Conectados

Febrero 2009


Wooow, fotos de Scarlett Johansson, mhmhmh

27 de Febrero de 2009 - 13:07:20 - Fabián C. Barrio - 6 comentarios

Señores,

Ahora que he conseguido su atención, les revelaré que este post en realidad va sobre la propincuidad en Internet. Gracias.

Les propongo un pequeño reto sociológico: Durante la próxima conversación ante la máquina de café de la oficina, aproxímense lentamente a su interlocutor, de tal modo que la distancia entre ustedes sea inferior a 46 centímetros. Este número mágico, que delimita la distancia íntima de la meramente personal, fue estudiado por el antropólogo Edward T. Hall en la década de los sesenta. A tal efecto, Hall inventó el término proxémica referido al uso que el ser humano social hace del espacio existente entre dos o más personas. Según sus estudios, cualquier aproximación más allá de este espacio por individuos que no tienen una relación especialmente profunda, provoca una desagradable sensación de invasión. A lo largo de nuestra existencia social, indudablemente nos habremos encontrado con algunas personas, a las que recordamos con cierta aversión, que han invadido esa burbuja invisible que forma parte de nuestra mismidad. Personas a las que les resulta imposible hablar con nadie a quien no estén cogiendo por la solapa, individuos de correoso aspecto que sudan a escasos milímetros de nuestra cara. Las situaciones sociales que obligatoriamente rompen esta barrera -como ascensores o transportes públicos- son vividas con desagrado e incomodidad. El espacio regido por la proxémica está en realidad constituido por capas como las de una cebolla, capas que permitimos que los demás traspasen o no y que son más o menos flexibles, en función de la situación en la que nos encontremos, nuestro bagaje cultural, o el grado de intimidad que nos une a ellos.

Quizá recuerden ustedes un post anterior en el que les comentaba el pánico que me produce que una sola empresa conozca mi vida digital mejor que yo mismo. Pues bien, hoy quisiera reflexionar sobre la invasión del espacio digital personal. Al igual que ocurre con el espacio psico-físico, el individuo en Intenet crea una serie de burbujas concéntricas: una pública, que usualmente se identifica con un avatar, algún tipo de icono representativo, un nick, y que en muchas ocasiones es una auténtica ensoñación que nada tiene que ver con uno mismo. Otra social-personal, que abarca la producción propia: algunas de sus fotografías, su blog, su página de aeromodelismo o reiki, determinados contenidos volcados con él pero que no son especialmente relacionables con él como persona. Finalmente, una distancia íntima, la de los 46 centímetros, a la que no permitimos que accedan todos, sino casi siempre sólo las personas a las que conocemos en la Vida Real, fuera de Internet: nuestro Facebook, nuestro Tuenti, o la cuenta de messenger que usamos para hablar con mamá y no la que nos hemos abierto para jugar a médicos y enfermeras con un globoso cincuentón de Sant Sadurní d'Anoia que dice ser una lolita neumática de Rio de Janeiro. El navegante anónimo, participante en foros y chats inocuos o no, socialmente reprobables o moralmente impecables, siempre encuentra incómodo que se llegue a él espontáneamente saltando de un espacio a otro. Si este salto se produce directamente desde el espacio público al íntimo, la experiencia es abiertamente aterradora.

Para tranquilidad de todos, les diré que el único modo real de que se produzca este salto es porque el propio interesado lo propice. Mucha gente vive con cierta ansiedad la posibilidad de que alguien llegue a llamar a la puerda de su casa desde, por ejemplo, los foros de LD. La habilidad del posible pirata tendría que ser notable, tendría que hackear, como mínimo, LD y Telefónica para hacer una búsqueda inversa de esas características. Entonces, ¿por qué te has visto en la situación de que alguien es capaz de dar tu nombre y tu DNI en un foro? Fácil: inadvertidamente, en el pasado, participaste en un inocuo blog de quesos de la Alcarria dando el mismo nick con el que ahora participas en este otro foro, y ahí aparece tu email. Y en otra página, sobre papiroflexia, pusiste tu nombre real asociándolo a ese email. Y en la universidad, aparecieron listadas tus notas junto a tu DNI en un PDF que un profesor de Griego colgó hace cuatro años en la red. Así que ahí tienes el salto: tengo tu nick que me lleva a tu email que me lleva a tu nombre, que me lleva a tu DNI. No es de extrañar que florezcan como hongos empresas que se dedican a defender la reputación de individuos en la Red, o incluso a eliminar sus huellas y a devolverles el anonimato que siempre quisieron conservar.

