El blog de Federico

Agosto 2008


Lecturas, visiones y decoloraciones. 3/ Vicky, Cristina, Barcelona y algunas películas más

28 de Agosto de 2008 - 19:47:51 - Federico Jiménez Losantos

La última película de Woody Allen no es muy, muy buena pero está muy bien. Se pasa un rato agradable viéndola, no provoca alteraciones graves en nuestra visión del mundo, las dos actrices americanas brillan, Penélope arrasa y Bardem no estorba. La ciudad, sin embargo, no aparece. Tampoco aparece Woody, pero eso es harto comprensible, ya que su mera presencia estropea cualquier película... Lo de Barcelona es más raro, porque ya ha acreditado su  valor escenográfico en muchas películas, españolas o extranjeras. Me vienen a la memoria Profession reporter de Antonioni, con Jack Nicholson y María Schneider; la archibarcelonesa Fanny Pelopaja (Andreu Martín y Vicente Aranda); y la ramblera Ocaña, retrat intermitent, pero hay cien o doscientas más. Invito a los lectores del blog a recordarlas y a compararlas con ésta cuando se estrene, o sea, ya. Nunca algo se anunció tanto y se vio tan poco.

Sinceramente, no entiendo el por qué. Claro que tampoco entiendo por qué Oviedo se limita a la entrada al Hotel Reconquista y a una finquita en lo verde, con tres planos de pre-románico asturiano que parecen impuestos y cedidos por la Consejería de Turismo. En realidad, casi todo son interiores o entradas a interiores, que podían haberse rodado en el hotel Santo Mauro de Madrid o en cualquier otro con lujo, aligustre y sin carácter. Es posible que el productor y brujo visitador de la Moncloa Jaume Roures haya rodado una versión para Cataluña y en catalán donde aparezca la Barcelona actual y hagan cameos, por orden de importancia institucional, políticos, titiriteros, tevetreros y otras  “patums” tripartitas; y que, aparte, para ganar dinero, haya hecho otra versión para el resto del mundo en la que lo catalán brilla por su ausencia. No lo sé. Los meandros y oasis cerebrales de los millonarios de extrema izquierda me resultan incomprensibles.

Por ejemplo, he visto unas declaraciones de Roures en las que cuenta lo difícil que le ha resultado que las multinacionales, por supuesto norteamericanas, hagan una versión doblada al catalán de su película, porque no entienden algo “tan normal”. A lo mejor creen, en su ignorancia, que como lo normal en Cataluña desde que empezó el cine sonoro es ver las películas en español, lengua materna de la mayoría de los catalanes y  que entienden todos (aunque el nacionalismo prohiba su uso escolar e institucional) es absurdo gastar dinero en otra versión para el mismo público. Pero no hay problema: pagas y lo entienden. Vamos, entienden que les pagas y allá tú con tu dinero y tus normalidades  o normalizaciones, por decreto o a tocateja.

Bien es cierto que Roures tendrá que justificar ante las altas autoridades normalizadoras del catalanismo por qué su película, con Barcelona en el título, es una españolada de tomo y lomo, de arriba abajo, de principio a fin, de las de toda la vida y de las de ahora mismo, de las de Merimée hasta Almodóvar o de las de Almodóvar hasta Merimée. La canción, floja para mi gusto, que hace de tema musical de la película, es en castellano. La música que en Barcelona y Oviedo escuchan todos al caer la noche es... flamenco. El tema sin letra más repetido, es “Entre dos aguas”, tan barcelonés; y otro de los mejores “El concierto de Aranjuez” del maestro Rodrigo, que más catalán y más normal no cabe. Se produce el absurdo de que una de las chicas que dice que llega a Barcelona porque le interesa lo catalán, el idioma que luego estudia es el español; ni que se hubiera hecho de Ciudadanos. En fin, los mejores momentos de la película, a cargo de Pe, son en español castizo y en clave almodovariana. En realidad, podría decirse que Roures ha producido una buena película de Almodóvar dirigida por Woody Allen. Y quizás la desaparición de Barcelona sólo se debe a que la ciudad propia de la españolada moderna es... Madrid.

