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Diciembre 2008


Chats de sexo, palomas y el Gordo de la Lotería

22 de Diciembre de 2008 - 15:08:44 - Fabián C. Barrio - 3 comentarios

Señores,

El conocido conductista pensilvano Burrhus Frederic Skinner (20 de marzo de 1904 - 18 de agosto de 1990) se dedicó en su vida a encerrar a centenares de palomas y a su propia hija bebé en angostas cajas, y a proporcionarles placer y dolor en función de las palancas que éstas apretaban con sus manitas rosadas y glabras. Según Skinner, el organismo vivo se encuentra en constante operación con el medio ambiente, produciéndose con él un flujo-reflujo de acción y reacción. Durante esta operatividad, el organismo se encuentra con unos estímulos determinados, los reforzadores, que por causar sensación positiva en los seres vivos, tenían la capacidad de incrementar el operante, es decir, el acto que provocaba dichos estímulos. A efectos prácticos, Skinner proporcionaba una bolita de comida a la paloma cada vez que ésta pulsaba en una palanca, consiguiendo de este modo que la paloma estuviera todo el día pulsando la palanca de forma compulsiva. Esta era la versión más sencilla del experimento, pero hubo múltiples variaciones: palancas sádicas que daban descargas eléctricas, palancas que sólo daban comida cuando una luz estaba encendida, palancas conectadas a la zona del cerebro causante del placer, palancas que sólo daban comida una de cada cinco veces... Skinner también se dedicó a negar comida a las palomas ya adiestradas, hasta que estas se cansaban y se dedicaban a hacer cualquier otra cosa más productiva: A esto se le llamó extinción del condicionamiento operante. El summun de la sofisticación consistió en el diseño de programas variables, que daban comida, pongamos, la primera, octava, segunda, décima vez, así en un ciclo seguramente muy desconcertante y frustrante para la paloma, pero también muy adictivo.

Este mecanismo, que se emplea para educar tanto a perros como delfines y a niños, se utiliza también de forma cotidiana en los juegos de azar. No hay ejemplo más claro que el de un ciudadano enardecido pulsando botones en una máquina tragaperras: él es la esencia de la paloma skinneriana picoteando palancas: un cuerpo caliente repitiendo movimientos a la espera de un premio. Las máquinas de azar tienen en sus entrañas un programa variable complejo, estudiado a conciencia para proporcionar a la paloma humana en cuestión su premio en una cadencia suficiente como para no llegar a la extinción de su condicionamiento. No obstante, los juegos de azar tienen una suerte adicional que constituye una sorprendente vuelta de tuerca: el ser humano tiene un mencanismo de aprendizaje tan refinado que es capaz de valorar como propio el premio o el castigo en carne ajena. Así, aunque sepamos claramente que la lotería nacional no toca, el hecho de ver a cuatro celebrantes en televisión empapándose de cava -ahora está prohibido decir "champán", como se decía en mi época- refuerza el condicionamiento en el palomo humano de forma casi tan eficaz como si fuera él mismo el receptor del premio. Los seres humanos, pues, se condicionan de un modo extraordinariamente sencillo por la mera observación, y pueden llevar a cabo las conductas más peregrinas simplemente por si me pasa a mi como a aquel señor de Murcia.

Pues bien, este mecanismo es el mismo que explica el éxito de los chats de sexo, y también su mecánica. Los chats de contactos tienen todos el mismo aspecto, decenas y decenas de usuarios siempre diciendo lo mismo, reiterando las frases cada pocos instantes, en apariencia hipnotizados en un ciclo eterno. Nunca se habla de nada, sólo se repiten sentencias una y otra vez. Además, de todos es bien sabido que el ratio de mujeres es de uno cada cuatro mil millones de hombres, aproximadamente. No obstante, no es raro acceder a cualquier hora y verlos poblados de machos consumidos de deseo. Al igual que las palomas que pulsan palancas, los hombres, seducidos por la remotísima posibilidad de acceder a trato carnal, son capaces de dedicar horas, horas y más horas a la simple repetición de frases -es decir, a pulsar palancas ellos también-. Lo aleatorio del éxito en un chat de contactos -que depende de que se conecte una mujer, que esté de humor, y de que uno sea lo suficientemente hábil y atractivo como para destacar entre la turba y ganarse su confianza- hacen que éste sea, al igual que la lotería de navidad, un claro ejemplo de programa de refuerzo variable. Una tarea que consume tiempo y energía y no aporta un beneficio claramente discernible se convierte pronto en un suplicio. Pero una tarea reiterativa y onerosa con una remota posibilidad de éxito se convierte pronto en una adicción.

Azarosamente,

Fabián, su Chico Lotero

Fabián C. Barrio es niño de San Ildefonso

 

Vídeos calientes

16 de Diciembre de 2008 - 13:26:19 - Fabián C. Barrio - 10 comentarios

Señores,

Ahora que ya tengo su atención, paso a ofrecerles el siguiente relato acorde con estas entrañables fechas. Para que no se sientan engañados con el título del post, al final del mismo les ofrezco el enlace a los vídeos prometidos.