Anónimamente,

Fabián, su Chico Huidizo

Fabián C. Barrio se dedica a la impermeabilización de paredes y techos.

Y se cayó Gmail

24 de Febrero de 2009 - 13:41:11 - Fernando Díaz Villanueva - 6 comentarios

Pasa que cuando uno cree que Internet no falla nunca va y falla, y de que manera, y con que estilazo te saca una pantallita que dice "Server Error", así, con toda la chulería del mundo. Entonces sobreviene la frustración y el "¿dónde está mi e-mail?, ¿cuándo podré leerlo?, ¿se habrán borrado todos mis correos con eso del Server Error?, ¿y si no vuelve en tres días?, porque, a fin de cuentas, es gratis y no me deben ninguna explicación. Por momentos me siento como Enjuto Mojamuto en el peor día de su vida. Esto es quedarte sin correo electrónico; quien lo probó, lo sabe, que diría Lope de Vega en otro contexto bien distinto pero no menos doloroso.

Bueno, el hecho es que, me ponga como me ponga, Gmail se ha caído; y no es cosa de mi conexión, ni de Telefónica, ni del fairguol que ha puesto el informático para que no perdamos el tiempo leyendo e-mail.... esto es real, y San Google del Vaticano lo ha reconocido. Nos dicen, con el laconismo habitual de la casa, en un rinconcito de esta página que:

Estamos al tanto de que hay un problema con Gmail que afecta a numerosos usuarios. El problema se presentó a eso de la 1:30 (hora del Pacífico) Estamos trabajando duro para resolver este problema e iremos informando de ello. Sentimos las molestias.

Eso es todo. Sólo les ha quedado recordarnos que roncamos por las noches y que sus orgasmos fueron fingidos. Ni la peor de las amantes te abandonaría de una manera tan vil y desalmada. Si ya decía mi abuela que lo barato siempre termina saliendo caro. ¡Oh, Teleline, vuelve a mi!

Por fin es viernes

20 de Febrero de 2009 - 10:37:02 - Fabián C. Barrio - 6 comentarios

Señores,

Celébrenlo AQUÍ.

Cariñosamente,

Fabián, su Chico Tipadito y Cobby

La república de los perdedores de tiempo

17 de Febrero de 2009 - 01:41:15 - Fernando Díaz Villanueva - 4 comentarios

Dice Mark Zuckerberg, que es un niñato californiano con nombre alemán (montaña de azúcar significa su apellido), que Facebook sería el sexto país más poblado del mundo si alguna vez Obama diese la independencia a su pagina güé. Bueno, lo de Obama no lo ha dicho, pero lo pongo yo porque lo más probable es que Zuckerberg lo pensó al decirlo. Así, a lo tonto, su página güé tiene nada menos que 175 millones de usuarios, 175 millones de personas que, al menos una vez en su vida, han entrado en la página en cuestión y han creado su propio perfil. Pero, ¿qué es eso del “perfil”? ¿Acaso los usuarios de Facebook, alias Feisbuc o El Feisbuc, suben a esa página una foto suya tomada de perfil?

No, nada de eso, el perfil fesibuquero es una ficha personal del usuario en cuestión donde se ponen cosas como el nombre, la fecha de nacimiento y otros datos personales que, en puridad, interesan sólo a los enemigos del usuario, que utilizará esos datos siempre en su contra. Así, por ejemplo, hay gente que pone la ciudad donde vive, su dirección de e-mail y su cita preferida (que suele ser una cursilería), lo cual no compromete mucho; pero otros, más generosos con las cosas personales, ponen sus libros y películas favoritas, ponen lo que andan buscando: mujeres, hombres o ambos; ponen su ideología política, donde estudiaron, a qué se dedican y cuáles son sus gustos, aficiones y cosas que les hacen perder el sentío. Algunos, los menos, los feisbuqueros más aguerridos llegan a poner una pequeña descripción de sí mismos, una descripción que, por descontado, es siempre positifa, nunca negatifa.