Blockbuster Cinema

(Cartelera confeccionada para dos generaciones y un objetor a las salas de cine. Sólo tiene algún interés para el que no las haya visto en España. Ahórresela el lector común.)

Starting out in the evening. Dir. Wagner. Starring Frank Langella. Exxxtraordinaria.

La vie en rose. Piaf sans Piaf, puaf. Pénible.

John Adams. Serie TV.- 7 capítulos. 1-2, buenos; 3-5, mediocres; 6-7, muy desiguales. Desventuras del centrismo irresoluto. Bellísima Laura Linley como Abigail Adams. El diablo, como ya anuncia Paul Johnson en su historia de América, era Jefferson. 

Roma. Serie TV. Segunda temporada. Excelente en su truculencia. Lo que no sé es dónde sacan los tacos de Marco Antonio y compañía. Lo arbitrario se finge verosímil.

Río Bravo. Cada siglo mejor.

Rails and ties. Triste y prescindible. Pero muy, muy triste y muy, muy prescindible.

Love in the afternoon. Maravillosa última escena de Audrey. Gary Cooper, mirando.

Paper Moon. Muy buena. Hoy sería imposible de rodar por infinitas razones.

Dos hombres y un destino. Todavía se deja ver. Brokeback Mountain on the closet.

Summer palace. Historias cruzadas de la generación perdida de Tien An Men, en el año de su olímpico y definitivo entierro.  Lástima de escenas de sexo, fatalmente repetitivas.

Savages. La vida misma cateterizada. Laura Linley demasiado delgada. Menos mal.

21. Horrenda película de Kevin Spacey y otros talentos que aquí desmerecen horrores.

Madeleine Sisters. El sectarismo como emético. Lástima de crítica si la hacen otros.

Juno. No la quise ver, pese a la prescripción de Arconada, sospechando una noñería, pero está muy bien. Y la niña, Ellen Page, superior.
 
Smart People. Agradable. Grandes papeles de Denis Quaid haciendo de Walther Matthau y de Ellen haciendo de Page.
 
The debatents. Dirige Denzel Washington, incapaz de controlarse a sí mismo. Pero la película es muy interesante y muestra que hace setenta años había una discriminación racial total, pero muchos negros luchaban por su superación al margen de los blancos y no se abandonaban al racismo autosatisfecho del guetto rapero. 
 
Manhattan. Horrible. Para comprobar lo insoportable del neurodivo, como actor y como director.
 
The Walker. Lauren Bacall vive. Kristin Scott Thomas murió en la Cueva de las Pinturas de El paciente inglés.
 
We own the night. Joaquín Phoenix en su mismidad brutal. Eva Mendes, la nueva bomba sexy de Hollywood, sí, bueno, vale, es sexy, hombruna, brutal, eficaz. Pero no es Angie Dickinson.

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Lecturas, visiones y decoloraciones del verano. 2/ Libros fuera de tiempo: Dickens y Stifter

25 de Agosto de 2008 - 21:27:56 - Federico Jiménez Losantos

Este verano he leído relativamente poco, pero tampoco mi recauchutado físico-moral exigía los mismos trámites que otros años. A cambio, he saqueado el Blockbuster más cercano y he visto dos o tres docenas de películas de cualquier clase y condición; hasta me acerqué al cine de verdad, aprovechando que no había focos ni mojiganga titiritera, el día del estreno de Vicky, Cristina , Barcelona, que ya comentaré. Pero incluso ayuno de internet, la feraz abundosa lectura estival se me resistía. Para la reanudación de la serie Mujeres que cuentan crímenes me había autoenviado un par de cajas de libros con las últimas novedades del género en estos meses, ya leídas, por si debía revisar algo. Pero un fin de semana durante el viaje dilató la entrega del empaquetado arsenal novelero tres o cuatro días, así que me abismé en la obra que empecé a leer en el mismo avión y que no era ni novedad, ni policíaca: Grandes esperanzas, de Dickens. A mi hijo mayor le había gustado mucho y nos ha obligado a leerla para comentarla. La familia, es lo que tiene. Bendita sea tan marmórea, intemporal y benéfica institución.