Cuento de Navidad
Basado en el relato homónimo de Charles Dickens

Víspera de Navidad. Los cielos encapotados desparramaban sucesivas colchas de nieve sobre los puentes y los tejados, como manadas de bisontes empujadas por el viento. Colmena humana en plena ebullición: piaras de escolares ruidosos como ocas enloquecidas, mujeres con boca de sapo embutidas bajo capas de abrigos lanudos, conductores de autobús cargados de paquetes, tías solteras de vientre yermo con un tren de juguete bajo el brazo para el sobrino baboso, apóstatas irreverentes, socialistas que viajan en primera clase, herederos descarriados de Franco de ojos saltones, matronas beatas y empecinadas, inmigrandes clandestinos y gafapastas altivos: todos en febril desfile de consumo, haciendo acopio de paquetes polícromos, mirando embelesados la fachada de Cortilandia, saqueando la sección de turrones del supermercado y escuchando el soniquete de la lotería. Todo el mundo, menos Sgroogle. Sgroogle era un administrador de sistemas siempre atareado, siempre malhumorado, siempre preocupado:

- Se ha caído el servidor, déjenme en paz, voy a levantarlo- decía con aires de suficiencia haciendo volar los dedos sobre el teclado.

Sgroogle no desviaba jamás la mirada de los monitores que lo rodeaban, creando una barrera infranqueable a su alrededor, como un parapeto digital que dificultaba que la gente pudiera acercarse a él. Por más que le hablaran, Sgroogle no miraba a la cara de sus interlocutores, sólo aporreaba el teclado y gruñía débilmente como respuesta. Jamás contestaba al teléfono, sus escasas comunicaciones con el mundo exterior consistían en secas réplicas por correo electrónico llenas de abreviaturas y anglicismos. Sgroogle gobernaba, desde su burbuja informática, las tripas de un enorme portal web llamado Perra, que contaba con centenares de miles de usuarios a los que tenía a raya con una tiranía absoluta, evitando en todo momento que malgastaran sus recursos de forma injustificada. A través de sus monitores, Sgroogle era capaz de controlar hasta la última acción del portal, hasta el último visionado de página de cada uno de los usuarios, hasta el último correo enviado y recibido. Sgroogle detestaba a los usuarios. Para él eran pequeños estorbos que circulaban fugazmente por el complejo cableado de la granja de servidores que controlaba. Para él eran ruidosos y molestos gremlims a los que no tenía más remedio que tolerar. Si había algo que Sgroogle detestaba con especial furia era la navidad: en esa época, se veía en la obligación de tunear un servicio de postales digitales para que la gente se pudiera enviar christmas con villancicos en formato midi y el número de compras online y el volumen de correos electrónicos se multiplicaba por mil. Los servidores se ponían colorados de trabajo, y Sgroogle maldecía y vociferaba tras su colección de monitores y teclados, porque a Sgroogle le ponía terriblemente nervioso que se usaran los recursos de sus máquinas en cosas banales.

- ODIO la Navidad, la ODIO- chirriaba.

La víspera de navidad, bien entrada la madrugada, Sgroogle sintió cómo flaqueaban sus fuerzas ante el teclado. Había estado limpiando de ficheros atrasados tres servidores que tenían nombres de personajes del Señor de los Anillos. Saruman, en concreto, le había dado muchos problemas porque era uno de esos repositorios de datos que los usuarios se empeñaban en enfangar con power points inútiles y animaciones absurdas. Alrededor de las dos de la madrugada, su messenger indicó que se había conectado alguien desconocido.
- Hola- dijo escuetamente su contacto.
- Slds- contestó Sgroogle-. Kn ers?.
- Soy el Espíritu de las Navidades Pasadas.
Sgroogle no daba crédito, por supuesto. Creía, en su paranoia, que se trataba de un usuario del portal, que había localizado su messenger para protestar por alguna nimiedad. Pero no, el Espíritu de las Navidades Pasadas se materializó a su lado adoptando la forma de una niña muy pálida de cabello rizado y ojos zarcos. La niña cogió a Sgroogle de la mano -su pequeña manita se perdió entre las inmensas zarpas de Sgroogle como una conchita en la marea- y lo llevó volando.
Sgroogle se vio entonces a si mismo de niño, rodeado de casettes, descubriendo el Spectrum. Rememoró el ruido chirriante del programa cargándose, los cables enmarañados conectados al televisor, el tacto gomoso de las teclas, se vió a si mismo sentado en el suelo de su habitación peleándose con un pimball rudimentario que quería programar, se vió sudando en patucos y pijama aporreando el tecladito del Spectrum y llorando de rabia porque se iba la luz y dejaba el programa a medio teclear. Y vió cómo los demás niños, enfundados en bufandas y gorros de lana, hacían muñecos de nieve y jugaban a deslizarse por la ladera de una montaña cercana sobre la nieve recién caída, subidos a cajas de frutas, mientras él los maldecía y seguía intentando programar en Basic.
- Pobres perdedores- dijo con desdén-. Nunca llegaron a nada.
- Oh, Scroogle, han conseguido más de lo que imaginas- repuso la niña-. Ahora todos tienen una familia que los quiere.
- Paparruchas- contestó Scroogle-. Qué bobada, no saben ni qué es el open source.
Con la promesa de que a la siguiente noche recibiría otra visita, la niña devolvió a Sgroogle a su burbuja informática, y se esfumó en una voluta de humo pálido.

