Confesiones de un cinépata
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Crítica: 'The Amazing Spider-Man 2. El poder de Electro'

- Juan Manuel González - comentarios

Hace dos años, The Amazing Spider-Man supuso un nuevo comienzo cinematográfico, para muchos prematuro, de las aventuras del trepamuros de la editorial Marvel. Habían pasado poco más de diez años del estreno del primer Spider-Man de Sam Raimi, y tras la sustitución del anterior equipo creativo tras Spider-Man 3, la más exitosa hasta el momento (y la primera con síntomas de cansancio creativo), el estudio se apresuró a presionar el botón de "restart" con una nueva película cuya necesidad de repasar los mismos acontecimientos oscureció sus innegables virtudes. Porque sí, están leyendo a uno que disfrutó, hasta cierto punto, con esa infravalorada cuarta/primera entrega.

The Amazing Spider-Man 2. El Poder de Electro es la secuela de ese reboot y, a la vista de los resultados, no va a cambiar absolutamente ninguna concepción. Vamos a decirlo pronto, para ahorrarles líneas que leer: pese a que su éxito de taquilla será clamoroso, la película que dirige de nuevo Marc Webb no va a convencer a los escépticos, es más, profundiza tanto en los virtudes como, sobre todo, los defectos de esa primera película. Sólo que en esta ocasión todo es más desmesurado, monumental, emotivo... y también caótico.

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Crítica: 'Mejor otro día', con Pierce Brosnan

- Juan Manuel González - comentarios

¿Qué tendrán las comedias británicas que agradan tanto? Yo lo sé, y ustedes lo saben. Películas como Cuatro bodas y un funeral, Love Actually, la reciente Una cuestión de tiempo... aparte de compartir al guionista Richard Curtis en su ficha artística, gozan todas ellas de un buen equilibrio entre encanto e ironía, entre el cinismo de sus réplicas y la melosidad de sus argumentos románticos. El novelista Nick Hornby, cuyo historial de adaptaciones al cine (Alta Fidelidad, Un niño grande) no está pero que nada mal, podría considerarse otro de los puntales de este género en su vertiente literaria. Hornby abordaba en En Picado, la novela en la que se basa Mejor otro día, una comedia negra de suicidios abortados y soledades compartidas, que en su adaptación cinematográfica prometía un show de considerables dimensiones al servicio de un cuarteto de actores muy atractivo.

Lamentablemente, la película del francés Pascal Chaumeil se parece a las arriba señaladas sólo en el envoltorio, en la promesa del cartel. Mejor otro día se encuadra sin reservas en el dramedy de autoayuda más comodón, romo y plano, una feel-good movie un tanto perezosa en la que el espíritu que le presuponemos a la novela de Hornby sólo asoma la cabeza de vez en cuando. Lejos de reducir la dosis de buen rollo a su desenlace, como harían otros, Chaumeil administra durante todo el metraje los modos y maneras del melodrama más impersonal, limitándose a subir algo el octanaje del humor y sujetar el lagrimeo para no caer en el drama explícito, y recordarnos que sí, que todavía estamos ante una adaptación de una novela inglesa. En ausencia de un verdadero piloto, de garra, de un Richard Curtis que aporte la otra mitad -la cinematográfica- al impersonal embrollo, Mejor otro día se transforma muy pronto en una película más, otra muestra de comedia dramática que se deja ver pero donde la ironía british sólo funciona intermitentemente.

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Crítica: 'El Poder del Tai-Chi', de Keanu Reeves

- Juan Manuel González - comentarios

Algo tuvo que moverse en el pétreo rostro de Keanu Reeves durante el rodaje de Matrix, el gran éxito de los hermanos Wachowski estrenado en 1999. Ahora, casi una década después de finalizar la saga, Reeves aborda su debut en la dirección con un vehículo de artes marciales concebido no tanto a su servicio, como cabría esperar, sino al de Yuen Woo-pin, quien fuera coreógrafo de la trilogía y una larga lista de filmes de artes marciales de inspiración o procedencia oriental, y la verdadera estrella de la función, Tiger Chen, quien fuera doble de acción del actor en las citadas películas.