Y es que a mí Dickens, como Balzac, nunca me ha resultado grato, ni amable, ni fácil. Adoro la novela española del XIX –Galdós, Clarín, Pardo Bazán, algo de Valera- y la rusa –Turguéniev, Gogol, Dostoievski, algo de Tolstoi-, pero no he acabado de entrar en esos dos maestros indiscutidos del género, para mí muy por debajo de Galdós y Clarín. Sin embargo, los novelistas clásicos tienen su edad y aún sus edades de lectura. Y, por supuesto, en los de obra amplia o ubérrima, los libros propicios para acomodarse en un universo particular. Hasta Grandes esperanzas, mi problema con Dickens era el cine, con sus infinitas y a veces estomagantes versiones de sus novelas, y el orden que me he impuesto para leer sistemáticamente su obra, empezando naturalmente por Pickwick. Yo no sé las veces que he empezado la lectura de esos “papeles póstumos”, rondará la media docena, pero el caso es que siempre han terminado por parecerme prematuros. Tenía las Obras Completas de Aguilar esperando en el pueblo a que se me apareciera Dickens, porque sabía que alguna vez tendría que ser. Y ha sido este verano o, por mejor decir, esta novela. Con Grandes esperanzas he entrado por fin en comunión con Dickens, le he tomado cariño a toda su obra, leída o por leer, me parece interesantísima su biografía y la próxima vez que vaya a Londres pienso acercarme ver su museo-casa, la primera, que es una caja de cerillas y que no será tan bonita como la de Galdós en Las Palmas, ya lo sé, pero como diría cualquier “hombre de Paco”, el cariño, es lo que tiene.

No caeré en la petulancia de criticar o comentar obra tan archileída sin haberme leído toda o casi toda la obra de su autor, pero sí diré que después de seiscientas cincuenta páginas, el golpe de genio absoluto sigue estando en la primera, en la descripción de las lápidas. Sólo por eso y sin presidir el Real Madrid, Dickens es para mí “un ser superior”.

Este es el tipo de novela fluvial, benéfica, popular, meándrica y pobrecéntrica que esperamos de los clásicos, muchas veces en vano. Ahora bien, si alguien curtido en los clásicos y aburrido de los posmodernos, ahíto de Dickens y dispéptico de Paul Auster, quiere leer un libro raro, pero raro, raro, no tiene sino embaularse Verano tardío, de Adalbert Stifter, publicada por primera vez –y supongo que última- en Español por la siempre elegante editorial Pre-textos. El libro es muy relativamente breve, cerca de novecientas páginas, pero, a cambio de su extensión y a partir de las primeras cien o doscientas, resulta implacable, sólida y minuciosamente plúmbeo. Trata de algo así como el amor, pero en tales términos que no lo reconocería ni Cupido en Verona. Es una mezcla de La Enciclopedia fetén, la de Diderot y D´Alembert, en su sección de agricultura, jardines y mejora de cultivos, y la novela más estomagante del siglo XVIII que uno pueda recordar. Por qué se publicó este libro en Viena, que tampoco era un chamizo sin comunicación alguna con Europa, casi a la vez que el precitado de Dickens, es para mí un misterio. Y cómo un tío que se suicidó cortándose él mismo el cuello, y no por remordimiento literario sino acosado por las deudas (como Dickens o Balzac) y poseído por un carácter indómito y sombrío, dedicó tanto tiempo a escribir algo tan lato y carcundioso, es un fastidioso enigma que no me tomaré el aburrimiento de resolver.

Sin embargo, ya decía nuestro padre Cervantes que todos los libros, aún los malos, tienen algo bueno, y el de Stifert, también. Esta es la novela de un restaurador. O mejor: el libro en que hallamos esa insatisfacción del alma y esa minuciosidad técnica que  caracterizan a los que rescatan del polvo y la carcoma a muebles, cuadros o catedrales. Si alguien quiere complacer a un decorador, un escultor, un artista de la madera o un diseñador de interiores, regálele este libro, porque lo hará feliz. O lo obligará a fingirlo.