- Paparruchas - dijo Sgroogle-.

Pero la noche siguiente, fiel a su cita, se materializó a través de la ranura del CD del ordenador el Espíritu de Las Navidades Presentes. Era un gafapasta de unos veinticinco años, con exagerado flequillo, carnet socialista, mocasines de Armani y bufanda blanca de Hugo Boss. Se quitó los cascos del iPod brevemente para presentarse, y luego arrastró tras de si al pobre Sgroogle fluctuando sobre la ventisca. Lo llevó a visitar las casas de los usuarios del portal Perra, le mostró la alegría con la que recibían las postales con fondo musical y los regalos comprados a través de la tienda virtual, observó cómo se descargaban ansiosos sus emails de felicitación y cómo elaboraban con entusiasmo las recetas de la sección de cocina.
- ¿Por qué son tan felices?- preguntó Sgroogle-. ¡No saben nada de informática, no tienen forma de progresar!.
- Lo que importa en el fondo en esta vida son los valores humanos, Sgroogle. Son felices porque se quieren.
- ¡¡Pero están empleando ancho de banda de forma inútil, para bajarse cosas absurdas, como power points y vídeos de perros saltando sobre la nieve!! ¡¡¡Y USAN WINDOWS!!!. ¡¡¡¿Cómo van a ser felices USANDO WINDOWS?!!!
- Es que, Sgroogle, lo verdaderamente importante no es el formato en que se envíe el mensaje, lo bello de veras es que se transmita el calor de la navidad a todos los hogares.
- Paparruchas - replicó Sgroogle despertándose sobresaltado sobre su teclado-.

A la noche siguiente, Scroogle notó unos golpecitos en la pantalla de su iPhone, y supo de inmediato de quién se trataba. El Espíritu de las Navidades Futuras emergió por el auricular del teléfono. Era altísimo, llevaba una áspera capa oscura, y su rostro se ocultaba bajo una negra capucha. No dijo ni una sola palabra, y tomando a Scroogle de la mano con una zarpa huesuda, se trasladaron levitando a casa del informático. Allí, Scroogle se vió a si mismo sin afeitar, vestido con una bata raída, comiendo una lata de fabada, con la mirada fija en un monitor monocromo.
- ¿Por qué estoy así?- preguntó Scroogle horrorizado.
- Los usuarios te han abandonado- contestó el Espíritu de las Navidades Futuras con voz cavernosa.
Scroogle observó de cerca el monitor, y comprobó horrorizado que estaba haciendo una página web... ¡con Frontpage!. Y lo que es peor... ¡¡¡con música de fondo!!!.
- Pero... no... no puede ser... pero... yo...
Scroogle se observó horrorizado morir solo ante una pagina con Los Mejores Enlaces y Los Mejores Gifs Animados diseñada con Comic Sans y con dibujos hechos con Paint. La imagen lo hizo despertarse vociferando enloquecido. Sus gritos agudos se perdieron rebotando en la penumbra parpadeante del centro de datos.

