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Diario de Verano: ¡Ayudad a los girondinos de Burdeos!

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Es Burdeos una de las ciudades más hermosas de Francia y de Europa toda. La Plaza de la Bolsa, por ejemplo, ofrece un equilibrio, una armonía y una belleza tranquila, sin aspaviento ni ocultación, que roza el milagro. Como español, me gustan las plazas cerradas, completas, con sus cuatro lados y todos sus ángulos visibles desde dentro. La de Burdeos sólo tiene tres lados pero deja el cuarto al anchuroso y plácido Garona, que pasa por allí y, si los ríos pudieran inclinarse respetuosamente, se inclinaría. La vista del gran río del sur de Francia es la cuarta pared, con sus dos ángulos perdidos en la luz del Atlántico. A modo de punto y seguido espacial, en la parte del río, hay un feliz monumento-fuente neoclásico con tres gracias bastante agraciadas, sin celulitis ni mal de piedra, que en el género, a veces, suelen confundirse.

Mas, entre tanta belleza, el humano capaz de crearla, o, mejor dicho, el tataranieto de aquel humano, ha querido estropearla. Y ha colocado en esa y otras plazas admirables de Burdeos unas cabezas gordas y redondas, del género transparentoso plástico, hechas de números y boquetes, al lado de cualquier amable fuente, pedestal patriótico con estatua a juego o tantas y tantas muestras de talento que hacen de Francia un lugar digno de ver. Y como todo en esas obras decantadas por los siglos es armonioso, el turista, el curioso, el japonés o cualquier otra especie veraniega acaba mirando y fotografiando el adefesio. No es uno ni dos. Son muchos. El más osado, un cabezón nenucoide, un trampantojo de tres metros con aire de hucha del Domund que, siendo chato, puedes ver gordito según desde donde mires. El más peligroso, en una placita recoleta, son tres chinchetas como manchas de mercurio, con agua corriendo por encima, donde vi posar a una chinita para que la inmortalizaran sus papás y no miré más por si se desnucaba.

Desconozco a los autores de esa agresión estética a Burdeos. Y no sé si quiero saberlo, porque la culpa es de las autoridades que las pagaron y las pusieron a estorbar la vista. Es la misma politicalla que sembró España de "plazas duras", de mamarrachos las rotondas y de estorbos las avenidas. Y como síntesis de esa agresión municipal a los monumentos de Burdeos, es preciso citar el estatuón de Chaban-Delmas, eterno alcalde de Burdeos, que fue primer ministro y no llegó a presidente de la República porque le tocó coincidir con Giscard, Chirac y otros gaullistas post-De Gaulle, o sea, como el propio De Gaulle. Debo decir que si Chaban-Delmas fue muchos años cacique político de Burdeos y su ciudad ofrece tan maravilloso aspecto, algo o mucho del mérito será suyo. Pero la estatua, colocada junto a la catedral, mirándola como de igual a igual, debe de ser una venganza de los socialistas a los que siempre derrotó y supone una síntesis perfecta del estilo archisoviético y el postfascista.

Lleva el hombre, o sea, el bronce, una gabardina con cinturón del que rebosa alguna arroba, estropeando el gesto gimnástico de un tío salchichón, difícilmente elástico. Este es el momento en que no sé si resulta demasiado alto, demasiado ancho o demasiado grueso. En todo caso, demasiado. Para colmo, a espaldas de la estatua –y toda la estatua es espalda– puede verse el ábside catedralicio con las vidrieras negras de puro sucias, tanto que, si uno no temiera que la vetusta mugre se haya convertido en argamasa del cristal, dan ganas de encaramarse y fregotear los colorines góticos. Hubo 500.000 euros para la estatua y no hay dinero para limpiar la catedral. Lo de siempre.

Pero esa ciudad, en la que hasta los monstruos resaltan la hermosura, tiene para los liberales un lugar de obligada visita: la Explanada de los Quinconces, con el monumento a los diputados girondinos guillotinados durante el Terror: un imponente pilar de 45 metros con una estatua de la Libertad encima. Preside –dicen– la plaza arbolada mayor de Europa, con dos bonitas y raras columnas cerrando el enorme espacio de tierra, a cuyos lados, afortunadamente a la sombra, hay una estatua de Montaigne y otra de Montesquieu. Destocados, conmovidos y, si se tercia, fotografiados ante los dos grandes maestros de la sana doctrina liberal, es el lugar perfecto para terminar la visita, aunque allí fue donde yo la empecé. Y siquiera para socorrer a los descendientes de los girondinos, asediados por los adefesios de la modernez, hago el firme propósito de volver a Burdeos. Gran ciudad.