Y lo cierto es que se trata de una aventura notable en su género, una actualización de Bruce Lee con razonables dosis de oscuridad y un saludable gusto por la creación de atmósferas empaquetada con más clase que la media. El poder del Tai Chi empieza fuerte, nos mete bien en harina, y aunque nunca acaba de soltar a la bestia y hasta cometa un buen número de torpezas, resulta un filme honesto y estimable. La realización de Reeves (bastante cómodo en el papel de villano, sin acaparar más tiempo del necesario), su ritmo sostenido y el equilibrio sin estridencias de todas sus piezas, unido a cierta vocación introspectiva plasmada sin demasiadas tonterías, configuran una película noble en intenciones e incluso sorprendente en alguno de sus recursos.

Reeves, como director, logra que toda la narrativa que necesita el filme se articule en torno a las escenas de lucha, logrando que cada estilo y arte marcial sea diferenciable en pantalla sin necesidad de explicar nada. Es una manera de ganar terreno y tiempo para adornar el armazón básico del guión y dotarlo de un aire siniestro y ominoso que compensa, en gran parte, la simplicidad de sus diálogos. Estos valores atmosféricos y un pulso narrativo bastante vivo y limpio rematan una película bien acabada, un relato de acción con cierto aire mefistofélico que, pese a las carencias interpretativas, ofrece una buena hibridación de los códigos de la acción oriental y occidental sin pasarse de místico.

Porque al fin y al cabo, lo que importa aquí son las escenas de acción, que la cámara resalta de manera descarnada pero no grotesca, con un dinamismo sin aspavientos y claridad meridiana. Eso y nada más es lo que necesitaba, prometía y anunciaba El poder del Tai Chi. Y eso es lo que ofrece la película.

Crítica: 'Need for Speed', con Aaron Paul

- Juan Manuel González - comentarios

No sé si es intencionado que Need for Speed, la adaptación de la legendaria franquicia de videojuegos de Electronic Arts, alcance su clímax en un faro. Dejando de lado pulsiones extrañas y significados ocultos (a lo mejor es que un servidor tiene un serio problema), la apología de la masculinidad choni de la película interpretada por Aaron Paul es latente y supura por todos los poros del metraje de la película de Scott Waugh, aunque no siempre de la forma adecuada. El antaño responsable de especialistas y director de Acto de Valor propone una variación de la saga Fast & Furious un tanto inesperada, y más aún viniendo precisamente del medio videojuego: mucho más apegada al asfalto que su referente, Need for Speed opta por regresar a las pasiones juveniles y acrobacias reales de especialistas que se veían en las sesiones de cine de hace un par de décadas, buscando una credibilidad en las secuencias de acción que no acaba de encontrar un contrapeso adecuado.

El problema de Need for Speed es que, pese a la presencia en la historia o la producción de John Gatins (nominado al Óscar por El Vuelo) o Shane Black, (excelso guionista pulp recuperado en Iron Man 3) la película no parece estar demasiado bien planteada. Sin lograr que el argumento se sostenga al margen de las secuencias de acción, que ciertamente gozan de suficiente intensidad, Need for Speed cae en los vicios del melodrama facilón y subraya una vez y otra determinados estereotipos más bien infantiles, cosa que no sería ningún inconveniente... si al menos resultara divertido, visceral, verdaderamente rabioso. Dicho de otro modo: la película naufraga en su intento de contar una historia, de lograr química entre los personajes, sin que Waugh aporte la necesaria ironía, tecnología y músculo que sí tenían las aportaciones de Justin Lin a la saga rival. Porque, aunque cueste creerlo, el realizador hace intentos para que la película se sostenga. La historia de un joven mecánico que, tras pagar por un crimen que no cometió, trata de vengar la muerte de su mejor amigo, parece concebida como una road-movie juvenil de redención y compadreo entre machos, pero el incoherente reparto, la sobreabundancia de secundarios moñas, y la general falta de garra de la historia resienten la fórmula desde el principio. Need for Speed es una película más blandita de lo que debe y quiere ser, y su intención de guiñar el ojo al cine de acción setentero se ve saboteado por vicios más contemporáneos.