A la mañana siguiente, Scroogle era un hombre nuevo. Inundado por un amor sin límites al ser humano, envió un email masivo a todos los usuarios anunciando que a partir de entonces, todo el mundo dispondría de almacenamiento de correo y de web ilimitados, y que todos podrían publicar su página personal conectándose sin restricción alguna de seguridad a los servidores. También diseñó un programita para que todos pudieran subir vídeos sin prestar atención a su tamaño, y publicó su teléfono personal en la portada del portal Perra para resolver cualquier duda informática a los usuarios a cualquier hora del día o de la noche. Subió la velocidad de conexión de todas las ADSLs al máximo posible, marcando el precio mensual a cero, y puso un formulario para que la gente pudiera mandar SMSs a todos sus conocidos completamente gratis. Como un usuario comentó que los banners le distraían un poco, los quitó todos. Los foros, que hasta la fecha había moderado con mano férrea, se abrieron a que cualquiera, sin registrar, pudiera publicar lo que quisiera, y también puso a disposición de la comunidad espacio en disco infinito para que todos pudieran subir los ficheros más voluminosos. Las máquinas de Perra se llenaron de lucecitas, primero verdes, luego naranjas, y finalmente rojas. El teléfono de Scroogle empezó a sonar. ¿Puede ayudarme a configurar el rúter? ¡Claro!. ¿Puede decirme por qué se me pone la pantalla azul? ¡Claro!. ¿Puedo enviarle mi monitor para ver por qué tiene un puntito negro? ¡Claro!. ¡Me da igual que sea gratis, lo quiero todo, lo quiero AHORA!. ¿Puede instalarme el antivirus pero con un crack, que no me apetece pagar?. ¡Claro!. ¿Por qué va todo tan lento? ¿Por que no me puedo conectar? ¿Cómo mando un email? ¿Por qué no se ve mi vídeo? ¿¿QUÉ PASA CON EL SMS QUE MANDÉ A MI PRIMA MÓNICA? ¿Por qué me dice que no se puede mostrar la página, es una vergüenza lo mal que va su servicio gratuito! ¡Esto es indignante!. ¡¡ES DEL TODO IMPRESCINDIBLE QUE ME DESCARGUE ESE POWERPOINT DE FOTOS DE PERRITOS EN ESTE MOMENTO!!! ¿¿POR QUÉ HA BORRADO MI POST EN EL FORO DE MACRAMÉ?? ¿¿QUÉ ME IMPORTA A MI LA BASE DE DATOS??? ¡¡¡PUES COMPRE OTRO SERVIDOR!!! ¡¡¡¡¡¡INÚTIL, MI PRIMO SABE DE OFIS Y DICE QUE USTED NO TIENE NI IDEA!!!!... Las máquinas de Perra pasaron de rojo a blanco, empezaron a chirriar y crepitar ruidosamente, y de repente, toda la infraestructura se vino abajo, desplomándose en una fantástica eclosión de chispas y de caracoles de fuego. Y en el centro del remolino de cárdeno magma, Scroogle, con una inmensa sonrisa bobalicona, fundiéndose obnubilado y enardecido con sus queridas máquinas y los ceros y unos de millares de datos de amor, celos, codicia y afecto de internautas anónimos.

No me había olvidado. El enlace a los vídeos calientes está AQUÍ.

Festivamente,

Fabián, su Chico Celebrador

Fabián C. Barrio es cantante de villancicos y desgustador de polvorones

HP TouchSmart, el futuro tal y como solía ser

15 de Diciembre de 2008 - 19:35:52 - Fernando Díaz Villanueva - 0 comentarios

Una de las cosas buenas que tiene la tecnología es que el futuro siempre suele ir por donde tiene que ir. A la televisión de blanco y negro le sucedió la televisión en color; a los pesados y voluminosos tubos de rayos catódicos las estilizadas y ligeras pantallas de plasma; a los Discman de Sony los iPod de Apple; a las agendas electrónicas las PDA en color con Wi-Fi; a levantarse del sofá para cambiar de canal, el mando a distancia por infrarrojos que rebotan en las paredes; y al ordenador personal… bueno, al ordenador personal le ha sucedido el TouchSmart de Hewlett Packard.

 

La última virguería de los norteamericanos no es que sea una revolución, es el nacimiento de una nueva especie de computadoras domesticas que son, a un tiempo, bonitas, resultonas, fáciles de utilizar y relativamente económicas. Entran por los ojos, por el bolsillo y, sobre todo, entran por las yemas de los dedos, porque lo que distingue al TouchSmart del resto de ordenadores es que se maneja con la mano. Tal y como lee, con la mano. Si tiene manos y sentido de la orientación espacial no le será muy difícil hacerse con las riendas de este ordenador.

 

Los ingenieros de HP llevan la friolera de años trabajando un concepto bastante escurridizo: el de los dispositivos táctiles. Si nos paramos un momento a pensar, lo que más a mano tenemos es, eso mismo, las manos; con sus cinco dedos y la cantidad casi infinita de movimientos y torsiones que hacen con tan sólo proponérselo y con una precisión sorprendente. La civilización humana, desde las pirámides al Eurotúnel pasando por el Quijote o la Quinta de Beethoven, es, esencialmente, un prodigio llevado a cabo por las manos. Si esto es así, ¿por qué manejamos entonces los ordenadores con un ratón y un teclado? La razón es porque no hemos encontrado un modo mejor. La tecnología, al menos hasta ahora, no estaba lo suficientemente avanzada como para ofrecer un interfaz táctil que sustituyese dignamente a esos dos elementos que tiene usted delante y que, sin los cuales, no podría dar órdenes a su amado ordenador.

 

Lo novedoso del TouchSmart no es, por lo tanto, que sea táctil, sino que esa condición es plenamente operativa. Llevo 10 días usando uno y, aunque reconozco que los dos primeros días estuve utilizándolo de manera mixta, desde el tercero lo he hecho todo con la mano. Y cuando digo todo es todo. He navegado por Internet (con la mano), he retocado fotos (con la mano), he administrado mi colección de música (con la mano)… y la de películas (con la mano). He leído textos completos de varias páginas que he pasado, adivínelo, sí, con la mano. Y, para que se termine de convencer, esto que está usted leyendo, sí, esto mismo, está escrito y sombreado con la mano, con la mano sobre la pantalla quiero decir.