Bien, eso es un perfil. Pero, ¿por qué lo llaman perfil cuando pueden decir ficha? Pues por la sencilla razón de que nos encanta tomar palabras del inglés y calcarlas tal cual vienen de la lengua de Shekspir. Así “perfil” es, en realidad, “profile”, es decir, “profail” y suena como muy de consultora estratégica, de manera que ¡zas!, perfil que te crió y la ficha en el INEM o en la comisaría, que es donde tiene que estar.

Una vez rellenado el perfil comienza la verdadera experiencia Feisbuc, el bautismo en las redes sociales y en la güé dospuntocero, que es algo irresistiblemente moderno y atractivo. Lo primero que hay que hacer es agregar (sic) amigos, porque para estar en el Feisbuc solo uno se queda en casa. Se dice agregar porque, una vez más, se ha tomado una palabra del inglés y se ha traducido, digamos, libremente. En la versión original eso de “agregar” amigos es “add friend”, o, lo que es lo mismo, “añadir amigo”, pero aquí, en la Hispania Fecunda que cantara Darío, nos pone más eso de agregar al personal como si, en lugar de coleguillas del curro, se tratase de datos macroeconómicos. Además, en el mundo real, ese desfasado mundo unopuntocero, los amigos no se agregan, los amigos se hacen…

-          Rafa, cariño, ¿te acuerdas de Fran, ese monitor del gimnasio que te presenté el mes pasado?

-          Si, claro que me acuerdo…

-          Pues nos hemos hecho amigos

-          Ah, vaya, me alegro por ti, porque él va apañado…

Lo ven, los hispanos hacemos amigos no los agregamos ni los añadimos. Amigos de gente como Fran, monitor de gimnasio, o como Saray, cajera del Mercadona que todavía no se ha enterado de que existe el Feisbuc… ni falta que le hace.  

Una vez perfilizados y con todas las amistades agregadas, Feisbuc se revela en toda su grandeza. Para empezar, podemos subir fotos de nosotros mismos y de nuestras cosillas. Yo, que, a diferencia de Saray, sí que sé lo que es el Feisbuc, subo a mi perfil muchas fotos de mis compañeros de trabajo, especialmente de Mario Noya, que es un lente-herido. Una vez están arriba las comparto con mi red de amigos agregados, con todo el mundo mundial o con mi tía Hipólita, que desde que dejó a Fran y al gimnasio sólo tiene ojos para el Feisbuc y para el blog de Conectados. Puedo también, si ese es mi deseo, no compartirlas con nadie y mirarlas yo solito en el Feisbuk en un ejercicio único de dospuntocerismo fotográfico autorreferente.     

Además de las fotos el feisbuc permite hacerse miembro de grupos, algunos muy curiosos como, por ejemplo, aquel que busca un millón de personas que adoran el bocadillo de gallinejas. Aparte de compartir gustos gastronómicos también ofrece la posibilidad de decirle al personal cuántos idiomas se conocen y de poner sobre un mapamundi todos los sitios donde uno ha estado. Este mapa siempre que lo miro me da que pensar, porque la gente dospuntocero es la mar de zascandil y se pasa media vida en Ámsterdam y la otra media en Miami, pero yo a mis amigos del Feisbuc lo más lejos que los he visto es en Segovia comiendo un cochinillo… y eso si que no lo ponen en el mapa, no vaya a ser que venga el amigo del amigo y les desagregue que, trasladado al mundo unopuntocero, es lo mismo que no ajuntarse. El desagregado es quizá el peor trance por el que puede pasar un feisbuquero. A mi, sin ir más lejos, una vez me desagregó Mario Noya, y lo pasé fatal. Tuve que chantajearle con no compartir con él unas fotos para que volviese a ajuntarme, cosa que hizo de mil amores cuando vio su apolínea figura resplandeciendo como el astro rey bajo el logotipo del Feisbuc.