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Lecturas, visiones y decoloraciones del verano. 1/ España juega a España

24 de Agosto de 2008 - 19:45:08 - Federico Jiménez Losantos

A menos de una semana de finiquitar la amable hipoteca veraniega, permítaseme consignar algunos acontecimientos leves, particulares, pero que al ser compartidos con otros muchos, a veces millones de personas, pueden tener algún interés. Otros lo tienen sólo para mí, pero como un blog es un diario como casi todos los diarios, escritos para ser leídos, que cada cual se sirva si le apetece y si no le apetece que no se sirva. Es libre.
 
Me limitaré en esta entrega a lo último visto y disfrutado hace unas horas, en la madrugada miamense: la fabulosa final olímpica de baloncesto protagonizada por la selección española. Tras el vapuleo indecente que aceptó sumisamente en su último partido con los norteamericanos, cabía temer cualquier cosa, pero sucedió exactamente lo contrario. España hizo todo lo que pudo y lo hizo lo mejor que sabía. Yo creo que ni los propios jugadores españoles, bastante penosos en los últimos partidos, se sabían capaces de responder a tanta exigencia. Pero lo hicieron, ¡y de qué modo!
 
En el primer cuarto, Estados Unidos salió como una apisonadora con la velocidad de un Ferrari Testa Rossa, dispuesta a zanjar el partido desde el principio y  evitar sorpresas. Pero lo que  funcionó contra la propia España y contra Argentina en semifinales –antes incluso de la lesión de Ginobili-, tropezó con lo inesperado: una defensa intensísima y un ataque español lleno de agilidad, talento y determinación. Además de las peleas feroces del gran Pau Gasol, siempre a la altura de su mito, con los más aviesos armarios de la NBA, recuerdo una entrada a canasta de Ricky Rubio mientras los americanos bloqueaban todos los caminos del pase, convencidos de que aquel muchachito no se atrevería a hacerlo todo solo, que resultó épica de puro conmovedora. Es verdad que en algunos momentos del partido se aceleró, pero sólo cuando se acelera se pueden ganar puestos y hasta carreras.
 
Pero era el conjunto de la selección, uno por uno y todos por todos, lo que emocionaba. Hasta Aíto, que parece un gélido actor secundario de origen alemán a punto de aplicar la eutanasia activa al médico de House, resultaba simpático. Una vez, hasta me pareció que daba un saltito, pero no quiero desprestigiarlo: tal vez era yo en el sofá. Los dos triples de Rudy fueron inenarrables, la fiabilidad de Felipe Reyes, tal vez el mejor del campeonato, era una continua reivindicación familiar, casi navideña. Marc mereció llamarse Gasol. “La Bomba” Navarro volvió a ser el de hace un par de años. Mumbrú, pese a un alocado ataque en diagonal, estuvo muy bien. Jiménez, superior. Raúl López, por fin bien, cuando estuvo. Y qué pena la lesión de Calderón. Pero qué más da cuando todos juegan, como jugaron, de verdad. Si una actuación deportiva nace, sobre todo, de un estado de ánimo, la selección española, siéndolo tanto –nervio sobre nervios-, no parecía representar a esa vieja nación a punto de suicidarse que, por tradición, seguimos llamando España. Así se pueden perder un partido y unas elecciones, sin por ello caer derrotados. Así se puede ganar, porque se cree en lo que se vale. Así se puede estar porque se es y no ser solamente porque se está. Así no se pierde el tiempo. Así, sí.
 
Pero me he alargado demasiado en esta crónica, que harán muchísimo mejor los colegas de deportes. Sólo quería consignar que, en el verano de 2008, a las cuatro de la mañana miamense, mientras brillaban al fondo del puerto las grandes grúas silenciosas, también yo estaba ahí, saltando con mi hijo en el sofá, viendo a España. Y, con lo mal, lo rematadamente mal que la veo, ¡qué bien la vi!

