Desde los tiempos anteriores a Espartaco, y los tan agitados movimientos del Medioevo y el Renacimiento, ha habido siempre la aspiración del hombre de liberarse de la injusticia y la opresión, a la vez que al disfrute de la vida, de manera que sus deseos de bienestar se hicieran realidad.
Al fin vino la más grande revolución jamás contada, pero no menos esperada; el cristianismo. Su «cabecilla» Jesús de Nazaret, no traía una nueva revolución a los que amaban la trascendencia y la igualdad entre seres humanos. Solo venía a decir en principio que Dios está ahí, y que es el único que tiene la receta para que la revolución se efectúe.
Jesús además de las abundantes enseñanzas de maestro incomparable, pasó por la vida terrenal para poder darla en beneficio de una revolución «pendiente», que no llegaba sino en muy pocas mentes y en menos corazones. La revolución gigantea, de salvación del ser humano. El cristianismo «el gran y definitivo invento» cuajó y revolucionó todo el mundo antiguo.
Ahora que el monstruo de la «modernidad», ha creado una humanidad descreída y arrogante, chapoteando en su propio estiércol, la revolución cristiana se hace más necesaria y angustiadamente urgente que nunca. Porque lo que se espera no es una mejora de los eventos, sino una segunda «edad media del pensamiento». La adorada tecnología que supuestamente había de ser un instrumento para la revolución cristiana y moral, se ha constituido en el medio de aportar más materialismo y menos espiritualidad.
La cristiandad está, (salvo las excepciones de toda regla) dormida y cómoda. Mejor dicho, estaba, porque ya se oyen las trompetas de alarma. El enemigo está, no ya a las puertas, sino dentro mismo de nuestros muros, y ya se inició el saqueo de ideas y la violación de los derechos humanos y divinos de forma masiva; con la sola diferencia de hacerse en medio de mil proclamaciones, en las que se trasluce un deseo de emancipación de Dios, a pesar de tenerlo tan evidenciado en su Creación.
La «revolución» que significa el cristianismo, para un mundo perdido y excrementicio, ya no aspira a arrasar con su mensaje y praxis las ideas que aprisionan a la humanidad entera, sino que solo aspira a no ser arrollada por la masas y la desesperación de estas. No puede ser así, ni podemos, ni queremos, traicionar la praxis y amor de Jesús. Solo se nos pide ser fieles.
La Iglesia de Cristo, ya no tiene otra salida eficaz que emprender una nueva revolución, aunque que nadie parece saber como poner en marcha; todos los que piensan en genuino cristianismo y siguen invocando a Jesucristo, entienden que de alguna manera hay que comenzarla de nuevo. La forma (se entiende por muchos) es regresar a las sendas antiguas como decían los profetas en tiempos anteriores a Jesús: Así dijo Yahvé: Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma. Mas dijeron: No andaremos. (Jeremías 6:16)
La Iglesia de Dios no puede seguir acostadita en la cómoda cama del mero proselitismo, las enconadas discusiones doctrinales (recuérdese Constantinopla), y de la petición medrosa de derechos y paridades con el mundo. Tiene que decir claramente que es distinta (y a mucha honra), que es el único camino de liberación, así como también el último reducto para detener la ola del descreimiento y la locura de la humanidad. Y esto con todas sus consecuencias. ¡¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios. (Santiago 4:4).
Tiene que salir al palenque, en medio de las críticas interesadas para intimidarla, con el firme propósito de pelear la buena batalla de la fe Como decía el apóstol Pablo: He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida. (2ª Timoteo 4:7 y ss.).
Es dejarse caer en los brazos de Cristo para que el salve a su iglesia de la división, del miedo, y de la amalgama con el mundo. Por ello dice el profeta: Porque mi pueblo me ha olvidado, alabando a lo que es vanidad, y ha tropezado en sus caminos, en las sendas antiguas, para que camine por sendas y no por camino transitado, (Jeremías 18:15).