entenderlas. Antes de su primera imagen aparece el logo de Europacorp de Luc Besson, productora responsable de haber llenado las pantallas de actioners de producción internacional y tamaño medio, como las sagas Venganza con Liam Neeson, Desde París con amor con John Travolta o Transporter con Jason Statham. Quienes hayan visto o apreciado alguna de las anteriores, y yo lo he hecho (también he odiado otras muchas suyas, como Malavita o MS1: Máxima Seguridad) comprenderán ante qué clase de producto estamos ahora. Todo en 3 días para matar se pliega, por tanto, a los estereotipos actuales del género de espionaje, esta vez con la historia un veterano agente de la CIA afrontando sus últimos meses de vida en la capital francesa y tratando de reconectar con su familia. Habrá quien deteste la falta de ambición de una película que a mi, a priori, me parece un plato apetecible.

En 3 días para matar Luc Besson, con ayuda del director norteamericano McG, ha facturado un thriller al uso, pero también una película con ciertas particularidades. Dominada totalmente por un Kevin Costner a quien se le debería devolver el estatus de estrella, la intriga es tan formularia e inverosímil como todas las aventuras como guionista, director y productor de Besson. De nuevo, asoman en ella ciertos ramalazos de John Carpenter, esta vez en cierto recurso argumental, que ya son habituales en la filmografía del francés. Pero también, ojo, un poco más sentimental. Pese al prólogo de acción, ruidoso y un punto macabro, los títulos de crédito de la película nos anticipan ya un show más crepúscular y romántico que el binomio Venganza producidas por el francés, a partir de ahora nuevos puntos de referencia del cine de acción más directo y macarra (y dos cintas que, cada vez que las veo, me parecen mejores).

Siempre en clave Besson, la de un cómic "noir" que necesita deshacerse de ciertas ambiciones o prejuicios, 3 días para matar trata de explorar la paternidad y las relaciones familiares disfuncionales de un hombre maduro... y lo hace como Besson puede o sabe. Es decir, introduciendo a capón varias subtramas que nunca llegan a conectar adecuadamente con la intriga troncal y que, en esta ocasión, alargan excesivamente un metraje que (al contrario de nuevo que las citadas entregas de Venganza, siempre eficaces y energéticas) hubiera necesitado una poda un tanto radical para mantener el ritmo. A su favor está siempre un excelente Kevin Costner, quien al menos ha logrado evitar la inactividad alternando papeles secundarios (Jack Ryan, El Hombre de Acero) con protagonistas en cintas más modestas, y la correcta factura general de un filme que se ve con agrado y simpatía, pero en algunos momentos con algo de tedio.

Creo que 3 días para matar, pese a esos desajustes y su modestia, se permite el lujo de pedir un esfuerzo cada vez más inusual en el espectador medio. Si invertimos nuestra perspectiva, aceptando que estamos más bien ante un vistoso drama familiar con acción, y no al revés, de repente la película dirigida por McG empieza a funcionar no mejor, pero sí de una manera más estimulante. El agente Renner parece más preocupado por pasar tiempo con su hija adolescente (Hailee Steinfeld) que por cumplimentar los objetivos de su misión, o incluso salvar su propia vida. Y la relación que entabla con uno de los villanos secundarios de la función, a quien pide consejo sobre su hija, resulta chocante y no del todo desdeñable. Me atrevo a decir que si un correcto McG hubiera condensado ciertas subtramas y potenciado estas extravagancias que asoman aquí y allá (incluyendo todo lo que rodea al personaje de Amber Heard), a lo mejor estaríamos ante una muy buena película, y no sólo ante una obra simpática.

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Crítica: 'Snowpiercer (Rompenieves)', con Chris Evans

- Juan Manuel González - comentarios

Snowpiercer cambia las reglas del juego. Sin salirse dentro de los parámetros del cine de puro espectáculo, el director coreano Bong Joon-ho repite la jugada de The Host, su anterior filme en el género de la ciencia ficción, multiplicando por dos el alcance (mitológico, simbólico, cinematográfico) de la jugada. Basada en un cómic de Jacques Lob y Jean-Marc Rochette, Snowpiercer plantea un futuro distópico en la que los únicos supervivientes de un Apocalipsis climático malviven en el interior de un tren condenado a dar vueltas a través de un paraje congelado. El interior de ese tren es un fiel reflejo de la sociedad actual, con toda una masa de explotados que malviven hacinados en los vagones de cola, y un pequeño grupo de privilegiados acomodados en los primeros vagones. A los diez minutos de película, comienza una revolución.

Si no se creen la parábola ecologista y social evidente que subyace tras la sinopsis, esta vez no pasa nada. La película es como el tren que le da título, un verdadero mercancías de acción, tiroteos y peleas que avanza siempre hacia delante y a toda velocidad pero sin sacrificar matices, incertidumbres, interpretaciones. Bong Joon-ho crea un ecosistema argumental complejo sin necesidad de detenerse a contarlo, aderezando la acción con confrontaciones, persecuciones y tiroteos abundantes, y sumando a todo capas de humor negro (en ocasiones nada fino) en una epopeya social que navega entre la visceralidad y violencia descarnada del cine coreano y la franqueza de una propuesta occidental. Pero cual Matrix de los Wachowski, Snowpiercer es una película universal, tiene tantas capas de mensaje y todas funcionan tan bien que al final acaba dirigiéndose a todos los espectadores.

Y lo hace, además, con estilo. La película utiliza los vagones como episodios narrativos semicerrados, casi como si fases de un videojuego se tratase. Sus protagonistas, liderados por Curtis (excelente Chris Evans, atención a su monólogo final) avanzan desde la sección de cola hacia delante hasta llegar a los primeros vagones, donde se encuentra una máquina "eterna" que se retroalimenta y cuyo control define el triunfo o fracaso de la revuelta. Se trata de una estrategia argumental que se revela fascinante y visionaria, pero a la vez de simple ejecución, y que la película sabe explotar al máximo. Por el camino, los protagonistas sufren bajas mientras el ritmo del largometraje se hace más intenso, pero también crece el misterio: progresivamente descubrimos el calado del enigma que se esconde en Wilford, el misterioso personaje que habita tras la última puerta. Semejante encapsulamiento narrativo no deriva en falta de unidad, y cada vagón del Snowpiercer sube la intensidad del anterior en un magistral ejercicio de acción y suspense. La película es un verdadero disparo.

Pero lo mejor no es eso, ni siquiera la limpia planificación del director coreano, o su extraño sentido del humor (atención a la escena del vagón de sushi, o la que sucede en una guardería). Según progresa la acción, Snowpiercer plantea dilemas éticos, morales, sociales, que ubican la película en el camino del héroe más tradicional, solo que esta vez con un pie en el cine social y la lucha de clases. El simbolismo social está presente en cada esquina, en cada idea, pero no ahoga la narrativa de Bon Joon-ho, un director que no tiene miedo de la colisión de estilos, de mensajes, y que dirige la película a toda velocidad hacia una explosión final que es una catarsis épica repleta de esperanza. Estamos ante una de las joyas del año.

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