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Crítica: 'Noé', con Russell Crowe

- Juan Manuel González - comentarios

Noé pertenece a una categoría de películas que merece la pena proteger. La apuesta de Darren Aronofsky, en el que supone su primer trabajo de gran presupuesto (más de 140 millones de dólares sin contar publicidad), tanto o más que una superproducción bíblica (que lo es) se inserta en esa esquiva, resbaladiza y amenazada categoría que podríamos denominar como blockbuster de autor. Una vez establecido esto, en el fondo más importante que la opinión personal de tal o cual espectador (lo que sí les anticipo es que la crítica española, teóricamente más intelectual, responderá peor que el espectador USA, teóricamente más conservador), lo cierto es que la excentricidad épica del director de Cisne Negro resulta una obra fallida aunque carismática, una película de aventuras fluida en su desarrollo, pero conformada por varias capas que muy a menudo se llevan a tortazos entre ellas.

¿Pero a qué vienen tantas preguntas con Noé, al fin y al cabo una película que adapta una historia sobradamente conocida a los nuevos tiempos? Quizá porque tan estimulante o molesto como sus resultados, lo que más admiración causa de la película protagonizada por Russell Crowe es, más bien, su mera existencia. Una vez subrayado lo atípico de su condición, al fin y al cabo una anomalía fruto de una única visión y no del consenso de una mesa de ejecutivos (como la por otro lado admirable secuela del Capitán América) lo que queda para nosotros es la película. Una cinta más sencilla de lo que aparenta pero, aún así, inclasificable, como lo es también la propia carrera de Aronofsky, director que rechazó e incluso abandonó en marcha superproducciones como las ya estrenadas Lobezno Inmortal y RoboCop para abordar aquí su más proyecto personal, ése que podía enterrarle vivo a los ojos de los estudios, o consagrarle para el cine con ambición comercial.

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Crítica: 'Capitán América. El Soldado de Invierno', de Marvel

- Juan Manuel González - comentarios

Calificar una película como Capitán América. El Soldado de Invierno como un triunfo cinematográfico puede sonar exagerado. Pero algo de eso tiene la nueva aventura del personaje Marvel, que continúa la historia del héroe de la Segunda Guerra Mundial tras los eventos narrados en Los Vengadores al tiempo que prepara el terreno para la denominada Fase 2 del estudio, ahora en curso. Sobre todo tras la relativa decepción de Thor. El Mundo Oscuro, la secuela de Capitán América resulta incluso sorprendente en su concepción realista de la acción (pese al despiporre final de FX) y sí, desarrollo de personajes, adentrándose incluso en cierto territorio moral que, en realidad, no le es nada ajeno al recto capitán Steve Rogers.

El Soldado de Invierno se basa en gran parte en el ciclo abordado hace relativamente poco por el guionista Ed Brubaker, considerado con bastante unanimidad una de las mejores etapas del personaje. Pese al evidente filtrado en forma y contenido para asimilarse con el resto de films del estudio (el cómic abundaba en saltos temporales y resultaba más introspectivo), estamos ante una de las películas Marvel que más y mejor posan sus pies en la realidad de todos los facturados hasta ahora. El Soldado de Invierno hunde las garras en el thriller de los setenta, y en su ADN se mezclan tanto a aventura Bond como la conspiranoia de la saga Bourne, todo ello pasado por el colador del cine de superhéroes capaz de complacer nuestros más bajos instintos de cine de verano.

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Tráiler y póster de 'Hércules', con Dwayne Johnson

- Juan Manuel González - comentarios

Hércules es la segunda película dedicada al célebre personaje mitológico que nos llegará en 2014. La gran virtud de la película es, a priori, estar protagonizada por el exluchador Dwayne Johnson, el verdadero heredero del trono de Schwarzenegger y Stallone (por ser el único capaz de reírse de sí mismo) y que, pese a no tener cara de griego, se atreve a interpretar hasta tres papeles en la película, incluyendo a Zeus y Aquiles.