Soy de la firme opinión de que quien ha pasado por un desagregamiento feisbuquero es capaz ya de cualquier cosa en esta vida, incluyendo el dejar de fumar a pelo. Si, en lugar de periodista, fuese psicólogo, lo recomendaría encarecidamente a mis pacientes para fortalecer su autoestima. Ya sabe, insulte a uno de sus agregados y viva el despecho de ver como le desagregan… ese vacío, esa rabia electrónica contenida, ese no saber como responder, esa reconciliación. Hágalo, no se arrepentirá.

Imitando a la vida misma, el Feisbuc permite no sólo tener amigos sino poder hablar con ellos en vivo y en directo. Cuando uno menos se lo espera, en una esquina de la pantalla salta como un resorte una cajita de texto en la que un agregado desconocido te dice…

-          Hola, como va la cosa?

Señores, esto es internet, esto es el siglo XXI, esto es Feisbuc, esto es el dospuntocerizaje elevado a la enésima potencia. Un millón de años de evolución culminan en ese…

-          Hola, como va la cosa?

¿No le parece fascinante? Así, sin conocerse de nada, sin haber siquiera compartido un cochinillo en la misma mesa, se mete uno en su cuarto y le pregunta cómo va la cosa. Es como si el vecino de 12ºD escalera izquierda del bloque que hay 300 metros más arriba se asoma por su ventana a las dos de la mañana y le pregunta por qué está usted en calzoncillos. Ni Sartre y su “infierno son los otros” hubiera imaginado algo semejante. Gracias Zuckerberg, pero casi hubiese preferido que Saray viniese a pedir un poco de sal llamando primero a la puerta.

Pero no todo en Feisbuc son gratas experiencias antropológicas, también hay espacio para el esparcimiento. No sé exactamente cuántos, pero en Feisbuc hay miles de juegos de todos los tipos que prometen horas y horas de entretenimiento gratuito... o no gratuito, porque algunos cuestan dinero de verdad que se transforma en virtual y que termina inevitablemente en el bolsillo de los creadores del juego. El trato es justo: tu juegas, tu pagas. Nada que objetar.

En una comunidad tan grande, de 175 millones de personas y creciendo, hay gente para todo, los hay que pasan de su perfil, que no suben fotos, que no chatean con el vecino del 12ºD escalera izquierda del bloque que hay 300 metros más arriba y que no juegan. Los hay que sólo se dedican a poner cosas en el muro de los demás. ¿Qué es eso del “muro”? El muro es, tócala de nuevo Sam, un calco del inglés. Zuckerberg y su gente dicen “wall”, que en español, lengua infinitamente más rica en léxico y, no digamos ya, en matices, significa muralla, muro y pared. Como los calcadores tenían que elegir una cogieron “muro”, porque tal vez pensaron que las murallas son muy grandes para pintar en ellas y que en las paredes, aunque se haga, no se debe pintar nunca. Esta gente es así de correcta. El muro no es más que un una página donde los agregados vienen y dejan una nota, por lo general agradable y habitualmente cursi sobre la amistad compartida. Más les vale, una nota inoportuna o escrita de mal café, mancha el muro, lo vandaliza, y eso es motivo suficiente para el desagregado inmediato. Como para pensárselo.

En Feisbuc se pueden hacer muchas más cosas, tantas como para pasar el día entero y la noche en vela pegado a su pantalla. Es la herramienta definitiva para perder el tiempo, un arte nobilísimo que estaba de capa caída desde que hacer pelotillas con las secreciones nasales empezó a ser considerado de mal gusto. Si fuese un país independiente sería la República de los Perdedores de Tiempo, desheredados del mundo moderno que, a pesar de todo lo que digan los pelmazos de Arthur Andersen, también tenemos derecho a nuestro común, improductivo e inalienable espacio. Lo que yo nunca esperé es que fuésemos tantos.. 175 millones… ¡la virgen!, casi como Brasil donde, sin ánimo de ofender a nadie, también se dedican a su peculiar e intransferible Feisbuc sambero. Así que, ya saben, agreguen a mi tía Hipólita y, ya que están, agréguenme a mi.