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Dorothy L. Sayers o la evasión edificante

20 de Agosto de 2008 - 20:10:40 - Federico Jiménez Losantos

Nota Preliminar

Está claro que a muchos de los que escriben en este blog no les importa ni lo que se plantea ni debatir sobre ello, sino continuar sus peleas particulares, siempre sobre el 11-M, a espaldas del blog de Luis del Pino. Me parece deprimente y lamentable; para septiembre me parecerá seguramente intolerable y acabaré con la falta de respeto de unos pocos a los que escriben o pudieran escribir sobre el asunto comentado y comentable, en este caso Soljenitsin, Milena, Auschwitz y Pekín. No menos penosa me parece la copia paranoide de las novelas siniestras de la extrema izquierda sobre el 11-S, culpando a los USA o a no se sabe qué poderes secretos, por no hablar de su extrapolación a cualquier misterio o caso sin resolver, que a veces está resuelto, sólo que el visionario no lo sabe. No es el caso del 11-M, pero, por favor, no vuelvan a tratarlo aquí a garrotazos hasta que no tengan algo más concreto que los odios peoneros. A algunos que no parecen mala gente debería darles vergüenza esta utilización o usurpación de un espacio que cuesta mucho mantener abierto.

En fin, para compensar el día triste y las cosas penosas, recupero para el blog una serie que interrumpí hace un par de años. En las próximas semanas iré actualizando las novedades de los últimos meses, o años, porque he seguido frecuentando el género. Pero comenzaremos con las grandes: Sayers, Holt, Cromwell, Ann Perry, Fred Vargas y demás. Y demasas.

Mujeres que cuentan crímenes

Dorothy L. Sayers o la evasión edificante

Luna de miel es la quinta novela de Sayers recientemente editada –no simplemente publicada– por Lumen. La han precedido El misterio del Bellona Club. Los casos de lord Peter Wimsey (2005), Veneno mortal (2006), Un cadáver para Harriet Vane (2007) y Cinco pistas falsas (2007). La entrega de este año tiene varias peculiaridades que la distinguen de sus predecesoras: fue concebida o adaptada para el teatro por Sayers y su amiga Muriel Saint-Clare Byrne (una de las tres dedicatarias del relato), la propia autora la consideró una novela sentimental más que policíaca, "con una pizca de investigación detectivesca a cambio de una cantidad intolerable de sacarina"; y PD James, su heredera literaria, en el breve ensayo que antecede a toda la serie en Lumen, considera que tanto en Luna de miel como en Un cadáver para Harriet Vane los métodos de asesinato son "complicados de modo innecesario", amén de otros graciosos defectos que no empañan el que considera su mérito mayor: rescatar toda una época de Inglaterra, la de los años treinta, con tanto de crepúsculo imprevisto como de forzada aurora. Vamos, que podría decirse que es la menos policíaca de las novelas policíacas de Sayers. Y sin embargo...

Sin embargo, Sayers, un modelo de mujer rigurosamente opuesto al de Bibiana Aido o Fernández de la Vega, que tradujo brillantemente al inglés nada menos que la Divina Comedia, que alcanzó gran prestigio como teóloga dentro de la ortodoxia anglicana pero que también fue madre soltera a escondidas (tuvo un niño en 1924 que entregó a un primo para su crianza, y se casó en 1926 con el periodista Oswald Arthur "Mac" Fleming, que reconoció al niño pero nunca vivió con ella), está tan llena de amor como de talento. Y eso la lleva al pecado más venial y perdonable de los autores policíacos: enamorarse de sus personajes. De ambos, porque Wimsey es el hombre que no puede tener y Harriet la mujer que, por muchas hermosas y feas razones, no puede ser y que describe encantadoramente PD James: "una falda que ondea alborotadamente alrededor de los tobillos, un sombrero enorme, uno de cuyos bordes oscurece su rostro mientras que el otro se vuelve hacia atrás, dejando al descubierto una cascada de rizos negros, zapatos de tacón beis, medias de seda y guantes con bordados". "Un poco estrafalaria –concede– incluso para una mujer decidida a cazar a un sospechoso de asesinato".