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El tráiler de 'X-Men. Días del Futuro Pasado redefine la épica

- Juan Manuel González - comentarios

La web Rotten Tomatoes situó a X-Men. Días del Futuro Pasado como la película más anticipada del verano. Y no es para menos. Todo en este segundo tráiler de la aventura Marvel dirigida por Bryan Singer, en su esperado regreso a la franquicia que él creó para el cine, sabe a conclusión increíble y épica... todo ello pese a que la película no terminará nada, sino que más bien empezará, a tenor del número de proyectos que Fox tiene preparados para la franquicia mutante. La película, huelga decirlo, destaca por unir los repartos de la anterior franquicia y la reciente saga iniciada por Matthew Vaughn en Primera Generación, lo que da lugar a un casting kilométrico que suma nombres como los de Michael Fassbender, Jennifer Lawrence, Ian McKellen, Patrick Stewart, Halle Berry, James McAvoy, Ellen Page y el imprescindible Hugh Jackman.

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Crítica: 'Non-Stop (Sin Escalas)', con Liam Neeson

- Juan Manuel González - comentarios

En un momento ya bien avanzada Non-Stop, el anónimo villano pone a prueba a Liam Neeson asegurando que para algo es "un hombre de recursos". Un momento aparentemente anecdótico pero que demuestra que al actor irlandés, transfigurado a sus 61 años como apesadumbrado (e inesperado) action-man macarra, en realidad ya no hace falta ni caracterizarle, por mucho que el guión se esfuerce en guardar las apariencias... Tal es la fuerza del nuevo modelo de personaje que aborda con eficacia Neeson desde el sorprendente éxito de Venganza, de Besson y Morel.

En Non-Stop interpreta al marshall Bill Marks, encargado de la seguridad del vuelo trasatlántico que une Nueva York con Londres, y que recibe en pleno avión una serie de inesperados y amenazantes SMS. Un pasajero anónimo exige una transferencia millonaria o alguien morirá cada 20 minutos. Y a partir de ahí, y utilizando el molde de una Agatha Christie anabolizada, lo que viene es un ejercicio Hitchcockiano pasado por el tamiz del actioner de tamaño medio, ése al que el productor Joel Silver parece abonado tras retirarse de la primera línea (con notables resultados en ambos casos) y que le aproxima cada vez más al territorio del europeo Luc Besson.

Non-Stop sigue las coordenadas de cierta clase de vehículo medio de acción y suspense, en su variedad espacio cerrado, con un guión tramposo y personajes unidimensionales. Pero he aquí que la dirección del español Jaume Collet-Serra, en su cuarta película con Silver (y segunda con Neeson tras Sin Identidad), consigue hacer que el avión de marras un lugar condenadamente inseguro. Sin genialidades pero con un dominio perfecto del tempo, el catalán conduce la acción hasta una explosión final con sobredosis de catarsis y resoluciones, pero entretenido a rabiar. Collet-Serra apisona las incoherencias de un guión más falso que el plano secuencia que adorna el centro de la película (¿alguien duda de que el piloto morirá?) y nos sumerge literalmente en una trama que reclama constantemente la atención del espectador, inyectando inquietud a un público consciente -suponemos- de que todo esto se trata de un juguete.

Non-Stop es un divertimento que entretiene en su apología del cliffhanger, un filme que viste su mediocridad con un poco de travesura y otro poco de talento genuino (ver cada una de las conversaciones por móvil) sin perder el decoro cinematográfico ni cierto sentido de la decencia. Y sí: en ausencia de Sean Connery, Liam Neeson nos funciona como la nueva gran presencia del cine de acción old-fashion, echándose toda la película a sus espaldas y demostrando que, en realidad, la acción siempre fue cosa de hombres mayores. Cuenta con la inestimable ayuda, eso sí, de Jaume Collet-Serra, un director que es español, pero que parece entender a Hitchcock de una manera inédita, es decir, en clave de "pulp" pulcro y desde la artesanía de los olvidados Peter Hyams o John Badham.