Imagínense que les regalo mi vida

4 de Febrero de 2009 - 14:22:22 - Fabián C. Barrio - 7 comentarios

Señores,

Imagínense que, de forma completamente voluntaria, cedemos abiertamente a un tercero nuestros documentos, nuestros recuerdos, nuestras contraseñas, nuestros anhelos y temores, nuestras filias y fobias, el número de nuestras cuentas corrientes, el contenido de nuestros discos duros, nuestras tarjetas VISA y Mastercard, que regalamos a otro a quien ni siquiera conocemos el contenido de nuestras fantasías sexuales, de nuestras inquietudes sociales, humanas, animales, políticas. Que regalamos a alguien a quien nunca hemos visto nuestra mismidad, todos nuestros correos electrónicos, nuestras fotos más íntimas, nuestra agenda de teléfonos, nuestra lista de la compra, los vídeos del nacimiento de nuestro hijo, que abiertamente le contamos todos nuestros proyectos, que le desvelamos qué sentimos realmente por nuestra pareja, dónde vamos a invertir lo que hemos ganado en la lotería, que lo invitamos a que se siente a nuestro lado para que vea qué buscamos en internet, que le permitimos que sea nuestro mediador al comprar cosas, que le regalamos las carpetas con nuestro diario íntimo, que dejamos que fisgue en nuestra basura y, en un alarde de naïveté, le presentamos a toda nuestra familia, nuestros amigos, nuestra pareja, nuestras amantes francesas y al tendero de la esquina, y le revelamos sin pudor todo el entramado de relaciones de amor, lujuria, dinero, indiferencia, amistad y odio que fluyen entre todos nosotros.

¿No se sentiría un poco desnudo ante esta situación?

Poco a poco, Google se ha ido convirtiendo en nuestro confidente y nuestro amigo. En el repositorio aparentemente anónimo en el que volcamos nuestra vida. Google te permite alojar fotos, vídeos, obtener feeds RSS personalizados, almacenar documentos, convertirlos, recibir y enviar correos, sumar, restar, multiplicar y dividir, encontrar ficheros en tu disco duro, direcciones y teléfonos, chatear con personas, o recibir alertas de noticias. Y aparentemente, no hay nada de malo en ello. El problema que yo veo, es que ahora mismo Google sabe que yo soy la persona que está suscrito al feed de RSS de ese blog de lagartos y tiene tal número de cuenta corriente y ha buscado tal depravación en internet y ha escrito un correo electrónico a tal persona que ha buscado drogas baratas madrid el mes pasado y que tengo una página web de maquetas y que en mi email recibo desde hace dos años regularmente correos encendidos de una voluptuosa mujer que no es mi mujer y que tiene debilidad por las joyas caras como se puede ver en su historial de búsquedas. El cruce de datos es el que hace temible a Google. Porque es imposible escapar de él. Google está en todas las puñeteras páginas de internet. Incluso en esta, está contádola con Analytics, sabe quién eres, sabe que has leído este blog, y cuando te vayas a otro lado, estará ahí esperándote con anuncios de Adsense, banners de Doubleclick, o un player embebido de Youtube, y cruzará ese historial de navegación con lo que busques dentro de dos semanas. Y seguirá haciéndolo, imparable, aunque no te de la gana.

Hasta hoy no me había angustiado. Me daba un poco igual que Google supiera que un tal blablabla@gmail.com busca razas de perros en la web, porque no podía llegar hasta mi, no podía llamar a la puerta de mi casa para agarrarme de la solapa. Pero hoy, por fin, sí, cuando he descubierto Google Latitude. Latitude fusiona Google Maps con tu cuenta de Gmail y tu número de teléfono. Te dice dónde estás. Y dónde están tus amigos. En cualquier momento. Así que yo he dejado de ser ciudadanoanonimo@gmail.com para tener un número de teléfono y una casa y un trabajo... y buscar tal cosa, y tener tal blog y tal lista de amigos... Cuando instalas el software, que se queda residente en tu teléfono móvil de un modo harto discreto y friendly, te pide inmediatamente tu cuenta y password de Google. Ya está. El fin de la cadena para Dominar El Mundo ha concluido. Ya tienes cara, cuerpo, ya eres un ente físico en un lugar preciso de este triste universo.

Es algo terrible, espantoso. Ya me lo estoy bajando, y les contaré qué tal cuando termine de instalarlo.

Temerosamente,

Fabián, su Chico Yahoo.
Fabián es terrateniente accidental
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