 

¿Cómo yo, que no soy especialmente habilidoso, he conseguido hacer todo esto en tan poco tiempo? Pues porque la pantalla táctil del TouchSmart está muy bien terminada, es agradable al tacto y el interfaz entiende lo que quiero decir y lo que quiero hacer. Si, pongamos por caso, quiero abrir una aplicación no tengo más que poner mi dedo índice encima de su icono y la aplicación se abre. Si lo que quiero es hacer una ventana más pequeña y dejarla posteriormente en un rincón de la pantalla, pues hago eso mismo con la mano. Y todo con la misma facilidad con la que doblo un papel y lo pongo en el otro extremo de la mesa. 

 

La escritura, que es lo más delicado porque cada uno escribe como Dios le dio a entender, la resuelve con una soltura encomiable. No es necesario echar horas practicando caligrafía ni aprender de nuevo el alfabeto latino como en los antiguos Palm. Se abre una ventanita, se escribe con el dedo y se aprieta un botón que pone “insertar”. Ya está, con eso basta, automáticamente aparecerá en el documento sobre el que estemos trabajando. Si el documento no nos gusta o contiene secretos de Estado For Your Eyes Only, lo cerramos y arrastramos el icono hasta la papelera. Así de simple.

 

El trabajo que ha hecho HP es extraordinario, pero un ordenador es algo más que una pantalla (generosísima, por cierto, de 22 o 25 pulgadas en alta definición). El TouchSmart va equipado con lo último que se sirve en circuitería. Micro Intel de doble núcleo Core 2 Duo, 4GB de memoria RAM, tarjeta gráfica NVIDIA GForce 9300, disco duro de medio Terabyte y, para que pueda ver Libertad Digital Televisión, sintonizador de TDT incorporado.

 

Todo empaquetado en una carcasa muy delgada, de unos 6 centímetros, acabada en policarbonato negro brillante y metacrilato. Por si no le convence la cosa táctil (que puede suceder) en la caja viene un teclado y un ratón inalámbricos, también de diseño. El teclado, por ejemplo, se enciende si apagamos la luz, al estilo de los que Apple pone en sus MacBook Pro. Como son muy pequeños caben en cualquier cajón y así los tendrá siempre a mano por si su suegra, esa agradable mujer que vive aún instalada en el siglo XX, quiere ver las fotos de la boda o, simplemente, enredar, que es una inclinación muy de suegras.

 

El TouchSmart sirve, además de para todo lo anterior, para impresionar a las visitas, que, ahora que se acerca la Navidad, serán muchas y no necesariamente deseadas. Si uno no sabe que hablar con el cuñado, extremo bastante usual, pues le hace pasar al estudio y le enseña el TouchSmart y las diabluras que pueden hacerse sobre su pantalla. Si, atónito ante semejante espectáculo táctil, dice algo así como “- Esto parece sacado de la película Minority Report”, habrá logrado su objetivo y estas serán las primeras Navidades en las que habrá evitado hablar de fútbol con su cuñado.  

 

Tanta tecnología y tanto poder fardar de ordenata tiene, como era de esperar, un precio. No muy alto, por cierto. Teniendo en cuenta que Apple pide por su iMac (que de táctil lo único que tiene es que si pones un dedo encima dejas la huella dactilar estampada en la pantalla) entre 1.500 y 1.800 euros, o Sony por su Vaio VGC-LV1S 1.900 del ala, el TouchSmart se queda en la banda de los 1.400. Caro en comparación con los sobremesa normalitos pero muy competitivo si miramos a sus compañeros de gama. Como es lo último de lo último tiene la ventaja añadida de que tardará algo de tiempo en quedarse obsoleto, maldición informática que afecta a todos los ordenadores por igual.

 

Como para pensárselo, especialmente, si tiene usted un tacto firme, una suegra aficionada a las bodas y un cuñado futbolero.

Asus EeePC, donde todo empezó

11 de Diciembre de 2008 - 18:50:08 - Fernando Díaz Villanueva - 5 comentarios

A veces sucede que la idea más tonta del mundo tiene un éxito espectacular. Alguna lumbrera de ASUSTeK Computer Incorporated, que es como realmente se llama la taiwanesa Asus, debió pensar eso mismo hace un par de años. ¿Y si hacemos un portátil que sólo cueste 300 dólares? Lo más probable es que muchos compañeros le miraron como si estuviese loco, porque el único modo de hacer un portátil tan barato es pelándolo al máximo, poniéndole una pantallita minúscula, un procesador antiguo, y lo justito para correr el navegador de Internet y un procesador de textos a la vez. Pero, es que es eso lo que hacen la mayor parte de los usuarios, debió responder el padre de la criatura.

 

Y, efectivamente, así es. Nueve de cada diez usuarios de ordenador se dedican a navegar por Internet y a utilizar ocasionalmente aplicaciones de oficina. Para esas tareas tan livianas no es necesario un micro de cuatro núcleos, una tarjeta gráfica refrigerada por agua y un monitor de 22 pulgadas. De hecho, un portátil de hace cinco años es perfectamente hábil para ello, y no es una suposición, tengo un Compaq del año 2003 en casa y hace todo lo que hacía hace cinco años, que era mucho. La clave, pues, estaba no en hacer ordenadores antiguos sino en hacerlos pequeños y, sobre todo, baratos.