Dicho de otro modo: Non-Stop es una tontería condenadamente bien hecha de la que se sale con la risa nerviosa, la que da sobrevivir a un asesino, una bomba y una despresurización, y no saber bien cómo han conseguido tomarte el pelo otra vez con lo mismo. A lo mejor eso también es talento.

Crítica: 'El gran Hotel Budapest', de Wes Anderson

- Juan Manuel González - comentarios

A veces recalcitrantes, a veces fascinantes, confieso empatizar sólo en ocasiones con esa generación de cineastas geek con pretensiones que encabeza Wes Anderson. Un grupo de autores que, sin embargo y este mismo año, nos ha dejado películas notables como Her o -menos- The Bling Ring, y que por tanto, me obliga a tragar mis propias palabras demasiado a menudo. Sofia Coppola, Spike Jonze, Michel Gondry o el propio Anderson, todos conforman un grupo de directores a caballo entre lo independiente y lo moderno, entre la autoría y la pura travesura (que tampoco es inconpatible, digo yo) capaz de descolgarse con joyas como Lost in Translation y patadas en la ojos como Maria Antonieta, ambas de la Coppola, casi en solución de continuidad.

El Gran Hotel Budapest no ofrece nada nuevo a los fans de Wes Anderson -nada de nada, de hecho- pero todo en ella da la impresión de resultar más depurado, fluido y natural que nunca. No es moco de pavo, dado que Anderson me parece ahora mismo el más implacable y directo de todos los nombrados arriba, además del más abiertamente vitalista en sus ritmos, todo ello pese a moverse dentro de unas coordenadas si cabe más definidas que sus coetáneos. Imposible discernir cuál es mejor, si la reciente Moonrise Kingdom o la presente, que a tenor de las fechas Anderson ha debido acometer casi en solución de continuidad. Pero la que protagoniza un inesperado Ralph Fiennes junto a una decena de secundarios de lujo resulta, para quien esto escribe, una experiencia especial y -como dicen los entendidos- casi sensorial.

Si en Moonrise Kingdom el romance entre dos boy-scouts servía de excéntrico homenaje al cine francés, El Gran Hotel Budapest puede contemplarse como la particular película de acción de Wes Anderson, una buddy-movie a base de planos simétricos repleta de escenarios, problemas, tiroteos y persecuciones, y hasta un puñado de muertes sanguinolentas. Anderson incluso tiene tiempo para el elogio del compadreo masculino propio del género, si bien dentro de sus propias modulaciones. La película adopta sin embargo la forma de una fábula que, a partir del dibujo de una entrañable relación maestro-discípulo, opta después por rendirse al disparate y a un afinado y cada vez más abundante humor negro, testimonio de que Anderson navega ahora más libre que nunca. Sus cambios de formato cinematográfico (con brillantes resultados), la marca de agua de su director en el diseño de todos sus planos (que lejos de cansar, seduce) y todas sus referencias y colección de guiños habituales, resultan sin embargo en una película cohesionada. En El Gran Hotel Budapest, Anderson juega a lo mismo de siempre, pero la película se ve igual de bien que se veían las mejores de Woody Allen, otro capaz de que los géneros se plieguen a su autoría, y no al revés.

El Gran Hotel Budapest es una elegante comedia de aventuras y de época que, de una extraña manera, satisface al público en busca de ese sello de autor tanto como el que devora entertainment de multisalas. Pese a la exquisita confección visual de la película, el cuidado en cada uno de los elementos visuales, lo que anima esta joya es, sin embargo, la energía de un guión convencional pero hilarante, que parece apoyado tanto en la Nouvelle Vague como, esta vez y más que nunca, en la situación de tebeo. El eco de las odiseas bélicas y el cine de aventuras de los sesenta, incluso con fugas carcelarias de por medio, resuena esta vez de una manera mucho más evidente que las fantasías románticas y los dramas familiares habituales de su director. Anderson, sin embargo, extrae toda la poesía posible y se reserva dos balas o tres en la recámara, entregando un final sobrecogedor que eleva El Gran Hotel Budapest al Olimpo de sus mejores películas.

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