27 de Febrero de 2010 - 21:38:12 - Fernando Díaz Villanueva - 9 comentarios
Hace casi tres años, en la primavera de 2007, nos propusieron a Fabián C. Barrio, a Daniel Rodríguez, a Isaac Jiménez y a mí hacer un programa de tecnología para Libertad Digital Televisión, entonces en plena expansión. Fabián me mandó por e-mail una idea la mar de simple: él sería el presentador y nosotros, Dani, Isaac y un servidor los colaboradores que, cada semana, le llevaríamos unas cosillas de las que hablar. Nos repartimos entonces las tareas. Daniel sería el experto en Internet, Isaac en videojuegos y yo en gadgets, que es un palabro importado del inglés, para nombrar con más propiedad a los cacharritos electrónicos que tanto gustan a todo el mundo.
Por indicación expresa del director de la cadena, que era y sigue siendo Javier Rubio, el programa habría de ser extremadamente económico, tan económico que tenía que costar, exactamente, cero euros, ni uno más. Otros hubiesen rechazado el ofrecimiento, nosotros lo aceptamos encantados, porque no todos los días le dan a uno un programa de televisión y porque, excepción hecha de Daniel –que llevó con resignación el lío en que le metí– a los demás nos gusta mucho salir en la tele y hacer el ganso. Al programa le llamamos Conectados después de darle algunas vueltas. Lo que no recuerdo es quién le puso el nombre, probablemente Fabián.
Empezamos a primeros de julio, un día que hacía un calor de muerte, a las 9 de la noche con Dieter saliendo a toda hostia del maquillaje para empezar el telediario. Nuestro primer plató era el pequeñito que hay a la entrada de LD. En aquel entonces ese plató era virtual, con su croma verde y sus cámaras robotizadas pegadas a la pared. Era casi con toda seguridad el plató de televisión más pequeño de España, pero, a modo de compensación por tanta estrechez, era muy coqueto y parecía que estabas en el salón de tu casa, con Fabián de señorona antipática que te echaba a patadas si no sabías comportarte, lo que, en mi caso, era bastante usual.
Ese verano se estropeó un par de veces el aire acondicionado del estudio. Fabián se había puesto como uniforme un traje gris, así como de economato, con la corbata roja calcada a las que llevan los del Banco de Santander en los anuncios. Esa manía suya le hizo pasar un calor insoportable que él trataba de aliviar bebiendo un Aquarius que tenía escondido debajo de la mesa, encima de una papelera dada la vuelta. Dani e Isaac, que son personas normales, pasaron de uniforme. Yo no, le pedí al estilista, que me encargase unas camisas molonas de colores. Luego, en la segunda temporada, cambié y me vestí sólo de negro porque acababa de ver las tres pelis de Bourne y quería ir vestido como el protagonista, que es un monstruo.
El programa se emitía los fines de semana y tenía muy poca audiencia a través de la televisión convencional. Pero lo subíamos a YouTube y allí congregó a una pequeña comunidad de telespectadores que rara vez faltaban a su cita con Conectados. Hasta nos enviaban correos y hacían solicitudes que, casi siempre, eran respondidas. Lo cierto es que lo hacíamos pensando en que nos veía una única y solitaria persona a las tres de la mañana en su ordenador, pero como somos muy respetuosos, tratábamos de que esa persona pasase tan buen rato como nosotros. Con eso nos dábamos por pagados. Siempre he pensado que, en este oficio, si no se disfruta haciendo algo, es decir, escribiendo, hablando por la radio o por la televisión, es muy difícil que el que está al otro lado lo pase bien.