 

El primer Asus, incluido primero dentro de los ultraportátiles y luego reclasificado como Netbook, era (y es) básico a más no poder, era (y es) barato. Ahí y en ningún otro lugar está la clave de su éxito. El resto es secundario. Pero, por los famosos 300 dólares/euros, ¿qué nos da el aparatito en cuestión?

 

La primera generación, denominada EeePC 701, es espartana en todo menos en el diseño. Luce una elegante librea blanca al estilo de los antiguos MacBooks con una bisagra en forma de rulo rematada por dos remaches metalizados. El tamaño muy contenido: como una agenda; y el peso más contenido aún, ni un kilo de peso: como un ejemplar del premio Planeta encuadernado en tapa dura. Eso desde fuera. Las tripas del 701 eran un canto a la austeridad. Procesador Intel Celeron, memoria RAM de 512 MB, pantalla de 800x480 píxeles y, en lugar de disco duro, una memoria de estado sólido de 2 GB, que luego han ampliado a 4 GB y 8 GB.

 

Con un corazón que bombea tan poca sangre, las prestaciones del 701 son muy discretitas. Corre Windows XP de milagro, pero lo corre y, en su versión de Linux, trae instalada una distribución llamada Xandros, que sirve para lo mismo que el Windows y corre casi los mismos programas, pero arranca sensiblemente más rápido. Para hacerlo aún más sencillo, el Xandros de EeePC oculta el escritorio del sistema operativo mostrando al usuario una pantalla de bienvenida mediante pestañas que da acceso a todas las aplicaciones. Al verlo, una compañera de Libertad Digital me dijo que parecía el menú de un Nokia y, francamente, creo que es eso a lo que aspiraba Asus en este modelo, porque, seamos sinceros, los menús de Nokia son simples, pero están muy bien trabajados.

 

Y todo por 300 euros, cantidad inferior a la que cuesta un móvil decente o una PDA en condiciones. De hecho, la última PDA Palm, la TX, salió a la venta hace ya tres años por 350 euros y hace muchas menos cosas que un EeePC. Como era previsible la ocurrencia de ese ingeniero anónimo de Asus se convirtió en un éxito inmediato. En otoño del año pasado fue lanzado en extremo oriente, y en Navidad ya se encontraba en las estanterías de los comercios norteamericanos. Los de Asus nunca habían conseguido tanto con tan poco. Con una ventaja añadida, el mercado de portátiles está saturado y los que se compran uno lo hacen porque quieren reemplazar el antiguo. El de Netbooks, sin embargo, era hace un año un mercado virgen, una Amazonia inexplorada donde el primero en llegar se hincha a vender. Algo parecido le sucedió a Casio hace 30 años cuando presentó el primer reloj digital, esa maravilla de muñeca que hizo soñar a mi generación cuando íbamos de pantalón corto. Hoy casi nadie lleva relojes Casio, pero todos los que andamos entre los 30 y los 40 podemos afirmar seguros que tuvimos uno y que lo cuidamos como oro en paño.


 


Al igual que aquellos Casio, el EeePC es un aparato al alcance de todos los bolsillos, un dispositivo que no necesita de los llamados Early Adopters, que son algo así como los que, pagando un dineral por la novedad, financian el desarrollo del producto… y a veces ni eso, y sino que se lo cuenten a los fabricantes de UMPC’s. Con todo a su favor, 2008 ha sido el año de Asus, o el medio año de Asus, porque en el verano la competencia se puso seria y, gracias al lanzamiento del nuevo procesador de Intel, el Atom, ­-una miniatura concebida ex profeso para estos pequeños ingenios-, todas las marcas que en el mundo son lanzaron su particular versión de EeePC.

 

Asus no ha sido menos, ha diversificado el producto y hoy hay 14 modelos diferentes de EeePC, demasiados como para hablar de todos. El original, el 701, se encuentra en retirada, de ofertilla a 199 euros en casi todas las tiendas y por mucho menos en EBay. Los nuevos traen pantallas más grandes, teclados más grandes, procesadores más pequeños y precios, a mi juicio, ligeramente inflados. Porque la clave de un Netbook no es sólo ser pequeño, sino ser barato. Por eso ha llegado Acer, que es su vecino, y le ha birlado la merienda. El producto de Acer, denominado Aspire One, cuesta lo que tiene que costar y ocupa lo que tiene que ocupar. Pero esa es otra historia que, en breve, pasará por su pantalla.

Madrid, 1831, Google Maps

9 de Diciembre de 2008 - 18:54:08 - Daniel Rodríguez Herrera - 3 comentarios

Veo en Microsiervos que la colección de mapas históricos David Rumsey ha superpuesto a Google Maps un mapa de Madrid en 1831.

Mapa de 1831

No es que tenga una gran utilidad, pero no cabe duda que resulta muy divertido ver los cambios que ha sufrido la ciudad de entonces hasta ahora. No es el único mapa al que se ha hecho este tratamiento; ya hay más de 120 perfectamente integrados en Google Maps, con la posibilidad de superponer con el mapa actual con el grado de transparencia que elijamos. Entre ellos tenemos la España de 1701 o la Europa de 1787.