Yo no estoy seguro de que en esta novela sentimental y policíaca D. Leigh Sayers trate de su propia vida sentimental, tan azacaneada y tormentosa. Ni, aturdido por la tragedia aérea de Madrid, me atrae zambullirme en internet para averiguarlo. Lo que aprecio es que en este libro (que trata efectivamente de una luna de miel con infinitos problemas técnicos para consumarse, incluido el sórdido asesinato rural, pero en el que no hay una sola palabra de sexo) y en toda su obra, Sayers inventa para nuestro recreo y descanso un mundo más civilizado, inteligente, simpático y habitable que el de cada día. El de los atribulados años treinta del siglo XX y la primera década de este ruin y fulgurante siglo XXI que parece haber prohibido como pecado el matiz y como sacrilegio la libertad de juicio. En fin, para regalar este verano (a una pareja que veranea con su primer niño, a una mujer que nos gustaría conocer más, a un amigo que nos conoce de sobras) no se me ocurre nada mejor que la serie de novelas de Sayers en Lumen. Luna de miel es en ella una pieza algo menor, un típico pecadillo de autor, pero adorablemente perdonable.

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Soljenitsin y Milena Jèssenska o de Auschwitz a Pekín

17 de Agosto de 2008 - 08:36:13 - Federico Jiménez Losantos

Después de unos cuantos días privado de Internet y sin otra actividad intelectual que la de leer libros que, en circunstancias normales, nunca habría leído, me entero de la muerte de Soljenitsin. Recurro a la hemeroteca mediática habitual y veo la noticia tratada con ese estilo, típico del periodismo veraniego, que resume en pocas líneas la incuria literaria, la ignorancia intelectual y un iletrado y despectivo puntapié político. Parece difícil tratar a alguien tan sólido y trascendente como el autor de “Archipiélago Gulag” de forma tan ligera e intrascendente, pero no lo es; casi todos los “cocodrilos” y obituarios precocinados lo han hecho. ¿Y cabe obviar tantos asuntos políticos esenciales, fatalmente asociadas al nombre y a la obra de Soljenitsin? Por supuesto. La generación que vino al mundo hace casi veinte años, cuando cayó inesperadamente el Muro de Berlín, que es el símbolo de todo lo que Soljenitsin combatió durante décadas, está abocada a una ignorancia casi perfecta.
 
Pero la epidemia de amnesia no afecta sólo a los jóvenes. Cuando van a cumplirse veinte años del hundimiento de la URSS, el régimen totalitario más letal de todos los tiempos, hay una especie de gigantesco consenso universal en borrar su significado. Y toda la obra de Soljenitsin, singularmente el “Archipiélago”, es justamente eso: el empeño en establecer el significado profundo de una tragedia, la del triunfo macabro del comunismo. Los cien millones de muertos producidos por esa ideología política y lo que intelectualmente no es menos grave: el fracaso, aún hoy vigente, de la resistencia anticomunista. Por eso “Archipiélago Gulag” es elegía e historia, poesía y política, sentimiento y pensamiento. Y por ser todo eso y por serlo en grado eminente, hemos de reconocer que ese gran intelectual llamado Soljenitsin ha muerto, políticamente hablando, en el más absoluto de los fracasos. Cuando a nadie parece importarle el comunismo y, menos aún, combatirlo.  
 
Nada prueba mejor esa voluntad de olvido político e intelectual que la apertura de los Juegos Olímpicos en Pekín a mayor gloria mediática del régimen comunista, el más vasto y cruento de cuantos han sobrevivido a la caída del imperio soviético. Podría argüirse, en términos posmodernos, que la propaganda económica y la legitimación política que para la dictadura china suponen los Juegos son sólo una prueba de esa especie de continua celebración mediática en que se ha convertido lo que antaño llamábamos realidad, vertiginosamente suplantada por su imagen. Sin embargo, creo que, en términos morales, esta apoteosis televisada del siglo XXI es sólo una actualización del deporte más antiguo de la Historia: el de mirar hacia otro lado, no sea que la conciencia se interponga en el camino de la supervivencia. Soljenitsin es de los pocos que se negaron a no ver lo que estaba a la vista. Pero se negó tanto que hasta su muerte le ha acompañado el rencor que la mayoría superviviente y triunfante reserva a la minoría insoportablemente derrotada.
 