Y ahora, después de todo este rollo, usted, admirado espectador/lector de Conectados, se preguntará por qué demonios le cuento algo que posiblemente no le interese. Lo hago porque Fabián se ha ido y aquel programa con su prólogo y su epílogo fue la experiencia más larga que viví junto a él. No, no me malentienda, no se ha muerto ni nada de eso, se ha ido de LD para emprender la mayor aventura de su vida, un viaje a lomos de su moto alrededor del mundo que le llevará dos años. A su vuelta, si Dios quiere en el año 2012, él será otra persona totalmente distinta a la que yo he conocido en persona y usted a través de la televisión primero y de esta bitácora después. Entonces, si Dios sigue queriendo, volveré por aquí a contarles mis impresiones del Fabián recauchutado y resacoso de aventuras.
Fabián o, mejor dicho, Zé Barrio, que es como siempre le he llamado, saldrá el próximo mes de mayo de la madrileñísima Dehesa de la Villa para jugarse la cara por esos caminos del mundo. Le he advertido de los peligros, en absoluto virtuales, que enfrentará, pero él, obstinado y quijotesco como sólo puede serlo un gallego de Padrón, lo ha querido. Así sea.
La espantá fabianesca me da pie a algo inaudito: a hablar bien de él. Se lo merece y, además, hace ya mucho tiempo que quería decir en alto lo que nunca le digo a la cara para que no se crezca, que luego no hay quien le aguante. Es un tipo estupendo, listo y, aunque sabe ocultarlo, buena persona. Quien le conoce lo sabe. Perdemos con él una mente excepcionalmente creativa y un trabajador infatigable. A cambio, él gana su alma.
Que la singladura te sea propicia mi Capitán.
24 de Febrero de 2010 - 14:37:50 - Fabián C. Barrio - 10 comentarios

16 de Febrero de 2010 - 12:18:29 - Fernando Díaz Villanueva - 6 comentarios
Cuando los ingenieros aeronáuticos asumieron que hacer aviones más rápidos implicaba venderlos a un precio desorbitado, se pusieron a llenarlos de gadgets en las butacas y en la cabina del piloto. Así, los aviones en los que viajamos ahora son, en esencia, los mismos que hace 50 años pero con pantallas LCD donde ver una peli y unos sistemas de navegación infinitamente mejores.

Esto de los aviones confirma que, cuando una tecnología ha llegado a su techo natural por encima del cual los costes se disparan, los avances se centran en lo estético. Pentax acaba de anunciar que va a sacar su modelo K-x, el más compacto y asequible de la marca, en ocho colores. Y esa es la novedad del año. Podremos tener la cámara en color chocolate, o en fucsia metálico, que, como todo el mundo sabe, es algo utilísimo para sacar buenas fotos.
Pentax ha hecho lo único que se puede hacer porque las cámaras digitales réflex han tocado su techo tecnológico, al menos a precios razonables. Esta en concreto monta un sensor de 12,4 megapíxeles, quita el polvo del sensor mediante un mecanismo y graba vídeo casi como una cámara. Se le pueden cambiar los objetivos, tiene una gran pantalla LCD detrás y hace todo lo que hacía el año pasado.
Podría mejorar incorporando un sensor de 14 megapíxeles, y poco más. Pero eso el consumidor no lo apreciaría en absoluto y pagaría más. Si quisiese diferenciarse de verdad habría de montar el sensor de 40 megapíxeles pero entonces no podría costar 650 euros sino muchísimos más y, además, sería un problema para el usuario medio gestionar las fotos en el ordenador dado su tamaño.
Ante lo inevitable Pentax ha tomado el camino de la estética recurriendo al color. Así, la cámara entrará por los ojos, especialmente de las mujeres, que son muy sensibles a la belleza de las cosas. Con la Pentax K-x de este año se podrá hacer lo mismo que con la del año pasado… pero con estilo, con ese color chocolate que todos siempre quisimos tener en una cámara de fotos para enseñársela a las amistades y, por qué no, pegarle de vez en cuando un mordisco.
4 de Febrero de 2010 - 12:34:05 - Fernando Díaz Villanueva - 10 comentarios
Adorado lector, dos cosas:
Primera
He vuelto, y para quedarme por fabianescas razones que, más pronto que tarde, sabrán de primera mano todos ustedes.