Una de las principales virtudes de que las empresas de internet abran sus servicios a otros programadores es que estos pueden hacer usos que seguramente nadie dentro de la empresa, en este caso Google, habría imaginado. No quiero ni pensar en las virguerías de este tipo que puede haber por esos anchos mundos de la intenné. ¿Se les ocurre alguna a ustedes, amables lectores?

Este siglo ya no nos pertenece

8 de Diciembre de 2008 - 11:59:21 - Fabián C. Barrio - 4 comentarios

Señores,

Que el siglo XXI pertenece a Asia es algo que no podemos seguir ignorando. El sábado decidí que tenía que hacer alfajores. Al encontrarme sin bicarbonato sódico, acudí a los dos supermercados y las tres farmacias que se encuentran alrededor de mi casa, sólo para comprobar horrorizado que todos estaban de vacaciones. El país entero, observé, se había ido a la playa para hacer un solemne corte de manga a la crisis. Por ese motivo, acudí a una de las seiscientas tiendas de chino que me rodean. No suelo acudir a ellas, desde que me vendieron un metro que era ocho centímetros más corto de lo que debería. Pero en este caso me vi en la obligación de acudir a la tienda de -pongamos- Li-Lu. Debo rendir homenaje a su variedad de artículos a la venta: en las tiendas de Li-Lu he encontrado siempre que lo he necesitado desde mancuernas a extracto de vainilla, pasando por pen-drives o plátanos maduros. Otra cosa es que las mancuernas se oxidaran al sacarlas de la bolsa, el extracto de vainilla causara intoxicación alimentaria, los pendrives fundieran la placa base del ordenador, y los plátanos sólo sirvieran de compost. El modelo chino no ha hecho más que adaptarse a los tiempos de volubilidad e inmediatez que vivimos: al igual que las relaciones humanas, las películas, los tanatorios, los teléfonos móviles, el amor o los centros comerciales de hoy en día, los productos chinos suelen ser efímeros, de una ínfima calidad, un pésimo gusto y un precio bajísimo.

El bueno de Li-Lu observaba el mundo absolutamente impasible desde su mostrador, como una estatua de un dragón polícromo. Es obvio que Li-Lu tenía bicarbonato sódico. Aproveché además para comprar una sierra de metal (que se rompería antes de serrar el primer pelo de gamba, como es natural), una guirnalda de luces navideñas (que casi quema mi casa) una broca de hormigón (que se ha fragmentado en múltiples esquirlas dentro del pladur) y una peonza (cuya punta se ha hundido dentro de la madera al usarla por primera vez). No obstante, el punto de interés tecnológico de mi historia está en los gritos que la mujer de Li-Lu (a la que llamaremos, por ejemplo, Li-Li) profería desde detrás del mostrador. De no haber sido por sus gritos de loca furiosa demente, quizá habría comprado también cordones de zapatos que se deshilacharían al primer uso, o albóndigas para perros que acabaría con el hígado de mi dálmata Vaca. Pero los gritos de Li-Li llamaron poderosamente mi atención, y me acerqué al mostrador, y espié entre los tarros de gominolas. La vi sentada sobre una caja de frutas, agazapada sobre un ordenador portátil, al que chillaba en mandarín con gran furor, piando, riendo y resoplando. Observé la pantalla para conocer el objeto de sus atenciones, y no pude menos que asombrarme al comprobar que la china efectuaba una sesión de webcam con otra china -seguramente en Shanghai- que le enseñaba un bebé. Se gritaban una a la otra, se contaban sus vidas aullando, se miraban a los ojos, reían, se querían, estaban vivas, electrocutándose de cariño a través de los pixels de la ventanita del Messenger.

Entonces, se me ocurrió una tontería. Metí mi cabeza entre los tarros de las gominolas y agité una manita cuando me vi a tiro de cámara. Y con la mejor de mis sonrisas, chillé yo también "NIIIHAAAAOOOOO" saludando y enseñando el bote de bicarbonato sódico. La china de Shanghai se echó a reír y me señaló y me enseñó a su bebé, y un senegalés que había entrado a comprar cerveza me mostró sus dientes inmensos y blancos. Y por un momento, cuando a pesar de la distancia física, la barrera idiomática, los husos horarios y los muros culturales, esa mujer china, el senegalés y yo estábamos innegablemente conectados, la escena supuso la metáfora perfecta de nuestro decadente siglo: el occidental intentando comunicarse torpemente a través de internet con Asia, comprando sus dudosos productos porque no le queda más remedio dado que el resto del país está de vacaciones, y Africa esperando su turno al final de la cola con sonrisa triste.

Festivamente,

Fabián, su Chico Multicultural

Fabián C.  Barrio es importador-exportador de bicarbonato y tiene una fábrica de alfajores

Las muertes paralelas

1 de Diciembre de 2008 - 13:14:52 - Fabián C. Barrio - 5 comentarios

Señores,

La semana pasada asistí a dos muertes paralelas. Pese a encontrarse separadas a 7235 kilómetros, lo cierto es que causaron en mi la misma sensación, y creo poder estar en condiciones de afirmar que se encuentran de alguna forma conectadas.