Pero la verdadera minoría es el individuo, y pocas veces lo he visto tan nítida y trágicamente dibujado como en el caso de Milena Jessenská, cuya biografía por Margarete Buber-Neuman (“Milena”, Ed. Tusquets) leía estos días atrás, cuando, convertido en robinsón tecnológico, no me enteraba ni de la muerte de Soljenitsin. Yo sólo conocía a Milena por ser una de las novias inconclusas de Kafka, ese genio poco compatible con el sexo que le dedicó formidables y tristísimas cartas de amor. No sabía de su tersa, tensa, feroz juventud praguense, de su bohemia paternamente asediada en la Bohemia pastoreada por el Imperio Austrohúngaro, de esa especie de adolescencia perpetua que fue su forma irrevocable de maduración. Tampoco sabía de su éxito como periodista de Sociedad y, luego, o tal vez antes, de Política. Ni de sus hombres, deslumbrados al principio pero despóticos o indiferentes después. Ni de sus mujeres, sobre todo de su último y precioso amor, Margarete Buber-Neuman, autora de unas memorias escalofriantes y publicadas en España como “Deportada en Siberia” y “Prisionera de Stalin y de Hitler”.
 
En ellas la “pequeña prusiana” de Milena cuenta sus años de comunista fervorosa (viaja de Alemania a la URSS en 1933) su decepción política y su “depuración” carcelaria en la URSS: su marido, histórico dirigente comunista alemán, es detenido y seguramente asesinado; ella, enviada a Siberia en 1937. Pero Margarete es entregada en 1940, junto a otros alemanes antinazis, por Stalin a Hitler, en uno de los delicados “obsequios caníbales” auspiciados por el Pacto germano-soviético.  Redeportada en Ravensbruck, conoce allí a Milena, ya gravemente enferma pero con toda la fuerza y la elegancia sacrificial que definieron su existencia. Pasión, emoción, conmoción, redención: todo en su amoroso encuentro es una desdicha apenas matizada; también una dicha de infinitos matices. Yo no he leído historia tan austera y tan desbordadamente digna como la del amor de estas dos mujeres.
 
¿Pero qué caracterizaba a Milena? ¿Qué es lo que maravillaba y preocupaba a cuantos la querían? ¿Qué es lo que admira en esa mujer que, cuando los nazis toman Praga, manda un mensaje a todos sus amigos judíos diciendo “yo no os abandonaré”? Por definirlo en una frase: hacer lo que no le convenía. Podríamos  decir que Milena siempre tuvo motivos para subordinar su seguridad a su libertad. ¿Los buscaba? ¿Tropezaba con ellos? Sin desestimar la fatalidad de los países y las épocas, hay gente que es capaz de no tropezar nunca, ni siquiera con lo que busca, y otra que busca, busca y busca, pese a que tropieza, tropieza y vuelve a tropezar. Milena pertenecía a esta última especie. Soljenitsin, también.
 
Ninguno de los dos, tan diferentes, merece el olvido. Tampoco la superficialidad. Leo en un blog muy estimable de la Red Liberal que Soljenitsin fue “anticomunista a fuer de antiliberal”. Yo no sé si Milena era liberal, aunque estoy seguro de que no habría entrado nunca en el Cato Institute Tampoco sé si las minúsculas sectas académicas liberales consideran a Soljenitsin uno de los suyos. Supongo que no. Lo que sí sé es que el amor a la libertad se mide por lo que uno es capaz de sacrificar por ella. Y que, antes de medir, conviene medirse un poco para no descomedirse del todo. Por cierto, que en las objeciones “post mortem” a Soljenitsin no he leído un solo reparo o crítica severa al “Archipiélago”. ¿Es que se da por irrebatible o es que se ha renunciado a leerlo? Temo lo segundo. Pero con la misma ligereza que nos absuelve de lo importante, la apisonadora mediática nos suministra un motivo de debate, no precisamente trivial. La noticia vio quizás la luz junto a la polémica inauguración de los Juegos Olímpicos y pasó inadvertida, al menos que yo sepa. Resulta que el campo de concentración de Auschwitz va a tener que cerrar porque no tiene los 60 millones de euros anuales que precisa su mantenimiento. Y bien: ¿Qué habría dicho al respecto Milena Jessenská? ¿Qué habría escrito Soljenitsin? ¿Y qué deberíamos hacer, o decir que haríamos, los asoleados liberales españoles?

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