Segunda
El iPad de Apple no es tan malo, de hecho, ni siquiera es malo; es un dispositivo excepcional y todo el que se lo pueda permitir se comprará uno. Y digo esto por dos razones. La primera es porque me gusta llevar la contraria y allá donde veo un consenso me opongo. Los consensos suelen ser ovejiles y fruto del poco pensar. La segunda es porque, digan lo que digan, el iPad es un tipo de gadget que no existía antes y que entra por los ojos como ninguno.
Apple ha creado un dispositivo que no pretende ser ni un teléfono móvil, ni un subportátil tipo netbook, ni un ordenador portátil, sino un poquito de los tres. Del teléfono tiene la simpleza y rapidez del sistema operativo, su conexión a redes HSDPA y su catálogo de aplicaciones. Del netbook la portabilidad, la pantalla y la potencia. Y del ordenador portátil su precio. Luego tiene algo de lo que carecen tanto los móviles como los portátiles y netbooks de la competencia: es Apple, tiene una manzanita en la parte de atrás y es bonito y deseable.
Critican al iPad no disponer de capacidad multitarea. Y con razón, pero en este tipo de cacharros tan enanos la multitarea no es una de las prioridades. Y usted lo sabe. Además, siempre se la pueden incluir vía actualización de software.
Le ponen de vuelta y media por no traer una cámara integrada (una isight) como los netbooks. Pero, seamos francos, ¿quién, aparte de los adolescentes chateadores, utiliza esa cámara infame que viene en los portátiles? Quizá, si ven que hay demanda, la incluirán en próximas versiones.
No tiene puerto USB, pero los móviles y los iPods tampoco traen puerto USB. Lo que si trae es un conector Apple por el que entrará todo mediante adaptadores que la compañía venderá para alegría de sus accionistas. Un puerto USB es útil en un portátil, pero no en un aparato que sirve, básicamente, para navegar por Internet tirado en la cama o, perdónenme la expresión, en el tronito mientras hacemos aguas mayores. ¿Realmente pensamos en enchufar ahí, en tan placentero momento, el pincho USB que nos hemos traído de la oficina para revisar los balances? No, verdad, pues eso.
¡¡¡Sólo 16 gigas de disco duro!!!... claman los Savonarolas tecnológicos por los blogs del interné. Pues sí, sólo 16 giguillas de nada, 64 si aflojamos un poco más, pero siempre pocos si los comparamos con los 250 que meten los de HP en su última generación de minis. Pero, a ver, ¿cuántos lleva el móvil? No son necesarios discos de 10 terabytes en un dispositivo que utilizamos en esos momentos íntimos. Si uno quiere ver un vídeo en el avión pues carga la peli, la ve y luego la borra… como en el móvil, pero mejor que en el móvil porque la pantalla es mucho más grande.
Le acusan de no reproducir flash, y es, quizá, la crítica más consistente. El iPhone tampoco lo hace y todo el mundo (excepción hecha de un servidor) quiere tener uno. Porque todas las críticas que se le hacen al iPad son, aproximadamente, las mismas que se hicieron al iPhone hace ahora tres años. El iPhone era un desastre de teléfono cuando lo anunciaron en enero de 2007 y hoy es oscuro objeto de deseo. Por él el personal se casa encantado con su operadora móvil durante año y medio pagando una pastizara en datos.
El éxito del iPhone radica en que funciona, es bonito y se puede sacar para que lo vean los demás, porque presumir es una de las mayores fuerzas de la naturaleza. Sospecho que al iPad le pasará algo similar. Es bonito, funciona y es lo suficientemente pequeño como para sacarlo de paseo y que los demás nos lo vean. Ahí y en ningún otro lugar está la clave de un producto híbrido que, por lo demás, es total y absolutamente prescindible.