En primer lugar, les hablaré de La Dama de los Gatos. Prácticamente todo vecindario tiene una mujer huraña, nonagenaria y apática, que observa el mundo desde el rectángulo su ventana gris, tras sus cortinas raídas, rodeada de somnolientos gatos de raza incierta que lamen sus patas asentados pacíficamente en el alféizar, gatos que desaprueban vagamente el mundo con aristocrática resignación. Ahí va la anciana solitaria, que se mantiene a duras penas en un ángulo más o menos vertical con el suelo, se suena la nariz en un delantal de color pardo, revuelve la basura cada madrugada, y mira el devenir del mundo con ojos profundamente nublados. Ahí sus manos como sarmientos retorcidos y sus canas atrapadas en un moño poco nítido y su silencio perpetuo fruto del rencor o del desconcierto. Ahí La Dama de los Gatos, cuyo aspecto débil y delicado, como un montoncito de cañas cubiertas de pergamino, me provoca una ternura infinita. El otro día, cuando por la noche me sacaba a pasear mi perra, observé que la calle había sido cortada con un despliegue importante de trémulos camiones de bomberos, ululantes coches de policía y ambulancias rebeldes y vocingleras. La Dama de los Gatos había caído, según pude saber más tarde, entre la cama y la pared, y ahí había pasado los últimos días de su vida embutida, sin comer ni beber, sin hablar con nadie, pisoteada por sus gatos e ignorada por Dios, hasta que los vecinos, preocupados por no verla asomada al alféizar perpetuo desde el que juzgaba el mundo, decidieron llamar a emergencias. No puedo evitar, cada día, desde entonces, echar un vistazo al rectángulo desde el que La Dama de los Gatos se negaba a devolverme los saludos, el rectángulo que constituía para ella, desde hace ya muchos años, el marco perpetuo de su vida. Desde él vio el último tránsito de las estaciones, la última caída de las hojas de los árboles y el último brote de las flores, los últimos coches chapoteando bajo la lluvia, los últimos niños jugando a la pelota, las últimas parejas retorciendo sus manos y robándose besos y a mi perra arrastrándome presurosa hasta el parque por última vez.

Y ahora vámonos a Florida. CandyJunkie, de nombre real Abraham Biggs, era un muchacho afroamericano de diecinueve años con una vida mediocre. Le gustaba decir que tenía buen corazón, pero que no dejaba a la gente lo pisoteara. Aseguraba ser amigo de sus amigos, el tipo de persona al que siempre se podía acudir. Las fotos de su perfil de MySpace muestran una sonrisa fácil y franca pero unos ojos tristes y una vida limitada como el marco de una ventana: unas pocas fiestas, un coche pequeño, un instituto de barrio, una amiga con sobrepeso. CandyJunkie solía retransmitir su monótona vida a través de la webcam de su cuarto por medio del portal Justin.TV. Al parecer, no era la primera vez que Abraham advertía de que pondría fin a su vida: Lo hacía con cierta frecuencia en un foro de musculación. Su nota de despedida refleja, en el gélido espejo de las palabras, la desesperación de alguien que se sabe abandonado. Así, ante la mirada atónita de centenares de personas, sus vecinos digitales, CandyJunkie se tomó una montaña de pastillas y se echó a dormir. El ojo de plástico de la webcam lo estuvo contemplando durante horas sin pestañear, dando fe de una muerte anunciada. Tras los monitores de sus ordenadores, decenas de internautas observaron en silencio. Lo vieron morir. Como si se tratara de una anciana demente embutida entre la cama y la pared. El final del video muestra la irrupción de la policía en su cuarto. Fuera, la calle había sido cortada con un despliegue importante de trémulos camiones de bomberos, ululantes coches de policía y ambulancias rebeldes y vocingleras.

Los exploradores canadienses durante el siglo XIX difundieron la leyenda, que tal vez tenga algo de verdad, de que los esquimales abandonaban a sus ancianos en la nieve a la espera de ser devorados por un oso. La potente imagen de un desvalido, senil y trémulo esquimal haciendo frente valientemente a la ventisca que ha perseguido mi fértil imaginación durante muchos años, estará ahora acompañada del vídeo de CandyJunkie muriendo solo ante el mundo, o la truculenta escena de La Dama de los Gatos apagándose lentamente, encajada entre la cama y la pared. Tanta webcam, tanto teléfono dorado, tantos sms, tanto foro y chat, tanto centro de día, tanto grupo de apoyo, tanto voluntariado, tanta psicología venida a más en el siglo XXI, tanto botón del pánico, tanta teleasistencia y telecomida y telenieto, y al final... qué solos morimos todos, ¿verdad?.

Desfallecidamente,
Fabián, su Chico Pesimista

Fabián C. Barrio es cronista rosa
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